El cantautor Frank Delgado (Consolación del Sur, Pinar del Río, 1960) pertenece a la generación conocida como «novísima trova», «postrova» o «generación de los topos», junto a Santiago Feliú, Donato Poveda, Alberto Tosca, Carlos Varela, Gerardo Alfonso y Polito Ibáñez.

Tenía 16 años cuando comenzó a componer canciones «serias» —así llamó a aquellas con música y letra de su autoría— y, desde entonces, no ha dejado de hacerlo. Su discografía incluye los títulos Trovatur (1995), La Habana está de bala (1997), El adivino (1999), Mi mapa (2004), …pero, qué dice el coro? (2006), Extremistas nobles (2010; con Buena Fe), Ustedes los trovadores no saben na’ de la vida (2012), Más (2016) y Archivos descalcificados (2017). Su más reciente disco, Frank & Santy (2020), fue grabado en 2012 con Santiago Feliú, en el teatro Raquel Revuelta, durante un concierto por el 40 aniversario del Movimiento de la Nueva Trova.

Frank no es solo un excelente trovador, sino un gran conversador. Y, para ser un «espartano», como se define, recuerda con impresionante precisión muchos detalles de su ropa y estilo. Envió sus respuestas para «Genio y figura» a través mensajes de voz de WhatsApp, un día en que al parecer se le dio bien lo de recordar.

MAC: Te has definido una «una persona simple». Cuando comenzaste tu carrera musical, ¿querías identificarte con algún estilo de vestir?

FD: Yo nunca me he destacado como un tipo que se viste bien. Sí, me defino como una persona simple. Mi manera de vestir es muy intuitiva. Tiene a veces que ver con cosas que son cómodas, y a veces con lo que, digamos, acompaña al cuerpo de uno. Yo nunca fui flaco… y para mí no era fácil vestirme. A veces algunas cosas podían quedarme mejor; otras, no.

Frank Delgado, 1982 / Foto: Cortesía del entrevistado

En cuanto a tus raíces musicales, has dicho que te consideras heredero de un repertorio diverso, que abarca desde Mozart, Bach y Beethoven hasta Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. ¿Te has inspirado también en algún músico o artista para construir tu estilo de vestir?

A ver, yo tenía ciertas referencias, ciertos patrones que me gustaban un poco. Por ejemplo, los roqueros americanos que veía en las portadas de los discos. Me gustaban la mezclilla, los pantalones campana, algunas camisas medio apretadas. Siempre me gustó mucho la mezclilla, tanto en camisas como en chaquetas… aquellas chaquetas de mezclilla, de las que yo nunca pude tener ninguna, aunque sí tenía unos pitusas inventados.

Y también me gustaba mucho la manera en que se vestían los trovadores, que eran bastante espartanos. Siempre tuve claro que no me quería vestir como los cantantes de pista —como les decían en aquella época—, con frac y traje. Toda esa cosa formal nunca me gustó mucho.

Me gustaba esa forma desenfadada que distinguía a los trovadores, y mis referentes eran Silvio [Rodríguez], Pablo [Milanés], Noel [Nicola] y Vicente [Feliú], tipos de jeans y camisa. Muy, muy sencillo, pero con suin de alguna manera. Y yo quise tener esa imagen.

Me gustaba la combinación de jeans con camisa y botas, por ejemplo. Era como mi combinación preferida. A veces era muy difícil lograrla, porque yo soy de una época en que era muy difícil adquirir jeans y esas cosas, si no viajabas o tenías mucho dinero.

Entonces, a veces uno se vestía un poco raro, con cosas que te regalaba alguien, que se le quedaban a alguien, qué se yo… y por ahí podías lograr algo parecido a lo que querías, que era una cosa muy sencilla: jeans, camisa y botas.

Frank Delgado, Carlos Varela y Gerardo Alfonso / Foto: Cortesía del entrevistado

¿Ha cambiado tu fuente de inspiración con los años?

Yo pienso que no, que yo siempre he tenido esa —como te decía— sencillez casi espartana de la Trova.

El cuerpo mío ha ido cambiando, y con ello ha cambiado un poco la forma en que me visto. Y a veces he tenido los referentes también de otros artistas que son gordos y que utilizan ropa más holgada, algún tipo de pantalón un poco más cómodo.

