Están en pie de guerra. Se sienten solos e incomprendidos. Se les revuelve el estómago porque la derecha de la derecha no les perdona sus veleidades democráticas. Les da taquicardia que se rían de su impericia, les sube la tensión la prensa de la era de las redes, les es imposible morderse la lengua ante las críticas porque están convencidos de que «oposición» es sinónimo de «injusticia» y —atención: esta es una de las peores señales de los tiempos— tienen el bajísimo umbral del dolor de los pequeños déspotas. Son nostálgicos del uribismo, por supuesto, están librando una cruzada a sangre y fuego para que el castrochavismo no se tome Colombia: «Maduro tiene las horas contadas», dijo el presidente. Pero sobre todo son defraudadores del poder que sospechan y temen su propia incompetencia: duquistas.

Se quedaron varados en el «ojo por ojo» de la campaña presidencial. Perfilan y califican a los comentaristas del país: «Negativo». Sueñan con «protestódromos» para no tener que criminalizar las manifestaciones. Se permiten cualquier barbaridad contra aquellos que reclaman: «¿Por qué habrá en Twitter tantas fanáticas petristas con pinta de putas?». Salen a la arena de las redes a callar periodistas e inventar etiquetas con vocación de estigmas. Son trolls antes que funcionarios.

Se esperaba de los duquistas que sirvieran a la postergada e inaplazable transición entre las generaciones del estado de sitio y las generaciones de la Constitución de 1991, pero su paranoia, y su desprecio del ejercicio de la política como suma de voluntades, más bien nos ha devuelto a los peligros de la guerra bipartidista. EL TIEMPO del jueves 8 de abril de 1948 defiende la democracia, con su voz liberal, de los ataques de los jefes conservadores que en la Conferencia Panamericana –y en la línea de los editoriales de El Siglo– reclamaban un anticomunismo que no solo fuera «un aspaviento idiomático», sino «una acción cristiana intrépidamente realista para hacer regresar las masas proletarias a sus centros de gravedad, a los pendones de la ideología católica, a los principios de la Iglesia y a la tutela redentora de Jesucristo».

El enfrascamiento del duquismo, típico de estos días maniqueos, de influenciadores habituados a sus odiadores, en los que incluso cierto periodismo se ha resignado a que el emisor sea el mismo receptor, nos ha devuelto un poco más de setenta años en el tiempo. Una vez más es claro que, mientras los demócratas se enredan en pulsos bizantinos, aniquiladores e imaginarios, allá arriba la ideología consiste en perpetuarse, prorrogarse en el poder sea como sea, cueste lo que cueste. Podría uno perderse en enfrentamientos más sofisticados, derecha versus izquierda, pero hemos regresado al punto cero: demócratas versus tiranos. Henos aquí, de nuevo, cara a cara con el fanatismo que ha sido el lío de la historia. Jamás será tiempo de bogotazos. Pero siempre será necesaria la voz liberal.

Es que mírelos: el innegable desmadre venezolano, la necesidad de encubrir su ineptitud y la sola posibilidad de volver a perder el poder les siguen sirviendo de pretexto para creer que lo suyo no es una violencia, sino una misión. Tienen pavor.