—Papá, ¿qué es el alba?

—Es la luz antes del amanecer, mi amor. Tú eres mi niña Alba.

Papá cuenta ese diálogo con su hija y explica que Mila es eso: la luz antes que todo. No quiere que Mila escuche una palabra en un cuento que él lea y se quede sin saber qué significa. Se lo ha dicho, que pregunte siempre qué significa cada palabra que no entienda.  

Mila se ha vuelto el centro de su vida. Mila Rufina. El primer nombre lo encontró en un sueño. En La Habana. Se despertó de pronto una noche con el nombre en la mente. Se lo dijo a la mamá de la niña, que estaba embarazada, y a ella le gustó. 

Papá asegura que se lo dictaron. Luego descubrió que era de origen eslavo y que significaba agraciada y querida, mientras que, en hebreo, Milá se traducía como palabra. No necesitaron más razones.  

El segundo nombre lo tomó de su madre. Cuando la hija nació en Cuba, su madre llevaba poco más de un año muerta. 

Ahora, Mila manda siempre para abuelita Rufina stickers violetas y besos y abrazos y tequieros vía WhatsApp. 

Encima del refrigerador de la casa de Papá, en Brooklyn, hay una bóveda espiritual junto a una foto de Rufina enmarcada, una taza de café azul y una vela. En la mesa de comer, a la izquierda del refrigerador, hay un búcaro con un mazo de rosas blancas semicerradas que también están dedicadas a ella.  

Armando Suárez CobiánMandy, tenía 58 años cuando perdió a su mamá y 60 acabados de cumplir cuando se convirtió en Papá. A los 60 años ya había publicado libros, emigrado a otro país, construido una vida como emigrante y recorrido una buena parte del mundo. Pero dice de Mila, sin pensarlo mucho: «Es la cosa más extraordinaria que me ha pasado en la vida». 

«Yo pensaba que había vivido todo, o casi todo, porque es petulante o tonto pensar que uno ha vivido todo, pero cuando nació Mila me di cuenta de que no. Yo podía imaginarme lo que era tener un hijo, pero tener una niña es el amor absoluto. El amor absoluto. Es la entrega». 

Si hablamos sobre la depresión, porque a nuestro encuentro este domingo de noviembre yo llegué como gorrión con las alas mojadas, la conversación conduce a Mila. «Yo tengo que ser fuerte por ella», me dice para explicar que siempre hay una fuerza superior que te puede levantar. 

Si hablamos sobre la salud, dice que él tiene —no que quiere— que vivir cien años. Quiere ver crecer a Mila y conocer a la mujer que un día será.

En los rostros de las jóvenes que se cruza en las calles de New York también busca a su hija. Se pregunta cómo lucirá de grande, a quién se parecerá. Mandy cree que será artista. Mila dice: «Papá, yo soy artista». 

Papá tiene en la casa dibujos de Mila colgados en varias partes. Hay pegatinas infantiles en su laptop; creo que incluso una foto de su hija. Su habitación no es la habitación típica de un escritor de 65 años sino de Papá. La habitación de Papá es la habitación de Mila. 

Una de las paredes está destinada a la pintura. Allí Mila puede dibujar lo que quiera. Su Papá hizo el primero dibujo para animarla. 

Y hay juguetes y pertenencias de Mila en cualquier punto que mires. Una siente que en cualquier instante Mila va a entrar por la puerta a ocupar su espacio, que se extiende a todo lo ancho y largo de la vida de su padre. 

Hace más de dos años que no viven juntos, pero hablan cada noche y los fines de semana también hablan durante el día. Todos los días Papá dice a Mila: «Tú eres la persona que yo más amo en el mundo». 

Cuando se separó de la mamá de Mila, en los primeros meses de la pandemia, él comenzó a escribir un libro sin saber que sería un libro. Comenzó como una carta en que le contaba a Mila la separación, y terminó siendo una especie de diario. Lo ha titulado El libro de Mila y ya tiene mil 568 páginas. 

—Parece un libro interminable —digo, no a modo de reproche, sino con admiración. 

—Por eso lo he detenido, porque si no, va a ser para toda la vida. Es un libro basado en mis conversaciones. Yo transcribo las conversaciones que tengo con ella. 

La idea se le ocurrió mientras editaba un libro para el compositor americano Desmond Child. La madre de Child, una compositora y poeta cubana, Elena Casals, había dejado un poemario inédito y su hijo confió a Mandy la tarea de editarlo. «Y yo me fui a Nashville, a su casa, y cuando editaba el libro pasó algo que me estimuló», recuerda, «él empezó a ver muchas cosas de su mamá a través de la poesía de su mamá».  

