La censura silenciosa: posfacio a una serie de entrevistas

    «La censura silenciosa» ni intentó ni podía ser una serie exhaustiva. No obedeció a ningún criterio selectivo, ni individual ni profesional. Ninguno de los entrevistados era, para mí, más importante que otro, ni por su persona ni por su obra. No se trató —ahora que miro hacia atrás, no sin sorpresa, como a quien se le acaba, de súbito, un sendero— de un ciclo compacto ni definitivo; apenas un modesto ejercicio de reconstrucción de la memoria, una consecución de diálogos afectivos que me empujaron hacia lugares impensados, impensables.

    La idea inicial, estructurada con cierto rigor, cedió ante su propio entramado endeble y trató de adaptarse a la conjunción, casi imposible, entre el tiempo de publicación, la realidad de cada uno, los recuerdos y la recuperación, más o menos cronológica, de una zona del pasado reciente, político, cultural y específicamente literario, de Cuba; proceso tan arduo como escurridizo.

    Lo que comenzó como la aplicación de una técnica básica de producción de datos para una tesis de grado terminó adquiriendo vida propia, ajena, se rehízo a su antojo, con incontrolable vitalidad.

    Con «La censura silenciosa» me propuse ilustrar y documentar, a través de los hechos, la subjetividad, la construcción de sentido y la acumulación de experiencias y conocimientos, cómo (algunos) escritores cubanos vivieron la opresión estatal en la isla —en lo fundamental durante finales de la década de los ochenta y la del noventa—; ya fuere por su oposición individual al ejercicio del poder del Estado, o por su integración a grupos cívicos, literarios, políticos o culturales independientes.

    ¿Qué significa «vivir» bajo opresión estatal? ¿Qué consecuencias sociales e íntimas provoca? ¿Cómo se ha manifestado y se ha escondido la existencia de esa opresión tras el triunfo revolucionario en Cuba? ¿Es real o ficticio el daño de la opresión? ¿Cómo se salva (a) alguien que ha sido reprimido/censurado/borrado? ¿Acaso se salva?

    La historia extraviada de la cultura afectiva cubana, desde 1959, puede ofrecer respuestas cardinales; respuestas para comprender y para explicar el funcionamiento del entramado institucional que, al final, no es diferente del funcionamiento de los individuos que legitimaron y vehicularon el constructo social del sistema.

    Las entrevistas no fueron trabajadas en clave de giro afectivo, pero leerlas desde allí podría develar pistas para el futuro; pues, como escribiera Agnes Heller, «no hay sociedad que no trate de regular la intensidad de la expresión del sentimiento y, en el caso de ciertos tipos de sentimientos, incluso sus contenidos».[1]

    ***

    Cambié de forma desmesurada durante los 11 meses que duró la serie. Sentía que me transformaba tras cada texto, no solo porque fui esa persona que debía interpretar el mundo a partir de lo que otros interpretaran, sino porque esa interpretación que ocurría fuera de mi espectro de pensamiento terminó rebasándome. Fui rebasada por el dolor. Y el dolor me condujo al miedo. A muchos miedos, en realidad: el miedo a preguntar, descubrir, mirar a mis entrevistados, escribir mi propio testimonio.

    Deseaba —porque lo creí y lo creo necesario— contar las historias, pero al mismo tiempo me envolvían el desasosiego y la culpa, la vergüenza y el agobio. La difusa frontera entre el deber profesional y la ética personal es un ambiguo monstruo que me golpea y acaricia con cadencia similar. A ratos sentía vileza en mi propósito de indagar y abrir un pasado tan lleno de sombras, heridas y escollos; la sentía en las preguntas que hacía, en la manera misma de acercarme y solicitar respuestas con tan poco que ofrecer a cambio.

    Había aprendido, de Bourdieu, la importancia de intentar conocer los efectos que pueden producirse, sin saberlo, a raíz de «esa especie de intrusión siempre un poco arbitraria que está en el origen del intercambio»[2] y que, por definición, era imprescindible excluir cualquier forma de violencia simbólica. Pero en este ejercicio había y hubo violencia.

