Subdesarrollo de la memoria 

    El 19 de agosto de 1968, cuando esta isla era habitada aún por la ilusión, el contemplativo más importante del cine cubano llegó a seis de las tantas pantallas cinematográficas que había en La Habana. El América, el Mónaco, el Tosca, el City Hall, el Metropolitan y Radiocentro (que no empezaría a llamarse Yara hasta 1973) acogieron el estreno de Memorias del subdesarrollo, quinto largometraje de ficción dirigido por Tomás Gutiérrez Alea. A 55 años de su estreno, con el cine cubano herido y el ICAIC moribundo, conviene volver a la mítica escena del balcón, a ese «Todo sigue igual» que ha marcado los designios de esta isla y al telescopio para verle las cicatrices a La Habana.

    I

    Lo viejo o lo nuevo, irse o quedarse, la burguesía o los revolucionarios, Fidel o Miami; es el tiempo de las definiciones y Sergio Carmona, el protagonista, se permite dudar, regodearse en la duda, en medio de un contexto delirante, con la ebullición revolucionaria como marca indeleble de nuestro destino. Es así, con este personaje que no quiere irse del país, tal como ha hecho toda su familia, pero tampoco siente la más mínima simpatía por la Revolución, que esta resulta una película especialmente arriesgada y polisémica, ambivalente en más de un sentido.

    «El conjunto de su obra [la de Gutiérrez Alea]», escribió Jesús Díaz en el número inicial de la revista Encuentro de la Cultura Cubana, «constituye sin duda la crónica más lúcida del proceso que ha revolucionado, dividido y enfrentado a la sociedad cubana desde la segunda mitad del siglo XX».

    El hombre que duda frente a la Revolución fue un personaje que afloró, en el cine y la literatura cubanos, hacia fines de la década de los sesenta, cuando empezó a gestarse el caso Padilla, surgió el Movimiento de la Nueva Trova, Eduardo Heras León escribió Los pasos en la hierba, Tomás Gutiérrez Alea filmó Memorias del subdesarrollo, Jesús Díaz trabajaba en la primera versión de Las iniciales de la tierra, llegó la parametración, el «quinquenio» gris y las dudas fueron torpemente silenciadas por el poder. Pero las dudas no hicieron otra cosa que crecer y, entre el maniqueísmo y la tozudez de la época, Sergio Carmona dudaba de sí mismo, de su papel en aquel contexto, y dudaba, como muchos hacían en silencio, como muchos habrían de dudar después, de la Revolución en su conjunto, de la Revolución como vehículo para salir del subdesarrollo. 

    Es esta una de las razones para que Memorias del subdesarrollo haya trascendido, para que las dudas y definiciones de Sergio nos acompañen desde hace tantos años: el conflicto no ha desaparecido, tampoco los maniqueos ni los tozudos, ni los censores, ni los silenciadores de dudas, ni por supuesto los que ahora dan palos de ciego, negándose, con vetustas consignas, a asumir la total decadencia de la Revolución. El tiempo solo ha demostrado que Sergio Carmona tenía razón: «Esta isla es una trampa. Somos muy pequeños, demasiado pobres. Es una dignidad muy cara».

    «Desde que se quemó El Encanto, La Habana parece una ciudad de provincia. Pensar que antes la llamaban el París del Caribe, al menos así le decían los turistas y las putas. Ahora más bien parece una Tegucigalpa del Caribe, no solo porque destruyeron El Encanto y hay pocas cosas buenas en las tiendas, es por la gente también».

    En esta isla todo ha cambiado, pero todo sigue igual, y ahí, en la contradicción permanente, radica el epicentro de la debacle. La gente vive entre angustias, la ilusión es un bien cada vez más escaso, la asfixia ideológica, el subdesarrollo y la decadencia son los asuntos cotidianos y, a pesar de las ruindades, todo sigue igual. Los dirigentes recorren la isla, ven los problemas, hablan con la gente, les disparan la misma muela de siempre, invocan el argumento del bloqueo y todo sigue igual. Ridiculizan y amenazan a los que piensan diferente, censuran libros y películas, se reúnen una y mil veces, analizan una y mil veces los problemas, fracasan los planes, la isla hace aguas por donde quiera que se le mire y todo sigue igual. Lo verdaderamente jodido, lo verdaderamente inentendible, es que todo sigue igual.  

    «Todo el talento del cubano se gasta en adaptarse al momento», dice Sergio en una de las sentencias más importantes de Memorias del subdesarrollo. Período Especial, Batalla de ideas, demolición del 70 por ciento de los centrales azucareros, Revolución Energética, Obama: vacas aparentemente gordas que se desmoronaron al primer pinchazo; «problemas coyunturales», Trump, pandemia, MLC, Tarea Ordenamiento, 27N11J, Nicaragua, Mipymes, inflación, bancarización, y seguimos, como aletargados, adaptándonos al momento, gastando en sobrevivir todos los talentos de esta isla.

    Fotograma de ‘Memorias del subdesarrollo’ (1968); Tomás Gutiérrez Alea / Imagen: YouTube/El Babujal
    Fotograma de ‘Memorias del subdesarrollo’ (1968); Tomás Gutiérrez Alea / Imagen: YouTube/El Babujal

    II

    Si la acción se desarrollara en París y los personajes hablaran francés, esta sería una película de la nueva ola, dirigida por Godard, al estilo de Una mujer es una mujer o Vivir su vida, protagonizada por Jean Paul Belmondo y Anna Karina. Pero es Memorias del subdesarrollo una película cubanísima, pese a no parecerlo. En ella está Girón y la Crisis de Octubre, están los juicios, los tanques, los discursos de Fidel Castro, la algarabía popular, la burocracia, el velo kitsch que tamiza la vida en las sociedades socialistas. Están las certezas e incertidumbres de una época y, como un punto rojo en mitad de la noche, como una señal para detenerse y reflexionar, está la alerta de que irían desapareciendo las certezas y aumentando las incertidumbres.  

    La memoria no da de comer y aquí, en este país ajado, le importa a cada vez menos gente. Todos caminan bajo el sol, como zombis, persiguiendo alimentos y medicinas, haciendo colas, y ahí, en las conversaciones de la espera, en la camaradería de la rabia común, Sergio Carmona vuelve a tener razón: «Mantengo la lucidez, una lucidez desagradable, un vacío. Sé lo que me pasa, pero no puedo evitarlo». 

    Somos, entonces, conscientes de nuestros problemas, lúcidos y fervorosos para hablar de ellos, pero no hay, al menos a la vista, métodos para arreglarlos ni evitarlos. Es la comunión entre el subdesarrollo y la ideología gastada; es la certeza de que todo sigue igual. Pasados 55 años, Memorias del subdesarrollo sigue dándonos lecciones, y tiene razón Carlos Varela en «La feria de los tontos»: «A todos nos volvieron locos, esperando por un sueño, por un sueño roto».

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    1 COMENTARIO

    1. Excelente texto!!! Felicitaciones. Y sí, lo más grave es que pasando todo lo que ha pasado, todo sigue igual, aunque no, peor.

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