El show de la desdicha: Solistaje para Simone Rice

    «Me asusta esa gente que hacen de su destino una convicción personal, y al mismo tiempo niegan la suerte y la casualidad y al mismo destino, tienen un sentimiento de certeza, una creencia en sí mismos tan honda que no puede ser otra cosa que predestinación…» 

    Ella cantaba boleros, 1996. Guillermo Cabrera Infante.

    Simone no es «una mujer que canta para mitigar las penas». En casa, un viernes cualquiera, empieza a maquillarse una hora antes de salir. Solo tres cosas son importantes entre las ocho y las nueve de la noche. Primero, coordinar los pelos. Si tuviera extensiones cosidas, y no tocara para esa noche un afro violento y tropical, entonces una cinta colorida o un pañuelo vocinglero tamizara la unión de las fibras. Pero hoy la peluca rizada y bicolor ya ha sido descolgada del pie de amigo y se encaja en la cabeza.

    Segundo, el vestuario. Simone le teme más a salir fea que a desafinar. Hay un vestido blanco, tan largo y prudente, sobreprotector, que oculta completamente su cuerpo como si fuese un secreto y cierra en su cuello como si las manos de la mala suerte la estuvieran asfixiando. Quedan libres de esta bata real y pulcra dos brazos negros muy negros, que cantarán con ella más tarde, o incluso más que ella.

    Pelucas y otras pertenencias de Simone / Foto: Marcel Villa

    Tercera, el lunar. En la mejilla izquierda. Lápiz negro y a resaltarlo. Que se sepa que está ahí. Vivo. «¡Cojone! ¡Tanta gente que no lo tiene y se lo pinta, y entonces a mí, que lo tengo natural, me lo quieren tapar!»

    Baja las escaleras del edificio 506 de la calle Habana, dobla derecha y desde Lamparilla busca el centro histórico de la ciudad. Sigue por Prado, luego Neptuno. Con suerte, un taxi la llevará por cien pesos hasta 23 y O.

    A las diez de la noche, los turistas que vinieron a beberse la isla completa en el Cabaret Parisien del Hotel Nacional tendrán, de la voz y figura de Simone Rice, una sobredosis de folclor y sensualidad. La negra está lista para exaltar sus negras raíces, para pasar el micrófono de una mano negra a otra cuando rompa el drum, para lanzar una nota de una punta de la escala a la otra. Para no faltarle ni en lo más mínimo al éxito recogido.

    Las luces calurosas prohíben a «la negra bonita de ojos de estrella» discernir un rostro en el público. A pesar de esto, Simone llegará personalmente a todos. Cantará, bailará y venderá la noche criolla, el colorido y tragicómico relato de un país donde se goza mientras se sufre, de forma tal, que cada gentleman se irá del lugar convencido de que no hubo ni habrá cubana más legítima y más sensual y más negra que ella. Morena bonita de alma sensual, como dijera Portillo de la Luz.

    «La primera canción hay que cantarla con los pies, con las uñas, con los ojos y con todo. ¡Con los pies!», dijo una vez La Freddy.

    Cada uno en posición. 

    Bailarines recalentados asomados al plató. 

    Cada músico con su instrumento. 

    Cantantes del coro persignados ya. 

    Simone, la solista, en punta, con el mismo sentimiento que reza la más emblemática canción de La Freddy, la que se titula con el mismo nombre de la singular contralto. 

    «De las horas vividas y perdidas me queda solo esto: decirle a la noche todo lo que siento».

    El Show va a comenzar. 

    Simone / Foto: Marcel Villa

    Ladies and Gentleman, Madame and Monsieur, ustedes no saben nada de Cuba todavía. 

    Ustedes ven esa negra majestuosa ahí y no saben nada de ella. 

    Nada.

    Primer Acto:

    «La hija que lleva el lunar» 

    (adaptación de «Freddy» para mezzosoprano)

    (Bolero triste en LA Mayor indefensión)

    A

    (Entra la artista con el pie izquierdo a la pista/vida)

    Simone Rice: «Muchos me vieron caminando a solas, bajo las luces desiertas y azules de mi soledad». 

    Simone no tiene 34 años. Simone es un pseudónimo artístico que llegó en La Habana muchos años después de que naciera quien lo ostenta. 

    El 11 de junio de 1988, quien lloró por primera vez, en la sala de parto del Hospital Maternidad de Línea, no fue Simone, sino una niña a la que bautizaron Taymí Pérez González. 

