El vuelo vertical de la paloma decapitada

Debo a Jesús Barquet mi lectura de La madre y la guillotina, una obra de teatro que el dramaturgo Matías Montes Huidobro concluyó poco antes de salir definitivamente de Cuba a finales de 1961.

La trama parece sencilla. Cuatro actrices suben a escena para ensayar una obra sobre la que no tienen ningún dato. El fondo del escenario, según los escasos apuntes del autor, está «dominado por un gran mural, enloquecedor e impresionante, donde aparece una guillotina». A partir del primero de los diálogos, y en el propio acto de la interacción entre ellas, la realidad y la ficción terminarán fundiéndose hasta límites que pudiéramos considerar delirantes.

La trama parece sencilla, insisto, pero no lo es. Corren los primeros tiempos de la Revolución Cubana, cuando estas mujeres —la madre, Ileana, Silvia y la peluquera— llegan a intercambiar lo que al parecer se le ha dicho sobre la pieza teatral con sus propios dilemas, inquietudes y resabios como parte de un tejido social agitado. De esa trenza con doble, triple juego semántico se desprende un aviso para quienes nacieron treinta años después (¡en 1989!) o fuera de ese entorno: eran esos primeros tiempos en que muchos se cuestionaban el pedigrí revolucionario de los otros e incluso, en secreto, el de ellos mismos.

«¿Quién se murió por mí en la ergástula,/Quién recibió la bala mía,/La para mí, en su corazón?/¿Sobre qué muerto estoy yo vivo,/Sus huesos quedando en los míos?» Así inaugura Roberto Fernández Retamar la poesía revolucionaria, justo en enero de 1959, en un poema titulado «El otro». ¿El otro? ¿El otro que te susurra algo que los demás no se imaginan, te empuja al espejo y te conmina a preguntarte cosas?

Con este complejo de culpa y esa especie de síndrome del impostor llevado a escala nacional se empieza a vivir en la isla. Muchos, la mayoría, saben de lo poco que hicieron por aquel cambio que acaba de producirse, se sienten en falta, necesitan rellenar sus lagunas con pequeños simbolismos domésticos. Por esta razón al personaje de Silvia en La madre y la guillotina le insulta que las mujeres que la rodean quieran a toda costa pintarse las uñas de verde para estar a tono con el color del momento, al tiempo que la peluquera aclara que posee «un automóvil rojo símbolo de la Revolución», en un claro acto de protección previa, de curación en vida, ante el posible dedo acusador que se atreva a señalarla. «¿Quiere una posición más vertical?», pregunta.

Estos dos elementos readaptados —las uñas de verde y el auto de rojo vertical— que Montes Huidobro menciona como quien no quiere las cosas me llevaron en plena lectura a donde quizás el dramaturgo quería: a la madre de todas las revoluciones, con su don de generar una violencia también imperceptible, con sus humos, sus deslizamientos y su capacidad invalidante.

Pues así ocurrió en París, cuando a partir de 1789 se impusieron las hebillas con la forma de las torres de la Bastilla que acababan de demoler, y artesanos populares se aprestaron a confeccionar broches y brazaletes con fragmentos de aquellas piedras «como símbolos de Libertad», de acuerdo con Antonia Fraser, y hasta se puso de moda un modelo de sombrero que remedaba a una de las torres de la fortaleza, pero rodeada por una cinta blanca, azul y roja, la combinación que simbolizaba a la revolución. Dickens habla en Historia de dos ciudades de la manera en que la representación de la guillotina se había convertido en poco tiempo en «el signo de la redención humana», por lo que la gente había empezado a llevar «pequeños modelos de este instrumento liberador» como adorno en el pecho, en el lugar donde antes habían exhibido el crucifijo.

Y así ha llegado la máquina perfecta y reivindicativa hasta nuestros días. Llevarla en collares, en pulseras, en pendientes, pero también en llaveros, en pegatinas, en imanes para el refrigerador, para unos es revolucionario, audaz, ¡antisistema!, para otros se ajusta a las estéticas punk o gótica y para los más, supongo, es simplemente nice. Es la posmodernidad —o como quiera que se llame—, que todo lo masifica, lo relaja y lo aligera, lo banaliza, lo iguala y lo confunde.

