Hace una semana un grupo numeroso de personas, vestidas con camisetas blancas, borraron un mural en el corazón de El Poblado, uno de los barrios mejor acomodados de Medellín. El mensaje escrito en la pared decía: «Convivir con el Estado». (Las Convivir fueron agrupaciones paramilitares que crecieron al amparo y con el estímulo del gobierno a mediados de los años ochenta y se consolidaron en los noventa. Muchas de ellas se formaron con el horizonte de la justicia por mano propia y para combatir la «amenaza comunista» que, decían, se expandía por el país). El mural duró allí menos de 24 horas. Quienes lo borraron fueron reactivos, se unieron por una misma causa: ocultar el mensaje a toda costa. Resultó urgente, un menester ineludible, que la pared dijera otra cosa, cualquier cosa; era imperativo que no se relacionara el paramilitarismo con el gobierno instaurado desde el 2002 en Colombia. De todas maneras, el mensaje escrito por grafiterxs se planteó abierto; utilizaba a su favor la posibilidad polisémica de la palabra «convivir». La reacción de borrarlo tan solo le daba una dimensión única; la censura confirmó la lectura unívoca que hicieron quienes decidieron pintar encima: aceptaron a Las Convivir y su nexo con el Estado.  

El acto de censura fue a la vez un gesto performático. Alan Kaprow estaría encantado aplicando allí su noción de teatro experimental, pues; la unión de todos los elementos desplegados en el proceso para pintar la bandera de Antioquia encima de «Convivir con el Estado», así lo confirma. Además estas personas estaban acompañadas por la exhibición de sus camionetas en el espacio público. La presencia de la policía armada que supervisó y acompañó la realización de la bandera, y luego del ESMAD (Escuadrón Móvil Anti Disturbios), cuyo paso fue aplaudido, con sus armaduras negras y sus armas no letales. El himno de Antioquia sonó a contrapelo del himno de Colombia; se mezclaron y se volvieron otra pieza musical híbrida, monstruosa. Y, para rematar, están los videos que las mismas personas grabaron a manera de explicación del acto, aclarando el gesto de su presencia allí. Un hecho performático de derechas, musical, audiovisual, pictórico y corporal. Quizá lxs grafiterxs contemplaron la posibilidad de la censura y no tuvieron que esperar mucho para que se llevara a cabo. Es posible que la acción tuviera, entonces, dos partes. La primera consistía en pintar el mensaje abierto: la frase «Convivir con el Estado». En la segunda se contemplaba que fuera borrado para así confirmar el hecho inicial: una acción con una reacción planeada. Un juego de ajedrez previsible. Una performance que necesitó dos momentos para consolidarse. 

Imaginemos por un segundo el grupo de WhatsApp de quienes censuraron. Rueda quizá una foto del muro recién pintado por lxs grafiterxs. Las personas se indignan. Murmuran, algunos rebuznan. «¿Qué hacemos?», se preguntan en el ecosistema virtual. «¿Ese es nuestro barrio?, ¿cómo es posible que pasen estas cosas? Ya no hay respeto, se perdieron (una vez más) los valores. Son los vándalos, los vándalos, los violentos. Esto es una indecencia». Alguien, un hombre en un momento de clarividencia, dice: «Tengo una idea. Respondamos con su propia medicina: ¡pintemos un mural!» Hay aplausos digitales, stickers, hurras, notas de voz de un segundo. Que aprendan a respetar. Cuadran la hora y el punto de encuentro, hacen la convocatoria. Una serie de llamadas, primero a la Policía.¿Tienen miedo en su propio barrio? Luego a los medios de comunicación, donde trabajan sus amigos del colegio, sus parejas; tal vez cobran algún favor. La performance está por empezar. 