    Si «la proximidad social y la familiaridad aseguran dos de las condiciones principales de una comunicación no violenta»,[3] yo tenía muy poco de ambas con la mayoría de los entrevistados. El reto de trabajar y conversar a través de comunicaciones electrónicas, además, convirtió en algo distante el ejercicio —a pesar de mi lucha contra esa distancia, contra ese frío—.

    No a todos llegué de la misma manera ni con todos hablé por audio o video ni con todos continué conversando después del primer encuentro ni con todos empaticé de la misma forma ni estuve a la altura de todos. No todas las historias fueron igual de complicadas y no todos enfrentaban o manejaban su pasado en igual registro de control. No todos aquellos a quienes me acerqué con la propuesta de entrevistarlos me dijeron que sí. No todos, si bien es cierto que los menos, parecían sentirse cómodos.

    Para mí era impensable e imposible manejar o manipular bloques discursivos como mero ejercicio laboral. Las entrevistas no son cuerpo y vitrina de un oficio más, y siempre puse en el centro mi preocupación por el bienestar y la integridad de los entrevistados —aspiración que quizá no logré—.

    No concibo las entrevistas como un trabajo —aunque lo sean—, las contemplo como el generoso gesto de personas que, sin conocerme, accedieron a contarme historias, tan íntimas como traumáticas, tan cerradas como inconclusas; historias, incluso, de las que jamás habían hablado.    

    El hecho de que fuera yo mujer —además del propósito mismo de mi trabajo— y de que la mayoría de mis entrevistados fueran hombres también influyó, en formas que no tengo del todo claras, en la recepción y el resultado final de los textos. El impacto que provocaron en mí las historias personales de cada uno, la circunstancia de que yo formara parte del mismo contexto social y llevara más de un año revisando fuentes documentales al respecto y de que la mayoría viviéramos fuera de Cuba condujeron, de igual manera, a un tipo específico de producto. Pero en cada uno de los casos, creo, emergieron discursos significativos que, de otro modo, podrían no haberse enunciado jamás.

    El desequilibrio de género en la serie es uno de sus lados débiles. Lo cual obedeció a varias dinámicas, desde contextuales hasta logísticas: la facilidad de acceso, la disponibilidad de saberes…; pero en ningún caso significó una omisión o discriminación deliberadas.

    Sufrí con todas las historias y aprendí y gané amigos valiosos con quienes no imaginé que fuese posible llegar a sentir tanta cercanía. Tras cada publicación viví la tensión de aguardar que «algo» pasara, en el espectro que va de lo bueno a lo siniestro, con los entrevistados, conmigo, con el texto. Dar a la luz testimonios como los que compusieron la serie presuponía exponerse a vulnerabilidades, potenciar consecuencias o disputas que podían llegar desde la esfera familiar o de la pública.

    Surgieron conflictos, inevitables y ajenos a mi voluntad y la de la serie. Intenté manejarlos con respeto hacia todas las partes, a las que les asistía pleno derecho de expresión y pensamiento. Los conflictos representaron una preocupación adicional, supongo que por una predisposición personal a ellos y por el hecho de que tuvieran lugar después de lanzadas las preguntas.

    A medida que avanzó la publicación de las entrevistas se hizo más complicado redactar las introducciones y presentaciones —que tal vez se parezcan más a mí que a los entrevistados—, porque a pesar de la particularidad de cada historia, el criterio de partida continuó siendo el mismo: todos censurados o castigados, todos ausentes del panorama histórico-literario del archipiélago. El hecho de que no los conociera en profundidad y de no haber tenido la oportunidad de estar frente a ellos en un espacio-tiempo determinado, produjo dudas que se añadieron a la preocupación acerca de si los textos introductorios eran dignos y suficientes.

    A pesar de lo anterior, de las agonías personales y de las que con seguridad albergaron los entrevistados, el ejercicio de producción discursiva fue asombrosamente fértil, algo por lo que siempre estaré en deuda con todos y cada uno de ellos.

