Los árboles del sur dan una extraña fruta/ sangre en las hojas y sangre en la raíz/cuerpos negros balanceándose en la brisa del sur/extraña fruta que cuelga de los álamos/ para que el sol pudra/ para que los árboles caigan/ Aquí hay una extraña y amarga cosecha.

Abel Meeropol

¡Llegaron los noventa!

Guardé las hombreras, las sayas de tul y me rapé la cabeza en medio del rodaje de una «telenovela socialista», rematando su continuidad y poca coherencia. Dejé de actuar… en televisión. Desgarré mis mejores bluejeans mientras escuchaba en Radio Martí que mi novio, entonces pintor de la corte, se asilaba en París.

Era el principio del fin, una epidemia que vaciaba las casas y cerraba las galerías, deshabitaba los institutos, grupos de teatro, ballet y danza contemporánea. Agarré mi libreta telefónica y comencé a marcar otros números, los que no me sabía, intentando buscar consuelo en quien quedara. Necesitaba llorar, quejarme, protestar, hacer catarsis, pero era tarde, todos se habían marchado en silencio. Mi drama se hizo mayor porque no me sentía abandonada por un novio, sino por toda una generación.

Ciudad México, París, Madrid y Miami, Milano, Quito, Buenos Aires y Lausana. Caminé cuadras, barrios, ciudades enteras buscando a mis amigos. ¿Era una broma? Dicen que había una lista de artistas e intelectuales autorizados —¿forzados?— a salir y que abandonar el país era lo prudente.

Los integrantes de grupos de pensamiento y acción contemporáneos dentro del ICAIC, el ICRT, la Facultad de Periodismo, Los Inundados, y los independientes como Paideia, Volumen I, Cuatro por Cuatro y Arte Calle, Afrocuba, Cuarto Espacio, La Cuarta Pared, Tercera Opción, Ballet Teatro de La Habana, Naranja Dulce, entre otros, desaparecieron.

Los perdí en un raro juego a los escondidos. El simple ritual se me repetía en todos los órdenes, como una maldita pesadilla. Consistía en probar suerte tocando puertas. Invariablemente me abría una madre, una hermana, una esposa o el vecino: «Ellos se fueron». «Él está en un curso por dos años». «Le llegó la salida del país». «Viajó en diciembre y todavía no me ha escrito».

Después del encuentro con Fidel en mayo del 88 en el Palacio de Convenciones aquí no quedó títere con cabeza. Sabía que cada diez años mi madre perdía a todos sus amigos. «Acostúmbrate a decir adiós y recicla, hay mucha gente interesante por ahí. Descúbrelos. Yo ya no tengo ganas, me cansé», decía al verme desconsolada.

Atravesamos juntas y en silencio el Parque de los Mártires, dejamos atrás Centro Habana. Balcones cerrados, puertas lacradas. Llegamos a 17 y K en el Vedado. Nos esperaba Sigfredo con un maletín enorme. Necesitábamos avituallarnos, crear una despensa colectiva porque, como en el 70, asomaba otro Período Especial.

Siete latas de pollo a la jardinera, seis compotas de manzana, ocho latas de leche en polvo, doce de carne rusa, dos pomos de duraznos en almíbar, una botella de aceite de girasol y una caja de vino rumano: la venganza de Ceausescu. Eso fue todo lo que pudimos conseguir para nuestro intento de resistencia.

¿Qué nos esperaba a quienes no teníamos a nadie en otro lugar? Un marido, un galerista, una beca de estudios, una abuela en Miami, una simple escalera de incendios. Quedarnos, soportar, estudiar, matricular en la universidad. Aprobé mis exámenes de aptitud y entré en el Instituto Superior de Arte (ISA). Mis maestros y condiscípulos eran, también, mis colegas en los medios, directores, sonidistas, presentadores, guionistas o críticos de cine.

Al entrar al ISA llegaron también, como una bofetada, el hambre profunda, las caminatas eternas, la deserción de varios maestros y alumnos, pero, sobre todo, la rara sensación de estar allí por gusto, pues, quizás, ni siquiera nos graduaríamos.

A los 20 años mi futuro inmediato apuntaba a sobrevivir la famosa Opción Cero, donde en el mejor de los casos, y como en la República de Platón, viviríamos todos juntos, filosofando, comiendo de un sitio común, la Olla Popular, criando los hijos ajenos y pensando en algo tan abstracto e intangible como el Ápeiron de Anaximandro.

Comenzaron los amores en emergencia, y en las calurosas noches de aislamiento, apagones, literas, barbacoas, juegos de dominó, chispa e´ tren y colas interminables, se formaron parejas insólitas, asociaciones impensables, que para bien o para mal, entre apagones y aislamientos encontraron asilo en el cuerpo de un ¿extraño?

Empezábamos a ser esa fusión desafinada de paso insurrecto y clave montada, difícil de bailar, imposible de reorganizar, caminando contra un tráfico inexistente en tiempos suficientemente graves.

