Testimonio de Ricardo González, periodista y expreso político de la Primavera Negra de 2003 en Cuba. Exiliado desde 2010 en España.

Siempre se extraña. Eso es inevitable. Lo que pasa es que con el tiempo uno se va resignando. Y yo nunca me quise ir, pero estaba en una coyuntura en que me faltaban muchos años de prisión, que no los iba a poder resistir físicamente —y vinimos para acá la mayoría. Después de siete años y cuatro meses de prisión. Pero no me arrepiento de lo que hice allá ni de haber venido a aquí, porque la vida es eso, es movimiento. A mí ahora que me hagan una entrevista es una cosa rara. Y yo lo comprendo perfectamente bien.

Cuando comenzó la Revolución, miles y miles y miles de hombres y mujeres fueron presos, y ya nadie se acuerda de ellos, excepto de tres o cuatro figuras, no muchas. Cuando aquello yo era un niño, tenía nueve años… Y luego cuando yo empecé en el periodismo independiente tú eras una niña, tenías siete años, y así nos vamos relevando. Ojalá que no haya que relevarlos a ustedes. Esperemos que se acaben ya los relevos.

Yo entiendo que muchas personas fueron quitándose capas de resignación o de adaptación… No fue mi caso. Mi familia era antibatistiana, con mártires y héroes incluidos, pero después del triunfo de la Revolución, en el 59, ya mi padre se da cuenta, porque era muy amigo de Manuel Urrutia, el que fue primer presidente, y cuando le pasa lo que le pasó a Urrutia, que denunció que aquello iba para el comunismo, ya mi padre se da cuenta. Claro, la influencia del padre es decisiva en el criterio de la familia. Independientemente de eso, yo estudiaba en La Salle, que ahí se regalaban las proclamas contra el gobierno, sobre todo en el colegio de Marianao. Y mi hermano, mayor que yo ocho años, era jefe de una célula del MRP (Movimiento Revolucionario del Pueblo). En mi casa se conspiraba que daba gusto verlo.

Entonces yo, por imitar a mi hermano, cuando tenía 11 años, me puse a pegar proclamas. Con par de muchachos escribimos «Abajo el comunismo», «Abajo Fidel», cosas así, en las etiquetas que se ponen a los libros para clasificarlos, y a mí me sorprendieron pegándolas en lo que había sido el Miramar Yatch Club, que ya era entonces el Círculo Social Obrero Patricio Lumumba, que tú lo conociste como Casa Central de las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), en Primera y 92. Yo las pegaba en las paredes, en unas matas de cocos, en varios lugares. Entonces me interceptó un trabajador y me preguntó: «Qué tú llevas ahí». Y yo me eché a correr, pero con tal entusiasmo que me pasé de la puerta y me cogieron en tercera base.

Ahí me detuvieron, con 11 años, y me soltaron por la noche tarde. Mi familia estaba erizada y mi hermano más, porque si yo hablaba… A mi hermano lo hubieran fusilado. Yo sabía por dónde entraban las armas, dónde se escondían, todo eso lo sabía, porque los niños son esponjas. Lo que pasa es que en La Salle nos habían preparado para que nos quemaran vivos y no habláramos. Ponían los ejemplos de los mártires, y cuando tú eres un niño todas esas cosas las incorporas mucho. En fin, yo estaba en contra. Para mí la libertad es muy importante. Yo siempre he estado en contra de todo lo que sea dictadura; a mí me da igual que sea de izquierda, de derecha, y si inventan una de centro estoy contra esa dictadura.

***

En el 66 a mi hermano lo denunció el CDR (Comité de Defensa de la Revolución) y fue a parar a las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción). Mi hermano había sacado un pasaporte. Él estudiaba en una academia de técnicos de televisión; los primeros años se hacían en Cuba y los otros años, de prácticas, en Texas, y él había sacado un pasaporte. Cerraron aquí la academia, pero él tenía el pasaporte. Lo tenía desde el 59 o 60, algo así. Mi hermano no se quería ir; de hecho, nunca se fue, pero ese fue el pretexto. Entonces yo ataqué el CDR con botellas, a botellazos contra las paredes, y ahí me gané un año de prisión domiciliaria. Yo tenía 17 años, estaba con las hormonas de fiesta.