Siempre me gustaron los tenis, sobre todo los [de marca] Converse, aunque no pude tener los originales hasta muchos años después de que comencé a cantar. En Angola, por ejemplo, vendían unos tenis muy parecidos a los Converse, que eran brasileños y les decían tenis Bamba, y yo tuve mis tenis Bamba como remedo de los Converse.

A veces variaba. Fuera de Cuba me presentaba mucho con botas, pero en Cuba, quizás por el clima y por [usar] algo más ligero, empecé a usar ese tipo de tenis, Converse.

Frank delgado en Berlín, 1986 / Foto: Cortesía del entrevistado

¿Recuerdas con qué ropa te presentaste por primera vez en un escenario y en la televisión?

La primera vez que me presenté oficialmente como trovador en un escenario fue el 19 de julio, eso lo tengo muy presente, el 19 de julio de 1979. Recuerdo que me puse un jean —el único que tenía—, unas botas españolas que les vendieron a los trabajadores acá y una camisa amarilla de mangas largas. También recuerdo que la camisa se me manchó, porque estaba tomando en un vaso de cartón, y el alcohol parece que lo destiñó y la pintura me manchó la camisa de rojo.

En la televisión fue un poco después. En un programa que se llamaba De Cuba, que se hacía en [los estudios de] Masón y San Miguel. El director era Douglas Ponce.

En esa época —eso ya es en el año 81—, existía una moda que tenía que ver con Nicaragua. A raíz de la revolución de Nicaragua se puso de moda en Cuba la cotona. De hecho, hay una canción que habla de eso: «llevabas para marzo en las manos vestido de jean y cotona». Era como el uniforme de los poetas nicaragüenses, de los guerrilleros, de Ernesto Cardenal. Y estuvo muy de moda aquí entre pintores e intelectuales. Era muy fácil de hacer. Era una camisa ancha de tela fresca, con una especie de cuello chino, sin botones.

Y mi mamá me había hecho una. Y [me presenté en televisión], muy orgulloso, con mi cotona. También me puse unos jeans y unas sandalias de las que vendían en la [feria de artesanos de la] Plaza de la Catedral. No eran guaraches, que no me gustaban mucho, sino unas sandalias de cuero muy bonitas. Creo que estaba bastante a la moda con mi uniforme más o menos de trovador.

Todos los trovadores usaban cotona en esa época: Vicente Feliú, Noel Nicola…; no recuerdo a Silvio [Rodríguez], pero Silvio debe haber usado también las famosas cotonas nicaragüenses.

FrankDelgado, Peteco Caravajal, Santigo Feliú, Fito Páez y Baglietto en Buenos Aires / Foto: Cortesía del entrevistado

Has referido que tu carrera musical comenzó «en un tiempo en que el dinero no era importante, se vivía con muy poco y lo importante era el arte». ¿Cómo obtenías el vestuario con que te presentabas en los inicios?

Antes de empezar a trabajar —yo empecé a trabajar profesionalmente como ingeniero en 1983—, me ponía mucha ropa prestada, de trovadores que habían salido [de viaje al extranjero]. Santiago Feliú de pronto tenía una camisa que le quedaba grande, y yo la utilizaba. Y por ahí me he visto en algunas fotos con… por ejemplo, una camisa que a mí me gustaba mucho, que era como de pana, parecida a esas camisas de leñadores. Tenía un color muy bonito, azul, pero daba un calor horrible. De todas maneras, yo me la ponía.

¿Comprabas en el mercado paralelo o mercado libre estatal?

A veces vendían cosas en las tiendas que no eran muy cheas. Por ejemplo, las camisas Yumurí. En una época se usaron mucho las camisas Yumurí, que se parecían a otras camisas que la gente podía traer del extranjero, y no estaban mal. Había unos jeans que hicieron en Cuba en algún momento, que había que darle su toque después —ajustarle un poco la pierna , por ejemplo— y que también se usaron mucho. No me acuerdo el nombre, pero los vendían también en la tienda Yumurí, y costaban un poco más caro que la ropa normal.

También había un tipo de tiendas donde vendían los jeans buenos: Lee, por ejemplo. Era una tienda en el boulevard de San Rafael, y costaban 150 pesos. Alguno tuve, que mis padres me regalaron en algún cumpleaños.