«Cuando Mila nació, la idea de la mortalidad se agudizó mucho en mí, la idea de la posible muerte. Entonces dije: “Yo lo que le tengo que dejar a la niña son las palabras. Cuando yo no esté, yo voy a estar presente en las palabras: ella me va a escuchar, cuando ella me lea ella me va a escuchar”». 

Se suponía que en su apartamento de Williamsburg vivirían juntos los tres. Mandy cuenta que esa era su ilusión cuando volvió a Estados Unidos con su esposa y su hija, desde Cuba, a principios de febrero de 2020. Hoy vive, al menos por unos meses, con una muchacha austriaca. 

El apartamento es pequeño, en un segundo piso, y cuenta con dos cuartos y un baño. 

A la entrada, en un pasillo estrecho de dos o tres pasos, están sus orishas y otras protecciones. Está Shangó, su padre, con una manzana roja como ofrenda. En una esquina: paraguas y sombrillas muy bien acomodados y, entre ellos, uno diminuto con imágenes de Pikachu. 

Pikachu es amarillo y amarillo es también el color favorito de Mila. 

Una misma habitación hace las veces de sala, comedor y cocina. Todo ordenado y limpio. Ya una amiga en común me había hecho saber que Mandy es extremadamente limpio. Ese es quizás el segundo o tercer dato que algún amigo suyo te dará sobre él. Lo primero que mencionarán para distinguirlo es su modo de vestir. 

Ningún otro escritor cubano se viste como Mandy. Su estilo es una mezcla de dandy parisino y lord londinense. Pantalones con tirantes. El cabello cuidadosamente desordenado, casi electrificado. Pulóveres a rayas. Medias con lunares. Chaquetas o abrigos de cuello alto. Botas puntiagudas o tenis Converse. Mandy sería —con el permiso de Wendy Guerra— la Iris Apfel de la literatura cubana, en una versión minimalista, aunque para Apfel un traje de lentejuelas sería un atuendo minimalista. 

Me refiero al buen gusto, a la osadía, a esa intuición para armonizar elementos que a muy poca gente se le ocurriría que pueden armonizar. «Being stylish and being fashionable are two entirely different things», ha dicho la centenaria diosa Apfel«You can easily buy your way into being fashionable. Style, I think, is in your DNA. It implies originality and courage. And the worse that can happen when you take a risk is that you fail. And you don’t die from that». 

Mandy es, nadie lo discutiría, un hombre con estilo.  

Armando Suárez Cobián (Mandy) / Foto: Jules Slutsky

Armando Suárez Cobián (Mandy) / Foto: Jules Slutsky

Nosotros estuvimos a punto de ser roommates. Mandy renta uno de los dos dormitorios de su casa, donde ahora duerme la muchacha austriaca, y antes de venir a la ciudad para estudiar lo consideré una opción. Vi unas fotos que él había compartido en redes sociales; parecían las imágenes del museo casa natal de un artista, y me animó la idea, pero al final encontré una habitación más grande cerca de Prospect Park. 

Nueva York es una ciudad ridículamente cara. Mandy vive aquí desde 1992. Llegó gracias a la invitación de una universidad, porque ya en los noventa era un autor de prestigio, pero ser inmigrante casi siempre significa colocarse al final de todas las filas. 

Mandy trabajó fregando carros, limpiando casas, sirviendo tragos. Dice que ha hecho prácticamente de todo menos ser gigoló o traficante de drogas. Le pregunto cómo ha logrado mantener viva su escritura, y responde: «Uno es o no es de verdad. Tú eres un poeta o no eres un poeta. Eres un escritor o no eres un escritor». 

—Este contexto ha sido muy difícil para mí, pero siento que sí lo soy —agrega Mandy—. He sido capaz de serlo contra todas las adversidades posibles. Mi situación económica ahora mismo es fatal, y tengo que hacer muchas cosas… Más porque tengo una niña. 

—¿Y han cambiado tus inspiraciones? 

—Mi poesía siempre ha sido una poesía muy intimista. 

—Porque yo veo los poemas que publicas en redes sociales y muchos hablan sobre Nueva York. Entonces me pregunto hasta qué punto ha seguido siendo Cuba un tema y una realidad en tu obra. 