    Del hospital la llevaron a una casa en Masón y San Miguel. El carnet de identidad dice que la madre de Taymí se llama Carmen Rosa. Taymí cree que esa señora zafó en cuanto la vio. La abuela cuidó a la pequeña como pudo, pues tenía otra nieta más que atender. Carmen Rosa en verdad nunca huyó definitivamente. Prefirió entrar y salir de la casa, sin razones, patrones ni advertencias. Se debatió entre la vida nocturna, entre sus maridos y amantes. 

    Cuando Taymí tenía cinco años, Cuba llevaba al menos tres en la etapa más desabrigada del gobierno de Fidel Castro. Disuelta la URSS, la madrina socialista, la isla fue destetada y alcanzó índices límites de pobreza y hambre. Nada de eso recuerda Taymí, sin embargo. Solo tiene otras memorias feas de su quinto año de vida.

    Mientras todos sus coetáneos aprendían a leer, ella llevaba un año en casa, presa de una afección contagiosa. La niña pasaba aquellos días rascando desesperadamente su cabecita de pocos pelos, pues una varicela no tratada le había creado un impétigo circular importante. La inmensa ampolla le cubría casi todo el cráneo. 

    Un segundo impétigo vestía la cara superior de su manita izquierda. Mientras la ampolla de la mano, infestada, emergía nuevamente y se llenaba de pus, en la cabeza seguía el ardor, la comezón y una constante segregación de humor. Fuera de la hermana mayor, que explotó de vez en cuando la inmensa burbuja de la mano enferma, nadie le aplicó a Taymí siquiera un remedio casero. Nadie llevó a la niña al médico en todo un año.

    Taymí Pérez González.
    Simone cuenta su historia / Foto: Marcel Villa

    Hasta que un día Jorge Luis apareció en la casa. Carmen Rosa, inexplicablemente ahí, se negó a abrirle. No quería que su ex marido viera las heridas de la pequeña de sus dos hijas. Jorge Luis era un hombre impetuoso. Estaba dispuesto a tirar la puerta abajo y Carmen Rosa, que lo conocía, prefirió evitar aquel espectáculo. Jorge Luis repitió un mismo bocadillo durante las horas que duró el episodio: «¡Mira cómo tienes a esa niña! ¡Me la llevo!»

    El salvador de Taymí venía a redimirla, su rostro le parecía familiar. ¡Tenía que ser su papá! Si no, ¿con qué autoridad iba a llevársela? La niña fue desde el Vedado hasta el reparto La Víbora y allí, según ella, se rompieron tres maleficios. Sanó finalmente de la varicela, continuó con sus estudios escolares y conoció el cariño. Pero algo falso también asomó pronto en su padre.

    Jorge Luis recogió a Taymí, solo que no para vivir con ella. Él siguió en un pequeño y empobrecido apartamento de un edificio multifamiliar ubicado en la calle Malecón, entre Cárcel y Genio, mientras ella fue recibida por su abuela paterna, una señora que jamás había visto. Silvia tenía muchos hijos que atender y otros nietos por los que velar, así que hizo lo que pudo. Con hojas de guayaba a mano, y el conocimiento necesario, la abuela la curó.

    La dicha de los infelices es un hielo en el Caribe. Nadie —abuela, padre, maestros, director — tuvo en cuenta que la niña no había aprobado oficialmente el primer grado y la inscribieron en segundo. Le exigieron en clases que leyera y escribiera, y en casa la golpeaban si no lo lograba. 

    Simone rememora su infancia / Foto: Marcel Villa

    Cuando la niña equivocó los productos por enésima vez, y la escuela dictó que tenía serios problemas de aprendizaje, y no por atraso escolar, sino por bruta, muy bruta, Jorge Luis agarró a su hija del brazo y la llevó a su apartamento en Centro Habana. Ahí Taymí tuvo que aprender sí o sí, a través de la violencia y la memoria del miedo. El padre no conocía más métodos para ayudarla y tampoco se preguntó si había otros.

    La aterrada Taymí no lograba concentrarse en clases. Invertía más tiempo en defenderse de las burlas racistas y clasistas de sus amiguitos que en atender la lectura o la suma combinada. Rápidamente entendió que a ningún maestro le importó que ella fuese víctima de la institución escolar y familiar. «En lo único que pensaba mientras estaba en el aula», dice hoy Simone, «era en la mano de golpes que me tocaba cuando me fuera para la casa». No hay quien saque de su cabeza la idea de que las maneras de su padre no fueron jamás el medio, sino el propio fin. 