Pero había que usar mucho la imaginación para combinar con cosas que te prestaba otra gente. Era muy difícil realmente la vestimenta. También, porque yo, por lo menos, no trabajaba todavía; yo estudiaba, y era un poco desarrapado. Era muy elemental [la ropa] con que me vestía; no era nada elegante. Mi vestimenta denotaba pobreza. Pero ese voto de pobreza era parte también de la estética del trovador.

Frank Delgado / Foto: Facebook

¿Comprabas en el mercado negro?

En el mercado negro también a veces se conseguían algunas cosas. Pero, ya te digo, mis padres eran gente modesta. Mi papá era contador, y mi mamá, cajera de un banco. Entonces, tampoco había mucho dinero. Y mis padres tenían a mi hermana también…

Te hago un cuento cómico. Cuando yo estudiaba en la CUJAE [Ciudad Universitaria José Antonio Echevarría], me vestía tan mal, tan pobre, que me decían CPT —CPT quiere decir Curso Para Trabajadores—. Mis compañeros se burlaban de mí, por ejemplo, diciéndoles a los profesores que yo era un [estudiante del] CPT, que trabajaba por la mañana y que iba a clases directo de la fábrica, y que por eso llevaba la camisa toda desaliñada.

Para actuar, no tanto, pero cuando estudiaba en la CUJAE era bastante desaliñado. Y yo no me ofendía; ellos pensaban que me ofendía, pero yo era como una especie de… no sé, me sentía como un sacerdote de la trova, un tipo muy sencillo a quien no le importaba la ropa. No era importante.

¿Tenías familia en el extranjero? ¿Recibías ropa de ellos?

Sí. Como todos, tenía familia en el extranjero, pero de ellos recibíamos muy pocas cosas.

A mi papá, por ejemplo, sus hermanos le mandaban unas guayaberas bordadas. Yo creo que él tenía como tres o cuatro. Y yo, cuando había algo muy especial, me ponía una que me quedaba muy bien, que era azul claro. Por ahí hay fotos de esa guayabera. Quedaba bien con el jean, eh, quedaba bien la combinación de jean azul oscuro y esa guayabera azul. Y a veces me daban un poco de chucho los mismos trovadores.

Una vez, una cosa muy rara, vendieron unos zuecos aquí en Cuba, y entonces era una combinación muy rara: zuecos, jeans y guayabera. Aunque no era la guayabera tradicional cubana, sí era una guayabera de alguna manera, y me daba cierto toque elegante. Podía ir a tocar a ciertos lugares sin que me dijeran desarrapado.

Estuviste en la guerra de Angola, y en los años ochenta viajaste como artista fuera del país. ¿Compraste en las tiendas de habilitación antes de viajar?

La primera vez que viajé, fui a la RDA [República Democrática Alemana], en el año 1986, para asistir al festival Canciones Rojas. Y estaba la tienda esa, que no sabía que se llamaba así, tienda de habilitación para las giras, ahí en San Rafael —yo no conozco bien las calles de la Habana Vieja— o Galiano, no sé… Ahí me compré dos camisas marca Yves Saint Laurent, que alguien me dijo que habían sido decomisadas en un cargamento que trajeron, qué sé yo, y que eran muy buenas, y las utilicé después por mucho tiempo.

Lo demás eran cosas que te daban o te alquilaban para viajar a lugares fríos. Yo viajé en febrero, y me prestaron un sobretodo y unas botas. Las botas eran tan feas que unos italianos, sicilianos, que también habían ido al festival decían que se parecían a las botas de su abuelo, y me decían: «Franco, il nonno piange porque está sin zapatos»; algo así como que el abuelo lloraba porque yo le había robado los zapatos. Según ellos, los zapatos que yo tenía puestos se parecían a los de su abuelo.

En ese viaje, yo creo que era el único en Berlín que estaba vestido con un pantalón blanco y unos zapatos funky de esos que vendían en la [feria de la Plaza de la] Catedral, que eran como mocasines bordados, y a los que para aguantar el frío tenía que ponerles [papel] periódico, porque no eran zapatos para el invierno, porque no me quise poner más los zapatos del nonno después de que me dieron aquel chucho. Entonces los italianos me decían: «Franco Delgado and the tropical shoes». Realmente no tenía ropa, pero a mí no me importaba tampoco, no era muy importante para mí la vestimenta.