    ***

    A Rolando Prats y a mí nos separan muchísimas cosas, desde inevitables brechas generacionales hasta formas de entender, ver y sentir el proceso revolucionario cubano y, sobre todo, de haberlo vivido. Nos dimos cuenta un tiempo después; aunque él siempre lo supo, según me dijo. Nos separan ideas y formaciones filosóficas. Nos separan deseos e imaginarios políticos. Como lo separa a él, sin excepción, del resto de los entrevistados. Nos separan tantas cosas que el hecho de que Rolando —Cayo para todos los de su generación y más allá; Cayo incluso para el Estado— haya accedido a responder mis preguntas y de que nuestra conversación (lo que se publicó y lo que no) haya tal vez terminado por resaltar menos las diferencias que preocupaciones y valores afines, es de por sí tributo a la virtud del diálogo. A pesar de nuestros puntos de vista antagónicos a veces y, a veces, insalvables, la cordialidad inicial —la cordialidad como disposición natural—, el respeto, la afectividad y los bocetos de amistad que se crearon, sobre todo en el más allá o más acá de lo político, han relegado las diferencias adonde pertenecen: lo que no se puede (todavía) resolver.

    Otra cuestión que hube de sortear con la totalidad de los entrevistados fue esa extrañeza entre lo que uno cree que conoce —por referencias, por lecturas, por otros testimonios— y la verdad misma del ser en la interacción personal. Con nadie me ocurrió con mayor contraste que con Rolando Prats.

    Domingo, finales de abril de 2020. Era, en toda mi carrera, la primera vez que hacía una entrevista mediante una videollamada de WhatsApp. La mediación tecnológica provocó un pequeño malentendido. Creí haberle comunicado a Prats que transcribiría nuestro diálogo y que después precisaríamos detalles de fechas y sucesos. Prats —a quien le horroriza la improvisación y desconfía de lo oral— creyó haber entendido que aquella conversación era solo para empezar a conocernos y que después yo le enviaría las preguntas por escrito. La extensión y la riqueza del texto que terminó entregándome lo retrata a él, a la rigurosidad y a la amabilidad y al respeto por mi tiempo que siempre me ha prodigado. Que contara él en esa entrevista, por primera vez, sobre las golpizas que recibió en Cuba, y sobre el «cerco de lo equívoco», entre propios y ajenos, que no dejó de estrechar su espacio vital—según me escribió en algún lugar fuera de la entrevista— agranda mi deuda con él. Tanto en privado como en público, Prats des-dramatizó en todo momento su historia, insistió en que lo personal de ella valía solo lo que su huella o su vigencia en lo político: su productividad política. «Catarsis no, cataquesis» —creo todavía escuchar decir a alguien que, raigalmente ateo, a menudo habla como si no lo fuera. «No me considero una víctima. Víctima es quien no conoce el precio de lo que hace. O en todo caso, si fui víctima, lo fui de mis propias inconsecuencias» —me escribió en su primer email en preparación para la entrevista (29 de mayo de 2020, 22:45). Tanto en privado como en público —y contra mi angustia y suma incomodidad con todo aquello a lo que parecía haber dado yo lugar—, Prats, ante señalamientos en dirección suya, reaccionó con risueña afabilidad, nostalgias afectuosas, ocasional carcajada.

    A Idalia Morejón llegué a través de Rolando Prats, quien fungió como una especie de gatekeeper, tal vez por ese desvelo suyo porque la historia se contara como había sido. Idalia respondió muy rápido el cuestionario que le envié. Después conversamos por WhatsApp, 14 de julio de 2020. Fue y aún es duro para mí escuchar testimonios como el de Idalia, una mujer maravillosa a quien tuve el placer de tener en mi tribunal de tesis, unos meses después; me regaló mucho más de lo que podía haber imaginado que sobrevendría tras una entrevista de trabajo. Su acuciosa labor previa de investigación sobre PAIDEIA, junto a Néstor Díaz de Villegas, y su conocimiento, vivencial, de primera mano, de sus principales hacedores y protagonistas, fueron para mí de un valor inestimable.

    A Omar Pérez lo contacté vía Messenger y, sin cuestionamientos anexos, accedió a que le enviara por correo electrónico (20 de mayo de 2020) las preguntas para la investigación que hacía. Sus respuestas llegaron en pocos días y me fueron útiles como datos que necesitaba para la tesis; pero a la hora de concebirla como texto independiente quedaban aspectos sin hilar. Decidí entonces proponerle el envío de nuevas interrogantes a las que también respondió con rapidez y síntesis. Con Omar uno se queda, primero, como deseando que diga más —siquiera por el placer de seguir escuchando a alguien que prácticamente no dice o escribe nada desde el hablar por hablar; después, viene la aceptación y hasta el agradecimiento de que en esa parquedad hay no solo sabiduría, sino también deferencia—.