    Jorge Luis mostró patrones aún más tenebrosos. Se exacerbaba cada vez que golpeaba a Taymí y esta escondía una queja o una lágrima. Mientras Tayde, la hermana pequeña, se tiraba al suelo e imploraba perdón, Taymí, en pie, o derribada por algún empujón desmedido, callaba, segura de que no había cometido ninguna falta que llevara arrepentirse. Entonces el padre se ensañaba. Pateaba el estómago, la cabeza, las piernas.

    Cuando la rendía por el dolor, el padre se alejaba. Taymí tenía nueve años.

    B.

    (Subida drástica de tono para orquesta e infortunio) 

    Simone Rice: «¿Qué fue de mi vida desde siempre? Solo trabajo y miseria…»

    Carmen Rosa reapareció en el primer cumpleaños de Taymí. Trajo un paquete de confituras en la mano, unos caramelos de marca Jaguar, la besó y se marchó. Jamás se volvieron a ver.

    En casa, a través de los mecanismos del padre, la niña aprendió a hacer de todo, o mejor, a ser todo: fregadora, despertador, recadera, mensajera y punching bag. Si no buscaba los mandados, golpes. Si no hacía las tareas, golpes.

    Taymí, quien se reconoce como una eterna presumida, trataba de ir a la escuela con sus poquitos pelos bien peinados. No podía hacer mucho más en pos de su belleza. Había un peinado que llamaba la bombita, pero a Jorge Luis no le agradaba. «Yo no pago desriz para que te hagas eso», le dijo una mañana temprano, antes de agredirla de nuevo. Luego caminaban desde Centro Habana hasta la escuela en La Víbora, ubicada en Felipe Poey, entre San Mariano y Vista Alegre. «Coge por la otra acera, que no quiero que piensen que andas conmigo peinada así». 

    Taymí ocultó su primera menstruación, temiendo que se tratara de un accidente por sus corretajes y retozos en la escuela. En casa se preguntaba una y otra vez cuándo o cómo se había golpeado ahí para tener esa manchita de sangre que no cesaba. 

    Simone / Foto: Marcel Villa

    Robó unos trapos que ella misma lavaba junto a la ropa interior de Jorge Luis o de cualquier otro tío que conviviera con ellos y los colocaba debajo del blúmer. La abuela se enteró de que la niña menstruaba porque un día ella decidió contarlo. A la vez, aprendió a jugar con lo que tuvo a mano: jabones de lavar, planchas, fogones. Luego se robó dos o tres muñecas de alguna vecina. En la escuela siempre fue, para compañeros, maestros y otros padres, la niña con problemas, la niña negra, sucia y con peste.

    Le gustaba cantar, pero su papá le dijo que lo olvidara, a menos que estuviese borracho en el malecón, con algunos amigotes. Ahí sí la buscaba y, como si fuese una bocina para el disfrute de los adultos, la mandaba reproducir cuanto clásico se le ocurriera. La mostraba como una vitrola fea y despeinada que él había echado a andar algún día.

    Sentada en los bajos del edificio multifamiliar de Malecón y Genio, los extranjeros notaban a Taymí y a su hermana y enseguida se sentaban con ellas. Desgreñadas las púberes, con sayas baratas y sandalias gastadas, eran leídas por los forasteros como un sexo fácil y de poco costo. «No, no, tas loco, échate pa allá que si mi papá me ve conversando contigo me mata», era la salida frecuente de Taymí.

    En la secundaria básica Enrique José Varona, al salir de las clases de Educación Física, sucedió algo que, en parte, necesariamente, ha olvidado:

    «Los hombres enfermos esos, tú sabes, que están pendientes de que a una se le marca esto de aquí (se señala la vagina). Solo sé que me lo encontré en la calle y él, bastante mayor y feo, me tuvo que haber convencido de alguna forma para ir a su casa. Ellos tienen una vista para esas niñas o niños abandonados, no sé, es como que lo detectan. No me acuerdo de la casa, ni de haberme quitado la ropa, solo me acuerdo de nuevo cuando llegué a mi casa casi llorando y Silvia me dijo que había pan para que merendara y yo le dije que no. Me acuerdo entrar al baño, correr a bañarme y empezar a llorar, a restregarme, con asco. Me recuerdo llorando mucho».

    C.

