Las dos casas de Fina García Marruz 

    Cuando pensábamos que ya estaba cerrado el canon de Orígenes, nos sorprende, muy gratamente, la publicación de estas Pequeñas memorias de Fina García Marruz. He aquí la excelente prosa de sus mejores ensayos, intuitiva y analítica a un tiempo, lírica pero siempre contenida, que puede bordear lo cursi pero nunca caer en ello, porque está, por así decir, protegida por una inteligencia extraordinaria. Con la particularidad, ahora, de lo autobiográfico, donde Cintio Vitier había incursionado —«Raíz diaria» (1955-1956), «El violín» (1968), De Peña Pobre (1980)— pero no García Marruz. Se trata, además, no ya de un libro póstumo, sino de uno publicado siete décadas después de su escritura. El manuscrito, según señala Josefina de Diego en su presentación, está fechado en 1955. Nunca demasiado preocupada por publicar, García Marruz lo habría abandonado hasta que ahora, dos años después de su muerte, una editorial española y otra mexicana acaban de darlo a conocer.

    Resulta, a primera vista, extraño que alguien de 32 años escriba unas memorias de su adolescencia y primera juventud. A propósito, en una reseña reciente Ernesto Hernández Busto conjetura que el libro fue reescrito en las décadas siguientes, tras el parteaguas de 1959. «En su advertencia inicial a estas Pequeñas memorias, la autora también escribe: “No caeré en la fea moda de narrar miserias que a nadie faltan”, una frase que dicha a mediados de los 50 no tiene mucho sentido. La alusión a una maledicencia en boga, y el empeño en otro tipo de rememoración, purificadora y esencial, que impulsa este libro, sólo adquieren contornos precisos si se contraponen al debate sobre el origenismo iniciado por García Vega y prolongado hasta los años 90».

    Se trata de una hipótesis interesante, pero no la comparto. Me parece que este es un libro completamente escrito antes de la revolución de 1959 y mucho antes que Los años de Orígenes. Por un lado, Lezama no está; son Gastón Baquero y Juan Ramón Jiménez las dos figuras tutelares del camino poético que rememora García Marruz. Es solo hacia el final que aparecen Cintio Vitier y Eliseo Diego. Aquí se evoca el momento anterior no ya a Orígenes, sino también a Clavileño, a cuyo consejo de redacción García Marruz perteneció. Más vinculado estaría este libro, si acaso, a Espirales del Cuje que a Los años de Orígenes. Aquel primer intento narrativo de García Vega, publicado a los 26 años, es una suerte de memoria novelada, que termina con el traslado del narrador a La Habana en 1936, cuando tenía diez años. Las memorias de García Marruz concluyen hacia 1940. En ambos casos, el lapso entre el fin del período evocado y el momento de la escritura es de aproximadamente quince años. Hay, pues, dentro del propio grupo Orígenes, un antecedente de memorias escritas en plena juventud, aunque en el caso de García Vega se trata de un esfuerzo más literario, superficialmente proustiano. Otro ejemplo a tener en cuenta es un libro que se menciona varias veces en Pequeñas memorias, El gran Meaulnes de Alain-Fournier, novela autobiográfica escrita a los veintiséis años, que aborda con un aura de misterio el tránsito entre la adolescencia y la juventud, justo los años que aborda García Marruz.  

    Por otro lado, me parece que esa «fea moda de narrar miserias que a nadie faltan» a la que se alude en la nota introductoria es, en el contexto de los años cincuenta, el existencialismo. A propósito, conviene recordar unos apuntes de Vitier, publicados en 1951 y fechados en 1948, que hasta donde sé nunca han sido recogidos en libro: «La lectura de La náusea, de Jean-Paul Sartre, me ha recordado las primeras cartas de Rivière a Claudel, sobre todo el pasaje que empieza: ‘Dos cosas sobe todo me impedirán ser cristiano: el sentimiento de la realidad de la nada, la complacencia en mi desesperación’. Y también estas líneas: “¡Oh, hermano mío, qué náuseas me provocan mis villanías interiores, cuánto me disgustan mis agitaciones, ese debate pueril que mantenía, cuando hubiera sido menester que me arrojase de rodillas y con la frente en el polvo!” He aquí —en la historia más profunda del siglo XX francés— un momento anterior a los éxtasis obscenos (para usar la palabra clave que emplea el propio Sartre) de Antoine Roquentin, un momento en que la desesperación tiene el signo de lo redimible y en que se pide la respuesta a la Alegría, no al Absurdo». («Páginas de Diario (1948)», Lyceum, agosto de 1951, p. 22, traducción mía de las citas de Rivière).

