¿Caerá un 20 de mayo?

Las renovadas tensiones que nacen en las esferas diplomáticas entre La Habana y Washington golpean con más fuerza los hogares cubanos. El gobierno de la isla eleva su retórica defensiva, advirtiendo sobre una hipotética intervención que derivaría en un «baño de sangre», una expresión dura que resuena en discursos oficiales y medios estatales. Por su parte, la administración estadounidense mantiene una presión económica intensa, con sanciones que han agravado la escasez de combustible y el colapso de servicios básicos.

El gobierno se posiciona en el plano internacional como defensor de la soberanía, utilizando la vulnerabilidad del pueblo como escudo moral. Cualquier agravamiento de la crisis se atribuye casi exclusivamente al bloqueo externo, minimizando las fallas estructurales internas acumuladas durante décadas. Sin embargo, en las conversaciones cotidianas, emerge un descontento que ya no se oculta tanto. El cubano común no suele profundizar en complejidades políticas internacionales; su prioridad es más básica: comer, iluminar su casa, cuidar a sus hijos y tener un mínimo de esperanza.

A su vez, se especula con un acercamiento pragmático que involucre inversión masiva, lo que haría que Estados Unidos dominase de golpe y porrazo la isla. Habría, rápidamente, una apertura hacia formas más capitalistas de organización económica. Trump ha insinuado en distintas ocasiones la posibilidad de hacer negocios, y ha dicho que tiene muchos amigos que quieren invertir en una «Cuba diferente», una Cuba donde prevalezca la iniciativa privada y el mercado. Para que eso ocurra, se requeriría no solo voluntad política, sino una inyección gigantesca de capital, principalmente desde Estados Unidos y la diáspora, junto con un reordenamiento profundo de las estructuras de poder en la isla.

Placetas, Villa Clara / Foto: Marcel Villa
Placetas, Villa Clara / Foto: Marcel Villa

 ¿Qué significaría realmente ese cambio para el cubano de a pie? ¿Traería alivio o generaría nuevas formas de sufrimiento? La transición hacia un modelo capitalista no sería un proceso limpio ni inmediato. Representaría un shock para una sociedad acostumbrada, al menos formalmente, a la garantía estatal de empleo y servicios universales, aunque estos lleven años en franco deterioro.

Yadir, de 36 años y desempleado en Centro Habana, no tiene dudas al respecto: «Que acaben de venir los americanos de una vez», dice, «porque esto es un desastre total. Peor no puede estar. Llevo meses sin trabajo estable, sobreviviendo de lo que sale. Aquí no hay futuro, solo esperar a ver si llega la luz o si aparece algo para comer. Si viene el cambio, que venga fuerte, porque así no se puede seguir».

Sin embargo, el panorama no es uniforme. Mientras algunos anhelan una apertura rápida, otros temen el desajuste que inevitablemente vendría. Una transición de esta magnitud implicaría cerrar o privatizar muchas entidades estatales ineficientes, lo que generaría desempleo temporal en sectores tradicionales. Al mismo tiempo, abriría puertas en turismo, servicios, agricultura privada y pequeñas industrias. El cubano acostumbrado al salario fijo estatal, aunque miserable, enfrentaría un mercado donde el esfuerzo y la adaptación serían recompensados de forma desigual.

La seguridad social, uno de los pilares históricos del modelo actual, también entraría en revisión. El sistema de salud y educación, hoy universal pero colapsado, probablemente evolucionaría hacia un esquema mixto: un piso público básico complementado por opciones privadas. Las pensiones y seguros laborales tendrían que reestructurarse sobre contribuciones reales, no sobre subsidios insostenibles. Para los más vulnerables —jubilados, personas que viven en las calles o familias numerosas sin amparo— el riesgo de quedar más indefensos todavía es muy real.

Las propiedades expropiadas desde 1959 representan otro frente sensible de debate. Cientos de miles de familias viven hoy en casas y tierras que fueron confiscadas en los primeros años revolucionarios. Una devolución física masiva es prácticamente inviable sin generar caos social y desalojos dolorosos, amén de que en muchos casos la legalidad proyecta un escenario ambiguo. Lo más justo, o probable quizás, sería un sistema de compensaciones, bonos o derechos preferenciales para los antiguos dueños o sus descendientes luego de un estudio imparcial y posiblemente bajo determinadas encomiendas, priorizando reclamos estadounidenses y de la diáspora para facilitar la entrada de divisas. Aun así, esto traería tensiones: resentimientos, percepciones de injusticia o de «regreso de los dueños originales».