    (Suben las luces. La solista se desplaza, cambia de lugar y de nombre)

    Simone Rice: «…Por eso cantaba a las estrellas y quizás me oyó hasta dios…»

    Taymí, segunda hija de Jorge Luis y Carmen Rosa, heredó el lunar de la madre en el rostro. Cree que, debido a esa marca, y lo que le recordaba al padre, recibió tanto odio y maltrato. Poco antes de cumplir dieciséis años, Jorge Luis entró a su cuarto y le dijo: «Vístete, hay que ir al cementerio que tu mamá se murió». La vio pálida y creyó que estaba dormida, fulminada por un cáncer de ovarios. Pensó que le tocaba llorar, pero en el momento no vertió ninguna lágrima. Varios días después sí, muchas. «No me verá jamás cantar», pensó, «no conocerá a mi novio».

    Taymí en verdad no entendía el amor. Se sentía fea y nunca recibió algún abrazo, un mínimo halago. «No vas a tener quince, jamás vas a tener novio», le decía Jorge Luis cuando recurría a él. Pero tuvo quince años y dieciséis y diecisiete. Sin fiestas, vestidos ni glorias, pero con un afán enorme por el canto y la danza, obsesiones a las que llegó a través de los movimientos de artistas aficionados en el preuniversitario.

    Simone / Foto: Marcel Villa

    Taymí optó por el magisterio y estudió el bachiller en Güira de Melena. Cantó mucho y lo hizo muy bien, conoció el aplauso y el elogio. No había marcas o elaboración alguna en su ropa, pero contaba con una sensualidad natural que desplegaba de inmediato en escena, durante los matutinos y demás actividades escolares.

    Un muchacho llamado Manuel se enamoró de ella. Alguien bueno al que Jorge Luis, obviamente, no le permitió jamás dormir en casa. A Taymí le tomó años entender el cariño. No creía merecer algo así, ni siquiera comprendía los motivos que podía tener cualquiera para preocuparse por ella o regalarle una flor. Con Manuel, más que la inseguridad, el obstáculo fue Jorge Luis. Años después, cuando Taymí lo volvió a encontrar, con nueva esposa e hijos, Manuel le dijo: «Estuve muchos años esperando por ti».

    Al terminar sus estudios, comenzó las prácticas laborales en una escuela de su zona. Allí se ganó el respeto y el cariño de sus colegas, alumnos y padres y fue poco a poco entendiendo su importancia, aunque hubo, primero, una humillación más.

    En la casa de un amigo de «la familia» realizaron una fiesta. Más de seis hombres bebían y cantaban, entre ellos su padre, quien la golpeó de nuevo, sin motivo aparente, ante la mirada de la abuela. Simone se prometió que sería la última vez. Al otro día recogió sus pocas blusas y pantalones, su único par de zapatos, y se fue a ningún lado. Su madre, al morir, había dejado una casita que ocupaban su abuela y otra hermana. Volvió entonces al pasado, donde ubicó temporalmente sus pocos trapos.

    Enterado de la fuga, Jorge Luis llegó a la escuela e intentó golpearla, pero los compañeros de trabajo lo impidieron. Él, rabioso, le ordenó devolverle las pocas pertenencias que ella, con su ayuda, había obtenido. El 22 de diciembre, Día del Maestro, los padres de sus alumnos le regalaron ropa, zapatos, aseo y cuantas cosas estimaron que necesitaba la profesora para comenzar una nueva vida.

    Pocos años después, oídos diestros y ojos sensatos entendieron que Taymí estaba hecha más para el espectáculo nocturno que para dirigir un aula. Le llovieron ofertas como cantante, siempre solista. Pareciera que todo el llanto sembrado se cosecharía como aplausos de Dios y los hombres. En un estudio de grabación, una estomatóloga la oyó cantar y se enamoró de ella como uno supone que debió haberse enamorado Carmen Rosa.

    La estomatóloga le ofreció un empleo de esos de mucho salario y poco trabajo. Taymí debía cuidar al padre de la estomatóloga y, de paso, ocupó una casa inmensa en Marianao. La estomatóloga no quiso que Taymí tuviera de nuevo que buscar casas a partir de sus novios de turno. Mientras ella existiera, jamás le faltaría techo, alimento ni dinero. La estomatóloga viajaba y en cada ocasión le trajo maletines llenos de ropa. La joven y talentosa artista debía lucir en escena como una diosa africana.

    En uno de aquellos viajes, Taymí la llamó por teléfono: «Quiero que sepas que a partir de ahora mi nombre artístico, y el nombre por el que me conocerá todo el mundo, va a ser el tuyo, Simone». Taymí se guardó en un clóset como una especie de deadname cargado de vicisitudes y tristezas pasadas. Por esos días, también de cáncer, fallecía Jorge Luis. Su historia también quedó en el mismo clóset hasta hoy.