    Las comunes miserias a que alude García Marruz en su nota introductoria son, me parece, estos éxtasis obscenos del existencialismo, los flujos del cuerpo que abundan en La náusea y otras obras semejantes. Y esa Alegría de que hablaba Vitier en su diario de 1948 será la respuesta de los católicos a la misma. (La Nausée se llamó primero «Melancolia», como la extraordinaria película de Lars von Trier.) El último capítulo de Pequeñas memorias se titula justamente «La dicha», y en el centro del mismo, el sexto de los once que lo componen, «Y lloró Jesús…», está la conversión, esa experiencia que no tuvieron Lezama y Eliseo Diego, quienes heredaron el catolicismo de sus familias, mucho menos Octavio Smith, que estudió, como García Vega, en colegios religiosos. Crecida en un hogar poco convencional para la época, con una madre casada tres veces y que trabajaba «en la calle», García Marruz llega a sus diecisiete años a la fe católica. Y lo hace sin sobresalto alguno: «Mi conversión careció de dudas intelectuales o de esas crisis que suelen hacerlas interesantes. No puedo ufanarme de un proceso dramático, o de una lucha que hiciese más legítima la victoria. Se trataba, en mi caso, de simple ignorancia. Una vez ilustrada suficientemente por los Evangelios y los dogmas, no sentí en mí ninguna resistencia a aceptarlos». (Editorial Huso, Madrid, 2003, p.94). 

    Hay aquí una notable diferencia con Cintio Vitier, cuya conversión fue mucho más dificultosa. Sabemos que él se hizo cristiano justo a esa edad. «Comenzó a serlo a los 17 años, por vocación propia y decisión solitaria», cuenta José Adrián Vitier. Pero fue primero protestante, como su abuelo carpintero; es solo en 1953 —el Domingo de Pascua, según Roberto Méndez— que por fin recibe la Eucaristía. Así cuenta Vitier esa experiencia en «El violín»: «Toda conversión es como una revolución íntima que vuelve a las cosas aparentemente al revés, para ponerlas al derecho. […] Canto llano dista mucho de ser un libro sereno. Contiene, por el contrario, las mayores desgarraduras y acedías que he podido expresar, porque el cristianismo, y más el cristianismo del converso, no es la serenidad, sino, precisamente, la Pasión; solo que donde reina el sacrificio de Cristo, las pasiones, por caóticas que sean, tienen que reconocer una jerarquía y un sentido». (Obras1. Poética, Letras Cubanas, 1997, p.204.).

    En De Peña Pobre, la conversión ocupa solo dos páginas, pero tiene todo el dramatismo que, según confiesa García Marruz, faltó a la suya. Vitier la describe como un «pasar por el horno en que la carne del alma humea y da náuseas y vómito, y se vomita un ser viscoso que era el yo, míralo, el yo con su gana caótica de violarlo todo y tragárselo en su insondable bostezo vacío, el yo hecho de nada, nutrido de sexo y de mente, el yo clandestino y demente, bicho abisal». (Letras Cubanas, 1980, p.139). La conversión de Vitier —y es lástima que no haya dejado un escrito donde contara con más detalle por qué, si se bautizó a finales de los treinta, demoró quince años para entrar en la Iglesia, y por qué, ya siendo cristiano, pasó del protestantismo al catolicismo— es una purga; algo cuya intensidad solo se puede dar con metáforas tremendistas como «salto en el vacío», «morir y volver a nacer». 

    Si hubiera que buscar un homólogo para este contraste en las canciones populares cubanas (algunas de las cuales aparecen, por cierto, en varios poemas posteriores de García Marruz), podríamos decir que la conversión de Vitier, su reconocimiento del amor de Dios, equivale a «Abandonada a su dolor» de Agustín Acosta, mientras que la de García Marruz sería como «Tu voz» de Ramón Cabrera. Si en Vitier hubo tribulaciones («Arde / como la mirra el corazón que inmolo»), espera angustiosa («llegó cansada de volar») y un súbito impulso final («abrí los pabellones solitarios / iluminé los vastos corredores»), para García Maruz la conversión fue algo más fácil, natural, fluido: «susurro de palmas», «trinar de sinsontes», «cristalino torrente cual una cascada…».

