Despierto sola a las dos de la tarde con un timbre que debía haber sonado al mediodía. En unos segundos empieza Gisselle, el ballet de vieja escuela que marca el regreso del American Ballet Theatre en la temporada de otoño 2021 a su base de operaciones en el Lincoln Center, donde su público lo recibirá por primera vez desde que la pandemia obligara a clausurar los teatros de Nueva York y del resto del mundo. Los bailarines Cassandra Trenary y James Whiteside protagonizan la obra, pero ya un amigo había advertido de que no había modo de que yo asistiera a Gisselle, a pesar de las ganas y de haber pagado más de 80 dólares por los asientos. No era posible, y lo correcto era que no fuese posible, después de una noche como la que tuvimos.

El día anterior Pablo Milanés se presentó en el Town Hall del circuito Broadway, y yo me propuse encajarme en un asiento y llorar hasta que terminara el concierto, uno de los cinco de la gira «Días de Luz» que el cantautor hizo por varias ciudades de Estados Unidos. Tiene 78 años y muchos presentimos que se trata de su última presentación, imaginamos que más bien vino a despedirse, pero nunca se sabe.

La voz de Pablo está intacta y no sus pasos. Es la voz de un jovencito irremediablemente atrapada en el cuerpo de un abuelo. Aparece apoyado de la mano de otra persona, que lo ayuda a llegar al asiento principal del escenario. Hay en el público decenas de cubanos y varios latinoamericanos. Los latinoamericanos lo aman y los mexicanos aún más, y así se lo han hecho saber con banderas que ondean desde el público.

La gente lo aplaude y Pablo decide arrancar con una primera canción que no recuerdo cuál es, porque pareciera que Pablo canta muchas canciones pero en realidad todo su repertorio es una única y gran canción que aparentemente habla sobre el amor, la soledad y el tiempo, pero que en verdad solo habla de este último. No es el amor. Muy sutilmente nos engaña, pero su gran tema habla del paso implacable del tiempo. El tiempo político y el tiempo sentimental. Quién lo sabrá mejor que él.

Concierto de Pablo Milanés de nueva York / Foto: Javier Caso

A mis 31 años ese tema me atormenta. Antes me atormentaban otros como el amor y la soledad, pero es realmente el tiempo el gran tema que nos ocupa. Lo he notado en mi desesperación por probarlo todo. Desde hace unos meses, desaforadamente, yo he querido bailar todas las noches posibles, beber en todos los bares posibles, probar todo lo que me han ofrecido, aceptar todo lo que me han propuesto, comer todo lo que esté a mi alcance y querer a todo el que llega. Una furia que me ha espantado pero que yo no estoy dispuesta a dominar. He querido ser muy libre. «La libertad se va poniendo vieja», dice un tema del disco Regalo. «La libertad, como todo en la vida, nació para morir».

Pablo descansa su mano derecha sobre el soporte del micrófono y varias voces lo acompañamos desde el público con algún tema de Días de gloria. Hay algo en Pablo Milanés que me hace regresar a casa. Su voz es como un abrazo cálido. A mitad del concierto, le dejé un mensaje a mi padre donde le decía que lo extrañaba, y él me devolvió una pista de audio donde se le rajaba la voz y, como si un tapón de tristeza se le destapara, me dijo cuánto me quería.

Cuando Pablo cantaba, supongamos, «Para vivir», pienso que han pasado poco más de dos años desde que vine a Nueva York. Ya es mucho tiempo desde que recogí par de maletas con todo lo que tengo y me despedí de mi familia. Yo trataba de verlo como una aventura, como un viaje, como alguien que necesita dejar un rato al marido, la mujer, los hijos, el trabajo y los biles, pero algo me decía que este era un viaje largo. Siete años atrás me gané una beca de estudiante de maestría en Ciudad de México con la promesa de que al terminar regresaría a casa. Sabía que eso jamás iba a suceder, pero me consolaba pensar que me iba a estudiar, como cuando cada domingo en la tarde agarraba la guagua de becados rumbo al Preuniversitario en el que viví internada por tres años. Luego de graduarme de Humboldt 7, mi padre me confesaría que lloró cada tarde de cada domingo, y yo hube de confesarle que hacía lo mismo, y que probablemente era la única estudiante de 15, 16, 17 años que lloraba por su papá. No es solo que extrañe a mi papá, sino que estoy en deuda con él. Me crió prácticamente solo, me trenzó el pelo, lavó mi ropa. ¿Cómo se salda tal deuda?

