Primer contacto y galimatías: Major Lazer y Dj Diplo en la Tribuna Antiimperialista

Ellos saltan. Sobre la punta de los pies, ellos saltan. Sobre las espaldas de los otros, ellos saltan. Y bailan. Saltan y bailan. Bailan y saltan.

Los cuerpos jóvenes en la Tribuna Antiimperialista de La Habana son cañaverales bravíos que asperja el mar. Revolviéndose en el azúcar que desprenden. Extensa anatomía moviéndose a pulsaciones eléctricas.

La calle Línea es un torrente fragoso después de las cuatro de la tarde del domingo seis. Aquellos que intentan acceder a la Tribuna desde las arterias inferiores —mencionemos 3ra, 5ta— descubren con pesar el cierre del camino con barreras metálicas y cordones policiales.

Más de cuatrocientas mil personas presentes a las que organizar y controlar, según informaran los medios, y algunos memoriosos y melancólicos compararon las cifras con las que alcanzó el concierto de Audioslave, poco antes de que Tom Morello y Chris Cornell fueran al parque John Lenon a fotografiarse — antes, también, de la época de selfies y su consecuente fiebre— con unos amigos míos a los que envidié entonces con la frustración del cachorro que abandonan en la caja de zapatos del abuelo, si los cachorros sintieran frustraciones por abandono.

Cuba parece más estadounidense cuando Major Lazer y DJ Diplo aterrizan en La Habana y levantan los ánimos de esta ciudad sin ofertas económicas, capital estacionaria, reproduciendo canciones de moda del mercado norteamericano, con las dificultades de audio cubanas de la Tribuna, las bocinas bajando y subiendo por accidente o deterioro los niveles. Para que nadie tema, dude, ni se atreva a juzgar que Cuba es, por ende, durante esos minutos, menos cubana, que no equivale a testificar que no sea más estadounidense.

Ha de haber —yo lo presumo— un rastro profundo de nacionalidad o un relieve criollo cuando par de muchachas agitan así los culos aunque sea bajo los efectos del sonido del canadiense Justin Bieber cantando Sorry en la Tribuna. Cuando los sacuden en movimientos redondos, frotando rítmicamente con sus cinturas de avispas. O embisten con ferocidad insular los miembros de los varones con las nalgas semi(des)cubiertas por los breves shorts de denim y las breves camisetas. Ha de haber, en este punto, admitámoslo, algún indicio de dominación cultural. De tal voluptuosidad saco conclusiones que me figuro a deshora, sin gran esmero.

1- La dominación cultural y las especias yanquis no son a rostro descubierto tan diabólicas como las pintan.

2- Lo que disfruto en la Tribuna demuestra cuánto nos apropiamos de códigos extranjeros y los reinterpretamos aportándoles los nuestros, enriqueciéndolos.

3- Estamos seguros, resguardados. No hay modo humano ni divino de desplazar la cubanía.

4- Olvide las nínfulas de Nabokov o las chicas de los clips de Snoop Dogg. Las nalgas de las adolescentes cubanas son huracanes tropicales categoría cinco y más de mil hombres implorarían que lo sacudieran sus rachas.

El martes 15 de marzo en el programa televisivo Con Dos que se quieran 2, su entrevistador Amaury Pérez Vidal confiesa al escritor Guillermo Rodríguez Rivera sus lapsos en vela por los actuales tiempos de inoculación foránea, el peligro de sofocar la enjundia de lo cubano, y pregunta al invitado por su criterio individual. La pregunta es el despropósito análogo a investigar en un edificio de tres plantas cuál número corresponde al nivel intermedio, pero cualquiera —los periodistas son los primeros y por lo público del oficio, encestan triples en la canasta— peca de tonto. Guillermo Rodríguez Rivera, quien publicara en coautoría con Luis Rogelio Nogueras (Wichy) la novela El cuarto círculo, le responde a Amaury Pérez —con otras palabras— que pierda cuidado, que ya vivimos dominados por siglos y no por ello nos dejó de agradar servirnos la carne de cerdo frita y humeante en la mesa.

