Milanku, mi amor

    Era una época más bien hermosa. Los años noventa en casa. La Revolución cubana recién se había acabado en el verano virtuoso de 1989. Los generales se fusilaban entre generales. Los otros, los sobrevivientes, se abrían cuentas de banco con los dólares del Exilio y el Estado, para así inaugurar un maratón de hoteles y restaurantes, bajo la máscara del empresario civil o el agente emprendedor. Mientras tanto, nosotros, los sobremurientes a ras de pueblo, seguíamos allí, extasiados sin enterarnos del fin de la historia. Cubanos huérfanos de Cuba. Perdiendo el tiempo sobre una balsa perpetua, zombis zozobrando en tierra de nadie. Tabula rasa de la memoria, terra ignota del corazón. La Patria como patíbulo a patadas, la nación como un coágulo de angustia entre los pómulos y el esternón. El castrismo como embolia de la esperanza. Desaparecía el comunismo internacional, pero Cuba se consagraba como la capital del comunismo latinoamericano. Un Ave Fénix endémico, cantando el corito fascista de la fidelidad. Los cubanos dejamos de reconocernos entre cubanos y, aún peor, cesamos de ser contemporáneos. El baile de los que sobran apenas comenzaba en la Isla. Sería una época más bien horrorosa. Los años noventa sin casa. La Revolución cubana recién había resucitado en el verano vil de 1989. Y, entonces, como de soslayo, casi sin darnos cuenta, como un Pequeño Príncipe picado por la serpiente siniestra del socialismo este-europeo, descubrimos y nos enamoramos de los libros en papel (nunca en Word ni en PDF) de un checo llamado Milán Kundera (así, Milán con acento habanero, para que nadie se vaya a equivocar).

    Milanku había nacido en el cumpleaños de mi madre, el 1º de abril de 1929. Y ya amenazaba con cumplir en vida sus primeros cien años, en la primavera de 2029. Sin embargo, el protagonista de este obituario de pronto se rindió . Seguro que estaba cansado, muy cansado, exhausto de tanta mierda mediática y tanta mediocridad militante en el primer cuarto del siglo XXI. Para colmo, murió nada menos que el 11 de julio, en el segundo aniversario del estallido social cubano, dejándonos desolados o al menos desorientados a los cubanos que lo quisimos.

    Milanku era incisivo e irónico como él solo. Fue, con naturalidad, el maestro involuntario de nuestra educación sentimental. Nos alfabetizó sobre quiénes éramos y sobre qué estábamos viviendo. Nos quitó la venda de los ojos, hasta que aprendimos a ser adultos leyendo a los egos experimentales de sus novelas-novelas (nunca «novelas de tesis» ni «novelas-sicológicas» ni «novelas-propaganda», como los peritos las han estigmatizado). La Praga de los años sesenta y setenta representaba entonces el futuro para el Lector Nuevo cubano. Queríamos, sin duda, experimentar en cuerpo propio una primavera checoslovaca con tanques rusos en las calles de La Habana. Hasta la represión detrás del Telón de Acero era bella, dada la lucidez de Milán Kundera. Pero Cuba quedaba ya demasiado lejos de todo y todos. Ni ese privilegio nos fue dado. Tuvimos que seguir habitando bajo la chealdad revolucionaria de los guajiros con barba.

    Milanku fue, también, para horror de la élite intelectual cubana, el gran filósofo en los tiempos del Período Especial. Nos encantaba su manera de mezclar narrativa con reflexión, construyendo variaciones melódicas de capítulo en capítulo, hasta que todo parecía encajar matemáticamente. En este sentido, su obra es incontestable. No se le puede objetar ni un detalle. Convence por lapidaria, de duda en duda y de ridículo en ridículo.

    Milanku teorizó ampliamente y, en la práctica, él mismo casi refundó una moral autónoma para la novela occidental, para escándalo de los activistas y académicos del mundo libre, quienes se pasan la vida exponiendo culpas y culpables entre los autores literarios. De hecho, quienes están matando nuestras ganas de novelar. Al respecto, es una suerte que Milán Kundera haya muerto y no presencie el mojón de metáforas justicieras que se nos viene encima. El fin de la literatura llegará antes que el fin de la pandemia. Yo diría que, antes del quinto o sexto booster de la vacuna anti-Covid, no quedará un ciudadano en La Tierra que se atreva a afirmar su libertad en un libro.

    Milanku anticipó desde hace medio siglo la imbecilidad del académico primermundista, sea nativo o inmigrante, así como denunció hasta cansarse las manipulaciones del periodismo profesional. Por eso dejó de hablar con quienes intentaban sacar lascas a su escritura y su biografía. Se alejó hace mucho de este planeta y, por supuesto, hizo muy bien. La Europa post-Guerra Fría no se merecía a Milán Kundera. Era cruel que Milanku siguiera allí, rodeado de los residuos de su excivilización. Por suerte, este martes 11 de julio al mediodía, tras resistirse cuanto pudo a la degeneración de su cuerpo, se fue sin pasar por la humillación de un Premio Nobel emitido no solo por sus antípodas, sino por sus inferiores.

    Estuve a punto de conocerlo en persona en 2016, en un París de musulmanes sin sentido del humor y tiroteos en masa. El encuentro se intentó gracias a una ONG noruega llamada ICORN, la cual me había conferido una beca de dos años en Reikiavik, Islandia. Pero al final no se dio. Milanku seguro pensó, acaso con razón, que yo era otro agente de la Seguridad del Estado. En definitiva, el escritor cubano que crea no ser un agente de la Seguridad del Estado, ese es el más artero de los agentes de la Seguridad del Estado.

    Puedo parafrasear algunos momentos maravillosos de su obra, pero no sé si valga la pena a estas alturas de la historieta. La guerra se perdió, camaradas. La ganaron los canallas. Así y todo, recuerdo que, en La broma, por ejemplo, el personaje principal, que creo lleva mi segundo nombre, Luis, se da cuenta poco a poco de que su grupo de amigos y amores juveniles podía perseguir a una persona hasta mandarla al destierro o la muerte, exactamente igual que cualquier otro grupo de gente anciana (como los castristas de hoy en Cuba) o jovial (como los castristas de ayer en Cuba).

    Milanku supo de Cuba, por supuesto, y por aquí y por allá la citó de prisa en sus novelas. Búsquenla ustedes allí. Hagan la tarea. Les adelanto que la Cuba de contrabando de Milán Kundera aparece, entre otras obras cumbres, en La lentitud, La inmortalidad, y La insoportable levedad del ser, donde está todo lo necesario para ser seres humanos.

    Milanku, mi amor, «uno puede quitarse la vida, pero no puede quitarse la inmortalidad». Te tocó tu turno de trascender, a sabiendas de que la vida no es un ensayo de nada, sino una única ejecución. De paso, ahora que ya no corro el riesgo de ser leído por ti ni por tus traductores, con suerte podré por fin terminar, a la vuelta de trece tristes trienios, La irrealidad, mi novela Made in Kundera, mi pobre plagio al padre que no me atrevo a matar. 

    Descansemos, pues, en paz. Algo nos unió en medio de esta humanidad sin amalgama de almas.

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    3 COMENTARIOS

    1. Muy buena obra — la insoportable levedad de ser (no conocia el título en español) — the unbearable lightness of being, está entre mis libros — y película basada en el libro, favorita. Gracias. Migdia

    2. Gracias Orlando por tan inquisitiva reseña. Como siempre, me dejas con el deseo de que sigas escribiendo más y más. Trataré de buscar alguna de sus obras. Eres único. ADA

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