«El reguetón erotiza la violencia patriarcal» y otras preocupaciones de feministas blancas

    Es un hecho. El reguetón erotiza la violencia patriarcal. Y lo admito en medio de profundas contradicciones: no me gusta la construcción sintáctica utilizada, por su sabor y fonética blancos, porque olfateo su tufillo racista y clasista, y porque se asemeja a otras de raíz en el terfismo, lo que explicaré más adelante. Pero sí, el reguetón es machista, sexista, misógino; hace apología de la violencia, de la violación, cosifica a la mujer. Eso lo sabíamos. Eso lo repetimos cada vez que triunfa un exponente nuevo o cuando el género recibe algún premio. 

    ¿Haremos algún análisis fuera de esta vacua, inútil e iracunda enunciación trillada, o nos vamos a quedar en la superficie mientras, por debajo, las condiciones estructurales que causan violencia, pobreza y muerte real siguen intactas; dígase: racismo, colonialismo, colonialidad, violencia del Estado, marginación económica, pobreza, entre otras? ¿Haremos más denuncias? ¿Armaremos una cruzada de igual proporción contra productos culturales de élite y contra el estado actual de las cosas?

    No es mi interés hacer un estudio sociológico sobre el reguetón ni el «reparto». Tampoco sobre sus representantes y adeptos. No vengo a intelectualizar estos géneros urbanos para que se los valore de otros modos. De hecho, yo los prefiero en la zona en que se mantiene aún buena parte, porque es la única garantía de que seguirán siendo lugar de resistencia y no subsumidos por el sistema. Yo los quiero desautorizados, repudiados, boconeando en la puerta por estar mal vestidos y no tener derecho a entrar en el salón blanco de las fiestas. Mucho menos pretendo obligar a nadie a que abrace los géneros urbanos como se abraza una fe. No escribo aquí en calidad de defensora. Me mueve, apenas, un interés político antirracista y de descolonización discursiva.

    A quien no le guste el reguetón o el reparto no le tiene que gustar. Mi análisis está enfocado en sus furibundos detractores, los que hacen campaña. Pero, ya que estamos, qué tal si evitan la superioridad moral, la compulsión de cada tanto dejar claro que no les gustan… sin que les hayan preguntado, sin que venga a cuento, como si desmarcarse del disfrute o del consumo de estos géneros los convirtiera automáticamente en mejores personas o en ciudadanos de primera cuyo gesto «subversivo» de «ir contracorriente» debiera ser premiado.

    Más que sus detractores me inquietan las causas reales y ocultas de esa actitud. No siempre se perciben a primera vista, de manera diáfana. Emergen a medida que se intenta un debate, o una apología, y entonces a menudo se nos revelan una serie de sesgos clasistas y racistas, tan repudiables como la propia violencia que se critica en el reguetón. Solo que por alguna razón esas estructuras veladas se mantienen en un escalón inferior en la jerarquización y el análisis de las violencias cuando se trata este asunto.

    Lo «erotizante» como narrativa que desautoriza la posibilidad de existencia

    Recientemente se desató la enésima polémica sobre el reguetón/reparto y sus letras, luego de la presentación del cantante urbano «Bebeshito», con su canción «Hacha», en una gala de premiación televisada. De inmediato las críticas aparecieron con los tópicos de siempre, como si no se pudiese salir de ahí, casi como un vicio cíclico y caprichoso: «cosificación de la mujer», «sexismo y misoginia», «vulgaridad», «obscenidad», «denigración de la mujer». (Esta última, por cierto, es una expresión racista; denigrar viene «de negro», lo negro como algo malo o perjudicial, lo que sería en este caso «perjudicar a una mujer». Ya que hay tanto interés en las mujeres, y en la corrección política del lenguaje, cuidemos las expresiones que empleamos en nuestras contiendas). 

    Colegas de la industria se sumaron a las críticas y valoraron como un hecho abominable la presencia del género urbano en ese tipo de eventos. Algunas feministas y marxistas iniciaron debates filosóficos y sociológicos desde sus puntos de vista. Si bien algunos expusieron una mirada más crítica, y de sospecha, respecto a los prejuicios sobre el reguetón, en general las opiniones complacieron los acérrimos detractores del género. Hasta el canal Cubavisión emitió unas disculpas por «haber incluido en la Gala del Lucasnómetro de Verano contenidos que exacerban el sexismo y la violencia contra la mujer» y ratificó «su compromiso con la defensa de las políticas encaminadas a promover y proteger los derechos de la mujer y los valores que defiende el sistema social cubano». Sí, esa misma televisión que ha expuesto la vida íntima de mujeres disidentes y opositoras políticas, ha mutilado besos y escenas lésbicas de filmes y telenovelas cubanas y extranjeras, y ha reproducido audiovisuales cisheterosexistas y racistas para luego cumplir el eterno ciclo de la rectificación de errores. 