Foto: Etsy.com

La suerte es que en democracia vivimos un poco menos constreñidos, pero en 1789, ay de quien no se sumara. Según Sainte-Beuve, «el sistema de delación» funcionaba de una manera tan eficaz en todo el país que «nadie se atrevía a abrir la boca». Eran los aires que se respiraban. L’air du temps mucho antes de Nina Ricci, fragancia de celo, cambio y venganza. Justo porque pensaba acorde a sus tiempos, Danton dejó en claro que las revoluciones no se hacen con agua de rosas, poco antes de firmar la decapitación para Luis XVI en enero de 1793.

Estas son las sensaciones que me dejan la primera y la segunda lecturas de La madre y la guillotina, ya que su representación teatral en La Habana, en Miami, en Madrid, parece lejana; además de corroborar la idea de que, a medida que se produce el cambio social y se va imponiendo la catequesis jacobina, se sabe en Cuba de la existencia de una legión de oportunistas y embaucadores, como lo reflejan varias caricaturas de José Manuel Roseñada publicadas en el Diario de la Marina, donde siempre se alude a un personaje que pretende montarse de manera solapada en el carromato del nuevo gobierno, tan plagado de sueños.

«Esta revolución está en todo —dice uno de los personajes de esta obra de apenas un acto—, y los oportunistas y aprovechados también, cambiando de color, como el camaleón, para que nadie los reconozca entre la maleza».

No pasaron muchos días después de ese 1 de enero para que llegaran los cuestionamientos y las dudas, las suspicacias y las delaciones. «Yo leí mi poema ‘La paloma descabezada’ el día primero a las ocho de la mañana cuando entraron los rebeldes en la ciudad», aclara muy a tiempo aquella misma peluquera que se vanagloriaba de su «posición vertical» al conducir un auto pintado de rojo.

Con esta pasta y estas formas larvadas de lo peor, Montes Huidobro nos lega una pieza que tiene tanto de la Lisístrata de Aristófanes, donde las mujeres son esenciales, como del teatro del absurdo.

Todavía no llegaban los años en que tocó exponer sus propios méritos ante 80 compañeros de fábrica para que te otorgaran una lavadora Aurika de dos tambores o un radio VEF 206, ambos de fabricación soviética. En esta primera etapa a la que se refiere Montes Huidobro el asunto era más álgido: se trataba de evitar que dudaran de ti o de lo contrario podías verte envuelto en una trama turbia de confabulación y acatamiento con el ancien régime, paso previo para la exclusión o, en caso extremo, el fusilamiento. Aquella era una cuestión de pellejo, de salvar la vida.

De todos modos lo esencial tras más de seis décadas (esto, para los puristas de las estadísticas) no debería ser cuántos cubanos fueron fusilados por el recién estrenado gobierno de los barbudos, sino cuán fuertemente prendió en la médula espinal del Ser nacional la sensación de que cualquiera podía serlo, de que el más insignificante podía ser visitado, llamado, conducido; de que no hubo ni hay hora fija ni compañero apático cuando se trata de armar un mitin de repudio; de que cualquiera puede ser impedido de viajar al extranjero, expulsado del trabajo o recibir una orden no escrita de destierro.

Por eso recordé también al Madrid de 1936. Agustín de Foxá habla en su novela Madrid, de Corte a cheka de la manera en que las verduleras o las antiguas criadas empezaron a denunciar a sus patrones, y de aquellos señoritos que, «como un presentimiento de la revolución», terminaban de jugar al golf en la Puerta de Hierro y «buscaban lo plebeyo para cenar», una taberna, una tasca ramplona visitada por el vulgo, en las que se sentían de cierta manera protegidos, parapetados.

También cuenta cómo los madrileños de derecha preferían comprar los periódicos anarquistas, «pues le parecía sospechoso acercarse a un quiosco y pedir el ABC» para enterarse con imágenes de las últimas iglesias saqueadas y los conventos devorados por las llamas. «La gente, recluida en los pisos, devoraba los libros —detalla de Foxá—. Una parte de la burguesía española había necesitado treinta mil fusilamientos para dedicarse a la lectura. Leían generalmente la Biblia y los Evangelios, por el fervor religioso que da la proximidad de la muerte, y también libros de la Revolución francesa. Estaba de moda María Antonieta, de Stefan Zweig».