Es mediodía. Una línea de más de 20 camionetas bloquea una calle, cierran la movilidad de un sector de la ciudad. De cada camioneta salen dos o tres cuerpos con camisas blancas: niños, señoras, algunos jóvenes como vestidos por la obra Sumario de ausencias de Doris Salcedo. El himno de Antioquia truena en una de las Toyota: «Muchachos, les digo a todos / los vecinos de las selvas / la corneta está sonando… / ¡tiranos hay en la sierra!»Yel de la República de Colombia:«Cesó la horrible noche / La libertad sublime / Derrama las auroras / De su invencible luz». De manera delicada, sin manchar sus ropas impolutas, empiezan a pintar el muro con rodillos. Movimientos de arriba hacia abajo, como en un infomercial rígido de la televisión de los noventa, con un ritmo pausado y alegre. Se ríen, disfrutan del acto prohibido; quizá ninguno de ellos había pintado una pared pública en su vida. La mancha blanca va cubriendo el ancho del muro y el mensaje «Convivir con el Estado» se va ocultando. En este gesto de emborronamiento citan puntualmente a Derridá en su De la Gramatología: «la tachadura es la última escritura de una época. Bajo sus trazos se borra quedando legible la presencia de un significado trascendental, se destruye ofreciéndose como la idea misma del signo». La performance continúa: borrar es sobreescribir y, en este caso específico, asentir. 

El loop de los himnos suena desde los carros como culebras enroscadas; traza, en el paisaje sonoro, una especie de epiciclo sin fin. No hay otra posibilidad. Los himnos se muerden la cola el uno al otro y despliegan su mensaje. La historia oficial de los símbolos de un pasado perfecto, que se repite una y otra y otra vez, sin pausa, decorando la atmósfera del acto de censura. Sísifos de sonidos condensados en un mensaje: el deseo de la blancura, la nostalgia de los arrieros, la pureza de una raza que no existe. Los himnos superpuestos se anulan y generan un ruido blanco, que no dice nada. El territorio dislocado de Antioquia y de Colombia, un mapa de frecuencias mal sintonizadas, hebras, remolinos, formas que se solapan, chocan, se derraman. Palabras llenas de vacíos. Algo que se repite tantas veces que pierde su significado, su brillo. Los himnos repetidos durante horas se vuelven, también, una tachadura dodecafónica. 

En ese momento las camionetas parecen tomar la palabra. Es como si las personas cedieran ante su presencia metálica y fueran ellas, las Toyotas, quienes llevaran la batuta maquínica de la censura, el ritmo de la pintada. La camioneta establece la percusión a través del himno en sus bafles, y los cuerpos forrados de tela blanca parecen supeditarse a ese compás. Pensemos un momento en que las camionetas son las dueñas de la acción y deciden cómo se pinta el muro, pues en ellas está el respaldo ontológico, la posibilidad de que la acción suceda. Quizá las personas hace mucho que no se bajaban de sus carros en una calle como esta. Las camionetas, como ángeles guardianes, acompañan sus pasos, son sus guías. Los cuerpos humanos orbitan alrededor de ellas, sin alejarse mucho, porque se pueden salir de la órbita y perderse en el desierto de lo real, más allá de los aires acondicionados y la mueblería afelpada. Las Toyotas brindan sus cordones umbilicales a las personas que censuran el muro, les dan su alimento, les exigen que accionen de tal o cual manera. Quienes pintan el muro de blanco no lo saben, o lo saben pero lo quieren ocultar: la presencia de sus camionetas en la performance es fundamental: en ellas está la inscripción de sus destinos, pues obedecen a sus designios. Todo lo hacen por ellas, casi como un ritual de sacrificio: trabajan por ellas, por mantenerlas en perfecto estado, porque saben que son poderosas y no se dejan domesticar fácilmente. Quizá las personas de blanco temen a sus camionetas, en consecuencia las mantienen aceitadas, brillantes y limpias, inmaculadas. Conocen muy bien la dialéctica del amo y del esclavo; por tanto, cumplen al pie de la letra lo que ellas, las Toyotas traías desde Japón, les dictan.  