    Atilio Caballero es el único de los entrevistados a quien conocía con anterioridad y quien me ayudó sobremanera no solo por ofrecerme la posibilidad del diálogo y la publicación, y ello con absoluto desinterés —debido a las posibles consecuencias—, sino además por sus sugerencias de lecturas, aclaración de dudas y apoyo constante. Fue el único a quien entrevisté en persona, una tarde en extremo calurosa de julio de 2019. A Atilio le agradezco la confianza y el cariño.

    Jorge Ferrer trabajó con una precisión exquisita. Sostuve con él varios correos electrónicos después de que aceptara mi invitación. Nos comunicamos por WhatsApp para seleccionar fotos y precisar detalles. La elegancia y humor de su escritura y las incisivas reflexiones que regaló a la serie con respecto a La Habana de finales de los noventa fueron imprescindibles para la reconstrucción de esa memoria. Lo que cuenta de su relación con Rolando Prats y del resto de quienes conformaron PAIDEIA se convierte, tal vez sin quererlo, en el momento más entrañable del retrato de aquel grupo, en el que se reunieron quienes llegaron, juntos, a lugares en los que ya no pueden volver a confraternizar y jugarse tantas cosas —jugárselo todo—, pero de los que tampoco, quizá, pueden regresar.

    A Ernesto Hernández Busto también llegué por intermedio de Rolando Prats, en un muy difícil momento para él, por razones familiares, asunto que tanto Prats como yo desconocíamos. Tuve entonces la suerte de que pocos meses después pudiera responder a las preguntas que le envié. No solo trabajó rápido, sino con precisión y coherencia, y, en su cuidada y elegante y a la vez cálida escritura, regaló íntimos y lúcidos momentos de comprensión y ulterior indagación de sus accidentados avatares en Cuba. También en la entrevista a Ernesto, PAIDEIA emerge con todos los matices de aquella coralidad polifónica.

    Iván de la Nuez, generoso y accesible, consintió sin limitaciones al diálogo; intercambiamos varias conversaciones, hasta que las preguntas y respuestas alcanzaron la plenitud deseada. Iván, Jorge y Ernesto insistieron, con sapiencia y con el cariño que le profesan, en que intentara contactar a César Mora.

    La entrevista más difícil y dolorosa fue la de César, a quien accedí, finalmente, a través de Rolando Prats, uno de sus amigos más cercanos. Demoré en escribirle por temor a que me dijera que no; tontería que no debería permitirme en el plano profesional, pero estaba inmovilizada ante la historia parcial que conocía sobre él y ante su alejamiento de la cosa pública. El viernes 18 de septiembre de 2020, a las 23:12, le envié un mensaje a su correo personal que por nombre de usuario lleva un gracioso: EMAIL ADMIN. «No sé si mis recuerdos te sean de poco o mucha utilidad, pero en cualquier caso puedes disponer de ellos» —me respondió César, sin imaginar lo que sobrevendría.

    Con César hablé en numerosas ocasiones. Intenté acompañarlo de la mejor manera que pude, aunque siempre supe que era una ambición imposible. La dura historia personal que había sepultado en su memoria volvió a emerger como fantasma, atormentándolo hasta en sueños. A mí también me atormentaron sus fantasmas. Llegué a sentir una absoluta aversión por lo que yo hacía y quise detenerlo todo, se lo propuse a César. Pero el espléndido ser humano que es César Mora cargó con sus penas y las mías para seguir adelante en lo que me parece el testimonio más duro de la serie; el cual, además, aparecía por primera vez. El 13 de noviembre de 2020, día en que se publicó la entrevista de César, fue como si el tiempo se detuviese y ambos nos sentáramos a esperar por la hecatombe.