    Simone no hizo de Taymi su depositario de lástima para alcanzar podio alguno. Su talento y disciplina, su belleza y esplendor, fueron y son sus únicos recursos. La artista cuenta con colaboraciones con primerísimas figuras de la música popular cubana, con muchas de las cuales comparte, además, un vínculo fraternal estrecho: Haila María Mompié, Vania Borges, Osdalgia, Leo Vera, Manolito Simonet, Mayito Rivera, Pablo FG, María Elena Lazo, Ogbeché, El Micha, Arlenys Rodríguez, Luna Manzanares y algunos otros.  

    Simone / foto: Marcel Villa

    Con sus vestidos largos, pelucas exuberantes y vozarrón sucio se ganó un codiciado puesto de cantante solista en el más emblemático e histórico cabaret de la isla: Tropicana. Allí la negra demostró un dominio de la escena poco común, codiciado y rentable. Simone tiene que identificarse con la letra de una canción, para luego ser ella misma en el show. Más que actuar o cantar, cuenta un bolero, mastica el feeling y te obliga a rumbear con ella. 

    Cuando formaba parte del Cabaret Tropicana, se realizó la segunda —y más aclamada— edición del show televisivo Sonando en Cuba. Allí Simone brilló en cada número y presentación, llegando hasta la antepenúltima edición del programa. Las razones de su eliminación son un tanto misteriosas. Una de ellas, fue definitoria. 

    Según reconoce Simone, nunca contó con la simpatía de su coach personal, Mayito Rivera. De hecho, en una de las actividades colaterales al programa, el maestro le dijo: «Simone, el programa ha avanzado mucho ya para ti, ¿cuándo piensas irte?» Ella, impasible como de costumbre, respondió: «Maestro, eso no lo decido yo». Lo curioso es que el mismo maestro les explicó a los concursantes de su equipo —el team Occidente— que aunque el público eligiera a un participante equis, él tenía un peso electivo mayor, el cual obviamente se reservaba.

    Su empeño en conquistar la escena le ha dado a Simone muchas alegrías, vistas como deudas del destino. En 2013 viajó al extranjero por primera vez. Un empresario la observó en una presentación en el Cabaret Tropicana y quedó embelesado. Junto al Proyecto Divino, una compañía artística de transformistas, cantantes, bailarines y modelos/strippers dedicados fundamentalmente a un público LGBTQ, Simone se presentó en Panamá, donde también pasó con éxito la prueba de una fiesta de sociedad. Tuvo entonces presentaciones paralelas en Panamá y experiencias similares en México y España.

    Simone / Foto: Marcel Villa

    En 2015 compró un apartamento pequeño ubicado en Oquendo, entre San José y San Rafael. ¿Qué más podía pedir? Tenía casa, trabajo, viajes al extranjero. Ya podía cantar completamente el himno de su vida:

    «Soy una mujer que canta, para mitigar las penas.

    No era nada ni nadie, y ahora…

    Dicen que soy una estrella

    para brillar

    en la eterna noche»

    ¡Qué lindo final para el show! 

    Pero cuatro años después, el 25 de julio de 2019, comenzó el segundo acto de su vida, justo cuando se derrumbó su casa.

    Segundo Acto

    «Popurrí de burocracias e incertidumbres»

    (Adaptación de «Sombras y más sombras» para mezzosoprano)

    (Rumba fatídica en LA Menor esperanza)

    A.

    (Tambor y batá suenan fervientemente. Los bailarines mueven sus hombros de forma caótica y arrítmica. Uno de ellos, el más diestro en danza contemporánea, cae al suelo en una bella contorsión, como si hubiese muerto un sueño) 

    (Bajan las luces y entra Simone de nuevo a escena. Entra despacio. Descalza, vestida de gris)  

    Simone Rice: «Sombras y más sombras en la noche. Llantos y más llantos en mi alma. Fue el dolor de saberte perdida para siempre, y esta amarga tristeza que llevo en mi alma…» 

    Los derrumbes, a veces, no son tan inesperados. La infraestructura de la ciudadela «La Aurora», ubicada en Oquendo, entre San Rafael y San José, se encontraba en condiciones críticas, hasta que quebró la escalera central y el segundo piso.

    Pocos derrumbes en Centro Habana atraen más policías que ambulancias o personal de Vivienda. Casi ninguno atrae a brigadas de las tropas especiales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Pero bueno, ¿quién mandaría a La Aurora, un barrio vigilado por tráfico y consumo de drogas, por prostitución y por hechos de sangre, a derrumbarse parcialmente un día antes de la segunda fecha más importante para la revolución cubana? 