    Premiación de «El hacha» /  Foto: Los Lucas-Facebook

    Quizás lo que más llamó mi atención fue un tuit (o como sea que se le llame ahora) de la feminista y fotógrafa cubana Mónica Molinet: «El reguetón erotiza la violencia patriarcal». Frase que entronca con la llamada corriente radical del feminismo (RadFem), la cual identifica la opresión por género o sexista como la principal opresión de todas las mujeres y, a la vez, ubica su origen en el patriarcado —un sistema político, económico, religioso, social y sexual que se basa en la idea de autoridad y superioridad del hombre. En consecuencia, todo lo que suceda y se reivindique desde el sexo o género, sus roles y las expresiones sexuales, va a ser condenado siempre por la existencia de una dominación/cosificación patriarcal que lograría hacer pasar su opresión por deseo. Un feminismo que, pretendiendo «ir a la raíz» (de ahí su nombre: radical) llegó al extremo. Usa «patriarcado», «violencia» y «opresión» de manera irresponsable y distorsionada. Como sinónimos de hombre. 

    En cada hombre ve un patriarca, no importa que estas mismas feministas estén en una posición ventajosa con respecto a hombres pobres y racializados, sin acceso a la participación política y al poder, mecanismos que son los que producen la violencia patriarcal y la asientan en leyes, constituciones, partidos, o en la educación. Los hombres de mi barrio, Los Sitios, no son patriarcas, ni los de El Cerro, ni los de donde me crie en Guanabacoa. Mi papá no es un patriarca. Machista sí, todo lo que quieran. Pero no son patriarcas. Y para erradicar esa violencia estructural que denuncian, deberían entender esa diferencia. 

    Tal vez no queramos reconocer que los patriarcas que tenemos viven en Punto Cero, en la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, en el Ministerio de Justicia o en Miramar. «Patriarcado» no es ni ha sido una situación universal ni lineal, enquistada en los «genitales masculinos» y en una especie de esencialismo, como nos ha hecho creer el feminismo hegemónico. No es tampoco un sistema que se sostenga solo gracias a los hombres ni del cual se beneficien solo ellos, entendiendo que, si bien las mujeres en posiciones de poder han llegado ahí por privilegios de raza y clase, no es menos cierto que se benefician de estructuras que, al decir de ellas mismas, son patriarcales. 

    Las Radfems han centrado su agenda en contra del acoso callejero y el piropo, pero no se movilizan igual por la situación de pobreza de otras mujeres, casi siempre racializadas, no heterosexuales, no cisgénero, no académicas o universitarias: más oprimidas. Les preocupa el acoso callejero, pero no la situación real de las que viven en las calles y en los barrios marginalizados. Si se preocupan por las de la calle es para fiscalizar la manera en que se agencian la vida y el plato de comida. Les preocupa la violencia de género (casi siempre reducida a violencia contra determinadas mujeres), pero no tanto la violencia racista y colonial que se produce también con marcado de género. 

    No es de extrañar que sean las mismas que se opongan al trabajo sexual y quieran salvar a las putas y trabajadoras sexuales, conseguirles un empleo decente, como si hubiera algo de decente en el estar 12 horas en un bar atendiendo turistas, clientes, y recibiendo órdenes e insinuaciones sexuales del jefe. Como si en cumplir una jornada de ocho horas en una oficina cutre no estuviéramos vendiendo nuestros cuerpos, energías, sudores, salud física y mental, por un salario mediocre que no alcanza para llegar a fin de mes. Al menos las putas autónomas ponen su precio. Hay otras que trabajamos por el que pauta el Estado o un particular.

    Concibo lo de «erotizar la violencia patriarcal» como parte de una retórica tramposa perteneciente al andamiaje discursivo de abolicionistas del trabajo sexual, así como del terfismo —una ideología sectaria dentro del Radfem que parece haber redescubierto la raíz de su opresión, pero esta vez en la existencia de las mujeres trans. La usan de manera recurrente, solo que cambian, a conveniencia, el sujeto de la oración. Y es que encerrar una problemática en la zona de lo erótico, lo erotizante, le confiere un carácter banal, primitivo, salvaje, de instinto, de irreflexión y poco control. Así la reducen a un mero estímulo o interés del deseo, a fetiche, que incluso vuelve algo deseable, en este caso, la violencia sexual, los feminicidios y la opresión por motivos de género; todo lo cual no puede estar más distorsionado y constituye un ejemplo de manipulación feminista.

    De este modo, aducen también que las trabajadoras sexuales o las prostitutas erotizan la violencia sexual, que se cosifican y que son cómplices del sistema que cosifica a las mujeres como mercancías y luego las desecha y las mata. Sostienen que las mujeres trans erotizamos la opresión de género «al querer ser del género opuesto», que hemos convertido la opresión en una identidad, que reificamos los roles y estereotipos de género, y por tanto somos cómplices de lo que causa el «asesinato de mujeres por el hecho de ser mujeres». Expresiones muy parecidas a la de «erotizar la violencia…», o las que redundan en un interés en el cuerpo de la mujer, en la mujer como objeto, cosificada, con el objetivo de desautorizar cualquier ejercicio de autonomía corporal y sexual, han sido empleadas desde el inicio mismo del terfismo. En los años setenta, la feminista anti-trans Janice G. Raymond afirmó en su libro The Transsexual Empire (1979) que las mujeres trans violamos el cuerpo de la mujer al reducir la verdadera forma femenina a un mero artefacto.