También tenía una especie de suéter bordado, que me ponía con un abrigo muy feo, pero muy útil, que me sirvió para abrigarme ese invierno en Berlín. Daban también enguatadas y calzoncillos enguatados, y de verdad me fueron utilísimos esos calzoncillos enguatados en el invierno de Berlín. Y, bueno, me quedé con aquellas dos camisas Yves Saint Laurent, que por ahí salgo con ellas en algunas fotos.

Frank Delgado / Foto: Facebook

¿Qué impacto tuvo la moda socialista en tu manera de vestir, o en tu opinión sobre el vestuario?

Yo no tengo mucha referencia de la moda socialista. A veces transmitían en la televisión programas alemanes como «RUND» y «Ein Kessel Buntes» [«La tetera de color»], y los alemanes se vestían bastante bien, al estilo de Occidente. No se ponían ropa fea.

Esos programas eran los más populares que transmitían en una sección de un programa de la televisión cubana que se llamaba Colorama, que salía al aire cuando la televisión cubana todavía no era totalmente en colores. En «Ein Kessel Buntes» salían artistas occidentales, y artistas alemanes que se vestían de manera occidental, nada que ver con el realismo socialista.

Ahí veía un grupo de rock ‘n roll alemán muy bueno, que se llamaba Karat, que en alemán quiere decir «quilate», y los músicos de ese grupo se vestían muy bien. Parecía un grupo de rock inglés o algo así. También presentaban a artistas de otros países. Recuerdo a un mozambiqueño que se llamaba Afrik Simone, que cantaba aquella canción de «hafanana cucarera…», y se vestía muy bien. Se ponía unos pantalones campana y una camisa como desabrochada y con las puntas amarradas. En ese programa también ponían grupos como el jamaiquino Eruption, que cantaba: «I can’t stand the raiiiin… against my window». O sea, que a través de esos programas uno podía conocer una parte de la cultura y de la moda occidental.

Cuando estuve en Alemania compré algunas cosas: un jean que me gustó mucho, y unos zapatos que eran como tenis, parecidos a… no sé ahora a qué pueden parecerse, pero estaban buenos y no eran cheos.

Tus textos tocan temas de la cotidianidad, tratando, según has dicho, «de estar siempre en el ojo del huracán y hablar sobre lo que está pasando en el país». ¿Se ha diferenciado la ropa con que te presentas ante el público de la que usas a diario?

Por supuesto que cuando voy a cantar me produzco un poco, pero no es muy diferente de lo que [me pongo cuando] salgo a tomar a un bar o a visitar a alguien.

¿Has tenido algún problema o sufrido represalias por tu estilo de vestir?

La única vez que fui censurado por la ropa que tenía puesta en un programa —la productora del programa fue quien me censuró—, fue por una gorrita de estilo bolchevique, que tenía mucho suin y estaba muy bonita. Me la había regalado Gunilla [Tulehag], la sueca que era esposa de Santiago Feliú. Ella había trabajado en una película sueca que se filmó en La Habana, y les habían dado esas gorritas —en la visera decía, en sueco, el nombre de la película—.

Una asesora del programa de televisión, que después fue muy amiga mía, me dijo que no podía salir al aire con una gorra con un letrero extranjero. Yo le aclaré que si no podía salir con la gorra me iba del programa. Pero ella me dijo que tenía que cantar porque yo estaba planificado. Entonces le repetí que cantaría con la gorra. «No, pero no puedes cantar con la gorra», me respondió. «Entonces me voy», le dije, y me fui. Y tuve tremenda fama de pesado por eso.

Otra vez, un director me mandó a quitar otra gorra, porque decía que la sombra me daba en la cara. El problema es que ellos no te decían: «Coño, ¿te puedes quitar la gorra?»; sino: «Quítate la gorra». Y yo decía: «No me voy a quitar nada, y si no te gusta me avisas, porque me voy».

Yo era así, yo defendía mi manera de… nada, de usar una gorra porque me daba la gana de usar una gorra o un sombrero. Y, si les molestaba, que aprendieran entonces a poner la luz desde abajo, para que no se me viera la cara con sombra. Y si me daba sombra me daba igual.

En los inicios de tu carrera como trovador, ¿estabas satisfecho con la ropa que usabas para salir a escena, o hubieras querido vestirte de otra manera?

Por supuesto que siempre uno hubiera querido mejorar su escaparate, ¿no?, tener algún jean y ropa de mejores colores. Pero, ya te digo, la ropa no ha sido nunca una asignatura muy importante para mí, o en la que haya tenido altas calificaciones.

