Mi insomnio no es un problema, es una plataforma para ellos. En las noches, mi mente insiste en pensar toda la mierda en que debo ocuparme durante el día.

En meses recientes, con la polarización de la política global exaltada hasta el desenfreno en las redes sociales, me he encontrado con el nuevo jinete de mis desvelos: el comentario de Facebook. Como un compositor inspirado me pongo a conjurar oraciones para escribir un post sobre el embargo de Estados Unidos a Cuba, por ejemplo. Pienso en ponerle un toque de ironía, una pizca de amargura, otra de humor, y una dosis saludable de indignación. Esos son ingredientes necesarios para alcanzar los cien likes.

Jean Baudrillard, sociólogo francés, argumentó que, para el hombre posmoderno, lo hiperreal —el mundo digital— es más real que lo real. Es ahí donde encontramos el mapa más inmediato y completo de la humanidad, y donde hacemos amigos y enemigos. Se ha vuelto el medio a través del cual intercambiamos estados de ánimo e ideas más seguido y con más personas.

David Foster Wallace escribió sobre la obsesión del típico John Doe —Don Nadie— estadounidense con la televisión (desde los años cincuenta un ciudadano ve un promedio diario de cuatro a ocho horas de programación; más recientemente las redes sociales han pasado a agotarnos hasta tres horas diarias). Su novela, La broma infinita, tuvo grandes precogniciones. Una de ellas describe los efectos psicológicos de un sistema de videollamadas que causa a los interlocutores una ansiedad social paralizante: al imaginarse proyectados en las pantallas de otros se obsesionan con su imagen, se inventan disfraces y filtros. Intentan ser quienes no son. En otra, describe un producto audiovisual que causa tanta atracción y entretenimiento que lleva a sus espectadores a consumirlo hasta la autodestrucción.

La gran diferencia entre estos vaticinios literarios y lo que nos está pasando hoy es la interactividad y la escala masiva de una plataforma como Facebook, que no solo entretiene y obsesiona al espectador, también lo convierte en un avatar: provee satisfacción instantánea y demanda acción constante. Facebook, Twitter, TikTok e Instagram salen de la pantalla y se convierten en nuestro lenguaje. Lo que ahí leímos y debatimos se hace tema de conversación en el mundo físico; hace que nos enfademos, emocionemos o entristezcamos. Juzgamos a personas que no conocemos por su proyección en las redes; sus comentarios emitidos desde sensibilidades desconocidas e historias personales con las cuales no podemos empatizar porque nos son ajenas, se convierten en temas que ocupan nuestras mentes a la hora de la cena, o en una caminata por el barrio con nuestras parejas.

Últimamente, cuando el distanciamiento y el confinamiento han hecho que las redes se conviertan en nuestro campo de batalla, parque de diversiones y club social, he notado que mi manera de pensar se rige por su lenguaje. Leyendo un libro, viendo una película o escuchando música, me sorprendo pensando sobre qué podría postear al respecto, qué párrafo corto y crítico lanzaría ante al desplazamiento de las pantallas de los celulares de mis pseudoamigos y pseudoenemigos.

Hago rechazo a eso, pues pensar en cómo escribir comentarios efímeros mientras tengo experiencias reales es equivalente a no estar presente en mi propia existencia. La interrumpe para restarle dimensiones y proyectarla en un perfil que no soy yo, ni es mi espejo, ni es una sala de conversación con amigos, que más bien hace de mí una holografía para la admiración o el rechazo de personas que en realidad no pueden verme. Hace de nosotros y de nuestras emociones una simulación.

En el libro The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains (Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?), nominado al Premio Pulitzer en 2011, Nicholas George Carr describe una serie de experimentos científicos en que se demuestra la diferencia entre las mentes de personas que aprenden a través de la lectura de libros y aquellas que aprenden a través de páginas web. Los que navegaban en Internet, o se sumergían en actividades similares después de estudiar algo, no consolidaban sus conocimientos. El cerebro necesita un período de reposo para entender nuevas ideas, no saltar a otro tema, ni tener la presión de responder o emitir una opinión inmediata. Aprender un concepto no es simplemente leerlo de forma fugaz en Internet; se necesita tiempo para procesarlo, de otro modo el conocimiento se hace pasajero. Los humanos nos convertimos en la memoria temporal —RAM— del mundo. El entorno de distracción constante de las redes sociales es la antítesis de leer un libro tranquilamente, tomándose pausas entre páginas para interiorizarlo.

