El día que supimos de un héroe anónimo

    Casi todos lo conocimos el día que lo secuestraron. Su nombre desfiló brevemente ante nosotros y desapareció en un abrir y cerrar de Facebook, cuando se confirmó, tras varias horas de incertidumbre, que se encontraba detenido en Villa Marista, el cuartel general de la policía política cubana. Incluso un titular, en un arranque de objetividad periodística, llegó a entrecomillar la palabra «secuestro» frente a la posibilidad de que se tratase de un rumor. La prudencia parecía justificada en este caso. Para entonces, apenas unas diez personas podían afirmar que sobre las 6:30 a.m. del pasado 2 de marzo, un hombre fue secuestrado por agentes anónimos del Ministerio del Interior en el pequeño municipio mayabequense de Quivicán. Y solo unos pocos más podían dar fe de que ese hombre, que aquella mañana iba rumbo a la panadería para comprar el desayuno de su familia, era un activista político llamado Alejandro Garlobo.

    Un problema con los nombres poco conocidos es que pierden demasiado rápido su individualidad: tras un fogonazo, pasan a formar parte de las listas donde permanecen, a veces para siempre, convertidos en cifras. Así, Garlobo corre el riesgo de disolverse entre los hoy más de mil presos políticos del castrismo. Cada día que pasa también se acerca más a ser, digamos, una entre un millar de causas a defender para quienes se oponen al régimen, y también una de las tantas monedas de cambio con que cuenta la dictadura cubana para negociar concesiones con gobiernos extranjeros. 

    Antes de eso, solo había aparecido en una dramática entrevista por videollamada que ofreció en el canal de Youtube de una periodista cubana radicada en Nueva York. En algún momento, la señal de su teléfono comenzó a interrumpirse. Garlobo pidió entonces una pausa. Quería saber por qué su esposa insistía tanto en comunicarse con él. Regresó al rato, pero ya no era el mismo tipo ecuánime que hacía unos minutos hablaba con normalidad, como quien cuenta una anécdota intrascendente, sobre la vez que lo golpearon a plena luz del día para robarle el celular y de cómo, poco después, una tarde cualquiera, un agente de la policía política le gritó, burlón: «¡Ey, Garlobo! Te dieron duro, ¿eh?». El Garlobo que regresó a la entrevista estaba fuera de sí, agitado, confuso:

    —Una notica para la Seguridad del Estado, para Díaz-Canel, para quien ellos quieran. Mi abuela es una persona mayor de edad, con problemas de diabetes, mi mamá… mi mamá tiene problemas del corazón. Cuando vuelvan a llamarlas para decirles cosas mías (por ejemplo, que un día lo secuestrarían y que pasaría el resto de sus días en una prisión) me voy a poner como nunca me he puesto… Con lo tranquilo que yo soy, con lo sedado que yo soy… he llevado esto suave… suave y con calma. ¡Pero con mi familia no se metan, que se puede revolver La Habana y lo que ustedes quieran! —soltó amenazante, consciente de que entre las pocas personas que a esas horas miraban la entrevista había al menos un represor de la Seguridad del Estado.

    Desde hacía unos meses, los sabuesos del régimen le seguían los pasos, lo hostigaban, aunque sin atreverse a actuar de manera contundente. Era una caza de gato y ratón que no llegaba a su fin gracias a la astucia del roedor. Pero el cerco de los persecutores se fue estrechando y para finales de 2022 Garlobo ya los tenía respirándole en la nuca. Entonces sucedió algo inesperado: el habilidoso perseguido, que hasta el momento había borrado con cierto éxito toda huella de su labor como activista, pareció perder el control, se expuso, y por primera vez habló de las amenazas, los interrogatorios y la vigilancia a los que era sometido.