Mi hermano era un personaje que, si lo hubieran fusilado, él les hubiera hecho un chiste a las balas. Tú seguramente has oído la voz de mi hermano. La voz del General Resoplez, en los animados de Elpidio Valdés. Él murió en el 79. Lo que se hizo hasta el 79, las voces de todos los españoles, del General cubano… Todo eso era mi hermano. «Te voy a dar una fusilá»: ese es mi hermano. Un ser de un humor extraordinario. Y a pesar de que las UMAP eran muy duras, porque eran campos de concentración, de trabajo forzado, mi hermano era famoso por su buen humor.

En las UMAP ellos trabajaban no de sol a sol sino de luna a luna. Se iban con la luna y regresaban con la luna. Y a las 12 de la noche, con un piquete de gente, mi hermano se subía en unos maderos de las hamacas, golpeaba el techo de cinc y hacía una bulla tremenda. Había otro que lo alumbraba con una linterna y le decía: «No es un pájaro, no es un avión, es Superman». Él la pasó mejor que muchos gracias a su humor. Estuvo dos años en un lugar que se llama Esmeralda, en Camagüey. Lo soltaron en el 68. Y lo mismo me pasó a mí en la prisión, la pasé mejor que otros por mi sentido del humor.

***

Dados mis antecedentes, me costó mucho trabajo entrar en algo que tuviera que ver con letras, y ni hablar de universidad. Fui pintor de brocha gorda, fumigador, lo que nos tocaba a nosotros. Hasta que un día la que era mi novia me dijo que había una plaza en la Casa de Cultura de Playa [La Habana]. Y la jefa estaba virada. Entonces, cuando investigó sobre mí, supo de mis problemas políticos, pero también supo que yo era un buen trabajador, y dijo: «Este es el perfecto. No va a tener problemas políticos conmigo, pero al mismo tiempo trabaja».

Cuando entré en Cultura ya me fue más fácil saltar para escribir en la televisión: programas para niños, series que nunca se hicieron o el programa de Pocholo y su pandilla, que hice unos cuantos. En el ICRT (Instituto Cubano de Radio y Televisión) pude estudiar 11 posgrados relacionados con la Dramaturgia y la Comunicación. También publicaba aquí y allá algunas cositas, poemas primero, después cuentos. Luego me fui a la Escuela Internacional de Cine a pasar talleres: ahí había otra cosa, otra libertad. Otra libertad, otra comida y otro de todo. Y en el 95 hubo una explosión de prensa independiente, empezaron a surgir micro agencias. Estaban Habana Press, Buró de Prensa, Cuba Press…

Cuba Press fue a la que yo pertenecí por más tiempo, que la dirigía Raúl Rivero, y yo era uno de los subdirectores. Eran siete y ocho noticias diarias. Un artículo semanal. Un informe como corresponsal en Cuba para Reporteros Sin Fronteras y un informe para el Comité de Protección de Periodistas de Nueva York. Arriba de eso, yo dirigía la Sociedad Manuel Márquez Sterling, que era una sociedad de periodistas independientes, y la Biblioteca Independiente Jorge Mañach.

Entre el 95 y el 2003 yo no te puedo decir la cantidad de veces que me arrestaron, la cantidad de registros que hicieron en mi casa. Perdí la cuenta. En la calle, en la casa, a veces por horas, a veces por días… Sin embargo, en ese período, nunca estuve ni en 100 y Aldabó, ni en Villa Marista. Estuve en unidades de la policía. Yo entré por primera vez en una prisión como tal en el año 2003, en Camagüey, en Kilo 8.

Recuerdo un arresto que fue casi casi un arresto turístico, porque lo que querían era captarme para la Seguridad del Estado. Fue el 15 de julio del 2000. Tengo memoria para las cosas viejas, pero para las nuevas no.

Me fueron a buscar a mi casa y me llevaron a una casa por las afueras de La Habana, por Arroyo Arenas. Yo escribí sobre eso en el artículo «Picnic con lobos», porque era eso: un picnic con lobos. Allí me dijeron que bajara la cabeza cuando fuimos a entrar, y yo dije que no iba a bajar la cabeza, que, si querían, yo cerraba los ojos, y me dijeron que cerrara los ojos. Cuando entramos en ese lugar, ya los podía abrir y los abrí. Me llevaron a una saleta amplia, cómoda, con aire acondicionado, televisor; el televisor obviamente era una cámara.