París, Madrid, La Habana, resumidas en la sinrazón y el miedo. Matías Montes Huidobro, que acudió a las reuniones de Fidel Castro con la intelectualidad en la Biblioteca Nacional, en junio 1961, no tiene dudas de lo que hace. Le faltaban cinco meses para asumir la huida como «la única posibilidad decorosa», según apuntó en su libro compilatorio Obras en un acto (Editorial Persona, 1991).

La madre y la guillotina deja en evidencia dos fenómenos básicos de todo proceso revolucionario: uno, el cainismo en estrecho lazo con el miedo, y dos, la creación de un nuevo lenguaje.

Sobre el primero ya hablaba arriba. Precisamente Zweig recordaba que en tiempos del Terror «cada cual teme por su propio cuell»; ejemplo perfecto de esa capacidad coercitiva del patíbulo y la cuchilla que se hizo extensiva con el paso de los años a la seguridad con la que Mijaíl Bulgákov creía que en cualquier momento vendrían a buscarlo; al tiro en la nuca en la Casa de Campo, en Madrid; al eco de los disparos en el Foso de los Laureles, en La Cabaña habanera, escuchado en la noche por los otros prisioneros; al acto de repudio en mayo de 1980 o a la advertencia de un sujeto de rostro enérgico y camiseta del F. C. Barcelona que estaciona en 2022 su moto japonesa frente a tu casa, te hace la visita y se retira convencido de que ha hecho lo correcto. Formas varias de la decapitación. Maneras diversas del terror. Por eso celebro que el miedo se imponga como el personaje enroscado que es, aquí, en La madre y la guillotina, pero también en otras obras de Montes Huidobro como La botija (1959), Ojos para no ver (1979), donde, por cierto, aparece Robespierre y la guillotina, así como en Exilio (1987), en cuyo segundo acto ¡hay una guillotina!

Lo del lenguaje también data de siglos. No hay revolución sin afán nominal. Cuenta Robert Darnton en El Beso de Lamourette que a partir de 1793 no se veía bien nombrar Louis al varón recién nacido. ¿Qué dirán el cura y el boticario?, imagino que le murmuraba la mujer al pastor de cabras en un pueblo perdido de Occitania. Se creó un nuevo calendario: siguieron siendo doce meses, pero cada uno se compuso de tres semanas y estas de diez días en lugar de siete. En París, 1,400 calles cambiaron sus nombres. Más de 600 pueblos en toda la geografía francesa sufrieron modificaciones en sus denominaciones; treinta de ellos pasaron a llamarse Marat en honor al tribuno asesinado por mano y convicción femeninas en su propia bañera. «Los revolucionarios se propusieron cambiarlo todo —apunta el historiador—: la loza, los muebles, los códigos jurídicos, la religión, el mapa mismo de Francia, que fue dividido en departamentos».

La Revolución Cubana también ha sido una gran fábrica de nuevos términos, las más de las veces rimbombantes. Sin pretenderlo, La madre y la guillotina se detiene y toma sutil nota de este fenómeno. Según se deduce de los diálogos entre las cuatro mujeres, antes de 1959 el personaje de Ileana habría tenido relaciones con un tal Camacho, un sujeto importante en la policía secreta. «No soy responsable de lo que él hacía o dejaba de hacer cuando no estaba conmigo», se defiende. Y luego: «el depurador me dijo que yo no tenía nada que temer. Después de todo, no soy más que una indefensa mujer».

¿El depurador? ¿Un hombre que filtra y corrige? ¿Ese otro vector de la coacción y el miedo? ¿El eslabón anterior al «instructor»? ¿El primer autorizado para ir esculpiendo poco a poco al Hombre Nuevo? ¿El responsable de visitar casas, de entrevistar gentes, de elevar reportes, de sugerir enjuiciamientos?

No hicieron más que bajar de la Sierra Maestra y ya estaban generando lenguaje altisonante. «La Revolución tiene que depurar lo malo y unir lo mejor», adelantaba Fidel Castro el 4 de enero de 1959 en su primer discurso en Camagüey. Pero es en sus palabras en el estadio universitario de La Habana, el 13 de marzo de ese mismo año, cuando abunda sobre uno de los temas del momento: la necesidad de acallar lo que llama «autohistorias de hazañas y de proezas» y de «fustigar con látigo de acero a los simuladores» para fijar de una vez «la verdad revolucionaria». En ese marco Castro se refiere a la dificultad de crear un cuerpo de «depuradores». «Esta universidad está necesitada de una depuración», afirma. ¡Por supuesto que sí! La depuración y la anulación total de la autonomía universitaria que había aupado mil batallas contra Machado y Batista.

