No te comas mis lágrimas

Shakira recibe un tiro en pleno mercado. Me pregunto si está bien describirlo como un tiro, si es la definición que se ajusta a la imagen. En realidad, sé muy poco de armas y no me importan tanto como para utilizar mi tiempo en aprender sobre armas. ¿Cómo pudo salvarse el corazón después de un ataque así? El corazón es un músculo altamente codiciado por los gourmets. El corazón es una delicatessen.

Hace poco bajé un documental sobre Jeffrey Dahmer. Pienso en el padre; me hubiese gustado estar en su cabeza cuando supo que su hijo era un asesino serial. A veces quisiera tener un sofá en la cabeza de ciertas personas y recibir sus pensamientos. Veo la escena del juicio y la cara del padre es menos expresiva que la de su esposa, madrastra de Dahmer. Los deseos del joven me recuerdan una novela de Mishima. Vuelvo a Shakira y su videoclip. Camina con la compra del supermercado en los brazos mientras sostiene un corazón que pisan y rebota, rebota y pisan. La triste mujer desaliñada, con la típica ropa de los arquetipos tristes que toman helado mientras ven Sex and the City tiradas en el sofá.

Hay una mirada viva en esos ojos de Latin Pop Diva. Consumimos lágrimas. El dolor vende. Pienso en Amy Winehouse, en Billie Holiday con su voz desgarrada diciendo «I’m a fool to want you», con Screamin’ Jay Hawkings en «I Put a Spell on You», en mí cuando no he podido levantarme de la cama por días, en mis amigas… No te comas mis lágrimas. 

El desamor es una maquinaria antigua que funciona bien. Es un Rolex marcando los minutos lentamente como un cuchillo que traza pequeñas líneas rojas en la epidermis. ¿Qué puede importar Shakira? Es una colombiana millonaria que se escurre en paraísos fiscales, con deudas que no alcanzo a imaginar en mi día a día de panes a sobreprecio, de carne a sobreprecio, de vida a sobreprecio. ¿Por qué me importa una caballota?

Yo he mirado a mi hijo mientras duerme como si fuera un puente a la realidad, como un asidero para encontrar la fuerza para buscarnos la vida. Mi hijo en su cama con la boca abierta y los ojos cerrados ha sido una pregunta para averiguar cómo se procesa un mañana desmotivado; una semana debatiéndome entre las gamas de un gris que no amanece. ¿Por qué me importa Shakira con su hueco en el pecho trazado a quemarropa por un futbolista al que encuentro poco atractivo? Yo he sacado el móvil para que mi hijo haga una videollamada con su padre fantasma mientras me pregunto cómo entré en una trampa donde gasto mis megas llamando a un discapacitado emocional. Piensa en mi hijo, Shakira. 

Shakira baila haciéndose la contenta. ¡Qué ridículo es el dolor ajeno cuando el nuestro se esconde como si nos diera vergüenza ser vulnerables! Bailar con un vestido ajustado en pose «mira mi culo» puede ser una espada. Jeffrey Dahmer y sus bocados me regresan al túnel oscuro. Alguna vez todos hemos tenido nuestro hueco en el pecho. Alguien suple el amor comiéndose los restos de un cuerpo, sustituyendo el hambre y el tánatos con el eros químicamente engolado. Jeffrey, tú tenías el eros descolocado y roto. Sentir es un lujo. 

Shakira se pone heavy. Tira un vómito negro en las redes. Uñas verdes. Piensa en tus hijos, Shaki. No llores fuera de la ventana. Piensa en mi hijo. Una madre no puede llorar de frente por otro amor que no sea el filial. Imagino a Jeffrey Dahmer ajustándole la mordaza a Shakira para que no grite. Se abre una boca inmensa y sale una glotis desatinada rasgando la tela. Se dibuja un «me encanta».

¿Qué hago escribiendo esto? ¿Qué me importa Shakira? ¿Cómo cierro este texto sin ser vulgar? Un brillo en las pupilas. No te comas mis lágrimas, son mías. Una legión de corazones pisoteados se esconde bajo las sábanas. El silencio de una carnicería. ¿Por qué me gusta ver que alguien lava la ropa sucia delante de tu cara? ¿Por qué el silencio tiene que ser heroico? ¿Para quién es bueno callar? 

Tengo heridas en todas partes. El amor es una caja china infestada de agujetas con veneno en la punta. Para ser zen hay que limpiarse la lengua y el intestino. Una regla para meditar es ir al baño en las mañanas, cagar, rasparse el sarro y dejar las papilas limpias. Hay que librarse de almacenamiento impuro. ¿Cómo sales del rencor? ¿Por qué el silencio? Quiero mi escoba y mi gato negro. El grito de Shakira me llega. No son solo los golpes, la muerte a manos de un lobo. Siempre me dio rabia la impunidad patriarcal. ¡No te comas mis lágrimas!

Llora si te duele, pero grita mejor, no lo hagas en silencio. Te hiciste el cabrón y yo no soy Jesús. No te comas mis lágrimas porque te saco por la planta. No te comas mis lágrimas porque voy a pintarme las uñas de verde como Shakira. ¿Quién te dio permiso para hacerme llorar? ¿Quién les dio permiso para hacernos llorar?

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