    Alejandro Garlobo
    Alejandro Garlobo / Foto: Facebook

    Nadie, excepto él, podría decir a ciencia cierta por qué lo hizo, si fue, por ejemplo, la rabia del momento, la necesidad de sentirse acompañado o el temor a que su anonimato jugara en su contra. Con la policía encima suyo, es muy posible que se preguntara si acaso el secreto de su activismo no iba a terminar un día por ocultar también que en alguna celda húmeda yacía un preso político llamado Alejandro Garlobo. Pero estas son solo especulaciones. Lo único cierto es que apenas dos semanas después casi todos supimos quién era.

    Cuanto he dicho hasta aquí es lo que cualquiera podría saber de él, es decir, nada. El resto, aquello por lo que permanece encarcelado, sigue resistiéndose a salir de las sombras en las que Garlobo decidió esconderse durante dos años. Su historia, me atrevo a decir, es la de un hombre escurridizo y astuto, a veces prudente, otras temerario, siempre misterioso. La niebla y las sospechas que lo envuelven son consecuencias directas de su estrategia, que consistía en priorizar la acción antes que la consigna, en hacer y aguantar en silencio. Desde sus inicios como activista, allá por los primeros meses de 2021, Garlobo entendió que debía ser constante e invisible, como el viento que mueve las aspas de un molino. 

    ***

    Los relatos sobre héroes anónimos comienzan a salir a la luz cuando las cosas no terminan bien. Y nunca, o casi nunca, les pertenecen a ellos.

    —Garlobo fue una de las pocas personas que cuando yo estaba detenido en Villa Marista y, después, en la prisión de Valle Grande, más visibilidad le dio a mi caso. Cuando me soltaron con una medida de reclusión domiciliaria fue que nos conocimos. Tenemos una amistad de ya casi un año —me dice José David Hernández, de 32 años. Luego, como para dejar sobre la mesa algunos puntos claros, insiste en que él es «opositor, que es muy distinto de ser activista».

    Sin embargo, el 17 de febrero de 2022 la policía política no lo detuvo precisamente por pertenecer al Movimiento Opositor Nueva República (MONR) —una organización ciudadana de escasos miembros fundada en 2002, declarada ilegal por las leyes del país y centrada en denunciar las violaciones de derechos humanos cometidas por el régimen. Tampoco fue esta la causa por la que lo mantuvieron encarcelado 50 días en Villa Marista y luego otros diez en la prisión de Valle Grande. Más que su militancia opositora, lo que molestó en aquella ocasión a la dictadura fue su trabajo como activista, algo que José David entiende más como una labor de acompañamiento y apoyo, una especie de retaguardia de la resistencia cívica. 

    Poco antes de su detención, había sido parte de una red de apoyo a los familiares de presos políticos cubanos. Eso lo llevó a ponerse al servicio de Yudinela Castro, madre de Rowland Jesús Castillo Castro, uno de los presos políticos menores de edad que dejaron las protestas del 11 de julio de 2021. Junto a José David fueron detenidas la propia Yudinela y Mileidys Rodríguez, también militante del MONR y colaboradora de esta red de apoyo. Yudinela salió pronto de prisión. Luego lo hicieron él y Mileidys, quien, meses después, sería separada de su hijo de 18 años, Kendry Lastra Rodríguez, encarcelado por participar en las manifestaciones que en noviembre de 2022 sacudieron la isla a raíz de los prolongados cortes de electricidad de entonces.

    Mientras estuvo en prisión, cuenta José David, nada le preocupaba más que su familia. Sin embargo, cada vez que podía conversar con su hermana, esta le decía que se estuviera tranquilo, que todo iba bien, que la estaban ayudando. Aunque quiso saber a qué se refería, tuvo que aguantarse la curiosidad durante dos meses. Luego, cuando al fin pudo regresar a casa, su hermana desveló el misterio: «Dos muchachos, Tata Poet y Alejandro Garlobo».

    —Llamé a Garlobo para agradecerle y desde entonces somos amigos y hablamos casi todos los días, a veces de cosas muy tontas y sencillas. Creerás que te miento, pero nunca nos hemos visto en persona. Cada cual está en lo suyo, así que no hemos coincidido, pero hablamos horas y horas.