    No es el objetivo de mi texto ampliar esas ideas o responder a ellas con la problematización que llevan. Para eso hay cientos de estudios y aportes teóricos y vivenciales, situados, de personas trans, del transfeminismo, de activistas, etc., que pueden dar cuenta de lo reduccionista y peligroso de tales aseveraciones. Pero la realidad es que ya esto no debiera asombrarnos. Las discípulas del feminismo centrado en las preocupaciones de las mujeres blancas, con solvencia y privilegios económicos y raciales (de ahí que se les nombra «feministas blancas» o «hegemónicas», aunque no necesariamente sean o «blancas» de color de piel; lo son por sus prioridades y maneras de pensar y de pensarse), no están interesadas en complejizar las nociones que aprenden y repiten, de manera irreflexiva, dizque por un interés en la situación de «todas las mujeres». Algo que no existe. Ni es por todas las mujeres, ni hay una tal situación de todas las mujeres.

    Las viejas leyes físicas que olvidamos: «causa-efecto» y «acción-reacción».

    En días pasados, a raíz de esta polémica reciclable, en un grupo de debate de WhatsApp, un muchacho preguntó, con mucho respeto y precaución, por qué había tanta gente defendiendo el reguetón/el reparto, y por qué les llamaban racistas y clasistas a quienes lo consideraban vulgar y sexista.

    Las opiniones fueron variadas, y debo decir que prevaleció un clima de entendimiento y respeto. Sin generar polarizaciones ni convertir el espacio en un ring de boxeo, muchos opinadores pusieron el foco en por qué solo estamos viendo el sexismo en los géneros que han nacido y que más se consumen en contextos populares, racializados y empobrecidos. Resaltaron lo sospechoso de ello, por lo huidizos y reptantes que pueden ser el racismo y el clasismo, la manera en que la blanquitud (que no blancura, ni el color de piel) y los valores burgueses han despreciado siempre a la gente marginada y pobre, y por tanto todo lo que sea de su invención y que celebre su resistencia.

    Yomil y El Dany / Foto: Facebook

    Como siempre, hubo quien explicó que su conflicto con el reguetón era por una cuestión de «calidad», es decir, porque no le resulta valioso según los parámetros del eurocentrismo, que traza la línea y define lo que es arte y lo que no, y lo que tiene valor y lo que es solo alimento de «masas». Es sabido que nuestros clásicos musicales son europeos todos, hombres todos, y que es solo lo que se produce en Europa, o en los nortes globales, lo que obtiene rango de conocimiento, de «calidad» y, por si fuera poco, se convierte en el estándar para comparar y valorar lo producido en el resto de las regiones; todo ello resultante de una operación de colonialidad del poder y del saber.

    En The Invention of African Art Music: Analyzing European-African Classical Cross-Over Projects, el musicólogo Nepomuk Riva nos recuerda que cuando hablamos de música clásica europea hay que recordar también su uso en la dominación colonial, ya que mientras las prácticas musicales precoloniales fueron marginadas, reprimidas y vistas como incivilizadas, la música clásica traída de Europa representaba todo lo contrario.

    Además de esto que llamo la exigencia y los controles de calidad en la música urbana (cosa que parece no ser el mayor interés de la clase trabajadora y pobre, que llega cansada de su jornada y prefiere relajarse oyendo un buen reguetón que le sacuda los huesos y le alegre el espíritu), se manejaron otras razones para odiarlo; pero, para mi decepción, puesto que quería razones explícitas y sinceras, no tenían que ver propiamente con el género sino con sus consumidores: que esa música la ponían, con un volumen desconsiderado, en todas partes: en las guaguas… hasta en cumpleaños donde los niños. Usan el pretexto manido de proteger a las mujeres y a las infancias, como hacen los fundamentalistas cristianos y conservadores con todo lo relacionado con la sexualidad, generando pánicos morales, en este caso, en torno a un género musical y a determinados cuerpos marginados.

    Con el paso de las horas pensé que tal vez la pregunta inicial de aquel muchacho estuvo mal enfocada. En lugar de por qué tantos defensores del reguetón, acaso debió preguntar por qué hay tanta gente aborreciéndolo con gramáticas clasistas y racistas so pretexto de dignificar a la mujer. La defensa del reguetón tiene que ver con la campaña en su contra. Ninguna apología se da en el vacío. Ante una frenética cacería contra el género, es de esperar que surjan defensores con esa misma intensidad. La moral blanco-cristiana de nuestra sociedad, y también el feminismo hegemónico, con sus gafas violetas, siempre empañadas y con una graduación errónea, han puesto en el foco al reguetón y a sus representantes, y lo están llevando a tribunal.

    Me resulta sorprendente que quienes dicen estar preocupadas por la violencia, por las mujeres y los niños, no muestren ese mismo interés en denunciar lo que a fin de cuentas crea y sostiene la violencia y la situación de vulnerabilidad de mujeres y niños. Las feministas blancas ven la violencia contra la mujer, pero no ven otras violencias que afectan a otras mujeres: el racismo, la marginación, el Estado, las políticas gubernamentales que crean desigualdad, hambruna y pobreza, cuya resolución recae casi siempre sobre otras mujeres.