    Fina García Marruz / Foto: Cubasí

    Se diría que, de alguna forma, era ya católica sin saberlo, a partir de la poesía. Cuenta ella cómo, hasta su encuentro con la obra de Juan Ramón Jiménez, había leído siempre poetas malos, pero la clave no está en la calidad de la poesía, sino en su sentido mismo (se puede leer a poetas malos como si fueran buenos, y a poetas buenos como si fueran malos), en la función de la poesía dentro de la vida. Para García Marruz la poesía le otorga realidad al mundo; solo mediante esta, las cosas se le vuelven reales, de modo que el cristianismo no vino sino a completar, cumplir, lo que estaba vislumbrado, prefigurado en aquella. «Cuando leí el comienzo del Evangelio según San Juan: “En el principio era el Verbo…”, se me hizo claro por qué había sentido siempre oscuramente que el ser de cada cosa no estaba en la realidad de ella misma, por qué su simple presencia no bastaba para convencerme, como si sólo pudiera reconocerlas a través de una lejanía de memoria o de deseo, por lo que en la poesía sentía un acercamiento más profundo a las cosas». (pp. 102-103) He aquí cómo la dulce, perenne nevada de la poesía desembocó en la entrada en la Iglesia, una «Iglesia que residía exclusivamente en la Eucaristía y la vida secreta de sus Santos». (p. 104). 

    Aunque hubo para ello un tiempo de rigor; la poesía «había preparado secretamente el camino» (p. 102), pero se necesitaba, tras el primer convencimiento «de orden racional», un examen de conciencia. Ahí, entre incansables lecturas de santos, filósofos y doctores de la Iglesia, sí hubo un poco de angustia: «Esta entrada primera a lo que Claudel llamó “el horno de la confesión”, ese arrasado instante en que nos enfrentamos con la Verdad pura, no podía durar demasiado sin destruirnos para siempre.» (p. 105) Hasta que un día, leyendo un pasaje de San Agustín, se produjo una «rara emoción», seguida de la decisión de ir a la Iglesia. Terminado ese período de ajuste cuyos detalles la autora no ofrece, «“porque su sola rozadura quema aún», y que García Marruz describe con la imagen de «aquel que recorre la casa vacía que piensa habitar» (p.101), primero con cierto sigilo y extrañeza, hasta que se hace a la misma; una vez establecida ahí, definitivamente, todo adquiere sentido, y es por esto que Pequeñas memorias resulta un libro completo, perfecto, en tanto abarca cumplidamente esos dos hitos que, entre la adolescencia y la primera juventud, son el descubrimiento de la vocación poética y el de la religiosidad católica, vasos comunicantes para los cuales, significativamente, la autora usa la misma metáfora. La poesía es «tierra sin una sola sombra […] casa en que nunca h[a] sido extraña». (p. 120).

    Pequeñas memorias ofrece, así, un valioso contexto para ese ensayo extraordinario que es «Lo exterior en la poesía», publicado en la revista Orígenes en 1947. Esa poesía extraviada en una búsqueda perenne, en un «automatismo inexorable», que ha perdido la «alegría», es consecuencia del ateísmo del siglo XX, de su exceso, de una hybris. «Hay lo que podemos llamar una distancia mágica entre el ojo y lo mirado que no puede traspasarse sin que el equilibrio interior y exterior quede roto para siempre» (Ensayos, Letras Cubanas, 2003, p. 78, énfasis de FGM). La religión católica es justo esa distancia, ese equilibro, el límite que mantiene el orden, evitando que el mundo pierda su forma, como los relojes derretidos de Dalí o ese siniestro mundo cotidiano de Roquentin donde las cosas se distorsionan, se confunden, se irrealizan. 

    Para un católico como García Marruz, el mundo del ateo es irreal como una pesadilla, mundo pagano, insustancial, compuesto de sombras chinescas; solo por la gracia el mundo está completo, realizado, anclado. De ahí que la imaginación, tan alabada por los surrealistas, no tenga demasiado valor. Para el surrealista, eso que percibimos como mundo real, adocenado por la razón y la costumbre, es limitado, y solo la imaginación, reina de las facultades, podrá recobrar lo que Octavio Paz llama «la mitad perdida del hombre». Para el católico, en cambio, la fe —la «sustancia de lo porvenir», no la «sustancia de lo inexistente»— garantiza la realidad del mundo, y esto en cada momento, de modo que las iluminaciones, facilitadas por drogas como la mezcalina y el hachís, no son necesarias, toda vez que «la vida es siempre, a cada instante, una resurrección. La resurrección es la experiencia elemental y continua, por eso mismo invisible» (Vitier, «Raíz diaria», Obras1. Poética, p.169). 