    —¿Y cómo es?

    —Hmmmm… Garlobo es un poco loco. Un tipo sencillo, laborioso, que te habla muy normal, como si te conociera de toda la vida; un tipo bueno, pero como intranquilo, ¿sabes? Él le ha dado mucha visibilidad a la causa de los presos políticos, y si hay que entregar un habeas corpus o hay que enviarles medicamentos o alimentos a los familiares de esos presos, él está ahí. Es de esa clase de gente que, no importa lo que le pidas, siempre está dispuesto —dice, y hace una pausa—. Vas a publicar esta entrevista, ¿no?

    —Sí, ese es el objetivo.

    —Bueno, entonces avisa que si hay que ir a Villa Marista a protestar por su libertad, que me digan, que yo tengo que ser de los primeros en estar ahí.

    Las palabras de José David, la tristeza que las envuelve, no se explican con justicia desde la gratitud ni desde lo lógico que resultaría apoyar a alguien con ideas políticas más o menos similares a las propias. Hay algo más, y creo saber qué es. En su libro El infinito en un junco, la española Irene Vallejo escribió una frase que debería tallarse en piedra, una verdad sólida, incuestionable, monumental: «Cuando compartimos los mismos relatos, dejamos de ser extraños».

    ***

    Alejandro Garlobo y su hijo / Foto: Facebook

    No parece haber nada extraordinario en la vida Alejandro Garlobo antes de inicios de 2021: ninguna anécdota épica, triste o curiosa, ni siquiera un arranque de rebeldía que pudiera arrojar pistas de lo que sucedería después. Así, supongo, es el relato de cualquier héroe anónimo: el punto de quiebre de su vida, sucede de la manera más simple y disimulada, sin sobresaltos ni secuencias trepidantes.

    No fue a la vuelta de la esquina, pero sí a unas pocas cuadras de su casa, que Garlobo experimentó ese giro radical y se topó por primera vez, frente a frente, con la posibilidad de convertirse en un activista político. Muy temprano en la mañana del 27 de enero de 2021, desde las redes sociales en el país se transmitía y compartía en tiempo real lo que estaba sucediendo frente a la sede del Ministerio del Cultura. Dos meses antes habían sucedido la llamada Huelga de San Isidro y el plantón de artistas, intelectuales, periodistas y activistas frente a esa misma sede. Este último, se esperaba, había sentado las bases de un acuerdo entre las autoridades del país y la sociedad civil para «negociar» el fin de la represión política y la censura. El régimen fingió aceptar los términos para disolver la concentración de manifestantes, pero pasadas menos de 24 horas rompió el pacto e inició una campaña de descrédito y una rutina de persecución sobre estos. Exactamente un mes después —víspera del 168 aniversario del natalicio de José Martí—, un reducido grupo de personas se plantó en aquel mismo sitio para, de manera simbólica, exigirles a los funcionarios cubanos que cumplieran lo prometido.  

    Garlobo debió pasar por allí por algo más que curiosidad. Quizás para dejar claro, aunque implícitamente, que era uno de los tantos cubanos que se sentían identificados con los manifestantes, pero que no contaban con el valor de unírseles y someterse a los peligros que ello implicaba. Luego de tomarse un par de fotos con algunos de los activistas y una selfie —que publicaría meses después—, regresó a casa, quizás temeroso de lo que podía suceder. Poco después de que se marchara, los manifestantes fueron agredidos por una tropa de funcionarios del Ministerio de Cultura, a la que se sumó una horda de agentes de la Seguridad del Estado. Los participantes de la protesta fueron golpeados, secuestrados y liberados más tarde.

    Por supuesto, algo impulsó a Garlobo a darse la oportunidad de un pequeño atrevimiento. 

    Volvamos atrás, exactamente a finales de 2020. 