    Como sostengo junto al historiador Alexander Hall en el artículo «Perspectivas desde el feminismo negro a propósito del “caso Pablo Milanés”», este feminismo blanco-burgués, cuando denuncia, «relega las variables de carácter socioeconómico que mantienen a las personas en contextos de vida hostiles, siendo elemento fundamental en la generación de comportamientos altamente potenciales para la proliferación de múltiples violencias». [sic]

    Afirman que no les importa que el género urbano venga de contextos marginalizados y sea creado principalmente por hombres negros y pobres. Les preocupa que son hombres sexistas, vulgares y violentos. Nunca les van a importar las condiciones en que se generan esas violencias. No es que haya que buscarle contexto a la violencia, pero sí hay que tenerlo en cuenta. Nada se produce en el vacío. Me parece repugnante que esperen, desde Quinta Avenida o algún estudio climatizado y minimalista de Miramar, sentadas en su silla académica y moral, en su «habitación propia», que un muchacho de Los Pocitos, de Los Sitios o de La Hata recite poemas de César Vallejo, tararee las misóginas letras de Sabina, o componga temas donde hable de arte románico o de construcciones bioecológicas, y no de lo que vive en su barrio: la pobreza, la escasez, la violencia, el acoso y la persecución policial, la sexualidad como herramienta de emancipación y de autonomía. Esperar eso es de racista, clasista, y de feministas capturadas por la teoría blanca del feminismo. 

    Cuando un reguetonero ostenta el blim blim, los lujos y los carros, habla de lo que como sujeto racializado de los márgenes nunca tuvo. Cuando un reguetonero hace estas cosas pretende revertir el sistema que posibilita que los Yunior siempre estén iré y los Maykel Osorbo. Cuando habla de sexo sin tapujos, lo hace quizá por las condiciones de hacinamiento en que ha vivido, el eterno problema de la vivienda con que hemos crecido en Cuba; lo hace con la misma naturalidad que vio tener sexo a sus padres, o escuchó a los vecinos, porque los espacios allí eran mínimos, porque en casa dormían todos en la misma habitación…

    Los detractores enseguida recitan a coro que el contexto no exime a nadie de la responsabilidad de la violencia, pero no veo cuestionar del mismo modo el impacto de ciertas políticas y de otras problemáticas. Generalizar y culpar a todo un género musical de la violencia contras las mujeres es instrumentalización y chantaje emocional al estilo del feminismo hegemónico. Es tan inútil como creer que colocarle una flor a los hombres en el pelo o detrás de una oreja es sinónimo de deconstrucción de estereotipos de género y de reducción del machismo.

    En redes me han preguntado por qué una crítica tiene que cancelar la otra, me han dicho que se puede ser antirracista y al mismo tiempo antisexista… y también criticar el reguetón. Yo también lo creo, pero no es lo que suelo ver. Veo un deseo de cristalizar la violencia en determinados cuerpos y espacios, una moda en señalar la misoginia en un género musical y no la de otros, casualmente en uno que nace y se disfruta más en contextos de precariedad, negritudes y resistencias anticoloniales. Veo un capricho excesivo en llamar violentas las expresiones culturales y de sexualidad de entornos populares y marginados, y esa clasificación tiene una base racista y una herencia colonial.

    Las expresiones culturales, la música y el arte negros, y de otras regiones colonizadas, fueron prohibidas o marginadas. Solo cuando el blanco, o alguien de piel más clara, se interesa en ellas, empiezan a ganar legitimación. La blanquitud, donde pone el ojo, ya sopesó el valor redituable. De ese modo, estos géneros y expresiones culturales han podido existir y ser valoradas de manera diferente, siempre de la mano de gente clara, que abre puertas y confiere permisos. Así lo hicieron con la música africana, con sus vertientes afrocubanas, con la rumba y el guaguancó. Si están hoy permitidas y gozan de reputación es porque un día a los blancos les interesaron y les concedieron posibilidad de existencia.

    En cuanto al racismo en el seno del feminismo, tengo la historia a mi favor. Ahí está la evidencia histórica: la reticencia que siempre han tenido las feministas blancas hegemónicas a la hora de comprender problemáticas asociadas al racismo, la pobreza, la sexualidad de personas orilladas, y de concientizar hasta qué punto sus perspectivas reflejan sesgos de raza y clase. Desde hace más de medio siglo, feministas negras como bell hooks lo han denunciado

    No pretendo ignorar o relativizar la violencia de los entornos marginales. Los hombres negros, racializados y empobrecidos también son violentos y machistas, transfóbicos y homofóbicos. No hay nada nuevo en el planteamiento. No seré yo la que ignore o encubra las violencias de los barrios, por el simple hecho de ser de un barrio o ser una persona racializada y pobre. Cada vez entiendo más la necesidad de no ver las entidades como algo esencial por lo cual debiéramos establecer algún pacto o vínculo que nos mantenga en una falsa unidad, aguantando palos. Ya las blancas feministas se inventaron algo así, la sororidad, que devino en chantaje y silenciamiento cada vez que alguna mujer negra les decía que sus análisis no tenían en cuenta cuestiones que sí eran de su interés, e incluso de mayor preocupación, porque había que evitar discusiones entre mujeres: las mujeres debían amarse incondicionalmente unas a otras y no criticarse, mucho menos en público. De modo, que la sororidad, a decir de la propia bell hooks «se convirtió entonces en un escudo más contra la realidad, otro sistema de apoyo. Su versión de la sororidad estaba influida por las premisas racistas y clasistas sobre la feminidad blanca, que la “señora” blanca (es decir, la mujer burguesa) debería ser protegida contra todo lo que pudiera disgustarla o incomodarla».