    Y el mundo de la imaginación, el mundo imaginario, es el reino de la literatura, de la ficción, no de la poesía. Un adorno gratuito, cuando no un pecado: el de la lujuria intelectual, la libertad extraviada, idolizada, de los ismos del siglo XX. Refutando tácitamente el existencialismo —«estamos condenados a ser libres» fue la paradoja del primer Sartre—, afirma García Marruz: «No existe error más peligroso que el de ver en la libertad una pasión de la voluntad y no un acto del pensamiento, es decir, una visión.» Y añade: «La libertad no debe residir, pues, en nosotros, nuestra elección, sino en la visión exterior de nuestro fin, en la entrega amorosa a un objeto». ( p.77). Los juegos literarios que ella ejemplifica en los casos de Marcel Schwob y de Borges son el término de una búsqueda incesante, laberíntica, fanática de sí misma, que sueñe terminar en lo fantástico o en la metaliteratura, mientras que «el centro mismo de toda búsqueda poética» es «descubrir la liturgia de lo real, la realidad pero en su extremo de mayor visibilidad». ( p.80).

    Es justamente eso lo que ella encuentra en la tradición poética española. «Creo que pocos españoles amaban tanto a España como la amaba yo por aquel tiempo. Me hubiera hecho más feliz verla a ella y no ver el resto del mundo. Me proporcionaba uno de los goces que más ama el hombre: consentir con la voluntad libre lo que ha sido destinado de modo fatal, por la herencia y la sangre». (p.169) Y añade: «Mi gratitud hacia ella no tenía límites. Sentía lo nuestro como algo vago, casi doloroso, inapresable, y ella me traía lo sólido, la roca cierta». (p.170). Son palabras contemporáneas del poemario «Azules», que revelan cuánto de problema tenía la identidad nacional para García Marruz; cómo, en vez de una certeza, «lo cubano» era un malestar, una inquietud, unidos a la percepción de un peligro: «la corruptora influencia del Norte, amenazando con destruirlo todo».

    Esa Cuba a la que faltaba sustancia, gravedad y tradición no era, sin embargo, un lugar feo o desértico, en el retrato que nos ofrecen estas páginas que comentamos. Se trata, como bien apunta Hernández Busto, de un libro sobre la República, que contradice la visión caricaturesca que, a partir de Los años de Orígenes, ofreció García Vega. La «lisa poesía del carretón de frutas», los conciertos de Lecuona, las conferencias en el Lyceum, las clases de filosofía en la Universidad impartidas por profesores como Mañach o Joaquín Xirau, el festival de poesía organizado por Juan Ramón Jiménez en el teatro Campoamor, la profusión de cines, los vendedores callejeros de periódicos pregonando El Mundo, La Marina y El País: es este el mundo que, varias décadas más tarde, ya en los setenta y ochenta, se evoca en poemas de Habana del Centro como «Año 30», «El afilador de tijeras», «Gardel», «Rita Montaner», «Viejos boleros», «Bola de Nieve», «Calle Águila» y «Convergencias de Miguel Cuní». Eso no era, en modo alguno, un páramo cultural, la «horrible» década del treinta que pintó García Vega. 

    Casualmente, la madre de Fina García Marruz, pianista y casada con uno de los mejores trompetistas de Cuba, trabajaba en la primera orquesta de mujeres de los Aires Libres frente al Capitolio, los mismos que aparecen, con tintes más sombríos, en Devastación del hotel San Luis. Preguntado por su proyecto de «novela mala», cuenta García Vega, en su conversación con Carlos Aguilera: «Los Aires Libres eran uno de los espectáculos más lamentables, escasos, feos que pudieran verse en la Cuba de aquellos años. […] Orquestas que a mí me alucinan porque más que el kitsch son el ejemplo de un destartalo estereotipado, solidificado, compuesto por mujeres sin ningún atractivo.» (Lorenzo García Vega. Apuntes para la construcción de una no-poética. (Aduana Vieja, Valencia, 2015, pp. 54-55).