Francisco, de 71 años y residente de Centro Habana, lo expresa con crudeza: «A mí no me preocupa tanto que cambie el sistema económico. Al final, será mejor para todo el mundo si hay más comida y luz y si recogen la basura. Lo que sí me molesta es que hablen de intervención y que mueran cubanos. Serían los muchachos del servicio militar, no los generales. Eso es lo que me duele. Si viene un cambio económico, bienvenido sea. El que diga que no, está comido por el noticiero».

La crisis de la basura en La Habana impacta en el sector turístico / Foto: El Estornudo.
La crisis de la basura en La Habana impacta en el sector turístico / Foto: El Estornudo.

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El posible arribo de un modelo más capitalista a Cuba no se presenta como una fórmula mágica de prosperidad ipso facto. Sería un proceso complejo, lleno de promesas, riesgos profundos y escollos. Para que ocurra de manera significativa, se necesitaría una inyección masiva de capital proveniente de Estados Unidos, la diáspora de todas partes del mundo y empresas internacionales que consideren válido invertir en Cuba. Esto implicaría una reestructuración profunda: apertura a la inversión privada, fin del control estatal absoluto sobre la economía y un reordenamiento de las relaciones de propiedad. 

El mercado laboral sería uno de los ámbitos más transformados. Hoy, la mayoría de los cubanos depende de empleos estatales con salarios que apenas alcanzan para sobrevivir, acompañados de un subempleo generalizado y falta de incentivos. Una transición traería cierres o privatizaciones de entidades ineficientes, especialmente en sectores como la industria azucarera o ciertas manufacturas. Se generaría un desempleo transitorio que podría afectar a miles en las primeras semanas o meses, sobre todo en los sectores burocráticos y vinculados a instituciones gubernamentales y del partido comunista. 

Sin embargo, estas transformaciones abrirían oportunidades en turismo, construcción, servicios modernos, agricultura privada y nuevas tecnologías. Quienes tengan habilidades, iniciativa o contactos en el exterior estarían mejor posicionados para aprovechar el cambio. Igualmente, los sectores privados exitosos que ya están establecidos en la isla tienen ventaja sobre los demás espacios de la sociedad laboral. 

Alain, de 47 años, mecánico en un taller particular de Plaza de la Revolución, ve el panorama con cautela. «Yo creo que va a mejorar porque el capitalismo premia al que trabaja duro. Al principio va a ser un choque fuerte, sí, pero con los meses la gente se va a adaptar. Se van a acabar los descarados que no trabajan y cobran igual. La delincuencia va a bajar porque los trabajos van a estar remunerados según el esfuerzo que uno ponga. Aquí el que quiera avanzar va a poder hacerlo».

En paralelo, el sistema de seguridad social enfrentaría una transformación inevitable. El modelo actual, aunque universal en teoría, se encuentra en ruinas: hospitales sin medicamentos básicos, sistema educacional en extrema decadencia y pensiones que no alcanzan ni para la canasta familiar. Una economía de mercado probablemente evolucionaría hacia un sistema mixto, donde el Estado mantenga un formato de protección —salud y educación públicas elementales para todos— mientras progresan las opciones privadas. Esto mejoraría la calidad en muchos casos, pero pondría en riesgo a los más vulnerables: jubilados sin familia en el exterior, personas con baja calificación o regiones alejadas de las zonas o polos de inversión.

Marcel Villa. La Habana habla en colores.
Marcel Villa. La Habana habla en colores.

Javier, de 29 años y barbero en La Lisa, trata de verlo con realismo y dice que él no tiene propiedades, «así que no me preocupa. Las únicas propiedades que van a quitar, si es que quitan algo, son las de los dirigentes corruptos, y está bien hecho si es así. Privatizar cosas como las comunicaciones o la salud no me parece malo, siempre y cuando sea de calidad y con respuesta rápida. Estar en un hospital dos horas esperando y que no haya ni un equipo de aerosol para mi asma es muy jodido. Yo pago si hay calidad, si hay equipos y medicinas disponibles».

Sin embargo, no todos comparten este optimismo. La transición generaría ganadores y perdedores claros, acentuando desigualdades que ya existen pero que podrían volverse más visibles y dolorosas. Zonas turísticas como La Habana, Varadero y Viñales podrían experimentar un boom económico instantáneo, mientras el interior rural y barrios marginales enfrentarían mayor dificultad para adaptarse. Surgiría una nueva élite o clase social —exiliados retornados al país, emprendedores locales exitosos y posiblemente sectores del aparato actual reconvertidos— ante los que quedarían rezagados. 