Ya en Estados Unidos es diferente, como si uno no emigrara de verdad hasta que se va a Estados Unidos. Desde hace dos años me he creado una suerte de coraza para no llorar todas las tardes en que estoy lejos de mi padre y nunca le he preguntado cómo lo habrá resuelto él. Me ha costado llorar por mi familia, por el amor y por mi país. Y Pablo Milanés me ha acompañado en ese exilio interno, ese exilio de mí misma. El gran llanto que se me fue acumulando salió disparado en el Town Hall.

No es la primera vez que delante de Pablo Milanés yo me quiero ir corriendo a los brazos de mi papá. Hace ya unos cuatro años fui con mi novio a una cena que Nancy, su esposa, preparó en su casa del reparto Siboney en La Habana. Era 24 de diciembre y Nancy, con una piel y unos ojos por los que no pasa el tiempo al que Pablo canta, había preparado unas lentejas que a todos gustaron y habló de la receta, y desde entonces las lentejas no faltan en mi mesa. Recuerdo que en el patio de la casa había, además de sus hijos, algún escritor o aspirante, algún artista o aspirante, y extranjeros que eligieron pasar su Navidad bajo el calor permanente del trópico.

Pablo estaba sentado en una esquina sin hablar, sin mirar a ninguno de los invitados a los que probablemente no conocía, pero que lo observaban con complacencia y curiosidad. Pablo no interactuó con ninguno de nosotros, y es normal que no quisiera, porque nadie puede estar cómodo en su casa rodeado de extraños y de fans. Me arrepentí cada minuto de no haber pasado Nochebuena con mi papá por acompañar a mi novio a la casa de una de las voces más importantes de Cuba, y me prometí que eso jamás iba a volver a suceder. Había una señora mayor, muy colombiana, que a cada rato le lanzaba a Pablo una risa aduladora, un piropo, una seña que él nunca respondió. Y pensé aquella tarde que la gente famosa, que casi siempre es gente que además tiene dinero, nunca está aparentemente sola, siempre está rodeada, tiene compañía y la casa llena de personas que no conoce para recibir el año. A Pablo Milanés no le hacía falta que yo estuviera ahí y a mi padre sí, seguro no era tan trágico, pero yo estaba en realidad sensible.

Si estás en casa, la voz de Pablo es la voz del hogar, pero si estás fuera de casa, digamos si tu casa es el exilio, la voz de Pablo es la voz del país. Si Pablo en Cuba me hace correr a los brazos de mi padre, Pablo en Nueva York me hace correr a los brazos mi país.

Alguien desde el público le pide a Pablo que cante «Yolanda» y Pablo canta «Yolanda» no porque se la pidan, sino porque sabe que es casi un deber entonar ese himno de amor. Todos encienden sus teléfonos celulares que parecen velas en la aplastante oscuridad del teatro. Hemos asistido a una misa. Cuando comienza con «Yolanda» se le sale una sonrisa. Pablo sabe. En otro momento canta «Ya ves», una canción que escribió con 20 años y que solo se puede escribir a esa edad, o si eres capaz de conservar esa edad en el corazón. Para escribir ciertas canciones hay que amar, y para amar hay que tener casi siempre 20 años.

Concierto de Pablo Milanés de nueva York / Foto: Javier Caso

Alguien grita muy fuerte desde el público el nombre de Pablo. ¡Pablo!, como necesitando pronunciarlo, soborearlo, agradecerlo. Alguien grita gracias. Alguien grita Patria y Vida. Alguien grita Viva Cuba libre. Alguien grita Viva Fidel. Un coro le responde a ese alguien que Abajo Fidel. Pablo se va del escenario del brazo del mismo hombre que lo ayudó a entrar. La gente pide una canción más, una última, y obvio que no va a tocar otra canción. No tiene la edad física para correr al micrófono y cantar con la edad que tiene su voz.