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El policía es el policía típico. Mide un metro setenta, algo fornido, adusta la cara / Foto: Maykel González

El policía es el policía típico. Mide un metro setenta, algo fornido, adusta la cara / Foto: Maykel González

Muy cubanamente, con Major Lazer y DJ Diplo, un número visible de jovencitas exangües van cayendo desfallecidas por la voracidad de oxígeno y de área de la afluencia. Las transportan cargadas en brazos, en volandas, con mezcla de furia y susto, como si el destino, ese cleptómano insoportable y comediante de quinta, les hubiera jugado en contra, y pusiera el timbre fino de Bieber alejándose, repitiéndoles en la distancia creciente, con la puesta del sol, Sorry, sorr, so.

Es la era de Major Lazer y Diplo. Y tal como sucedió en la noche de Audioslave, hay gente que trepa las palmas metálicas de la Tribuna, obligando a las fuerzas del orden a seguirlos a la cima. Las fuerzas a lo mejor han puesto demasiado cuidado en evitar que pasen botellas de vidrio, cachando y revisando los bolsos y pertenencias de los que se abren paso para adentrarse en lo espeso de la muchedumbre, donde el espíritu de juerga se acelera y el hormigueo despierta un tipo de sensación química, un alzamiento contagioso.

No sabemos si el trabajo profiláctico previó el tema de las palmas metálicas tras la experiencia de Audioslave, en la que no hubo nada que lamentar, salvo que el concierto finalizara.

Midiendo a simple vista la altura, cualquiera percibiría el peligro que entraña el ascenso. En caso de caer, —vuelvo y presumo— sufrirían lesiones graves, irreparables. Pero solo menean las caderas a mansalva, sin preocupación ninguna, hasta que un oficial de la policía los persigue, estira un tanto —lo que puede— el brazo y agarra alguna pierna y los hace descender a voz en cuello.

De modo que los cañaverales antropomorfos, disfrutando del espectáculo gratuito dentro del espectáculo gratuito, ven bajar a los muchachos y liberan andanadas de aplausos y rechiflas a los villanos/héroes y al héroe/villano. Es una tarde de emancipaciones, para nervudos, no para inquietarse. Tarde de bebida espiritosa. Tarde de libarla.

En un concierto de Major Lazer y Diplo en la Tribuna de La Habana no cabe la reflexión y viceversa; en cambio, es legal que los cañaverales alegres griten por último.

—¡Qué baile el policía! ¡Qué baile el policía! ¡Baila policía!

El policía es el policía típico. Mide un metro setenta, algo fornido, adusta la cara. Con los grados de teniente mira al cañaveral encendido, se lleva la mano derecha al cinturón como una Betty Boop, solo que la clase impensada de Betty Boop que vacilaría entre el enfado militar por desacato y la zalamería de costumbre. El policía tuerce la comisura de los labios con picardía.

—¡Qué baile el policía! ¡Qué baile el policía! ¡Baila policía!

Fábula de noche de viernes: Los Rolling Stones conquistan la Ciudad Deportiva

Foto: tomada de la página de Facebook de The Rolling Stone

Foto: tomada de la página de Facebook de The Rolling Stone

A las tres de la tarde se pierde la cobertura de los teléfonos celulares en las zonas próximas a la Ciudad Deportiva. No sé desde cuándo sucumbió la red. Sé que remarco los números y el móvil me devuelve apenas unos lamentos extraños, un quejido flojo que se entrecorta, o si no la voz de mujer menopáusica de la máquina que repite «el número al que usted llama está apagado…». Me paso un poco los dedos por la cabeza, observando a las personas que caminan mecánicamente por la Avenida Independencia.

Qué excusa tendrían para ignorar o ausentarse de un concierto gratuito de los Stones. Cuál. ¿La limpieza de la casa? ¿El cuidado de los niños? ¿El sábado laborable? ¿La telenovela brasileña Imperio?

Yo mientras voy, ruedo despacio los pies por la acera, buscando los rectángulos de sombras que proyectan algunas vallas con anuncios políticos, o me detengo algunos segundos en las sombras horadadas de los árboles. Un pan con mantequilla y un plato de espaguetis es todo lo que cargo en mi estómago.