«¿Qué quieres tomar? Sabemos que a ti te gusta el añejo». Y yo les dije: «Agua. Sí me gusta el añejo, pero yo no tomo con ustedes, yo tomo con mis amigos». Bueno, me pusieron una copita de añejo, una bandeja de galleticas de soda, con jamón, quesito. «¿No vas a comer?». Y yo: «No, yo como con mis amigos, yo bebo con mis amigos». Hasta que me preguntaron si yo quería trabajar con ellos. Comenzaron así: «¿Cuáles para ti son los mejores periódicos que hay en el mundo?». Y yo: «The New York Times, The Washington Post, Le Monde, El País…». Y me dijeron: «El País, ¿quieres trabajar para El País?». Dije que no.

***

Mi casa es alto y bajo. Estábamos en la oficina, que era en los altos. La oficina era en mi casa particular. Llamaron a la puerta, abajo, y enseguida David subió; nos tocó, y dijo: «Bueno, que a nadie le dé un paro cardiaco, pero abajo está la Seguridad». Yo pensé que era un arresto más, lo de siempre… porque yo caí al principio, el primer día, el 18 de marzo de 2003, y fui de los primeros.

Incluso Luis Cino, que estaba en mi casa trabajando, dijo: «Yo me voy con él». Y el oficial que estaba al mando le dijo: «Mira, no quieras ir a donde va él».

Estuvieron 11 horas haciendo el registro y, después de 11 horas, de grabar con video todo, me llevaron para Villa Marista. Y se llevaron equipos y ropas que yo tenía para repartir. No había otra cosa, o sí había otra cosa, había dinero, pero yo lo había escondido. Yo soy mago para esconder cosas. Y la que era mi esposa se lo dijo a David, y David lo sacó. David tenía 15 años cuando aquello.

No sé si te enteraste de tres hombres que fusilaron en 2003, porque secuestraron una lancha para irse. Yo estuve con el jefe de ellos en Villa Marista. A los tres los pusieron con varios de nosotros, del Grupo de los 75, con quienes más altas peticiones teníamos. A mí me pedían cadena perpetua. El caso es que nos los pusieron para acobardarnos, para impresionarnos, porque eso no tenía otra razón de ser. Omar Rodríguez, el fotógrafo de la revista de nosotros, también estaba en ese caso.

Yo estaba en una celda con tres comunes más, y nos cambiaron; sacaron a un común para que entrara ese muchacho, Lorenzo Enrique [Copello Castillo], porque las celdas eran de cuatro. Y era muy valiente. El que le tocó con Omar Rodríguez no: estuvo todo el tiempo llorando. Yo me alegro de que me haya tocado con un valiente. Lorenzo Enrique no lloró en ningún momento.

Incluso, la misma noche que vinieron a buscarlo para el fusilamiento, repartieron media ración de pollo a cada uno: arroz moro, ensalada, postre… La última cena. Claro, para que no sospechara, nos dieron a nosotros lo mismo que a él, pero cuando le dieron la bandeja, él dijo: «Échenme más, que yo soy un pena de muerte».

Él era un delincuente, jinetero, estafador, pero un día sí y un día no trabajaba en un policlínico y era perfecto. Simpatiquísimo, como todos los estafadores. Decía que él iba a ser como su padre: «Mi padre se pasó la mitad de su vida preso, porque era un delincuente igual que yo, pero llegó a Estados Unidos, se cambió de nombre, estudió, se hizo ingeniero, y vive en Estados Unidos como ingeniero».

Por eso se llama «Emigrar al patíbulo» la crónica que escribí más tarde sobre Lorenzo, porque él y los otros querían irse, y se fueron a la muerte.

Pero esa no era la primera vez que yo estaba con un fusilado, era la segunda. La primera vez fue cuando me cogieron pegando papelitos con 11 años y me pusieron con dos individuos que iban a fusilar al día siguiente. Cuando aquello poner una bomba era fusilamiento sumario, ni juicio probablemente. Estamos hablando del año 61. La celda era una celda con nada, y ellos estaban durmiendo en papeles de periódico. Uno con un golpe en la cabeza, que por venda tenía un pedazo de periódico. Eso lo viví yo con 11 años.

Mi juicio fue el 4 de abril. Ese día pude ver a Carmelo Díaz por una rendija y a Olivera, que había sido vicepresidente mío, también por una rendija. En Villa Marista no puedes ver a otros presos, excepto a los que están en tu celda. Y en el juicio, bueno, a Raúl Rivero. Aquello estaba lleno de muchachitos de la Juventud; tú sabes que los movilizan para esas cosas. Las cámaras de televisión del Consejo de Estado.