    Recuerdo que la primera entrevista que le envié a Carlos Manuel Álvarez fue la de Enrique del Risco, a finales de junio de 2020. Así había comenzado todo. La idea y el apoyo para que mi manojo de entrevistas se convirtiera en una serie fueron de Carlos. Se compilaron, entonces, los testimonios de la siguiente manera: un primer grupo con quienes formaron parte o habían girado en la órbita de PAIDEIA y Tercera Opción; un segundo bloque con escritores que no pertenecieron a asociaciones voluntarias; y una última sección que agrupó a exmiembros de Diáspora(s). La entrevista de Enrisco quedó reubicada en el bloque intermedio. Del Risco trabajó con mucha disciplina y recuerdo que, a pesar de lo complicado del testimonio, me ofreció una oportunidad de reír y encontrar calma.   

    A Jorge Luis Arcos le escribí por sugerencia de Idalia Morejón, y gracias a ella, para consultarle un dato sobre Cleva Solís. Luego, le propuse la entrevista. Fue otro trabajo difícil. No había forma de que mis preguntas incómodas no fueran para él una experiencia dolorosa, punzante. Jorge Luis trabajó con una profesionalidad absoluta e igual me regaló confesiones que no había hecho antes, respondió preguntas que había rechazado; lo cual no podré nunca terminar de valorar. Durante la revisión del borrador del texto —algo que recuerdo con especial cariño—, la Coda terminó dándole un mejor final a la entrevista.

    Las conversaciones con Néstor Díaz de Villegas, que es también el nombre de mi hijo, fueron una fiesta gustosa, a pesar de que, de todos los entrevistados, su pasado es el más extremo. Llegué a Néstor también gracias a Idalia, y la confianza que me transmitió desde el primer momento ayudó sobremanera a que pudiésemos encauzar el texto, quizá, por una vía más poética, como me dijera. El día que leí las cartas y poemas que el Néstor de 18 años escribió antes y durante su estancia en la prisión de Ariza, me abrazó la suspensión del espacio. El trazo limpio de la letra, la perfecta redacción, la cultura y la entereza eran demasiado grandes en ese Néstor para la Cuba de los setenta. Rolando Prats, en privado, me dijo a propósito de la entrevista a Néstor que era muy difícil escribir bien y, al mismo tiempo, no saber pensar, y que la verdad comenzaba —aunque luego se bifurcara o extraviara— por la buena escritura: que es esa escritura la primera comunión con el otro, aun cuando pueda ser, también, la última, o la única.

    «Todavía me queda un tramo por recorrer —escribió el Néstor de 18 años—; debo llegar hasta el Establecimiento penitenciario para presos políticos de Ariza. Pero todo es igual: Seguridad del Estado, Vivac Prov., Prisión Provisional, Establecimiento penitenciario de Ariza. A lo largo de tres meses de andar de cárcel en cárcel he modificado mi visión romántica de la prisión hasta el punto de, sin el propósito expreso, poder acostumbrarte. De estos lugares tenía tanta información como tú: todo nos lo había dicho Padilla, o Albert Camus. Pero esas prisiones literarias eran muy humanas. Al menos Padilla nos daba una visión conmovedora de su experiencia en prisión. En cuanto a Camus, era demasiado grande y terriblemente humano…»

    No pude evitar, tampoco, perturbar a Abilio Estévez, quien con mucha amabilidad accedió a responder un cuestionario doloroso que provenía de una persona de la cual tenía todo el derecho de dudar. Con Abilio intercambié correos hermosos que con celo guardo en mi buzón, e intenté de acercarme a él a través de la palabra. Así le escribía el 25 de enero de 2021, 13:56:

    «Durante todo este proceso no solo he aprendido muchísimo, sino que he intentado comprender. Y esa comprensión pasa por el lenguaje, que es también nombrar, y pasa por una necesidad de decir, que es también generar los datos, el conocimiento. Comprender y nombrar, que luego es también denunciar y regresar para escribir la historia político-cultural de nuestro país, tan falsamente construida. Comprender y nombrar, que es también entender e intentar que otros entiendan los procesos sociológicos que tan profundo están en la ecuación; procesos que tienen naturaleza estructural y procesos que tienen naturaleza emotiva; ambos igual de invasivos en el espacio privado e íntimo de un individuo en Cuba. Eso me obsesiona. Y me obsesiona decirlo, porque es lo que siempre ha querido el Gobierno que no hagamos».