    Tampoco voy a ignorar la violencia que se produce al interior de los movimientos identitarios: la violencia de los que antes me gritaban mujercita y ahora que soy mujer me dicen que nunca lo seré; la de mi papá, hombre negro sanmiguelino, abakuá… Pero sí deberíamos en algún momento aprehender el complejo de condiciones imperantes que construyeron a mi papá en negro, en pobre, en marginal, en violento, y que lo ubicaron en un barrio de San Miguel, en la periferia de La Habana. 

    Si «se va a caer», tiene que caer todo…

    El reguetón erotiza la violencia patriarcal, pero también lo han hecho y lo hacen la salsa, el rock, la trova, las baladas de amor romántico, y no veo que a estos géneros les tengan abierto el mismo fuego. No hay un producto cultural de la modernidad que no esté mediado por la colonialidad, el capitalismo, el sexismo, el racismo. ¿Qué hacemos entonces? Creo que debemos tener una mirada crítica y un consumo responsable (no sé si exista lo anterior), y no deberíamos caer en la trampa de generalizar o reducir problemas que ameritan análisis complejos. También deberíamos tener menos complicidades, y pactos de otro tipo.

    A este batallón aguerrido de la moral y la decencia se le escapan otros discursos misóginos y sexistas en la música. No pretendo cuestionar otro género musical por defender el urbano; solo expongo la hipocresía subyacente en el conflicto de marras. Mientras me preparaba para este texto descubrí un listado de canciones, bandas e intérpretes de eso que llaman «cultura de verdad» y «música de calidad» con letras sexistas y racistas. Aquí traigo algunos pocos ejemplos. 

    En el rock, me topé con las empoderadoras, y para nada machistas, letras de «Bitch», «Stupid Girl» o «Brown Sugar» de los afamados The Rolling Stone.

    Brown sugar 

    How come you taste so good? 

    Just like a black girl should

    Una feminista diría que este fragmento es sexismo, cosificación de la mujer, a secas, sin apellido, y nunca reconocería que esto es cosificación, pero desde el racismo, dado el estereotipo racista sobre la sexualidad y la fogosidad de las mujeres negras, cuyo origen es colonial. Siempre van a reconducir cualquier análisis de raza o de clase hacia el género y el patriarcado en tanto principal problemática de todas las mujeres.

    En «Run for Your Life» de The Beatles, banda que siempre es mencionada cuando de calidad musical se trata, John Lennon dice de manera literal que prefiere ver a la chica en cuestión muerta antes que con otro hombre («I´d rather see you dead, little girl, than to be with another man»).

    Una de los hallazgos más sorprendentes fue Quítate que ma´sturbas, de la banda de rock mexicana Molotov. No me negarán que cualquiera que lea la letra de esta canción creerá automáticamente que fue escrita por un reguetonero:

    You tried to meterse con el huidos

    But we’ll know que sus orgasmos son fingidos

    Pues todos sabemos que your pussy

    Es más grande que meterse en un jacuzzi

    Pensaste que yo quería contigo

    Buscando el anillo que se le perdió a un amigo

    No sabes ni cuánto me divierte

    Que me quieras tanto por checarte el aceite

    And now you only want to mess with Tito

    Pero él solo quiere que le chupen el pito

    Y lo dejas con la pinga bien parada

    Y a la hora de la hora ya no le chupaste nada

    Por eso te dejo mojada

    Un poco vestida y muy alborotada

    Contigo yo no siento nada

    ¡Perra hija de la chingada!

    Porque antes estabas delgada

    Con los pechos firmes y las nalgas bien paradas

    Pero ahora ya estás muy aguada

    No hay quien te quiera y estas amargada

    Contigo ya no siento nada

    Golfa, golfa interesada

    Perra arrabalera, perra arrabalera

    Es una perra arrabalera, perra arrabalera… 

    Cómo no mencionar las canciones románticas, suaves y decentes, esas baladas de amor con las que crecimos porque nuestras madres las oían, porque nuestros padres las enamoraron con ellas, donde el hombre está todo el tiempo poniendo límites a la mujer, manipulándola porque solo puede amarlo a él; donde celebra la dominación masculina, la posesión de ella, y da cuenta de que solo él sabe satisfacerla… Todo ello con dulzura, frases melosas e hipnóticas. Pero no hay quien se las quite a nuestras madres. ¿Qué hacemos entonces? ¿Les quitamos su José José, su Marco Antonio Solís, su Roberto Carlos? Les estaríamos pidiendo que borren su juventud y sus amores de antaño. 