Es 25 de marzo. Viernes Santo. A esta hora las guaguas descargan los bultos de personas con aires de hippies forzados o al estilo heavy metal, seres con pulóveres de Kiss y melenas sueltas que se dirigen a la Ciudad Deportiva como en las marchas del “pueblo combatiente”. De cierta manera, algunos de los verdaderos roqueros más experimentados han librado sus combates contra la incomprensión del gobierno y de la sociedad influenciada por la incomprensión del gobierno que no admitió una música que era, en su interior, una reacción hacia el sistema dominante. Una respuesta a veces apoyada por alucinógenos. De cierta manera, cuando los seguidores de Charles Mason asesinaron a la familia La Bianca habían reinterpretado Helter Skelter de The Beatles.

Hay una fuente grande antes de doblar a la Avenida Boyeros y está ocupada por la gente. Un borde que da a la entrada del campo donde tocarán Sus Satánicas Majestades está ocupado por la gente. Una zona inmensamente espiritual ocupada por la gente. Cubanos la mayoría. Y nadie cree que vayan a acuchillar a nadie.

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Dicen que gracias a que hubo un 17 de diciembre de 2014 y una visita de Obama y un restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, hubo un concierto de los británicos Rolling Stones en La Habana. Sea así o no, las cuadrillas de turistas compran pasajes a destajo y vuelan a la capital de Cuba en las fechas de marzo; a la espera de los Stones, reservan ya una habitación, ya una alcantarilla en el barrio de San Isidro.

Con menos recursos, la gente de otras provincias se traslada a la ciudad, pernoctan en cualquier lugar por muy inmundo que resulte y aguardan por la banda del álbum Voodoo Lounge.

Se agotan el agua y las bebidas en venta desde horas tempranas.

Los roqueros más legítimos, más pura raza, marchan delante. Exprimen las botellas de ron hasta que cae una gota amarillenta como una última palabra, un susurro de oro falso. Quieren la embriaguez, la brújula descompuesta, morirse viviendo, y para ello no les hace falta más que el ron de sesenta pesos cubanos que es una redoma de saliva de dragón viejo.

Otra vez los policías revisan las pertenencias antes del acceso, hunden las manos en los bolsos, las deslizan de un lado a otro y las retiran. Casi me busco problemas con un oficial, porque cuando hace el registro le digo que yo soy apenas un don nadie, y no me entiende. Creo que creyó que me refería a él.

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Siendo realistas, a cuántos cubanos nos fascinan los Rolling Stones. Cuántos se saben la letra de Angie. Cuántos sienten su música envolviéndolos. Yo lo respondo: Un grupito microscópico, unas celulitas aisladas en la Ciudad Deportiva. Me molesta tanta gente subiendo las fotos a Facebook con la lengua afuera, con la camiseta de la lengua afuera, y que no han escuchado ni un tema de Bon Jovi. Me molesta aún más lo de llevar la onda roquera como una falsa rebeldía, como el intelectual difícil. Pero qué se le va a hacer, cuando son los Rolling Stones en La Habana cualquier estulticia es justificable.

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Foto: tomada de la página de Facebook de The Rolling Stone

Foto: tomada de la página de Facebook de The Rolling Stone

A las siete de la tarde, el terreno de la Ciudad Deportiva ha sido invadido por miles de almas. De todo tipo. Sentadas en ruedas o figuras fracturadas dispersándose, armando los bloques como células de tejidos.

Diuber Machado mantiene la vista fija en un punto que no existe para la visión ajena. Es diseñador industrial y no le gustan los Stones ni ninguna otra música de este planeta. Pero va por la agrupación emblemática, el suceso para la posteridad. A su derecha, Oday Enríquez, filóloga de veinticinco años, que no sigue el género, sino que admira a las bandas que hacen historia. Más atrás, José Carlos Suárez, quien escuchaba a la agrupación en el Preuniversitario de Ciencias Exactas, Vladimir Ilich Lenin, con sus amistades, algunas sentadas en una rueda sobre el césped, entre ellas, José Ernesto, a quien no convence el estilo de los Stones, pero que  espera que con su influencia internacional el concierto de los dioses británicos conduzca a otros músicos de renombre a tocar en Cuba.

Samanta tiene las piernas cruzadas, dieciocho de edad, y prefiere las agrupaciones de los ochenta. Soy ochentera, dice. Es muy blanca y sus ojos encierran un extraño salvajismo adormecido. Desea que venga Iron Maiden.