    Alejando Garlobo vivía en el Vedado, muy cerca del Malecón, a donde se iba a pescar en short, camiseta y chanclas de vez en cuando. Era un tipo de barrio, padre de un niño que entonces no superaba los cinco años de edad y trabajador de la Brigada de Pavimentación y Fresado ECOING #5. Fumador empedernido, amante del béisbol, de fútbol —sobre todo del Barcelona, cuyo escudo se tatuó en el pecho, justo sobre el corazón— y de la música urbana. Desde 2016, con 28 años, seguía a detalle las novedades del entonces incipiente género llamado trap. Sus publicaciones en redes sociales por entonces bien podrían componer un dossier de novedades sobre discos, singles y colaboraciones de artistas como Ñengo Flow, Anuel AA, Darrell y Arcángel. Para demostrar su fanatismo, incluso, se tatuó en el reverso de una mano el logotipo de Carbon Fiber Music, sello discográfico de músicos como Farruko, uno de sus más admirados. 

    Sus primeras publicaciones con cierto contenido político fueron algo timoratas en comparación con las que siguieron tras las protestas del 11 de julio de 2021. A principios de diciembre de 2020, por ejemplo, publicó un post en redes sociales que exigía la aprobación de una Ley de Bienestar Animal y otro con la imagen de una bandera cubana con los bordes deshechos, abierto a cualquier interpretación. Sin embargo, el 23 de diciembre, compartió la captura de pantalla de un comentario anónimo, aunque cabe la posibilidad de que fuera suyo. Aquí, por primera vez, Garlobo ofreció —consciente o no— un adelanto de lo que sería su vida. 

    «Yo creo que en todo el mundo la gente debe representar un papel pero no convertirse en un actor permanente hasta el punto en que muchos no saben cuál es su rostro y cuál es su máscara. Y hace mucho que soy consciente de que tengo una máscara puesta pero también sé que tengo un rostro el cual debo salvar y recuperar. En cualquier lugar del mundo puede haber injusticia pero la posibilidad de señalarlo sin ser reprimido es un consuelo. #cubaesdetodos #ElCambioEsYa»

    En todo este relato solo queda un punto ciego que tal vez corresponda al propio Garlobo resolver. Alguna que otra vez habló con otros activistas, e incluso con su actual esposa, de su condición de ex preso político. Sin embargo, ninguno de los entrevistados para este trabajo ha podido aportar pruebas que la confirmen. 

    ***

    Alejandro Garlobo pescando / Foto: Facebook

    Marcel Valdés llevaba varios años residiendo en Estados Unidos cuando estallaron las protestas del 11 de julio de 2021. Aunque publicaba en redes sociales contenido crítico contra el régimen cubano y visibilizaba casos de opositores violentados y encarcelados, nunca se involucró tanto con el activismo dentro y fuera de la isla como después de ese día. Desde entonces, dedica su tiempo a contactar a familiares de presos políticos e informar de los abusos policiales que se le puedan escapar a los medios independientes, entre otras cosas. 

    Antes del 11 de julio, Marcel tenía a Garlobo como un «amigo» más en Facebook, nadie especial. Sin embargo, a raíz de las protestas ambos se comunicaron. Una conversación llevó a otra y en poco tiempo se volvieron amigos reales. Las charlas, que se hicieron cada vez más constantes, iban desde temas políticos hasta asuntos sin importancia. Marcel se convirtió así en uno de los pocos depositarios de la confianza de Garlobo, quien poco después comenzó a trabajar en la red de apoyo a los familiares de presos políticos. 

    —Hablábamos mucho. Por ejemplo, de lo que íbamos a hacer cuando cayera la dictadura.

    —¿Y qué iban a hacer?

    —Bueno, yo soy del Vedado, y Garlobo también vivió por allá, así que a veces hablamos de la pesca en el Malecón. Recuerdo que una vez me dijo: «Coño, Marce, el día que Cuba sea libre quiero que nos vayamos los dos a pescar». Y cosas así. También nos hicimos el mismo tatuaje.