[Joan Manuel] Serrat, por ejemplo, se vestía muy elegante, tenía mucho suin cuando se vestía. Y yo siempre decía: «Sí, pero él tiene dinero y buenas tiendas donde comprar la ropa que se pone».

Fuiste alumno de la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, de la que has dicho: «No entré pensando en ayudar a la patria, sino porque adoraba los uniformes, hechos de un tejido coreano que daba un calor tremendo, y las llamadas gorras de plato». ¿Seguiste sintiéndote atraído por el uniforme militar tras graduarte de esa escuela? ¿Intentaste alguna vez —con éxito o no— llevar esa estética a tu música y tu manera de presentarte en el escenario?

Yo entré siendo un niño a la Escuela Militar Camilo Cienfuegos. O sea, yo no tenía casi conciencia. Entré con 11 años. Y con 11 años uno es un niño.

Para mí, aquel uniforme era un juego: la gorra quepis, tipo plato, las telas de muselina coreana… yo creía que ese tipo de uniforme atraía a las mujeres. Y eso es una manera muy infantil de ver las cosas. Pero después le perdí el apego a los uniformes.

Cuando niño me gustaban los uniformes de los guardiamarinas, que eran muy elegantes: se vestían de blanco en invierno, con zapatos blancos. De alguna manera era interesante esa estética, pero para un niño. O sea, para un niño.

Ya después uno va por otro lugar, ¿no?

¿Tu participación en la guerra de Angola tuvo algún impacto en tu manera de vestir?

Yo estuve en la guerra de Angola en los años ochenta. Ya conocía, por películas y algún video, la estética asociada con la guerra de Vietnam. Por ejemplo, la camisa de John Lennon con grados de sargento, de la que tiempo después me pude comprar una imitación. La perseguí por un montón de lugares en Canadá, hasta que la conseguí, y no me quedaba tan bien, pero es una pieza que me gustaba, que tenía cierto aire que tenía que ver conmigo.

En ese sentido, yo he sido un hippy tardío. Soy un cheo de pelo largo y ropa hippy. O sea, mi estética, la que asumí en los años finales de los setenta y en los ochenta. Y no ha cambiado mucho. Sigo vistiéndome más o menos así.

Te decía que yo traje de Angola un pantalón de camuflaje, y lo estuve utilizando hasta que se me desflecó, y después lo corté y lo estuve utilizando como bermuda. Mucho tiempo después, cuando empecé a utilizar pantalones muy holgados —ya por problemas de cuerpo y de hernia—, me compré unos pantalones de estilo militar, de camuflaje, y camisas también de estilo militar. Tengo una camisa que me gusta mucho, que es como esa camisa estilo John Lennon, y dice US Army o algo así, y me gusta porque tiene toda esa estética de la moda de los setenta, posterior a la guerra de Vietnam, que utilizaban mucho los músicos de rock ‘n roll, combinada con jeans.

De alguna manera, Angola tuvo que ver con eso.

Has sufrido censura por los textos de tus canciones. ¿Alguna vez fuiste censurado o tuviste que hacer alguna concesión con relación a la manera en que debías vestirte para presentarte en los escenarios o la televisión?

Bueno, más o menos te conté lo que me había pasado. Yo no he tenido que hacer ninguna concesión a la hora de vestirme porque soy bastante conservador; no soy de utilizar muchos carteles ni banderas o cosas así. Soy más bien sobrio.

Frank Delgado / Foto: Facebook

¿Qué es lo más loco o excéntrico que te has puesto para tocar?

Lo más loco o excéntrico que me puse fue una ropa que tenía Gerardo Alfonso, que creo que le había traído alguien de la India. Los pantalones eran muy amplios, y la camisa, de cuello chino, muy larga. Me llegaba como hasta la rodilla. Por ahí tengo fotos con esa combinación. Y no me quedaba mal, eh, porque como el conjunto era tan largo me hacía más delgado. Y los pantalones se me veían muy bien, de verdad.

Es lo más exótico, yo creo, que me he puesto alguna vez para cantar. Pero era prestada. Era una ropa de Gerardo Alfonso.

¿Cómo definirías el estilo de Frank Delgado? ¿Tiene algo que ver con ese rechazo a la tribuna a que te has referido en otras ocasiones?