    ¿Me van a decir que mis hermanas trans y quienes se dedican al transformismo y al drag tienen que desechar las canciones de amor, desamor y despecho que interpretan en sus presentaciones, las cuales están basadas en ideas machistas de exclusividad, infidelidad, traición, dependencia afectiva? ¿En serio hay que anular lo que ha sido un espacio de resistencia contra la homofobia y la transfobia, refugio de muchas mujeres trans como paso previo para llevar a cabo sus procesos de tránsito o devenir de género?

    Concierto de El Chacal / Foto: Facebook

    El reguetón es machista porque habla de sexo, es sucio y vulgar, tan sucio y vulgar e indecente como han sido históricamente catalogadas las personas negras y racializadas. A estas alturas no me quedan dudas de que lo que se esconde detrás de esa preocupación por la violencia y la cosificación de la mujer es racismo. Quieren liberar a las mujeres de los hombres de piel oscura, quieren liberar a las mujeres de las letras de los hombres del reguetón que son unos incivilizados, sexualmente salvajes e incontrolables; pero estas mismas personas igualmente terminan tratando a las mujeres como objetos.

    Como bien dice la pensadora antirracista y antropóloga de origen colombiano Valeria Angola en el texto «El reggaetón es político: estas afrolatinas son la prueba»,  creer que el reggaetón es machista porque coloca a las mujeres en una posición de subordinación y completa sumisión es también negarles agencia a las mujeres, negar que ellas también participan, resisten y luchan, y que han transformado el género. Es tratarlas como objetos y no sujetos de su propia historia. 

    Me temo que al feminismo blanco burgués nunca le ha interesado erradicar la violencia patriarcal, porque hasta la violencia le parece redituable. Lo suyo históricamente ha sido desviar la atención sobre sus propios privilegios raciales para no exponer los otros sistemas de los que se han beneficiado. Es por ello que no muestran interés en desmantelar todas las estructuras que producen la violencia, porque muchas saben que al ocurrir esto perderían parte de sus privilegios. 

    Su afán es tocar el techo de cristal y romperlo en nombre del empoderamiento y la liberación de todas las mujeres, igualarse a los hombres de su clase y color, y venderlo como un logro femenino. Y por supuesto que es de todas, no podía ser de otra manera, si mientras ellas están enfocadas en escalar alto, tocar el techo y romperlo, hay otras que limpian las pisadas de sus zapatos, los desmadres que dejan a su paso, les cargan los hijos, les lavan su ropa y la del marido, les limpian la habitación propia. Mientras les paguen bien, no me preocupa, pero no deja de ser irónico que luego quieran hacernos creer que es un logro en nombre de todas, cuando más bien es un logro a título individual y a costa de otras.

    Quizás el problema también es que el reguetón habla de sexo abiertamente, lo muestra en público, no lo esconde en una metáfora como la vieja y la nueva trova, para entendimiento de aquellos más letrados que captan inmediatamente el doble sentido. En el barrio no hay tiempo para metáforas, porque la realidad supera cualquier metáfora. O allí las metáforas son de otro calibre y distinción: se han propuesto ensuciar hasta la idea de lo que es metáfora. Tal vez les molesta que mujeres como Tokisha, Villano Antillano, Cardi B, Ivy Queen, mujeres afrolatinas y caribeñas, celebren la majestuosidad y la autonomía de sus cuerpos y su sexualidad. Muchas veces esta cruzada contra los géneros urbanos son sanciones de la hegemonía contra la sexualidad de los sujetos subalternos. Por eso cancelaron a Toskisha cuando sacó el tema «Perra», porque ella dice ser una perra en calor y porque le gusta que la pongan en cuatro y le rompan el culo. Se escudaron en J Balvin, quien la estaría cosificando, porque, claro, ella es una mujer, tiene que representar el papel de eterna víctima, sin agencia ni voluntad propia; debe ser salvada de las garras de los hombres del género.

    Mientras las feministas blancas y el feminismo prosexo pueden sacarse las tetas y las vulvas en playas nudistas de la Europa civilizada, ejecutar ritos con la menstruación y hacer propaganda del sexo entre amigos, del poliamor, de los tríos y las orgías, porque todo ello es profundamente empoderante y liberador, cuando las mujeres negras hacen cosas equivalentes pues resultan calenturientas, lujuriosas, sucias, y se estarían cosificando. En ciertos casos enarbolan el mantra liberal e individualista de «mi cuerpo, mi decisión», pero cuando se trata de las mujeres otras, a las que apropiarse de su cuerpo ha costado más que una decisión, no les parece bien la misma permisividad. O reconocemos que todas las decisiones que tomamos con nuestro cuerpo están mediadas por lo que llaman patriarcado o damos una explicación convincente de por qué unas sí y por qué otras no. La abogada feminista Adilia de las Mercedes preguntaba en X hace algunas semanas: «¿Por qué enseñar las tetas a ritmo de pop en español es “nuestra revolución” y “tetas libres” mientras perreando es “hipersexualización”?». 