    Se trata de una bandera cubana, en cuyas franjas puede leerse LIBERTAD PARA CUBA. Garlobo entonces creyó que era buena idea hacerse uno idéntico al que su amigo luce en una pantorrilla. A inicios de 2022 se presentó ante un tatuador, quien se negó a realizar el trabajo.  

    —Yo no puedo hacer eso. Tengo dos niños. No soy del PCC [Partido Comunista de Cuba] ni de nada, pero eso no lo puedo imprimir.

    —¿Qué tiene la foto?

    —Lo que dice.

    Según contó el propio Garlobo, aquella respuesta le hizo perder la calma y arremeter contra el tatuador.

    —¡Qué falta de cojones hay en este país en los hombres! Yo también tengo dos niños. Esto fue lo que les enseñó ‘el Ceniza’ [Fidel Castro] a ustedes: el miedo. Voy pa’ otro lugar —dijo, cuando una joven, también tatuadora, lo llamó.

    —Echa pa’cá. Yo te lo hago. Mira, Garlobo, no hay miedo. Viva Cuba libre. Aquí me tienes.

    ***

    Casi nadie lo conoce por Arián Cruz, sino por Tata Poet, una suerte de nombre artístico —y por qué no, de guerra— que adoptó hace algún tiempo y por el que se le puede contactar por redes sociales. Durante los últimos años ha participado en pequeñas y grandes protestas contra el régimen. Ha sido secuestrado y detenido. Ha levantado su voz contra los secuestros y detenciones de otros. Ha sido también parte importante de la red de apoyo a presos políticos y personas en situación de vulnerabilidad necesitadas de cosas tan básicas como un medicamento que les salve la vida. Entre activistas, opositores, y víctimas directas de la violencia del gobierno, hablar de Tata Poet es como hablar de un santo.

    No obstante, Tata nunca estuvo solo.

    Alejandro Garlobo y Tata Poet / Foto: Facebook

    —Conocí a Garlobo por redes sociales. Teníamos muchos amigos en común he hicimos una pequeña amistad por redes. Luego nos vimos en persona, no recuerdo si una vez que quedamos en un teatro. Por aquel entonces yo venía haciendo activismo. Él, por su parte, denunciaba en redes la situación de los presos; así que, si eso es activismo, pues sí, él era activista.

    Para entonces Garlobo ya mantenía lo que podría llamarse un «perfil bajo». Mientras, Tata resultaba una cara familiar para quienes estaban al tanto de la realidad de la isla, ofrecía entrevistas y testimonio de protestas como las de octubre y noviembre de 2022 y movilizaba a cada tanto la solidaridad de miles de cubanos. Garlobo se mantenía en las sombras. 

    Tata, Garlobo y otros activistas trabajaron juntos durante más de un año brindando acompañamiento en procesos legales y también en la entrega de ayudas económicas, alimentos y medicinas a familiares de presos políticos. Esto, por supuesto, exigía un trabajo logístico y una planificación considerables, sin lugar a errores: que siempre contemplaran la posibilidad de un secuestro, una detención e incluso la confiscación de la ayuda. Necesariamente, alguien tenía que actuar en segundo plano; alguien debía volverse invisible y ser como un fantasma, de manera que pudiera burlar a la policía política y realizar las entregas. Y ese fue Garlobo.

    —Es un tipo noble, bueno. Cierta vez el régimen estaba sacando a unas personas mayores, ancianos, del lugar donde vivían. Fue un desalojo injusto, porque esa gente llevaba 20 años viviendo en el lugar. Recuerdo que lo llamé y le dije que viniera para ayudar a unos viejitos a mudarlos y cargar sus cosas. Era una mudanza gigantesca. Y él llegó al momento y trajo a un amigo suyo y sacamos todo enseguida. Después se dio cuenta de que yo tenía la cartera con comején, que estaba pasmao, e insistió y casi me obligó a aceptar que él pagara el almuerzo. Si a Osmani Pardo le hacía falta un medicamento, él estaba ahí. Si Ariadna Mena necesitaba algo, él estaba ahí. Garlobo estuvo para muchas personas en momentos claves y difíciles. Es de esa gente a la que le dices: «Asere, me hace falta…», y antes de que termines la frase te contesta: «Espérate, voy pa’llá».