Raúl escribió un artículo sobre el juicio que se llama «Aquella libertad», en enero de 2005, estando él libre en Cuba y yo preso en el hospital del Combinado del Este. Y esto no es alarde, Raúl lo escribió: yo hice tal defensa, que el abogado fue a la celda de nosotros cuando terminó el juicio, porque nos pusieron en una misma celda para comer y eso, y dijo: «Qué bien usted habló». Porque el abogado no hizo nada, estaba muerto de miedo. Yo vi a mi abogado 15 o 20 minutos la noche antes, pero hubo compañeros míos, como José Miguel Martínez, que vio al abogado diez minutos antes del juicio.

***

Nos quisieron aislar tanto, que eso nos benefició. Para llegar de la salida de la prisión Kilo 8 hasta donde estábamos nosotros había que abrir 11 puertas, y cuando yo empezaba a oír el abre y cierra, ya yo sabía. Además, estábamos aislados cada uno en una celda, en un pasillo todos éramos del Grupo de los 75.

Yo hablé con la que era mi esposa y le pedí un papel finito, muy finito, y dos paquetes de sobres de correo. Un sobre lo abría toscamente y otro lo abría y cerraba con delicadeza, y en este que abría y cerraba con delicadeza escondía tiritas de papel, y encima colocaba el otro sobre que había abierto a lo bestia. Así fui escribiendo un libro de 45 poemas. Si tú llegabas y veías sobres sellados y uno abierto, revisabas el abierto.

Un preso tiene 24 horas para pensar. Entonces, como yo fumaba, cogí una caja de cigarros, saqué los cigarros, saqué la picadura, pero una parte nada más, y puse los poemas dentro, cigarro a cigarro. Luego pegué la parte de celofán por abajo, pero por arriba todavía estaba sellado con el corte industrial. Instintivamente, los guardias veían que la caja estaba sellada por arriba y creían que estaba sellada.

En una visita conyugal, mi esposa y yo fuimos al baño, dejamos caer una gotica para distorsionar si había micrófonos, y yo le dije: «No te fumes esta caja de cigarros, que dentro hay un libro de poesía». El libro iba en una caja de cigarros. Incluyendo una nota al editor. Se publicó en Francia.  

Hubo un tiempo que estuvimos solo con la luz solar. Ganas de los carceleros de que tú fueras feliz, para que no extrañaras los apagones en tu casa. Pero después les dio por ponernos tres meses con luz permanente, también para fastidiar. De noche era de día. Pues todo eso me ayudó. El exceso de represión me sirvió a mí para burlarles en la cárcel. Eso fue en Kilo 8, en Camagüey.

Después estuve un tiempo en la prisión de máxima seguridad de Agüica, en Matanzas. Ahí estuve físicamente muy mal: un problema de la vesícula por las huelgas de hambre, y me operaron. En Agüica había un cartel que decía: «O te ubicas o te ubicamos». Esa era la bienvenida. Y era horrible. El Combinado del Este era el Paraíso. Agüica era tan mala como la prisión Kilo 8, que le decían «Se me perdió la llave», o peor.

Las golpizas, los abusos, eran terribles. En Agüica había tres edificios y para llegar había una escalerita, pues el chiste de los carceleros era coger a los presos, ponerles las esposas atrás, y empujarles cuando estuvieran llegando, porque como no podían apoyarse se daban golpes de todos los colores. Luego los llevaban para donde está la dirección, supuestamente, y las palizas se oían en toda la prisión. Había un local para caerle a palos a la gente.

A nosotros nunca nos hicieron eso, porque era el año 2004, la campaña internacional había sido tremenda, y ya éramos presos bastante VIP. Luego me pasaron para el Combinado del Este, cuando ya éramos súper VIP, y ahí y fui a parar al hospital de la prisión. Yo estuve un año y pico ingresado. Me hicieron cuatro operaciones; me dio un paro respiratorio y por poco me voy, pero como bicho malo nunca muere… Sobreviví.

Ahí pude tener más libertad para escribir, porque el hospital era otra disciplina. Escribí entonces crónicas, artículos, y otras cosas. La que sonó más fue Emigrar al patíbulo. También escribí un libro de poesía, aunque no era tanto de denuncia. El rigor al principio fue tal que ya después nada me impresionaba.