    Cuando revisábamos el borrador terminado, además de los recuerdos difíciles —que en ese momento comenzaron a ser una especie de presente—, vivimos procesos de dudas, de insatisfacciones —que tuvieron que ver con lo inefable del horror—, creo naturales, pero que no tenían ningún tipo de cabida en alguien como Abilio Estévez. Pienso que sorteamos el mal, lo banal, si eso fuera posible, con decencia, con sinceridad.     

    José Prats Sariol aceptó con rapidez y cortesía absolutas ser parte de la serie. Me ayudó, además, con sugerencias y lecturas; intercambiamos numerosos criterios que ayudaron a construir un texto circular, según el tema central del conjunto de entrevistas. Jorge Ángel Pérez accedió gustoso a que le enviara un cuestionario que también le llegaba en un momento delicado en su vida personal. A pesar de ello y con la valentía, y con el riesgo que significa estar en Cuba, respondió con urgencia y honestidad.

    A Rogelio Saunders también lo incomodé con mis preguntas, aunque no lo pretendiera. Trabajó con rigor e incluso accedió a que extendiéramos el texto a otros asuntos que habían quedado fuera durante una primera sesión de preguntas y respuestas. Carlos A. Aguilera me ayudó y apoyó desde el inicio, fue de los primeros entrevistados con quien trabajé para la tesis, aunque su entrevista se publicara casi al final. De igual manera, tuvimos varias sesiones de intercambio para ampliar lo que en un inicio habíamos realizado; siempre con disposición y profesionalidad. Con José Manuel Prieto conversé a inicios de mayo de 2020. Una tarde muy provechosa en la que accedió a contarme muchísimo más de lo que en principio pretendiera. Hablamos alrededor de dos horas y a pesar de la notable diferencia de capitales simbólicos entre ambos, José Manuel todo el tiempo me obsequió confianza, familiaridad y sinceridad.

    ***

    No sé cuánto demore en emprender otro proyecto similar. La tensión que ha significado mantenerlo vivo durante casi un año, y el ejercicio de dolor sobre el recuerdo que afloró de manera inevitable, se reflejan en el resultado final y en mí —aunque luchara para evitarlo—.

    Como ganancia me llevo las maravillas que solo se encuentran en lo humano —sin dejar de evaluar los resultados finales, las carencias y la utilidad que hayan podido definir a las entrevistas en su conjunto—, en el acercamiento personal a historias delicadas, en la confianza que depositaron en mí para contarlas, en los afectos y anuncios de la amistad posterior y en el aliento que me confirieron muchas personas —conocidas y no—.

    «La censura silenciosa» ha sido solo un inicio, que espero rinda más frutos ahora que, como serie de entrevistas, pero no como memoria abierta, concluye.

    Notas:

    [1] Heller, A. (1999). Teoría de los sentimientos. Ediciones Coyoacán.

    [2] Bourdieu, P. (1999). La miseria del mundo, Fondo de Cultura Económica, Argentina.

    [3] Ídem.

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    6 COMENTARIOS

    1. He leído varias de estas entrevistas y me han dejado un sabor a certeza, a mirada aguda, a respeto afectuoso. Te felicito por este trabajo que has hecho en la reconstrucción de estas vidas que son nuestro patrimonio vital como cultura y como nación. Nación de naúfragos, pero nación al fin y sobre todo al cabo. Lo que no me queda claro es si este proyecto terminará siendo un libro, lo cual sería un lujazo. Un abrazo, Melissa, la supernova.

      • María Cristina:
        Te agradezco sobremanera. Por la amabilidad y el afecto de tus palabras y por la fiel lectura. Gracias a ti. Ojalá que pueda materializarse el libro, ya te diré. Y espero que, en este vagar de náufragos, terminemos encontrándose sobre alguna tabla, en alguna isla. ¡Abrazo!

    2. María Cristina:
      Te agradezco sobremanera. Por la amabilidad y el afecto de tus palabras y por la fiel lectura. Gracias a ti. Ojalá que pueda materializarse el libro, ya te diré. Y espero que, en este vagar de náufragos, terminemos encontrándose sobre alguna tabla, en alguna isla. ¡Abrazo!

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