    Algo parecido denuncia la abogada, investigadora y feminista negra cubana Alina Herrera Fuentes al afirmar, en su artículo «El medallero hasta arriba, y el perreo hasta abajo», que no todos los cuerpos que perrean y hacen twerking provocan el mismo estupor. Ahí está lo ocurrido con una deportista negra cubana que fue grabada moviendo el culo magistralmente durante los Juegos Centroamericanos y del Caribe en San Salvador; a ella la llamaron grosera, vulgar e indecente, en contraste, por ejemplo, con la buena acogida que recibió la cantante Miley Cirus cuando hizo twerking en los MTV Video Music Award de 2013.

    […] el perreo y el twerking andan por todos lados, a golpe de reguetón, trap y reparto, «ensuciando» las políticas de blanqueamiento que tanto les ha costado mantener a los colonos del proyecto civilizatorio […]. Se mantiene de manera velada el racismo y la mirada colonial sobre un baile intrínsecamente negro, profundamente popular y, como si fuera poco, con movimientos sexuales sugerentes o explícitos […] hacerlo hasta abajo, públicamente, acentúa el pudor judeo-cristiano.

    En este sentido, me parece oportuno traer las siguientes palabras de la también abogada y periodista pakistaní-estadounidense Rafia Zakaria en su ensayo Contra el feminismo blanco:

    A las mujeres negras se las sigue considerando peligrosas desde el punto de vista sexual, llegando incluso a rozar la perversión, y demasiado primitivas en la expresión de sus necesidades y deseos sexuales como para constituir modelos de conducta adorables (fijaos, por ejemplo, en que no hay ningún personaje negro en Sexo en Nueva York). Mientras que la liberación sexual de las mujeres blancas es algo que debemos celebrar, la liberación sexual de las mujeres negras representa un peligro para el sistema, algo que se debe controlar y reconducir dentro de los límites de la definición blanca de decencia.

    La blanquitud y el racismo son tan dañinos como la violencia de género. Para mí está clara la necesidad de erradicar lo uno y lo otro, y tal vez hasta descubramos con cierto desconcierto que al eliminar lo primero disminuye lo segundo. Mientras algunas se empecinan en solo ver que el reguetón erotiza la violencia patriarcal, yo veo también que expone la violencia colonial aplicada mediante el aparato estatal. Circunscribir el sexismo y la misoginia a un género musical, o decir que las letras del reguetón están influyendo en los casi 60 feminicidios ocurridos en Cuba en lo que va de 2023, es cuanto menos irrespetuoso, si no perverso. 

    Son estas mismas figuras las que, cuando hacemos una crítica a su feminismo, nos contestan: «Ojalá nunca seas la próxima por la que tengamos que salir a quemarlo todo». Y al final nunca he visto que hayan salido a quemarlo todo en nombre de alguna muerta. La única vez que vi gente saliendo dispuesta a quemarlo todo en Cuba fue el 11 de julio de 2021, por hartazgo, por cambios políticos, por hambre, por la pobreza y la marginación, lo cual derivó en más de mil presos, penas excesivas, y en la reproducción de narrativas racistas y nefastas que tachaban a los manifestantes de «malagradecidos», «hordas salvajes», «vulgares», «delincuentes», «indecentes». 

    La feminista decolonial Ochy Curiel invita a comprender el contexto específico donde nos ubicamos a fin de construir pactos políticos sin convertirnos en cómplices de las desigualdades y las diferencias que nos atraviesan por raza, clase, sexualidad, etc., y a preguntarnos: «¿Cómo  actuar  como feministas  en  los  contextos  latinoamericanos  y  caribeños  atravesados  por  conflictos armados internos, desplazamiento forzado, pobreza extrema, racismo, violencia contra las mujeres y un “socialismo de siglo XXI” con tintes dictatoriales?». 

    Tildar excesivamente al reguetón de generar violencias es jugar con la cadena y no con el mono. No es el reguetón ni el mayor generador de violencias ni el responsable de los asesinatos de mujeres por razones de género. Juegan con el síntoma y no con la enfermedad, porque, en caso contrario, descubrirían lo que bien sospechan en su fuero interno: otros son los que inventaron la enfermedad, es decir, lo sano y lo enfermo. Lo decente y lo indecente. Lo permitido y lo prohibido. Tal vez jugar con el mono directamente supone exponerse a que caigan de golpe los otros privilegios que sostienen la blanquitud aspiro-burguesa y burguesa de cualquier facción política, incluidas las feministas privilegiadas que solo ven «patriarcado» como único o más importante problema del mundo, y no miran directamente hacia el Estado, los sistemas políticos y las políticas gubernamentales que empobrecen, hacia el racismo, el colonialismo… Ocurre que todo ello les ha permitido construir ese sitio donde ahora están sentadas, etérea y decentemente, y desde el cual escriben y lanzan sus acusaciones: su habitación propia.

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    16 COMENTARIOS

    1. Un texto muy bien escrito y del cual aprendí muchísimo al ser un tema, o más bien dos temas (feminismo y racismo), a los cuáles me acerco solo eventualmente, pero con todo el interés y atención que requiere acercarse a ellos. El problema del texto es que se siente un odio visceral que no está claro bien a qué exactamente, por tantas cosas que se mencionan una detrás de otra y/o varias a la vez.