Ni siquiera podemos decir ya que la vida es esa cosa que pasa mientras uno está ocupado navegando en Internet; Internet está en uno, a la vez que nos lleva dentro y vive con nosotros. Uno ya no entra en Facebook a dejar un comentario; nuestros pensamientos son comentarios de Facebook y nuestra sabiduría son páginas web. La hiperrealidad bombea adentro como un corazón y se regenera como la flora intestinal. Baudrillard y Foster Wallace se fusionan para describir nuestro futuro.

Vistos sus efectos dañinos, el ideal humano estaría lejos de las pantallas. Esta puede ser una idea risible, porque han llegado para quedarse y tenemos que aprender a vivir con ellas cultivando sus beneficios, que no son pocos. Han abierto un mundo de conocimiento, entretenimiento e interacción; nos han conectado con viejos y nuevos amigos, expuesto a nuevas ideas, brindado acceso a otras cultura y educación, y se han convertido en una plataforma de denuncia social y organización ciudadana.

Lamentablemente estas no siempre son las razones por las cuales hemos dejado que el universo digital incida en nuestras vidas. Muchos abrimos las puertas de nuestra existencia de par en par a esos portales para no perdernos un conflicto político, para burlarnos de nuestros adversarios, para el boato, el narcisismo y la fantochería virtual. Las redes crean la necesidad de dejarle saber a la gente que somos inteligentes, que tenemos dinero, que estamos informados, y si estamos o no de acuerdo con ellos. Abandonar Facebook sería como abandonar un campo de batalla, dejárselo a nuestros adversarios políticos, culturales y sociales. Como si ellos vivieran ahí, y desde ahí planearan tomar nuestras realidades.

Visto de esta manera, hace años que estamos viviendo en The Matrix, y mi insomnio es el sueño de Neo, en el cual combato con palabras a cientos de agentes Smith y formulo las frases mágicas en lucha por la libertad.

Existen espacios legales nacientes que nos pueden ayudar a reforzar los beneficios y minimizar los estragos de las redes cibernéticas. Uno de los más notables es el relativo a la privacidad individual en el ciberespacio. La Unión Europea está más avanzada que otras regiones en este tipo de regulaciones. A través del «derecho a ser olvidado» —ley que garantiza a los ciudadanos el control de su imagen permitiéndoles eliminar sus nombres, fotos, comentarios del pasado y prevenir que otros los utilicen sin su permiso—, esos países comienzan a reconocer los derechos de la gente por encima de la ambición corporativa que busca explotar su información privada con fines de lucro, o la de aquellos que intenten utilizar el pasado en contra nuestra.

Sin embargo, en Estados Unidos, un comentario que yo haga hoy puede ser usado para desacreditarme dentro de diez años. Esta criminalización del proceso evolutivo intelectual hace aún más compleja nuestra relación con el mundo digital, que se convierte en nuestro biógrafo no autorizado.

Un ejemplo clásico es el de la joven Justine Sacco, quien durante un viaje a África publicó un tweet que pretendía ser ingenioso y satírico: “Voy camino a África. Espero no contraer VIH. Es una broma. ¡Soy blanca!”, escribió. Esto fue interpretado como una broma racista. Sacco fue vilipendiada por cientos de miles de personas en el transcurso de 11 horas de vuelo hasta su destino, y luego perdió su trabajo. ¿Tiene derecho Sacco a que el mundo olvide su nombre y su broma estúpida? ¿O tenemos nosotros, y las generaciones que vendrán, derecho a utilizarla como ejemplo sin conocerla más allá de esa proyección en redes sociales?

La saludable y natural tensión entre quienes somos hoy y quienes seremos mañana se hace unidimensional, convirtiéndose en la búsqueda de lo que debemos ser según los demás. Nos pone a pensar en cómo hacer el post que nos dará más likes. Por eso creo que el lenguaje de las redes nos hace menos honestos. Nos convierte en políticos superficiales y presuntuosos.

En otro contexto, explicando la teoría holográfica del universo (la cual propone que los mecanismos de la física cuántica ocurren en otras dimensiones y se proyectan en nuestra realidad de forma simplificada), un físico teórico dijo que «debemos dejar de creer en el mundo como lo vemos y empezar a verlo como es». Por ahora, en la vida hiperreal, tengo la sensación de que vamos en el sentido contrario. Mientras demandamos que los gobiernos hagan de Internet un espacio saludable, nosotros podemos empezar a hacerlo más humano llevando nuestra empatía y honestidad al lenguaje digital, abandonando las falsas batallas de memes, inyectando buena voluntad en nuestros posts.