—Cuba está en mí, y obviamente hay momentos en que sale Cuba. Cuba temática sale a veces. Pero Cuba está en mí. Hay un ritmo en mi poesía, o lo que sea, que tiene que ver con Cuba, con lo que yo fui. Yo me crie en un barrio, como dicen, marginal, donde la rumba se tocaba en la esquina, en las cajas de tomate de la bodega… y yo me crie con eso. 

—¿Cuál barrio era?

—El Cerro. Todo eso está en mí. Ese barrio, pero también una parte más sofisticada: lecturas, cine, cosas de las que me apropié, que eran parte de mi medio. Yo lo que sí te digo es que me siento más escritor después que dejé Cuba. 

—¿Sí?

—Esto me sirvió, el antagónico, para probarme que sí, que soy un poeta. Sí, yo soy un poeta, yo soy un escritor. Contra todas las adversidades. He escrito contra la muerte, contra el dolor profundo, contra la soledad de esta ciudad, que puede ser muy dura, aunque también es una ciudad extraordinaria, es mi favorita. Hay personas bellísimas aquí».  

—¿Te identificas como Newyorker?

—Sí, yo soy un neoyorquino, esta es mi ciudad favorita. Yo soy un cubano neoyorquino. Yo he viajado un poco, he estado en Europa, en diferentes lugares, y esta es mi ciudad. Yo siento que soy NewyorkerAfter New York everything is short. Eso es verdad. Nueva York es una ciudad que te ofrece todo. Todo está en tus manos. Todo está frente a ti. Incluso la información visual que tú recibes en un día es brutal. Solo caminar… Visualmente lo que recibes es muy fuerte. Aquí vienen todos los talentos del mundo: los talentos para el crimen, los talentos para el arte, los talentos para todo. Está todo aquí. Todas las naciones. En Nueva York están todas las ciudades concentradas. 

En Nueva York Mandy ha vivido siempre como inmigrante sin sentirse extranjero. Pareciera una paradoja, pero si algo describe bien a esta ciudad es justamente esa sensación. Un amigo que vive acá hace diez años dice que, por lo general, la gente que vive aquí es gente que ha elegido vivir aquí. Nueva York aparece siempre en los top-five o top-ten de ciudades más diversas y multiculturales del planeta, pero esa cualidad no responde solo al número de personas nacidas fuera que residen aquí, sino esencialmente a la oportunidad de expresar sus identidades. 

«Aquí soy libre», asegura Mandy, «y eso puede parecer un poco bla bla, cliché, pero en Cuba, a pesar de uno mismo, había una autocensura. Uno buscaba un subterfugio metafórico, algo. Yo aquí no tengo ningún tipo de censura. Digo lo que me da la gana, a quien me dé la gana, como me dé la gana; en mi escritura incluso». 

A las pocas semanas de mi llegada a Nueva York, en agosto de este año, en un paseo por Union Square, conocí a una artesana que hacía pendientes con elementos naturales y estuvimos hablando durante más de media hora. En un momento, luego de contarme gran parte de su vida, dijo: «This city tells you who you really are».  

Siento que aquí la gente, lejos de buscar integrarse a algo prestablecido, busca aportar su yo. Si hay algo que unifica es la voluntad de diferenciarse. 

«Yo nunca me he sentido extranjero en New York», dice Mandy, y lo entiendo. «Yo no soy un extranjero. En ese sentido pienso en Martí: “Patria es humanidad”. Yo soy universal. Aquí nunca en mi vida me he sentido extranjero. También, con un sentido de la identidad profundo: yo soy Newyorker pero yo vengo de un lugar específico, y ese lugar está latente, está vivo en mí. Yo respondo a ciertas cosas como cubano también. Y yo sé más de Cuba ahora. Yo aprendí más de Cuba fuera de Cuba que en Cuba. Por todo lo que nos censuraron, nos mintieron, nos negaron, que de pronto lo he respirado y he aprendido aquí. Y eso hace aún más profundo mi sentido de la identidad».  

  • Arien Chang. Desajuste de noviembre en Nueva York.
    Arien Chang. Desajuste de noviembre en Nueva York.

La casa de Mandy está llena de pedacitos de Cuba, como muchas casas de migrantes, y de souvenirs nada comerciales de distintos viajes. Estoy segura de que detrás de cada miniatura que tiene en la repisa encima de su sofá hay una historia concreta. Algunas están rotas y viejas, pero permanecen organizadas entre sí como si fueran piezas de una colección de incalculable valor.  

