La boca de la espesa noche

    Hoy me he sentado otra vez en el Hotel Parque Central a tomarme un café capuccino y una cerveza Cristal. Todo un lujo, teniendo en cuenta cómo van los precios, mi economía particular y quien fui hace no mucho tiempo.

    Con tantos lugares en La Habana donde tomarme un buen capuccino y una cerveza Cristal por un tercio de lo que estoy pagando ahora, ¿por qué vengo una vez más aquí, donde causa estragos el recuerdo de una etapa irresuelta y un Gabriel que nunca pudo ser mío? Es como si buscara una y otra vez el confort del dolor habitado.

    Ya estuve la semana pasada, el mes pasado y hace siete años, con el mismo café capuccino y con la cerveza no tan fría, esperando la visita fantasma; esperando que aparezca Gabriel por esa puerta, con su hermoso acento mexicano y sus cuidadísimos dedos de dibujante, de bocetero, y me diga: «Hola Manuel, no me he olvidado de ti…»

    ***

    Pedro es el nombre de mi primer cliente en la prostitución. El primer cliente serio nunca se olvida. Es como el primer día de clases, como la primera vez que se prueba una sustancia alucinógena. Eso queda en la memoria, al menos en la mía, que en aquel entonces era apenas un niño curioso, pero asustadizo, que comenzaba a tocar la vida con sus dedos inexpertos.

    Pedro daba los besos más asquerosos y mejor pagados de mi vida. Amoldaba la boca desde muy lejos, como preparándome para el desagrado, como si supiera que me produciría arcadas y que necesitaba darme un aviso para la contención. Cerraba los ojos y aún no estaba frente a mí. Justo antes de llegar a mi boca, sacaba aquella lengua áspera y maleducada, como de gato, y la metía primero. Lengua primero, boca después. Como para matarme el asco.

    Pedro y yo, más allá de su ineficacia congénita para entregar un beso aceptable, éramos besantes de generaciones y locaciones muy distantes. Yo tenía 20 años. El pasaba los 60. Le cabían tres yo adentro y teníamos el Océano Atlántico de por medio. Jamás me esforcé un poco por enseñarle algo nuevo, y mucho menos, por todo lo que él había vivido, a besar.

    Pedro seseaba tanto, que me era imposible olvidar los euros que traía de España para muchachitos frescos y viriles como yo, cubano promedio, mano de obra y de paja más barata que la que él encontraría en muchísimos países. Su trato fue un fiel recordatorio de que a treinta euros diarios le caben muchas formas de humillación, más allá del mal sexo.

    Yo, de primerizo, soporté vejaciones innecesarias que ni siquiera voy a relatar. Me sirve de venganza el retrato que dejaré en la memoria de todos ustedes. Ese señor inadecuado, ególatra e imprudente, jamás debió venir a Cuba. A ese señor desagradable jamás debí aceptarle aquella cerveza.

    Pero, imagínate. Yo andaba en la calle prácticamente. Sin trabajo. Su oferta de quince días, en los que —gracias a todos los dioses— hubo sexo solo tres veces, me cayó justo a mi medida. En aquel tiempo, yo costaba de treinta a cincuenta dólares y alguna que otra comida, salida a fiestas y mucha cerveza. Sí, yo costaba mucha cerveza.

    ***

    A Gabriel le hice canciones y una crónica que perdí por un virus en la laptop. Yo tenía 23 años y cargaba con una frustración tan grande que parecía que venía quejándome de vidas pasadas. El dolor del rechazado —del que siempre fue estrella sociométrica y ahora era un maricón en desgracia— tiene una intensidad diferente.

    Ese dolor se siente como una pérdida humana. Y en muchos sentidos lo es. Yo había perdido a una madre, que estaba tan viva como para oler el más mínimo indicio de pecaminosidad homosexual en mí y atacarlo con una intolerancia inenarrable. Esa mujer, por suerte, ya murió. La que vive ahora, más de diez años mayor, es víctima del cansancio de las guerras largas, y ha terminado, como toda buena política, conviviendo con «el enemigo» e incluso cediéndole terreno.

    Hoy soy la cicatriz de las heridas de aquellos grandes combates. Me dolían las piernas como para seguir en pie ante tantos vendavales, pero no tuve opción. Pájaros como yo —en contextos tan hostiles como el mío— o estamos en pie o dejamos de existir y ser vistos. Elegí como las pájaras, travestis y trans tutelares me enseñaron: no podemos dejar de ser ni de estar, aunque nos cueste nuestra propia existencia, porque nosotros no solo somos los cuerpos que habitamos. Nosotros estamos habitando las existencias que labraron para nosotros los pájaros, travestis y trans que vinieron antes, del mismo modo que estamos amueblando la casa para las que vendrán detrás de nosotros.