    A juzgar por el retrato de la madre de Fina García Marruz, los Aires Libres eran algo mucho menos decadente. Esa encantadora señora, en cuya casa paraban personajes de lo más variopintos y cuyo primer hijo, que había sido «secuestrado» por el padre, fue el gran músico Felipe Dulzaides, parece casi una hippie. Había querido modernizar los muebles de la sala cortándoles las volutas de arriba pero dejándoles las de abajo, y a su hija adolescente le causaba una tremenda angustia la sola idea de tener que recibir a su exquisito maestro en semejante vivienda. «En mi ingenuidad soñaba con una casa distinta para recibir a Juan Ramón. ¡Si al menos se tratase de una pobreza como la que uno veía en los libros de Azorín, parca, noblemente silenciosa, dulcemente austera! Pero era aquel desconcierto lo que me espantaba». (p.134).

    Por el otro lado de la familia, la rama García-Marruz, de mayor gravitas, está el padre, ginecólogo de renombre. Me parece que este hombre, con su biblioteca, sus ademanes y su señorío, es uno de los modelos de lo que su ensayo «Estación de gloria» (1970) García Marruz llama «ese extraño vínculo de ‘lo literario’ unido a todas las formas de la vida que existió en nuestro siglo pasado y comienzos de este por el cual el médico de corte europeo, hace saborear un giro criollo en su conversación de buenas pausas, el abogado se mostraba capaz en un discurso de añadir una voluta nueva a un exordio griego o una cita latina, una carta familiar obligaba como una pública a un estilo cuidado y ceremonioso, y las cláusulas oratorias, los epitalamios o las frases célebres diseñaban las perspectivas de un viaje, una boda o una muerte». (Hablar de la poesía, Letras Cubanas, 1986, p. 383).

    El retrato de familia que ofrecen estas memorias también contradice —aunque sin intentarlo— la preeminencia otorgada a la «grandeza venida a menos» en Los años de Orígenes. Los García-Marruz Badía son una familia pequeñoburguesa, pero no obsesionada por un pasado esplendor. Viven un tiempo al borde del embargo, pasan de una casa grande en La Víbora a varias más modestas en Centro Habana, hasta recalar, por fin, en Neptuno: «llegaron los tiempos a que nos había preparado tenazmente abuela, en que hubo que reducirse y venir a La Habana, a las casas del centro en altos, de sitios sin jardín, cada una con una comodidad de menos, y que mamá encomiaba con más entusiasmo a medida que se reducían de tamaño». (p. 59). Las niñas asisten a colegios públicos y, cuando mejora la situación financiera, a un colegio de pago. Es una provisionalidad, una movilidad, distinta a la de las familias más acomodadas que se vieron obligadas, como la del propio Vitier, a «mudarse por los altibajos de la guerra» (p. 147), y en cuyos muebles García Marruz, retomando aquella noción juanramoniana de la «aristocracia de la intemperie», descubre una cierta «calidad de intemperie». 

    De aquel colegio privado se cuenta, por cierto, una anécdota que me parece reveladora. La directora, una señora algo estrafalaria y ridícula que suele presentar a Fina ante los visitantes como la futura “Madame Curí” de Cuba, organiza un acto de fin de curso donde la niña prodigio escucha por primera vez la «Sonatina» y la «Marcha triunfal» de Darío. Oír esos poemas en la voz de aquella mujer, cuenta García Marruz, «[la] hizo separar para siempre la poesía de “lo recitable”, del son mudo y hondo, la música secreta, ajena al ritmo machacador». (p.114). He ahí un primer hito de un camino poético que recibirá otro, igualmente definitorio, en el encuentro con Juan Ramón Jiménez. Al ver que a la niña le gusta mucho leer, el padre le regala la antología Poesía infantil recitable, pero como ese libro no le complace, y ella le ha hablado de una conferencia de cierto poeta exiliado español a la que había asistido por azar, el padre le regala Belleza, y ahí prende, para siempre, la llama de la poesía. «¡Cómo, Dios mío, describir el deslumbramiento de felicidad de aquellos versos, con decir que sólo entonces, y por primera vez, y de modo inolvidable, me sentí absolutamente feliz, sin una sola sombra!» (p.117). Y entonces, en lo que para mí es el centro mismo de estas Pequeñas memorias, la escritora de treinta y cinco años cuestiona —retomando su controversia con el existencialismo ateo y otras tendencias del siglo— la existencia de ese aparente azar que la llevó, con trece, a aquella conferencia donde además de oír hablar a Juan Ramón vio por primera vez a Cintio Vitier y a Eliseo Diego. «El absurdo —escribe entonces— no está nunca en el modo como han sucedido las cosas, sino en el punto en que no aceptamos que las cosas hayan sucedido de ese modo». (p.119).

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