Me recuerda su casa a las casas de Centro Habana. Mandy incluso me cuela un café en una cafetera italiana diminuta, y revuelve la azúcar prieta con unas gotitas de café en la taza donde me servirá, en lo que espera a que cuele completo. Siento en ese instante, en ese traqueteo de la cucharita contra la taza, que estoy en La Habana. En casa. 

Pero Williamsburg, su barrio, recuerda más a una ciudad europea. Williamsburg se ha gentrificado. Se puso de moda. 

Mientras recorremos los alrededores en busca de un restaurante italiano para almorzar, Mandy dice que un estudio aquí puede costar ahora unos dos mil 300 dólares al mes. Cuando él llegó en 1997 había gente que pagaba 850 dólares al mes por un apartamento de cuatro dormitorios. 

Pasamos junto al primer edificio donde vivió, ubicado en una esquina, y me cuenta cómo una compañía extorsionó a todos los inquilinos antiguos para sacarlos de sus pisos, remodelarlos y proponerlos luego más caros en el mercado. Él se resistió. Fue incluso a dos juicios, y ganó. Dice que estuvo a punto de ganar 250 mil dólares. Pero al final lo sacaron mediante chantaje por haber rentado su apartamento en Airbnb durante una ausencia. 

No se lamenta. La parte de la historia que más lo emociona es cuando habla de los juicios que ganó junto con otros vecinos; la parte en que dijo a un representante de los nuevos dueños «yo no tengo precio», cuando le preguntaron cuál era su precio. 

En el trayecto, Mandy saluda a varias personas. Saludarse no es inusual en Nueva York. Me imagino que también esto depende del tipo de persona que uno sea. En los tres meses que llevo viviendo en Brooklyn y estudiando en Manhattan ya he conocido a varios vecinos, unos dealers que me ayudan con las bolsas de compra y a los dependientes latinos de los mercados de mi barrio que me dicen: «Cuba, cómo estás».

«Good morning, Monica, have a great day», me dice siempre un trabajador de la escuela contigua a la sede de mi universidad. Una escuela privada muy cara que queda en Cooper Square. No sé cuál es su cargo y he olvidado su nombre, porque soy pésima para recordar nombres, pero cada vez que nos cruzamos, cuando paso rumbo a mis clases y él está parado a la entrada de su trabajo, con un traje impecablemente planchado, recibiendo y apremiando a los adolescentes que llegan, me saluda.   

Cuando entramos en Baci and Abbracci un dependiente también saluda a Mandy. No sé si se conocen; a veces hay gente que se saluda como si se conociera sin conocerse. Eran las tres de la tarde y un poco más, y el restaurante estaba vacío. Pedimos tres platos para compartir: parmigiana melanzane, pasta a la carbonararisotto. Y una botella de agua Pellegrino. Estábamos hambrientos y helados. Afuera habría unos tres grados Celsius. 

En medio de nuestro almuerzo, Mila avisa a Mandy. En un rato lo va a llamar. Él me lo comenta como si me comentara que acaba de ganar un premio. Me pide disculpas por anticipado, porque tendrá que atender esa llamada, y yo le digo que no hay nada que disculpar. 

La vida de Mandy es otra habitación, un palacio, que siempre tiene las puertas abiertas para su hija. O que más bien no tiene puertas para ella. 

Mandy le ha regalado a Mila este breve «Adagio»:[1]

Adagio.

Los dedos rozan

las cuerdas

del arpa.

Adagio.

Añoranza.

Adagio.

Relámpago.

Cristaliza mi fe.

Adagio.

Mila. Niña Alba.

Anuncio de Dios.

La noche ya no es oscura.

En las más de mil 500 páginas de El libro de Mila hay también una serie de cuentos infantiles que está pensando extraer para conformar con ellos un libro independiente. Son cuentos que él comenzó a improvisar para su hija luego de haber agotado todos los cuentos tradicionales. Mila los llama «los cuentos locos». 

—¿Y por qué locos?

—Porque yo le inventaba cosas y a lo mejor le sonaban locas. Yo no sé. Le sonaban así. 

Cuando hablo con Mandy sobre Mila, me pregunto quién ha dado la vida a quién. Ciertamente, Mila es la luz antes de todo. La luz incluso antes que él mismo. Ojalá esta crónica pueda un día ser parte de ese libro inmenso en el que Mila pueda encontrar presente en las palabras a Papá. 

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[1] El poema pertenece al libro Azul roto, que acaba de terminar Armando Suárez Cobián. Cierra la última sección del mismo, «Alba», donde hay varios poemas consagrados a su hija.  La dedicatoria del cuaderno dice: «A Mila Rufina, mi niña Alba».