    Hacia octubre de 2022 la Seguridad del Estado descubrió la identidad de esa sombra laboriosa y omnipresente que era Garlobo. Comenzaron entonces las amenazas, el acoso y las citaciones policiales. Sin embargo, cuenta Tata, su amigo prefirió seguir igual de reservado por un tiempo. No fue hasta febrero de 2023, durante la entrevista que concedió mediante una videollamada a una periodista, que reveló la golpiza que le propinaron en Santiago de las Vegas para robarle el móvil, los interrogatorios a los que fue sometido y el ultimátum que le dio la Seguridad del Estado poco antes: «Si no abandonas el país en un periodo de 90 días, vas a pasar los siguientes años en una prisión».

    ***

    —Ale se pasaba el día entero mirando el celular, pendiente de lo que sea, ahí, ahí, ahí. Entonces yo lo regañaba y le decía: «Mi hermano, suelta el teléfono ese, que le dedicas más tiempo que a mí» —dice Isayris Díaz Díaz, su esposa.

    Se conocieron hace dos años, cada uno con un hijo de un matrimonio anterior. La relación avanzó y resultó que cada uno quiso al hijo de otro como suyo. Luego Garlobo se fue a vivir con ella a Quivicán, un pequeño municipio sin salida al mar, ubicado al sur de La Habana.

    Cuenta Isayris que ya en las primeras citas, cuando se preguntaban mutuamente cuál era el sueño de cada cual, Garlobo le contestaba: «Que Cuba sea libre». 

    —Mi reacción cuando decía eso, bueno… yo lo acepté tal y como es. No me arrepiento, y aquí estoy, para apoyarlo en lo que sea.

    Nada le agradaba más que ver a su marido en casa, donde pasaba la mayor parte del tiempo. Le gustaba, por ejemplo, verlo jugar con su hijastra, a la que complacía en lo que pudiera. Garlobo rara vez se alejaba del pueblo, y cuando lo hacía era junto a Isayris. Sin embargo, a veces, justo en esos largos momentos que pasaba pegado al celular, se levantaba de un salto y se iba. En más de una ocasión Isayris lo vio como loco, buscando por toda la casa algún blíster de duralgina solo porque le habían dicho que alguien lo necesitaba y a esa hora no tenía otro lugar donde conseguirlo. 

    —Ahora estoy pensando en que él tiene tremendo vicio de cigarro. Imagino que debe estar desesperado por fumar allí donde lo tengan —dice Isayris, y también que nada le gustaría más que tenerlo en casa, como antes, aunque sea viendo las series policiacas y las comedias españolas que tanto le gustan, o celebrándole sus frijoles, o pegado al celular o peleándose por poner a todo volumen en una bocina algún tema contestatario de Los Aldeanos.

    ***

    Cuando la confianza fue mutua, Fernando Almeyda comenzó a llamar a Garlobo «el Ninja Loco» por esa habilidad suya para perderse unos días, como si la tierra se lo hubiese tragado, y aparecer de repente con una bolsa llena de alimentos y medicamentos en una casa de familiares de presos políticos a la que nadie había podido llegar. En ocasiones, solo Fernando sabía por dónde andaba Garlobo, que llegó a ser sus ojos y oídos en Cuba.

    —Nos conocemos desde abril de 2022, pero nunca nos vimos en persona —dice Fernando, un joven jurista que desde hace más de un año reside en Serbia, donde se exilió a raíz de la represión a la que fue sometido, sobre todo por su activa participación en la plataforma Archipiélago y en la organización de la frustrada marcha del 15 de noviembre de 2021.

    —¿Y de qué manera se hicieron amigos?