La posibilidad de la creación de oligarcas al estilo soviético es muy real. Los miles de funcionarios y militares con sus familias y sus negocios camuflados querrán sacar partido de esas aguas revueltas. Primeramente, salir ilesos sería su prioridad, pero luego podrían reestablecerse en una sociedad que no gobiernan y que podrían controlar económicamente.   

Yadira, de 33 años y profesora de secundaria en La Lisa, carga con esta: «Puede ser malo, porque muchas personas no se van a adaptar o se van a quedar desamparadas. Pero creo que es un mal necesario para todos. No podemos seguir así, estancados y sufriendo. Hay que cambiar, aunque duela».

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En el cortejo fúnebre de los 32 militares cubanos muertos el 3 de enero de 2025 en Caracas (La Habana, 15 de enero de 2025)
En el cortejo fúnebre de los 32 militares cubanos muertos el 3 de enero de 2025 en Caracas (La Habana, 15 de enero de 2025) / Foto: ‘El Estornudo’

A pesar de las expectativas y los temores, persisten voces que defienden el statu quo o que miran con escepticismo cualquier giro hacia el capitalismo. Leonor, de 40 años y dependienta en una Mipyme de Plaza de la Revolución, no quiere que se caiga el comunismo. «Conozco las historias de mis hermanas que viven en Miami: trabajan mucho y por poco dinero. Aquí en Cuba se vive bien con tres pesos, si uno sabe dónde buscar las cosas. No creo que vayan a quitar propiedades porque ya ha pasado mucho tiempo y no es rentable económicamente para los americanos. Para ellos todo es un negocio, y si hacen eso, pierden dinero».

Su testimonio refleja una corriente real en la sociedad cubana: la nostalgia por cierta estabilidad precaria, el miedo a la competencia despiadada y la desconfianza hacia un sistema donde el esfuerzo se mide en horas de trabajo. Para muchos como Leonor, la vida actual, aunque dura, ofrece una red mínima de subsidios y relaciones informales que permiten «resolver». El capitalismo, visto desde esta perspectiva, amenaza con romper la paz «antimperialista».

La realidad, sin embargo, es que Cuba ya no puede sostenerse en ese equilibrio inestable. La crisis humanitaria actual —apagones prolongados, escasez crónica de alimentos y medicinas, colapso de servicios— ha erosionado cualquier romanticismo alrededor del modelo vigente. El pueblo cubano, hastiado tras décadas de promesas, parece inclinarse mayoritariamente hacia un cambio pragmático. Encuestas informales y conversaciones en la calle sugieren que una amplia mayoría aceptaría una economía de mercado si trae mejoras tangibles en el corto plazo. Pero aceptar no equivale a estar preparado para el shock.

Socialmente, el cambio hacia el capitalismo traería un cóctel contradictorio. Por un lado, la llegada de inversión extranjera y exiliados con recursos impulsaría un boom en sectores como el turismo, la restauración, la construcción y los servicios digitales. Jóvenes con iniciativa encontrarían vías para emprender y mejorar sus ingresos. La llegada de tecnología, internet más estable y bienes de consumo aliviaría parte del agobio diario y reduciría la migración desesperada. La salud y la educación podrían modernizarse: clínicas mejor equipadas, aunque pagadas, y escuelas con recursos reales.

Culturalmente, el impacto sería profundo. Cuba perdería parte de esa narrativa igualitaria y socialista —por más erosionada que esté— y entraría en una lógica de competencia individual. Algunos celebrarían la libertad para prosperar; otros sentirían nostalgia por la supuesta solidaridad de antes. La delincuencia podría bajar a mediano plazo si hay empleos dignos, como señalan algunos, pero en la fase de transición podría aumentar temporalmente ante la desesperación de quienes queden rezagados. La salud mental de la población, ya afectada por años de crisis, enfrentaría nuevos dilemas: la angustia de adaptarse o quedar atrás.

Cuba se encuentra en uno de esos momentos históricos donde el sufrimiento acumulado choca con la posibilidad de reinvención. Sea cual sea el rumbo que tomen las tensiones en las próximas semanas, una cosa es clara: el pueblo cubano ha pagado un precio demasiado alto durante muchísimo tiempo. Cualquier cambio que venga debe medirse, ante todo, por cómo alivia ese peso y ese hastío. A lo mejor la frase cambia y ahora lo que podría caer encima fuese no ya un 20 de mato, sino un 1 de enero. Por lo pronto, solo queda esperar: el pueblo cubano nunca ha sido dueño de su futuro.

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