Del concierto de Pablo nos fuimos un grupo de amigos a volarnos la cabeza en un rooftop que se reserva las más lindas vistas de Manhattan. El tiempo se volvió viscoso y las luces se metían por los ojos, tan intensas, como salidas de una bola mágica. Nadie quiso que acabara aquella noche. Ya en la casa de una amiga frente al río Hudson mirábamos todos por la ventana y nos preguntábamos si es que no estábamos en La Habana, si es que aquello no parecía un malecón o si no era la misma luz blanca que entra por ciertos apartamentos del Vedado. Amanecía.

Alguien pone a Silvio Rodríguez en un viejo reproductor de CDs y empieza a llorar. «Se ha perdido la oveja negra, la oveja negra. Se me ha ido para las piedras, para las piedras». Ese alguien ha empezado la noche con Pablo y la ha terminado con Silvio. Es más de Silvio. Luego pongo «Fuego en la piel» y mi noche ha empezado con Pablo y ha terminado con Pablo. Soy más de Pablo. Nos sumamos a esa sencilla y adolescente dicotomía o ecuación que ha acompañado a los públicos de ambos trovadores, que casi siempre se mezclan. No nos molesta. Nos gusta reconocernos en esa diferencia y en todas. Coquetear con que no creemos lo mismo cuando es obvio que lo hacemos.

Me voy a la cama sobre las nueve de la mañana y pongo el despertador para el mediodía. Un amigo advierte que no estaré de pie para ir a ver Gisselle en la tarde y le digo que sí. Luego me enteraré de que Cassandra Trenary y James Whiteside estuvieron espectaculares en el segundo acto. Sobre todo ella.

15 Comentarios

  1. La verdadera medida del posible éxito de lo que se escribe radica en la capacidad de llegar profundamente al lector. Este articulo fue escrito bajo esa métrica, profundo y sentido para muchos. Gracias por compartirlo.

  2. Es desgarrador que el exilio y la añoranza se extiende a otra generación. Venimos escribiendo la misma cosa con detalles diferentes pero con la misma tristeza por tantas décadas.

  3. Amiga… Pablo es simplemente Pablo. Al que quedan aún muchos años para vivir y seguir componiendo, y nosotros sus seguidores, aplaudiendo.
    Es verdaderamente un diamante en bruto, que muchos no comprenden el porqué pasa mucho tiempo en un lugar de mucho calor en verano e intenso frío en invierno. Sitio hermoso que Nancy conoce al dedillo y donde nacieron mis cuatro abuelos. Si los cuatro nacieron allí y fallecieron al otro lado del Atlántico como la mayoría de los emigrantes.
    Pablo, Pablo eres hombre de principios e ideas clara. La mente de los grandes jamás se pierde sino multiplica. Larga vida, cubano.

    • Y quien no comprende el por que tanto Pablo,como …Padura son amantes de vivir en espana ?? Vaya,hombre…ellos podrian vivir en cuba,seguro tienen CI y Tarjeta de abastecimiento…Al igual que la autora de este post.

  4. AQUEL COLOMBIANO NOBEL CON 100 AÑOS DE SOLEDAD ESCRIBIÓ: «LA NOSTALGIA ES EL ENEMIGO DEL EMIGRANTE, MATA Y ANIQUILA…». ATERRICEN Y MIREN AL FUTURO SER ADULTO ES ESTAR SOLOS…
    PATRIA ES DONDE MUERO Y NO DONDE PASÉ MI INFANCIA. SI MIRAS BIEN, LA PATRIA ES LA INFANCIA

  5. No sufra mas,puede irse a Mexico,Espana,Brasil,etc,etc,,,aqui no piden permiso de salida !!! La veo muy sufriente,pensando en la habana y en silvio,pblo,etc…pero gozando frente al Rio Hudson !!!

    • Y tu a agarrar un palo cederista, que aunque hayas cambiado de orilla eres igual de burro que aquellos. Mira que leer ese comentario, que es un canto gratuito a la incomprensión y la muerte de la empatia, después de dejar ir algunas lágrimas del mismo sabor que las de la autora en el concierto. Ayy Cuba coño, será que es ese nuestro signo? Una emoción sincera abucheada por la frustración de la intolerancia.

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