Los que nos quedamos empezamos a convivir con otros referentes estéticos, políticos y estratos sociales tan ricos como heterogéneos. El folklore entró en la academia y la academia se rindió ante el folklore. En la facultad de música del ISA estaba prohibido impartir o tocar jazz, pero improvisar fue la salvación.

La Habana se dividió en guetos, solares y vertederos públicos que hasta hoy resultan infranqueables para quienes emigraron o nacieron en barriadas como Atabey, Siboney, Miramar o el Vedado.

Con el aislamiento desapareció ese estricto criterio de selección. La caza, pesca y recolección comenzó a ser nuestro modo de vida y el apareamiento sin demasiada exigencia se volvió imperativo.

Aunque la visión oficial reza que la Revolución de 1959 colapsó las fronteras sociales, yo he sido testigo de que fue esa misma Revolución quien levantó otros esquemas, raseros y muros sinuosos, mucho más complicados de leer y de franquear.

Proliferaron las hijas de ministros casadas con acaudalados guerrilleros latinoamericanos, hijos y nietos de comandantes heredando fortunas millonarias, militares, otrora diplomáticos, abriendo solventes restaurantes al sur de la Florida y connotados economistas escondiendo el dinero en Suiza.

En el verano del 93, militares, intelectuales, técnicos extranjeros, diplomáticos y dirigentes, traficantes de jamón, aceite y yogurt, músicos, choferes de anchar, médicos convertidos en taxistas, vendedores de pizzas, maní o vino casero, policías de Oriente, teóricos, deportistas, científicos y realizadores de cine, matemáticos y periodistas nos fuimos mezclando de modo irreversible.

Los noventa y los dos mil trajeron marchas, movilizaciones e infinitos discursos, disparos al aire para derribar las avionetas y al agua para ahogar a mujeres, niños y cubanos en fuga. Vimos la batalla, pero nunca las ideas. Nos sumergieron en inútiles conflictos diplomáticos que nos mantuvieron ocupados, protestando en círculo bajo una hilera de banderas negras, amordazados ante la idea de vencer molinos de viento. Luchamos contra todo, hasta contra nosotros mismos, sin tiempo para pensar cómo llevar al país a una transición.

Se oficializó el hambre, el robo, el hacinamiento, se naturalizó la prostitución, se afianzó la vulgaridad y el gregarismo, creció el germen de la indolencia y nos volvimos extraños para una generación que no puede entender qué diablos estamos defendiendo.

Muchos niños nacidos en los noventa perdieron a su padre en la llamada Crisis de los Balseros. Otros conocieron a su madre en la adolescencia, al término de una larga misión en Venezuela. Recibieron clases por televisión moderadas por un Maestro Emergente y cuando tuvieron uso de razón vieron a un anciano haciendo calistenia, disfrazado con chándal Adidas, a quien los periodistas llamaban Comandante en Jefe.

A los nacidos en el Periodo Especial le sustituyeron la programación infantil por la Mesa Redonda, los Campamentos de Pioneros por hoteles de lujo y la responsabilidad de su ropa, alimentación, medicinas e incluso sus uniformes de pionero cayó sobre los emigrantes, enemigos de la Revolución cubana, quienes, hasta hoy, mantienen al pueblo de Cuba con la remesa familiar. Otros sobrevivieron gracias a la capacidad de sus familias de multiplicar su sueldo mágicamente, resolver, robar o delinquir.

Aceptemos que el país y el mundo, tal como lo percibíamos, desapareció. La intelectualidad que apuntaba a una transición ideológica basada en fundamentos estéticos y filosóficos coherentes con nuestras vivencias fue despedida, dispersada y descartada por la propia izquierda, ante la sospecha de que se convirtiera en fuerza motriz para un cambio.

Quienes hoy tomaron el timón de las nuevas transformaciones son jóvenes artistas, activistas nacidos y criados en el Periodo Especial, etiquetados de gregarios y marginales por buena parte de una intelectualidad que no logra reconocerse en ellos.

Pero los ochenta ya no volverán y, al decir de Borges, «el porvenir es tan irrevocable como el rígido ayer». Esa fruta no debería causarnos extrañeza. Ahí estamos nosotros, su sabor y color, nuestro reflejo, el del país que dejamos atrás y perdimos, incluso viviendo en él. La fuerza suicida que enfrenta el lance nos perturba. Ahí se funde lo superlativo del cubano, lo mejor y lo peor de nosotros se juega la partida: la cultura del barracón, la picaresca del Siglo de Oro español, la Corrala, los vicios y las contradicciones de la supervivencia política, el lenguaje presidiario, la mala ortografía y la mala palabra, pero también la sapiencia académica, la experiencia de médicos, economistas, dramaturgos, artistas visuales menores de cuarenta años, sumados a la conga triste, la bronca alegre, el candor, la represión, la ternura diluida en violencia, la locura, la promiscuidad, la falta de límites, el miedo a caer en prisión y el vértigo ante una patria que no nos contempla orgullosa.