    Fíjense si tres años en la boca de la espesa noche pueden ser densos, que a mis 23 ya arrastraba los traumas y las frustraciones del ejercicio de supervivencia. Ya sabía lo poco que podía costar un pájaro y cuánto costaba en realidad serlo.

    ***

    Gabriel apareció en el Parque Central, frente al Hotel Inglaterra, con una libreta en la mano izquierda, un lápiz en la derecha y una definición de belleza colgada en la cara como un cartel. Dibujaba una caricatura del Hotel Inglaterra y yo, sentado en la acera, lo miré con tanta devoción durante el rato que duró su dibujo, que a la vida le hubiera dado tiempo de dibujar también el boceto de un pájaro enamorado.

    ***

    A Pedro se le explicaron cuatro verdades en un minuto y medio. Me echó miedo con llamar la policía por el perro escándalo que se le dio. Yo le dije que, antes de ir preso, me lo llevaba a él para el cementerio. Me vio la furia en los ojos.

    El trato había sido claro: treinta dólares durante quince días, 450 dólares. Esa cifra superaba los once mil pesos cubanos cuando el salario mensual promedio en Cuba estaba entre los 300 y los 400 pesos, es decir, menos de dieciséis dólares. Yo cobraría en esa quincena cincuenta y cinco veces que lo que cobraba un maestro o un ingeniero.

    El trato era recibir mi plata al final de la quincena. Claro, porque yo aún era un estúpido que no sabía que «el muerto va alante y la gritería atrás». De los 450 dólares, luego de una sonada discusión en el lobby del Hotel Habana Libre, Pedro me dio solo doscientos. Pero no me importó, ya yo tenía de este lado una cámara fotográfica y algunos pullovers y artilugios electrónicos que compensaban el faltante. «Tenía de este lado» es el eufemismo que tuve a mano, no se me pongan exquisitos.

    Cuando Pedro se fue, se fueron la mitad de mis novatadas. Cada yuma que apareció, recibió una oferta más seria de mi parte, un mejor servicio y un peligro mayor. Claro, mis garras para el negocio se fueron afilando cada vez más, y uno fue aprendiendo cómo regatear, cómo exigir más y cómo sentar las bases para no salir timado ni traicionado. Pero, seamos sinceros, tampoco me voy a presentar como uno de los más expertos.

    Tengo amigos presos que sí entendían la cuestión. Y tengo amigos en la calle que le sabían tanto, que nunca cayeron presos. Para el que conoce poco de estos ambientes, debo decirle que muchas veces son más perjudiciales los clientes que los jineteros mismos. Muchos de ellos graban a sus clientes cuando tienen sexo para usar sus videos, los drogan y juegan con su tiempo y sus ilusiones de prosperar. Otros vienen acon un morbo maligno, racista y clasista y por eso degradan a los y las jóvenes que ejercen el oficio de la prostitución.

    Licenciados y estudiantes, bailarines, ingenieros, gastronómicos, traductores, abogados, desocupados laborales o cuentapropistas a full time, hombres, mujeres, jóvenes y no tan jóvenes salimos al oficio y ofertamos incluso nuestra vergüenza, que nada tiene que ver con el cuerpo o con el coito consensuado con dólares de por medio.

    ***

    Gabriel me sorprendió mirándole. No era difícil, pues me tomé mi tiempo. Le mostré una sonrisa como como si le dijera: «Sigue, sigue, después hablamos». Él miraba tres puntos: el Inglaterra, la libreta y yo. En ese orden. Parecía que buscaba aprobación.

    Después de un buen rato —yo estaba sentado en la acera, embobado—, decidí pararme para ver los detalles del dibujo. Había una nariz firme y unos pómulos contestones, echados hacia adelante. Labios semiabiertos, sedientos. El pelo rizado y rebelde, como su vestimenta. Los ojos profundos y vivos, de los que se tragan todo.

    Él pensó que la razón primera de mi acercamiento fue el boceto y no la obra de arte que era él mismo. He borrado de mi cabeza el orden de los acontecimientos. Me quedé con los olores, las sorpresas y las sensaciones. Esas son más importantes, porque suceden dentro. Afuera ya todo cambió. Ya la casa de Cayo Hueso, en Centro Habana, no es mi hogar, o no ese al que llegué corriendo, con el grito en la boca: «¡Me enamoré, caballero, me enamoré!»