    La Aurora, con sus mulatos imponentes bien vestidos, sus corretajes en plena madrugada por la presencia policial, su permanente olor a marihuana y sus suelos manchados por la sangre de deudores, fue el lugar que Simone convirtió en su hogar, después de pagar 4 mil 500 CUC por un cuarto y gastar otro mil 500 en muebles y equipos electrodomésticos.

    Los policías tocaron las 109 puertas de la ciudadela y orientaron el desalojo. Un albergue ubicado en Zanja y Aramburu recibió temporalmente a los desalojados. Las tres semanas allí se resumen en un poema de tres versos:

    «La comida podrida nos llegaba a destiempo.                                                                          

    El robo fue, en cambio, más puntual que el desespero.         

    Los ratones y la mierda, los más fieles anfitriones».

    El 9 de septiembre de 2019, Barbarita, la Directora de Vivienda de Centro Habana, ofreció dos opciones. O se iban para un nuevo albergue, ubicado en el Cotorro, a menos de tres cuadras de la frontera con la provincia Mayabeque, o se auto albergaban en casa de algún familiar.

    Simone le pidió a Barbarita un papel firmado que dejara constancia de que le entregarían una casa cuando atendieran a los damnificados de «La Aurora» y se marchó al albergue de su hermana Tayli en La Habana Vieja. El apartamento de tres cuartos en un tercer piso era compartido también por dos familias más del derrumbe anterior de Malecón y Cárcel. Con el tiempo, le dieron otro cuartico de desahogo, una sauna infernal que no resistió. Se alquiló varias veces huyendo del hacinamiento y los conflictos inevitables que trae la convivencia con desconocidos, todos en una situación desesperada.

    Un año después recibió una llamada de su amiga Vania Borges: «Niña, muévete, que a los damnificados de tu derrumbe ya les están dando casas».

    Simone, con su propiedad preventiva en mano, el papel que entregaron los funcionarios del Gobierno de Centro Habana, comenzó la carrera por un hogar.

    B. (Cierre)

    (Entran el resto de los cantantes, de cuello, corbata y chancleta)

    (Coro para Simone, y Guía, en rumba, para voces desafinadas)

    (Se sitúa Simone en el escalón más bajo del plató. Los contestantes van mejor posicionados)

    (diciembre de 2020 a marzo de 2023. Se repiten los coros disímiles veces hasta que las guías respondan)

    Pre-coro (Simone marca los teléfonos de atención a la población, reg): «Ya sé que están entregando las casas a los damnificados de la Ciudadela La Aurora. ¿Cuándo toca mi entrega? Mire, acá tengo un papel que dice…»

    Guía (Contestadora): «A ti aún no te toca».

    Coro (Simone se dirige a la Dirección de Albergue de Centro Habana): «Ya sé que están entregando las casas a los damnificados de la Ciudadela La Aurora. ¿Cuándo toca mi entrega? Mire, acá tengo un papel que dice…»

    Guía (Joaquina, funcionaria de Albergue de Centro Habana): «Nosotros no estamos trabajando ahora. Estamos cerrados por reparación. Nos supeditamos a Vivienda Municipal. Vaya a verlos a ellos.»

    Coro (Simone a Vivienda Municipal de Centro Habana): «Ya sé que están entregando las casas a los damnificados de la Ciudadela La Aurora. ¿Cuándo me toca mi entrega? Mire, acá tengo un papel que dice…»

    Guía (Agustín, funcionario de Vivienda Municipal de Centro Habana): «Sí, ya las están dando, pero a las personas que se fueron para el albergue del Cotorro. ¿Quién te dijo que te fueras con tu hermana? ¿Por qué no te fuiste para el albergue del Cotorro? Ya tuvieras tu casita.»

    Improvisación (Simone a Agustín): «Yo no podía irme por mi trabajo y mis condiciones. La guagua de Tropicana no me iba a llevar hasta allá. Me iban a robar. Y entiendo los horarios de la guagua, pero yo soy artista, mi trabajo es de noche. Además, tengo un papel que dice que yo tengo derecho a una propiedad en Belascoaín y Clavel. Solamente estoy pidiendo lo que me toca…»

    Improvisación (Agustín a Simone): «Esto es culpa tuya. Tienes que acarrear las consecuencias de tus decisiones».