      Mi opinión:
      1. Si para enfrentarnos a un problema hay que hacer un preámbulo de todos los problemas subyacentes que lo anteceden, no podríamos ni empezar a analizar nada.

      2. En el texto veo una peligrosa apología a la marginalidad y eso es un error enorme. Porque de pronto todo lo que salga de ahí se puede justificar. Ellos son violentos porque su entorno los hizo así. Y no, violencia es violencia, independientemente de sus por qué.

      3. El reggaeton no necesita ser defendido. A estas alturas está más que bien posicionado, y los millones Karol G (con su tremendo flow y vulgaridad tan características) lo demuestran con creces.

      4. Apuntar a otra dirección cuando se hacen revindicaciones necesarias, demerita el esfuerzo de muchas feministas en otros estados de vulnerabilidad. Porque no solo hablamos de negras transexuales de Los pocitos, hablamos también de un Medio Oriente y un África que se las traen y un no menos complicado Asia. Por ejemplo en Japón, donde vivo, el feminismo (de cualquier tipo) es lujo al que muy pocas tienen acceso.

      No hay luchas sociales más importantes que otras y demeritar al otro u otra no es la mejor forma de resolver los conflictos. Respeto y civismo tienen que prevalecer siempre.

      Saludos.

      • Estoy de acuerdo con tu comentario. Siento que el artículo a veces peca de la falacia del “Whataboutism,” desviando la atención hacia otros problemas en un intento desesperado de defender el status quo de la cultura cubana actual

      • Me parece que no leyó bien el texto, la posición de Mell Herrera no es la defensa del reguetón sino más bien las causas estructurales de quienes producen y hacen reguetón y quienes lo demeritan, sus contextos sociales, porque el fuego abierto nunca ha sido la balada romántica, el pop ni la condena al rock , a el mundo eurocentrico y a su sistema de valores, la autora no habla de una lucha más importante que la otra, pero los caminos no se hicieron solo y el reconocer o acompañar desde una horizontalidad estas luchas sociales dígase reconocer que clase y raza son esenciales para comprender este fenómeno.

        • Siempre me sorprende cuando leo que «no se condena al rock». Ahora. El rock estuvo censurado en Cuba como no lo ha estado ningún otro género. En el 89, que ya las cosas estaban «más relajadas» (y esas comillas son muy necesarias porque comparado con lo que hay ahora era de un totalitarismo opresivo que no lo brinca un chivo) yo estaba en el pre y me pusieron en una «lista negra» de alumnos «con problemas ideológicos». La causa principal parece haber sido que era fan de Iron Maiden y quería llevar un look heavy metal de esos años. Ya. Nada más. Y esa es mi experiencia, que no es para nada excepcional y que ocurrió en el Saúl. Imagínate provincia. Yo no sé qué complejo de persecusión viven ustedes, pero el reguetón lo ha llevado súper bien en comparación. Dile a un rockero viejo eso que tú pones ahí para que veas como se te van a reír en la cara.

    2. No sólo el reguetón, el 90% de la música cubana es machista y patriarcal, como buena parte de su literatura, su cine y su producción artística, porque así es la sociedad que está produciendo esa música y ese arte. El cambió actual que se da con el reguetón, es que este es más explícito y cuenta con la complicidad de muchas mujeres que consideran que el hombre, para serlo, tiene que ser machista. Esa es la realidad.
      En un país donde la libertad de expresión está limitada en todo menos en apoyar al gobierno, es complicado pedir que la música y las artes sean censuradas, pero sí hay que reclamar que se eduque más en el feminismo y la diversidad sexual y que se desmonte al macho como fugura de prestigio social.
      Ese video nuevo en el que se glorifica la prostitución es un despropósito cultural y no ayuda en potenciar respeto entre personas. Si bien no hay que censurarlo, sí ha que, al menos, prevenir a la audiencia de que lo que ese tipo de materiales ilustra es un mundo injusto y enajenante para ambos, mujeres y hombres.
      La libertad debe venir acompañada de responsabilidad por parte de todos aquellos y aquellas que conviven en el espacio social.

    3. Este es un texto que el editor debió mandar para atrás. Necesita un reescritura. Profunda. Trata de hablar de demasiadas cosas al mismo tiempo, se dispersa. Se mete en camisas de once varas con afirmaciones atrevidas o ahistóricas. Habría sido mejor algo más breve.

    4. Este es un texto que el editor debió mandar para atrás. Necesita un reescritura. Profunda. Trata de hablar de demasiadas cosas al mismo tiempo, se dispersa. Se mete en camisas de once varas con afirmaciones atrevidas o ahistóricas. Habría sido mejor algo más breve.

    5. Mel Herrera, transmites racismo en cada letra. Racismo a la inversa, como bien lo llaman.
      Además, tienes un complejo enorme creo que por ser negra o mulata.
      Te encantaría tener el pelo bueno, la piel nacarada, tener arco en el pie como las blancas y no pie plano como todos los negros.
      Preocúpate de escribir algo que pueda sembrar el rechazo al reguetón y no artículos como este que es un disparate de principio a fin porque lo justificas y culpas a los blancos de las desgracias de los negros. Allá tú…

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