***

Cuando yo llegué a España en el 2010, aquí había una crisis que no había trabajo para nadie. David trabajaba por la izquierda, ayudando en mudanzas, o en servicios. Si no había trabajo para la gente joven, imagínate para un hombre que llegó aquí con 60 años. Yo iba a la oficina de empleos y nunca había empleos. Pero tampoco me interesaba. 

Al principio yo recorrí la mitad de Europa Occidental. Estuve en Francia, estuve en Bélgica, estuve en Alemania dos veces, estuve en Italia, estuve en Finlandia, estuve en Dinamarca… Durante un tiempo estuve viviendo de eso y de una ayuda que recibía de la ACNUR (Agencia de la Organización de Naciones Unidas para los Refugiados).

Más que del Gobierno, yo recibí apoyo de la Comunidad de Madrid, especialmente de Esperanza Aguirre. Cuando aquello éramos los niños lindos, después nos volvimos feos.

Cuando pasa la moda, y no entras por la línea, pues ya tú molestas. Ser honesto es un problema en cualquier país del mundo, en cualquier sistema. Lo honesto siempre choca con muchos intereses. 

*Entrega inicial de la serie testimonial «Primera persona».

7 Comentarios

  1. Ricardo, que gusto saber de ti. Le voy a enviar tu recuento a Conchi Dopazo quien se ocupaba de tu biblioteca. Yo, de la Dulce Maria Loynaz. Cuanto puede aprender ese ‘nuevo relevo’ de gente como tu y tantos mas que pertenecen a la necesaria memoria historica!

    Un fuerte abrazo.

    Alina Tomas

  2. Querido Ricardo, mi valiente y talentoso amigo!! Lo que falto en esta entrevista es las anectotas de tu gran sentido de humor, como en los peores momentos lograbas hacer a todos reir. Me acuerdo la primera vez que hable contigo por telefono y te pregunte: te hace falta algo? me respondiste : Libertad. (y yo me asuste por ti, ya que nos grababan la conversacion… y me puse muy nerviosa)
    Todavia tengo la primera edicion de la primera revista libre de censura en Cuba en decadas… que con tan pocos recursos y mucho talento pubicastes antes de ir a presidio. Eres de esas personas que hacen un mejor Mundo. El miedo nos tapaba la boca, y tu hablabas por nosotros todos. A pesar del terror, tu no callaste. Gracias Un abrazo, conchi

  3. En una demostracion frente a la oficina de intereses cubanos en New York, a raiz del asesinato de Orlando Zapata Tamayo, conoci a una hermana del Sr. Gonzalez y a su esposo estadounidense.
    Compartimos relatos de los presos, ella de su hermano querido y yo de mi padre, preso politico plantado (desde 1961 hasta 1978). Intercambiamos numero de telefonos y conversamos un par de veces.
    Perdi el contacto con ella, pero cuando supe que Ricardo pudo salir a Madrid en medio de la alegria, recorde con ternura aquella tarde de invierno cuando las dos, familiares de presos politicos cubanos nos conocimos y entendimos muy bien en una calle de Manhattan.
    Mis mejores deseos a Ricardo Gonzalez.
    Gracias Monica Baro por esta magnifica entrevista.

  4. Le escribi a mi amigo que llego de Cuba

    Tengo un litro de cerveza del Golden Praga. Dime cuando pasas por aqui para soltar toda la historia de tu viaje al Jurasic Park. Ja, ja, ja. Parque Jurasico.

    Saludos

  5. Ricardo González, periodista y expreso político de la Primavera Negra de 2003 en Cuba. Exiliado desde 2010 en España. Un heroe, sin lugar a dudas, con una historia impresionante de resistencia ante la dictadura cuya lectura impacta.

    Felicitaciones y saludos.

    Ahora voy pa ti. Te hago la critica constructiva para ayudarte.

    Ja ja ja.

    Pipo. Pero libra ahora una batalla contra la obesidad y el colesterol o te vas a quedar pronto en el campo de batalla.
    Canoso y caminando con un baston.
    ¿Ya te dio el primer infarto?
    Yo no estoy tan gordo ni tan panzon, camino muchisimo cada dia y por poco me voy del parque.

    Tienes por lo menos 25 kilogramos de mas. Baja esa panza.

    Abrazos

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