    (Simone escribe una carta donde explica su situación)

    Coro (Simone a PCC Provincial de La Habana): «Ya sé que están entregando las casas a los damnificados de la Ciudadela La Aurora. ¿Cuándo me toca mi entrega? Mire, acá tengo un papel que dice…»

    Guía (PCC): «Nosotros no tenemos nada que ver con eso. Deje su queja y vaya a Vivienda.» (Firman la carta de Simone)

    Coro (Simone a PCC Habana Vieja): «Ya sé que están entregando las casas a los damnificados de la Ciudadela La Aurora. ¿Cuándo me toca mi entrega? Mire, acá tengo un papel que dice…»

    Guía (PCC Habana Vieja): «No responden. Firman la carta que ha hecho Simone, como una muestra de que están al tanto de su situación».

    Simone repite coros y procederes nuevamente con Vivienda Provincial de La Habana.

    Coro (Simone a Consejo de Estado): Repite coros y procederes anteriores.

    Guía (Consejo de Estado): «Nosotros contactaremos a la Dirección Provincial de Albergue. Espere tres meses.» (Redactan una queja y firman la carta de Simone)

    Coro (Simone a Consejo de Estado, tres meses después): «¿Y entonces?»

    Guía (Consejo de Estado): «Vaya a Vivienda.»

    Coro final (Simone a Gobierno Municipal de Centro Habana): Coros y procederes anteriores.

    Guía: (Carmen, funcionaria del Gobierno de Centro Habana): «Lo tuyo era un cuarto. Tienes que esperar que dividan las casas que hicieron y que entregaron, para ver si te toca. Ahora mismo no hay vivienda para ti. Y yo no puedo perder el tiempo.»

    Sale Simone de escena, humillada.

    Salen los contestantes, victoriosos. 

    El público no entiende nada, pero aplaude. 

    Se apagan las luces.

    ***

    Simone entra al camerino del Cabaret Parisien, donde los bailarines y cantantes, agitados, se desvisten deseosos de llegar a casa, todos menos ella. Llora fuera del espectáculo. «¿Por qué debo reír cuando me estoy muriendo?», se pregunta esta vez. De vuelta a casa, compra comida en una cafetería para llevar, y en ese mismo termo pack hará luego sus necesidades fisiológicas. En el mini cuarto que improvisó en la sala, hay sábanas y cortinas firmes como paredes. Todos pasan por delante, hacen ruidos, prenden y apagan luces como si ella no estuviera ahí, como si ella fuese el elegguá en la puerta de la habitación multifamiliar.

    Los vecinos que conviven con ella y su hermana —dos familias más— tienen un cuarto con baño dentro para cada uno de ellos. Simone no tiene nada. No puede cocinar, no puede gritar, no puede singar. Solo usa el baño cuando su hermana no está en casa, a escondidas, con el riesgo que supone ser descubierta por ella. Usa el lavamanos común para verter el orine que ha guardado en un pomo, y en el mismo lavamanos lavará su ropa cuando todos estén trabajando.

    Uno de sus vecinos es estudiante de periodismo y la madre del muchacho periodista permite que su hijo interrumpa el sueño de Simone con un trío armonizado de ruidos: televisor, equipo de música y teléfono. El niño debe estudiar y para eso, si es preciso, enciende las tres cosas al mismo tiempo.

    La segunda familia trajo incluso funcionarios de Vivienda de Habana Vieja para que la expulsaran. Simone diría que, por la rapidez con que vinieron, hubo por medio soborno o amiguismo, pero los calló a todos con su carta de asignación de vivienda. Ella era la primera que no quería estar ahí. Ni los vecinos, ni los funcionarios de Vivienda estaban al tanto de estos procesos. 

    «Pensaban que eran cuatro familias hasta que vieron que comparto los apellidos con mi hermana, ahí se dieron cuenta que eran tres familias, porque aunque yo me lleve mal con mi hermana, es mi hermana», dice

    Simone cuenta su historia / Foto: Marcel Villa

    En ese punto rememora cuánta dicha han intentado robarle. Del Cabaret Parisien, hace alrededor de siete años, el director Rafael Hernández la expulsó por ausentarse un tiempo, luego de haberle dado permiso para participar en el show Sonando en Cuba.

    En Tropicana también vivió, junto a otros cantantes, al menos dos horribles momentos. Primero cuando Mairelis —hoy presa— les estuvo estafando un por ciento considerable del salario mensual durante la pandemia. Segundo, su último día. Una directora entre tantas, porque dice Simone que en Tropicana hay desde directora de las lentejuelas verdes hasta directora del encaje sintético, dio positivo al covid y el resto solicitó descartar el contagio antes de seguir trabajando. El director general desestimó aquello. Los artistas se negaron a participar en el show hasta que se cumpliera su petición. Simone fue la única de las plantadas que sufrió una expulsión.