Tuve que insistir para que Alejandra y Taily me hablaran en serio y dejaran de jugar a la penosa muchachita que no habla a la prensa. Ambas de 14 años, han ido hasta ahí para pasar el rato. Dicen que los padres y los tíos les transmitieron el gusto por el rock, y cuando pregunto qué agrupaciones conocen se miran y responden “esta, la de los Rolling Stones”. Saben que mienten —no les sale una canción de ellos— y porque lo saben se ríen con más ganas.

Un año mayor, René, de ojos felinos, oye cualquier género que le pongan, y su amigo de igual edad, Víctor Manuel, sabe que los Stones cantan un tema que se llama Satisfaction.

Yusel Enrique, de trece, pelo rubio, razona cada idea por largo rato, aunque no le salga una oración de más de una decena de palabras. Soy el raro que se planta de improviso y lo entrevista, y pide permiso a su padre para hacerlo. Estaban conversando muy normales, alrededor de sus mochilas. Yusel había venido a su primer concierto, traído por el papá. Al final consigo conocer su deseo: Que Metallica visite Cuba.

Hay una pareja de veintiséis, juntos desde hace cuatro años. Ella se llama Lisandra. Él, Adrián. Tienen la misma estatura. La complexión semejante.  Hubieran preferido que en la Ciudad Deportiva estuvieran Linkin Park o Maroon 5. Pero este concierto del día 25 de marzo, esperan poder contárselo a sus hijos. Y después a sus nietos.

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Ladies and Gentlemen, The Rolling Stones, anuncian las bocinas a las 8 y 35 p.m. Las pantallas han cesado de pasar las imágenes de la banda y la boca con la lengua cambiando de forma constantemente entre garabatos rojos. La calidad del audio es inmejorable. Los equipos son cortesía de los Rolling Stones, Sus Satánicas Majestades. La visualidad del escenario es un estampido cromático, espectáculo al más alto nivel. Nunca se vio en Cuba cosa parecida.

Los Stones salen a tocar. Revienta el público. Keith Richards y Mick Jagger están llenos de brillo, en la ropa, en el ánimo, en contraste con Charlie Watts que no por que se apellide Watts es eléctrico o brioso. Por el contrario, Watts siempre fue un hombre de terracota que comparado con Jagger era todavía más imperturbable sobre el escenario.

Jagger con 72 años, desatornillado, sacude enérgicamente las piernas, los brazos, el tronco, se desdobla, se despliega. Ya no es el muchacho apuesto —quizás nunca lo fue— por el que lloraban las chicas del público. Hoy es un abuelo asombroso que envidian los abuelos comunes. Jagger dice en español Buenas noches Cuba, y desde un abismo del público le contestan Qué bolá asere. Dice qué calor y nos morimos de la risa. Dice Están en talla y nos morimos de la risa. Dice Están escapa’os y nos morimos de la risa. Dice que la música rock la prohibieron en la Isla y qué bueno que los tiempos están cambiando, y nos morimos de la risa.

Los divinos Stones son una de las bandas británicas de rock más famosas de la historia roquera en el mundo, y para escucharla en Cuba, allá por los años sesenta o setenta, había que esconderse en una habitación aislada, indetectable. En sus postrimerías, sucede que la banda se traslada a La Habana y no cobran por las entradas. Pedir más es pedir demasiado a la vida, porque son los Rolling Stones, y ya.

Un drone sobrevuela el cielo de la Ciudad Deportiva capturando imágenes. Un grupo de esa generación que consumió a escondidas la música de Sus Satánicas Majestades se divierte lanzando chorros de agua a cualquier parte, nadie se molesta con ellos y quienes se molestan lo disimulan, simplemente se tragan el enojo.

Jagger cierra el concierto, de acuerdo con la vieja costumbre, cantando Satisfaction.

Dejando a La Habana satisfecha para la eternidad.

When I’m watchin’ my T.V.

And that man comes on to tell me

How white my shirts can be

But he can’t be a man ‘cause he doesn’t smoke

The same cigarrettes as me

Cuando miro mi televisor

Y ese hombre viene a decirme

Cuán blancas deberían ser mis camisas

Pero él no puede ser un hombre porque él no fuma

Los mismos cigarros que yo

Foto: tomada de la página de Facebook de The Rolling Stone

Foto: tomada de la página de Facebook de The Rolling Stone

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