    —La comunicación comenzó a partir de que él tenía una citación policial y no sabía qué hacer. Entonces yo le di asesoría jurídica. Desde ese momento mantuvimos contacto. Nunca me pidió una recarga telefónica ni nada. Ni siquiera me hacía preguntas sobre el trabajo de activismo que llevo desde acá, porque Garlobo defiende la discreción como una forma de garantizar que las cosas salgan bien. Cuando me contactaba siempre era para pedir asesoría legal para otras personas.

    La primera impresión que le causó Garlobo era la de un sujeto temerario, casi imprudente. A veces, cuando la policía política sitiaba la vivienda de algún activista, se paseaba por los alrededores de incógnito, como un ciudadano más de paso por una calle, y luego contaba los pormenores, cuanto había visto y escuchado. El más mínimo error, la posibilidad de que uno de los agentes de la Seguridad del Estado lo reconociera, ponía en peligro su integridad física y su libertad.

    —Es un chamaco de barrio. No es un activista intelectual ni pretende serlo ni habla como uno. Tampoco actúa como el más disidente entre los disidentes. Eso sí, es una bola de candela, muy pillo. Sabe cuando irse por debajo de la Seguridad del Estado y desaparecer del radar. Lo hizo muchas veces. En algún momento tuvo un perfil que comenzaba a ser alto, pero priorizó ser efectivo a su manera, ayudando a otros disidentes, opositores y presos políticos.

    —Entonces sabía medir los riesgos.

    —Sí. Garlobo me decía que no estaba para ser un héroe y era muy desconfiado de las iniciativas temerarias. Siempre fue cuidadoso y daba consejos a los demás para que no se «quemaran», porque hay gente que erróneamente le sigue la rima a ciertas publicaciones y convocatorias que se hacen desde fuera de Cuba. «No te quemes, que nadie va a salir por ti. Sé inteligente, juega el juego y ayuda a los que están jodidos». Ese era su consejo. Un lema que compartíamos era que no queremos un preso político más.

    El 15 de noviembre de 2021, la fecha escogida por la plataforma Archipiélago para realizar una marcha contra la represión política, el régimen desplegó fuerzas policiales, militares y paramilitares en todo el país. La marcha no sucedió y solo unos pocos se atrevieron a salir de sus casas, a pesar del peligro que suponía. Uno de ellos fue Garlobo, detenido y liberado poco después. Desde ese momento mantuvo un perfil bajo, lo que no quiere decir que estuviera exento de pequeñas agresiones. Estas comenzaron con intentos de hackeo a sus cuentas en redes sociales y cortes de internet.

    A finales de abril de 2022, cuando encarcelaron al opositor Ernesto Díaz González, conocido como Ktivo Disidente, Garlobo exigió su liberación desde su perfil de Facebook e inmediatamente recibió amenazas a través de mensajes. «Si quieres acompañarlo puedes hacerlo sin ningún problema. En el Combinado del Este siempre habrá un espacio libre para apátridas y oportunistas», decía uno de ellos. Unos meses más tarde, a raíz de las protestas de octubre y noviembre de 2022, en Quivicán comenzó a expandirse el rumor de que él era responsable de unos letreros que amanecieron pintados en espacios públicos con frases como ABAJO LA DICTADURA y ABAJO DÍAZ-CANEL. Desde entonces se convirtió en un blanco más de los ataques y la vigilancia de la policía política. 

    —Garlobo se las ha visto negra. La muerte de su madre, la detención de sus amigos y conocidos, el acoso contra su familia. Todo eso le afectaba. No se sabe mucho de esto porque no le gustaba dar detalles. Era como un fantasma, un ojo agudo e imprescindible en la oscuridad. Pero la invisibilidad tiene un precio.