Desde entonces el proceso ha fluido por sí solo, en un parto que ha dejado términos delirantes repartidos de boca en boca, entre murales y periódicos de pésimo papel, supurados, legados sin muro de contención a un tramo de la posteridad: tras la depuración, la parametración (o parametrización), el diversionismo ideológico, la ofensiva revolucionaria, la emulación socialista, el trabajador de avanzada, la obra de choque, el colectivo vanguardia, el combatiente internacionalista, el anapista, el comité de base, el expediente acumulativo, la mafia anticubana, la loba feroz, la batalla de ideas, la soberanía alimentaria, el picadillo extendido, el perro sin tripa… Ahí, haciendo balconing con el lenguaje, dejando al diccionario de la RAE como simple depósito de arcaísmos, luciéndose ante el mundo, tirándose con la guagua andando.

Apuntar estos y otros términos como acotaciones después de los telones, en las esquinas, en los rebordes de las obras de Montes Huidobro, ha sido mi vicio en este último par de semanas, a medida que iban apareciendo en mi cabeza todavía no cortada, mientras leía el tomo que la editorial Hypermedia tuvo el acierto de dedicarle en 2018 a todo su teatro.

En este volumen hallé por segunda vez La madre y la guillotina, una de esas piezas que el dramaturgo, según relató, no dio siquiera a leer a los amigos antes de salir de Cuba. Quince años después vino a estrenarse en el Queensborough Community College de Nueva York con montaje de Francisco Morín. Luego llegaron nuevas puestas, unas en español, otras en inglés. Pero ninguna en la isla. Tampoco en Miami, donde este autor acaba de morir. Ojalá que alguien se atreva a subir con ella a las tablas. Debería.

***

BONUS TRACK: Uno de los momentos más logrados del teatro de Matías Montes Huidobro se llama Exilio y abre con un grupo de actores cubanos que intenta montar una obra titulada Cantata de la Sierra, en Nueva York, en el otoño de 1958, conscientes de que, más allá de vender tres bonos, no están haciendo nada por la Revolución que ni siquiera ha fraguado y a la que, incluso desde lejos, ya le deben sometimiento. «Desgraciadamente no estamos envueltos en nada —lamenta el personaje de Victoria—. Nosotros estamos fuera de todo».

Nos topamos aquí con el mismo tono deudor, acomplejado, de aquel poema célebre de Roberto Fernández Retamar, égloga eficaz al síndrome del impostor revolucionario a la que, casi 30 años después, Ramon Fernández Larrea supo contestarle con un texto certero, definitorio de esa pérdida del complejo, titulado precisamente «Generación».

Dejo aquí apenas su inicio y me retiro a otros asuntos:

Nosotros los sobrevivientes

a nadie debemos la sobrevida

todo rencor estuvo en su lugar

estar en Cuba a las dos de la tarde

es un acto de fe

2 Comentarios

  1. Demoledor y excelentemente escrito. Ya busco la obra inmediatamente La madre y la guillotina, de Huidobro. Será mi próxima lectura sobre todo viviendo en Buenos Aires en tiempos de kirchneismo populista, donde – social y políticamente- envuelto en la retórica de un discurso épico peronista y viviendo un autoexilio con salida elegante de La Habana, siento que ya está película porteña la viví y hay veces tengo deseos de escaparme en balsa a Montevideo porque siento que ese discurso epopèyico me asfixia y enferma. Pienso que las revoluciones y sus intentos de malas copias plagadas de oportunismo políticos como instrumento de perpetuación en el poder terminan convirtiéndose en proyectos contranaturas y necrosados que procrean toda esta fauna de vividores y políticos profesionales que viven, comen y cagan de lo que el poder les provee, lumpenes millonarios y corruptos de Puerto Madero que se dicen revolucionarios y viven como Carmelina y luego hablan de los pobres desde los atriles del poder.

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