Brutalismo cotidiano

«Brutal» es una palabra que me gusta. Me gusta cómo suena, su polivalencia, y también, se use como se use, su precisión.

Brutal Combo era la secuencia de golpes de más de cinco hits y menos de diez en el Killer Instinct. Fue una de las primeras acepciones de la palabra que se volvió cotidiana para mí, cuando llegó en 1994 el primer casete del juego a Santo Suárez, a casa de Adela, la mujer más carismática de toda la calle Lacret. Con ese mismo carisma nos alquilaba su Super Nintendo por diez pesos la hora, en pleno Periodo Especial.

Un googleo rápido nos dice que brutal es algo «violento, cruel e inhumano». Alguien que «fue acusado de presidir un gobierno brutal en el que miles de personas habían desaparecido en circunstancias misteriosas».

Además de referirse a la persona de carácter violento, esta palabra define lo grande, fuerte, bueno o intenso. Indistintamente, podemos decir que aquel le dio al otro una paliza brutal o que está brutal aquel culo.

También está el brutalismo como estilo arquitectónico. El término viene de la expresión en francés «béton brut», u «hormigón crudo», usado por Le Corbusier para describir una elección de materiales que luego condicionaría un paradigma estético al que se adscribieron otros profesionales del medio. Más adelante el crítico de arquitectura británico Reyner Banham adaptó el término y lo renombró como «brutalismo» (brutalism, en inglés).

En general, el brutalismo para mí es cotidiano, sistemático, y es el modo en que lo brutal termina convertido en el lado más llamativo de lo real. Lo brutal es casi todo. La «brutalidad» de un trato dado a alguien, del precio de un producto, de la belleza de un par de zapatos, del tamaño de unos senos. Algo que se mueve entre lo más simple, lo más sutil, lo más insignificante.

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Es brutal el calor aunque estemos en invierno. Una botella plástica de agua puede llegar a parecer un diamante si la atraviesa el rayo de sol adecuado. Nuestra agua es bastante sucia pero a la vez bastante potable. «Se deja tomar», suelen decir. Una vez iban tan rápido en la moto un hombre y su mujer que cayó su pomito de agua y ni cuenta se dieron. Quedó en medio de la calle. Parecía una dosis de sed garantizada. Ni una etiqueta, ni una señal. Luz penetrando transparencia y recordando escasez. Brutal escasez.

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En los bajos del edificio de mi novia hay una unidad militar. Se trata de unos pocos metros cuadrados con ventanas cerradas a cal y canto y varios equipos de aire acondicionado al alcance de la vista. Salen y entran reclutas adolescentes, barren el patio cercado y tienden ropa verde olivo sobre la misma cerca. A policías y otros oficiales del Ministerio del Interior se les ve de paso en la unidad. A algunos vecinos del edificio también. La aridez que emana ese perímetro es brutal. Un lugar de trabajo (,) sucio. Con las condiciones mínimas e indispensables para vigilar (como objetivo fundamental) y castigar (cuando llega el momento).

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La banqueta suele estar ahí, a buen resguardo, cuando el joven agente no está haciendo su trabajo en el lobby del edificio para impedir salir a la calle a mi novia, o a mí, o a ambos. A veces, con la banqueta vacía bajo la escalera, me viene a la cabeza un agente con enanismo. La banqueta apareció una vez que el agente tuvo que hacer su trabajo durante una semana completa.

Cuando no está, miro el mueblecillo y le recuerdo. De manga larga, generalmente con la cabeza cubierta, los audífonos puestos permanentemente. En ocasiones tiene sobre un murito un pozuelo vacío con restos de arroz, una cuchara y una botella plástica de agua.

Brutal ver cómo un joven impide salir de su casa a otros. Brutal ver cómo un joven cumple órdenes de modo tan indolente. Me recuerda mucho a quienes le fracturarían dos costillas a otro para robarle o porque le dieron veinte dólares a cambio.

Brutality como en Mortal Kombat.

***

—El sol pasa a través de la persiana de aluminio con belleza brutal.

—De modo brutal han tapiado la entrada del edificio con latón, angulares de calamina y tornillos para, de paso, instalar una cerradura en las puertas.

—Brutalmente bella una rata muerta dentro de un termopack blanco de polietileno.

—«NO HAY RON». Brutal.

—Particularmente brutal el modo en que se parecen una tonfa de policía y un garabato de madera para chapear al machete.

—Brutal el modo en que los vecinos te recuerdan que te están mirando.

—Brutal el modo en que un libro sostiene a un mueble como Atlas bajo el sol.

—Una areca brutal insiste en crecer bajo una escalera, proyectada en los años 50 por un arquitecto comprometido con el movimiento moderno de La Habana.

—Brutal el brutalismo cotidiano. Entorno.

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Julio Llópiz-Casal
Julio Llópiz-Casal
Se rumora que vive orgulloso de haber nacido en la misma ciudad que José Lezama Lima y Elvis Manuel. Escribe por vocación testimonial, hace diseño gráfico por necesidad poética y las artes visuales le salvaron de no convertirse en un intelectual orgánico más de su generación. Según algunos amigos, su mayor talento es el de encontrar la relación que existe entre la noche habanera de los 50, Marcel Duchamp, el Trap Music, Alice in Chain y todo lo demás.

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