    Mis amigos, Andy y Claudia, lo preguntaron todo, y yo era un chorro de ilusiones. Cualquiera pensaría que ese día Gabriel y yo salimos, comimos en algún restaurant, o mejor, que singamos, pero Gabriel y yo hablamos durante horas.

    Él habló sobre su ciclismo de montaña y la necesidad compulsiva de estudiar arte de forma autodidacta. Dijo cosas tan absurdas o cínicas —aún no sé, pero me quedo con que fueron simplemente nuevas— como que los jóvenes cubanos tenían una tristeza bella en los ojos, la tristeza de la gente noble. Gabriel me dijo que había labios que tenían que besarse al precio que fuera necesario, y yo me declaré perdido en los suyos.

    Gabriel ese día también me regaló unos caramelos y dos promesas. La primera, desnuda y directa, consistía en que llamaría al número de teléfono que le di, un teléfono que no era mío y al que fácilmente podía no contestar nadie. La segunda, implícita e intrincada, sugería su heterosexualidad, pero que yo, que yo… que bueno, había labios que debían ser besados al precio que fuera necesario.

    Yo ese día andaba con menos de veinte pesos cubanos en el bolsillo y me sentí el hombre más rico. Gabriel tenía 23 años y me miraba sin saber cuán desnudo estaba ante mí. «En mil asuntos que tratamos te escuché, hasta pensar en delinquir, te vi acercándote y negándote a ir», escribí en la canción que le dediqué hace siete años.

    Al llegar Gabriel, pensé que habían sido suficientes los sinsabores en la prostitución y en la boca de la espesa noche. Creí que la vida se había olvidado de su misión conmigo, la de provocarme pesares y angustias sin descanso. Quise aprovechar esa tregua, ese fallo de Dios.

    Al otro día, mi Gabriel mexicano y sin apellidos, el fotógrafo y dibujante que marcó mi 2016, me esperaría sentado en el Hotel Parque Central para tomarnos un capuccino y una cerveza, aunque no estuviera tan fría.

    ***

    Después de Pedro vinieron más yumas: desarreglados, apuestos, ancianos al borde de la demencia, deportistas, pájaras que tomaban té y alcohólicas empedernidas. Vinieron triejas, conflictos y vinieron enfermedades. Tuve goces y sustos por igual.

    Con Levis, por ponerle pseudónimo a un buen amigo que migró hace algunos años —como todos los buenos amigos últimamente—, compartí a un italiano bondadoso. El tipo traía de Roma sus pastas y sus quesos y nos hacía degustar de su buena mano.

    Nos invitaba a cenar a mí y a Levis y luego nos singaba alternadamente. Una noche a uno, y otra noche al otro. El cierre, la última de sus noches en Cuba, fue una degustación de cuatro tipos de pastas, y después un postre mixto de tres pingas, la mía y la de mi amigo incluidas. El tipo olía siempre muy bien y pagaba mejor. No hubo quejas.

    Las noches de los clubes nocturnos eran, y son todavía, un hábitat natural predilecto de trabajadores sexuales y clientes. Clubes como Las Vegas, el Café Cantante del Teatro Nacional, el Bar XY, Caravalí y Humbolt fueron algunos de los lugares más emblemáticos en los que se dieron cita durante los últimos años los diversos trabajadores de la sexodisidencia: desde bisexuales que ocultaban su arista homosexual por el día (conocidos como pingueros), hasta pájaros consumados, lesbianas, travestis y mujeres trans.

    Junto a estos sitios hay otros que se disputan el protagonismo de la prostitución gay para el turismo en La Habana: la nombradísima playa queer de Cuba, Mi Cayito, y la intersección de las calles 23, Infanta y Malecón, en el Vedado habanero. Los cuerpos en movimiento, el sensual contoneo de cubanos y cubanas, invitaban a la degustación. La belleza y la exuberancia siempre estaban servidas en un menú variadísimo de identidades de género, de visualidades, colores y personalidades.

    Los precios eran negociables y el placer siempre estaba asegurado. El morbo de la semidesnudez que permitía Mi Cayito se complementaba con la complicidad y el secretismo que le cabían a la noche del Bimbón de la calle 23. Cada cual, por lo general, obtenía lo que buscaba.

    Ahí, en 23, descubrí que mi nivel de inglés era suficiente para desenvolverme a solas con un gentleman. Recuerdo con especial cariño a John, un británico como de dos metros que me destrozó sin piedad con una cabeza de hongo por glande, tan rosada como invasiva. El negocio se cerró en cincuenta dólares, pero parece que al tipo le gustó tanto mi inexperiencia en el rol de pasivo y mi insistencia en probar suertes por hacernos disfrutar, que premió mi servicio con el doble de lo acordado.