Yo no sé si yo lo podría definir como un estilo. A esta altura del partido —tengo 60 años y, ya te digo, el cuerpo está maltrecho y hay una pila de deformaciones—, estoy más en la cosa de la ropa holgada. Yo me visto de negro. No por luto ni por nada, sino porque el negro afina un poco, y a la hora de presentarme [en los escenarios] pega con todas las escenografías; a veces pega hasta con la misma luz a la que te vas a enfrentar.

Generalmente me visto con una camisa y un pantalón negros. Ya es casi como un uniforme. Tengo unas tres camisas negras, dos de ellas iguales, y dos pantalones negros, iguales también, y amplios. Además, me pongo un pulóver negro de algodón debajo. Eso de utilizar pulóver de algodón debajo de las camisas lo aprendí en Angola, donde había un calor tremendo y me molestaba mucho el uniforme, y alguien, un oficial que había estado en Etiopía, me recomendó: «Ponte siempre un pulóver de algodón». Los militares tenían unos pulóveres verde olivo muy buenos, de algodón, y de verdad que te ayudan con el calor.

En cuanto a zapatos, me pongo casi siempre tenis blancos. Tenis Converse blancos. Y, a veces, un sombrerito o una gorra. Algo así. 

A veces cambio de color, eh. No siempre me visto de negro. Pero siempre uso pantalones holgados y pulóver de algodón. Cuando viajo a lugares donde hace frío, me pongo, además, una chaqueta o saco, como le dicen aquí. Tengo dos o tres, que son los que utilizo cuando viajo.

Aquí en Cuba, cuando hace frío, a veces me pongo un saco, también de color oscuro. Tengo uno de corduroy, que me gusta mucho. Lo compré en Nueva York la primera vez que fui, y combina muy bien con la mezclilla de los jeans. Ya no me pongo casi jeans, porque me es muy incómodo, por los años, por la cuerpa como está. No me quedan bien. Ahora me pongo este otro tipo de pantalón, de esos inmensos.

No creo que sea un estilo, sino lo que me pega y no me hace lucir una ballena blanca. Además, es cómodo y, de alguna manera, informal. Nunca me visto con traje, ni muy formal. No me gusta la tribuna.

¿Has podido vestirte como Frank Delgado? ¿Cómo crees que te vestirás dentro de diez años?

Dentro de diez años, me sigo viendo así. Ya tengo 60. O sea, con 70 años seguiré siendo así, un tipo que usa pantalones holgados, tenis Converse, pulóver de algodón —amplio también, y negro—. Así es como he podido vestirme como Frank Delgado, cuando he tenido, digamos, alguna facilidad económica para comprarme esas cosas que tienen que ver conmigo.

A veces la gente piensa que me visto siempre igual. Pero no, son distintos pantalones y distintas camisas, pero del mismo estilo. A la hora de actuar, sobre todo, porque para las ocasiones informales casi siempre me visto con shorts —muy grandes también—, pulóveres, sandalias, chancletas de cuero artesanales, sombreros de pajilla.

Tengo algún sombrero de jipijapa, de esos que se hacen en Montecristi, en Ecuador, que he comprado ahí. Y algunos sombreritos parecidos a las pachanguitas, que compré en Dominicana. Siempre utilizo espejuelos oscuros a la hora de cantar, porque las luces de frente me molestan mucho.

No sé si es un estilo. Por ahí están las fotos. No sé si lo has visto.

6 Comentarios

      • Y Frank no lo vio venir? Todo el mundo sabe que los trovadores son profetas. Y los profetas profetizan cosas.
        Muy mal, Frank Delgado, muy mal. Eso te pasa por estar pensando en los ajuares. A ver si nos concentramos un poquito más la próxima vez y damos opiniones musicalizadas de cosas que están por pasar.

  1. Bueno, ya la parte de la ropa está cubierta. Ahora por favor hacer una entrevista que explore sus hábitos alimenticios. Y luego otra donde hable de las series que está viendo.
    Fíjate qué trilogía más interesante! Yo por lo menos estoy loca por leer sobre esos temas.

    Ahora con permiso, voy a compartir esta entrevista con una pila de gente que desde hace años no duerme pensando en todas las cosas que Frank Delgado tiene que decir sobre el fashion. Una pila de clicks ahí!!! (de nada).

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