    ***

    Maykel Castillo y Garlobo / Foto: Facebook

    El ensañamiento de la dictadura con Alejandro Garlobo ha tomado un carácter «legal», si es que podría llamársele así a la aplicación arbitraria de leyes de por sí injustas, todas pensadas para reprimir cualquier forma de disenso en el país. Luego de ser secuestrado y llevado a Villa Marista, fue sometido a un interrogatorio. Actualmente se encuentra detenido bajo cargos por el delito de «Otros actos contra la Seguridad del Estado», que corresponde al Capítulo V del Código Penal vigente. En todo este tiempo no se le ha permitido la asistencia de un abogado.

    De los delitos contemplados en el Capítulo V del actual Código Penal, a Garlobo le imputan el que recoge el artículo 143:

    «Quien, por sí o en representación de organizaciones no gubernamentales, instituciones de carácter internacional, formas asociativas o de cualquier persona natural o jurídica del país o de un Estado extranjero, apoye, fomente, financie, provea, reciba o tenga en su poder fondos o recursos materiales o financieros, con el propósito de sufragar actividades contra el Estado cubano y su orden constitucional, incurre en sanción de privación de libertad de cuatro a diez años».

    —El artículo 143 fue un traslado al Código Penal de lo que decía la Ley 88, que sanciona el financiamiento y la utilización de fondos para acometer lo que el gobierno considere acciones contrarias al orden constitucional. El Estado cubano ve el activismo de Garlobo como un riesgo y por eso le imputan un delito que fue establecido justo para este tipo de casos. Esto es algo que sabíamos que ocurriría desde la promulgación del anteproyecto del Código Penal —explica Eloy Viera, jurista y coordinador de elToque Jurídico.

    —¿Qué podríamos esperar entonces de este proceso que han abierto en su contra?

    —La Ley de procedimiento dice que una investigación como esa puede durar hasta 90 días, los cuales pueden ser prorrogables hasta 180. Por tanto, es muy probable que en los próximos seis meses mantengan a Garlobo preso. Claro, la prolongación de ese tiempo depende de la presión política que pueda hacerse. 

    —¿Y es seguro que terminen por imponerle una sanción de entre cuatro y diez años de privación de libertad?

    —El régimen cubano ha usado durante muchísimo tiempo la prisión provisional como un mecanismo para sancionar a la gente sin llevarla a juicio. O sea, mantienen a alguien bajo prisión provisional, bajo una investigación, y al cabo de esos seis meses nunca efectúan el juicio. Sencillamente dan por cerrada la investigación y los mandan para sus casas, pero ya lo tuvieron preso seis meses, ocho meses o un año. Así sucedió con los manifestantes de la calle Obispo, por ejemplo. Ahora está en la Ley la posibilidad de que, cuando las autoridades determinen, se cierre el expediente e impongan una multa o un sobreseimiento condicionado, es decir, que informen al preso que lo soltarán, pero bajo condiciones que de no cumplirse permiten que el expediente se reabra y vuelva a prisión. Este es un mecanismo muy efectivo del régimen para evitar el costo político que implica un juicio en un ambiente donde al Estado le puede convenir negociar con presos políticos como moneda de cambio. 

    —Entonces, un juicio de este tipo podría dar una imagen que no quieren dar. 

    —Claro, pero eso no quiere decir que el régimen no esté dispuesto a continuar con la represión. A ciencia cierta, todavía no podemos adivinar qué pasará con Garlobo. De hecho, podría ser la primera víctima pública de un delito diseñado específicamente para sancionar el disenso a partir de lo que el régimen siempre llamó «mercenarismo», aunque legalmente no usó este término antes porque no entraba dentro del concepto que en Código Penal anterior tenían como tal. 

    Garlobo, «el Ninja Loco», quien dedicó los dos últimos años de su vida a la causa de los presos políticos cubanos, está a un paso de convertirse en uno de ellos. Su trabajo silencioso merece ahora, cuando menos, gritos.

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    Darío Alejandro Alemán
    Darío Alejandro Alemán
    Nació en La Habana en 1994. Periodista y editor. Ha colaborado en varios medios nacionales e internacionales.
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