    Ahora, en casa, o lo que se entiende por tal, se desmarca el lunar que le regaló su difunta madre. Le duelen bastante la cabeza y los ovarios. Tiene ganas insistentes de vomitar, pero ¿dónde? Si finalmente no puede resistirse, deberá hacerlo en una java de nailon y botarlo al otro día. Se acuesta en un colchón que ha tirado en el piso y le reza a Oshún, su orisha tutelar, una vez más. Poca fe y fuerzas le quedan y ha aprendido a dosificarlas muy bien.

    Mira a su muñeca en una esquina, representación del espíritu de una gitana. ¿Qué penurias nuevas debe contar a quién lo ha vivido todo junto a ella? Oshún, por su parte, fue condescendiente con Simone, luego de las palabras que le ofreció en un tambor de fundamento: «No quiero que me corones aún. Primero tienes que arreglar tu vida, y tener tu casa. Yo no estoy apurada».

    Simone quiere seguir rezando, pensar en un repertorio nuevo o al menos encontrar otras maneras de interpretar lo mismo, pero solo le quedan las mismas lágrimas y canciones desafortunadas de siempre, estrofas que se repite cada madrugada. Las ganas tremendas de vomitar harán que duerma sentada, esperando las inaplazables arcadas. Mañana temprano debe ir al hospital para someterse, por enésima vez, a una interrupción de embarazo.

    Simone quiere ser mamá y por eso llora esta vez. Lo ansía como deseó la casa o como añoró el viaje, como deseó el amor de su madre o al menos que Jorge Luis no la golpeara tan fuerte o tan a menudo. Pero no quiere dar a luz bajo esta tormenta. La única herencia que tendría el fruto de su deseo sería amor y desamparo.

    Con voz aereada, casi imperceptible, para que sus vecinos no se molesten, tararea una letra. Quizás un día goce una gloria similar a la de La Freddy. Por ahora solo la opresión de ambas las une. Se acurruca a ella misma y se canta, como quien se ofrece a sí misma una nana y un consuelo:

    «Y oigo voces que el viento repite

    como un eco en la noche callada.

    ¡Que se vayan! No pueden volver.

    ¡Que se alejen por siempre de mí!

    Que me dejen

    en mi soledad».

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    8 COMENTARIOS

    1. Te amamos mucho Simone.
      Eres una gran estrella y vas a seguir brillando… llegarás muy lejos..Dios te va a ayudar…Lo mereces más que nadie.

    2. Triste y mas que triste es la falta de respeto y la falta de todo que existe en ese país llamado cuba,increíble la historia pero es la pura verdad

      • Conozco muy de cerca tu historia, somos coworker en el cabaret, y soy testigo de tu perseverancia y esfuerzo ante la vida para lograr tus metas, sigue adelante, el sol está brillando nuevamente para ti!!!!! Aferrate a tus convicciones y a tu sueño!!!! Lo estás logrando!!!!!!!! Te quiero mucho

    3. Mis respetos para ti siempre , la verdad es que nadie sabe lo que cada cual sufre ,por eso no pudes bajar tu cabeza jamás , sigue adelante que la justicia divina si existe demora pero llega y algo bueno sucederá . Bendiciones por siempre
      Lester lez y Yanela

    4. Mis respetos al el autor por esta redacción tan bien lograda.. Y mis eternos aplausos a la bella Simone, a quien admiro desde la 1ra vez que la vi cantar hace muuuchos años, ya era «Simone»!! Esa niña desprende fuego en la pista!! Hay que mirarla!!! Estoy segura llegará todo lo bueno que merece..!!

    5. Que pena tu historia colega no te caigas sigue luchando tu eres desde tu nacimiento una guerrera. Que dios haga que tus sueños se tealicen

    6. Amiga guerrera Simone, que la gracia de Dios te siga acompañando, vas a seguir logrando y cosechando éxitos en tu vida, porque bien lo mereces!! Sigue siempre perseverante y con tu cabeza en alto…!!!
      Tu historia verdaderamente impactante, y escrita de la manera más coherente y real.

    7. Una historia demasiado común por allá. Al fin, si no tiene una familia que la quiera, lástima que no entendiera cómo en cualquier país visitado, hasta limpiando pisos, saldría adelante.

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