    Estos años de mis andanzas en la prostitución son muy diferentes de los que le precedieron y de los que ahora corren en una Cuba post pandemia. Uno de los fenómenos más dinámicos, que más evoluciona, mejora, se agudiza, escasea, es el turismo en sí. Otro, tan presente como el estigma social sobre los y las trabajadoras sexuales, es la presencia y el papel policial, quiénes por sí solos merecen un buen reportaje y otro libro.

    En mi camino encontré maestros y profesoras del jineterismo que me enseñaron los códigos del éxito. Jamás me dieron un speech; lo hicieron con el ejemplo o con la colaboración en «una misma jugada», que es como se le llama a un encuentro sexual en este campo. En mi caso, por mis condiciones, yo debía fluir en mis expresiones de género para captar un mayor registro de clientes. Por eso fui pinguero tanto como fui jinetera.

    La noche municipal, la noche en la que la pajarita se trasviste y merodea su propia zona o los parques que le quedan cerca es más cómoda. Lleva menos artificio, para una, digo, que se trasviste en la noche sin que en la mañana quede más que restos de maquillaje.

    Las trabajadoras sexuales —mujeres cis, mujeres trans, travestis y cuerpos feminizados— corren siempre un peligro mayor. Están expuestas —yo, en muchos momentos, entre ellas— a una violencia considerable, puesto que el Estado no hace más que marginalizar e invisibilizar estos cuerpos, ofreciéndoles poca o nula protección y recursos legales para afrontar las violencias a las que son sometidas.

    Yo un día me retiré de todo, o eso suelo decir. No soporté a Carlos. No lo rebasé. A veces le exigimos a nuestro cuerpo más de lo que puede darnos. Muy rica la comida, muy grata la compañía, pero me era tan desagradable que estuve bordeando el llanto toda la noche. Imagínate tú, ¡eran 60 dólares! Feiko me lo había presentado en la playa. «Le gustan los que la tienen grande, y hay que matarlo a pinga», me dijo. Acaté la orden y me fui con él para su renta.

    Al salir de ahí, además de los 60 dólares, me hice una promesa entre mis lágrimas: el asco tan grande por aquel señor que me llevó a vomitar mis zapatos y pantalones jamás me volvería a suceder.

    ***

    Vengo, año tras año, al Hotel Parque Central a buscar a un Gabriel que nunca volví a ver. En el hotel no me lo quisieron localizar, a pesar de que ofrecí todos los datos de mi mexicano, a pesar de mi insistencia en decirle al recepcionista que «mi amigo» me estaría esperando esa noche. Lloré aquella vez, como quien se siente timado por la suerte ¿Cómo yo iba a ser tan arrogante de creer que le había sacado ventaja al azar? La gente relegada nació para la subalternidad hasta de la suerte misma.

    Yo no era el jimagua que había estudiado conmigo. El jimagua que logró enamorar a un canadiense y vivió holgadamente sus últimos años en Cuba, hasta marcharse y dejar la pobreza atrás. Tampoco era yo mi hermana, que bien joven conoció a su mexicano y tuvo un hijo fuera de estas tierras. Por supuesto que yo no merecía a alguien así. Por supuesto que me quedaban mejor las miradas lacerantes y clasistas de los trabajadores del hotel, el pedido insistente de que, por favor, si no va a consumir, tiene que irse.

    Gabriel, o un hombre como él, representaba esa mezcla de trabajo y placer, esa puerta al futuro que muchos cubanos y cubanas deseamos y que pocas veces se dibuja en el horizonte. Yo sigo pidiéndome el café capuccino y la cerveza no tan fría, pues quizá el olor o la casualidad lo traen de vuelta. A estas alturas, no creo que lo vuelva a ver.

    Sin embargo, sigo dándome cita allí, en el Hotel Parque Central, con mis años sobrevividos, con mi dolor a cuestas, a sabiendas de que no todos logran abandonar el oficio, aun queriendo. Muchos dejaron en las calles sus mejores años y su vida misma, y otros siguen vomitándose los zapatos y los pantalones por mucho menos que sesenta dólares.

    Tarareo en mi cabeza aquella letra que le compuse meses después, y que jamás, por suerte, podrá escuchar:

    «Y dibujaste en mi mente bocetos de esperanza,

    y conversando, vi escaparse una amenaza

    (que ni llegaste a decir).

    De un nuevo amor

    No sé si sabes que ayer te dibujé en cada gente,

    y vi una lágrima salir entre otras veinte.

    Porque estos ojos cansados

    creyeron volverte a ver».

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