La Policía acompaña el happening, hace parte integral del transcurrir de la acción. Es una ficha más del acto de ajedrez. Con la entrada en escena del ESMAD, esta vez sí, en son de paz, con los aplausos, las gracias, hurras y las manos levantadas se hace una ofrenda. Es el intermezzo del acto. Aparece la metafísica. Uno de los policías le dice al cardumen de camisas blancas que muchas gracias por el apoyo, que oren por ellos, que es lo único que piden. El espíritu mágico de la palabra entra en juego en los filamentos de este teatro experimental. Una oración para la Policía. El apoyo a la fuerza, con sus armas, sus uniformes y sus motos, unido a las camionetas y las camisetas blancas (lo concreto), actúan como escenario para que la pintura blanca se pueda proyectar mejor sobre la pared. La petición de los rezos y las oraciones (lo sagrado), por parte de la fuerza pública, genera una dimensión más amplia de lo que se puede leer en la bandera de Antioquia plasmada sobre el muro. Debajo subyace la frase de lxs grafiterxs, como un espectro que no termina de desaparecer. La oración convoca lo que no está, lo que hace falta. La Policía pide la presencia de lo sagrado y el fantasma de «Convivir con el Estado» acude al llamado. El muro es el catalizador, el portal para que, con la pintura blanca, revivan los espectros del pasado. Un fantasma recorre el barrio El Poblado.        

Para continuar con el acto, las personas se graban a sí mismas con sus celulares como en una declaración de principios. No hablan con quienes les rodean, sino que hablan a la pantalla lisa de sus caros aparatos. Le hablan al Otro, a la Opinión pública, a sus Semejantes, al Ciberespacio, al Vacío. Se retratan, intachables, en una interpretación libre del famosísimo cuadro Las Meninas de Velázquez. La representación al filo de la representación: sus cuerpos, sus rostros, sus camionetas hacen parte de la pintura. Blanco sobre blanco sobre blanco. Quienes graban se ven a si mismxs en las pantallas mientras dicen a la cámara: «Todos los muros que han pintado con los símbolos de Las Farc y de la Guerrilla, y todos estos desgraciados, vamos a pintarlos todos con la bandera de Antioquia y la bandera de Colombia, esa es una mejor muestra para que ellos entiendan que no se van a tomar esta tierra, no se la van a tomar, guerrilleros». Y alguien con una gorra militar hacia atrás: «Hoy estamos haciendo lo que muchos ciudadanos debemos estar haciendo siempre: cuidando nuestra ciudad. Limpiándola de mensajes llenos de odio, mensajes llenos de poca esperanza. Aquí estamos un grupo muy grande de ciudadanos pintando un mural que infundía mensaje de odio».  Con estas palabras ajustan el discurso a sus actos; finalizan la performance. Quieren limpiar, borrar, cuidar, tomarse la tierra, evitar la catástrofe pictórica que incita al odio. La convivencia del mensaje inicial se ve frustrada. No se puede convivir con el Estado. Lograron ocultar el mensaje, ponerle una cortina con la bandera de Antioquia, pero atrás, debajo, a los lados, se escurren las palabras, los gestos, los silencios, la sangre. Quienes portan la camiseta blanca lo saben; saben que superponiendo una bandera no logran ocultar el mensaje anterior. Pues este asecha, se proyecta, se expande. 

La bandera de Antioquia pintada en el muro no ondea, queda estática, tiesa. Las personas recogen la basura, la pintura, suben a sus camionetas. Encuentran refugio allí, y el muro queda abandonado a su suerte. Cierra el acto. Toda pintura callejera es efímera; lo saben grafiterxs y personas vestidas de blanco. El agua y el sol devoran la pintura. El muro queda deshabitado, sin himnos, solo algunas huellas de pintura en el piso. Higienizado.

Alguien, un día después, escribe con aerosol: «Gente de bien», encima de la bandera. Y abre de nuevo la performance. El teatro experimental de los textiles blancos (Sin título; Doris Salcedo) que se intenta cerrar, purificar, blanquear, pero no se cierra del todo porque siempre hay una grieta. No hay nada más paciente que un muro.