Cuando voy al Jackson Hospital sale un corazón en Google Maps

    Pero de todo este drama diario del cuerpo no queda registro.

    La gente siempre escribe sobre las obras del pensamiento; 

    las ideas que se le ocurren; sus nobles planes;

    cómo ha civilizado el pensamiento el universo.

    Virginia Wolf, Estar enfermo

    En el piso 8 del Jackson Memorial Hospital están las personas en coma, agravadas por un infarto o un paro cardíaco o un paro respiratorio o cualquier tipo de paro, choque, implosión, reventamiento, estertor, que no los haya matado pero tampoco dejado vivos. En ese piso están las personas a quienes todavía les queda ánima para convulsionar y depauperar, sin que el corazón llegue a detenerse completamente y sin que el resto de los órganos deje de funcionar completamente. ¿Qué necesita el corazón para detenerse? ¿Qué necesitan los órganos para dejarse ir?

    Al momento del relevo, en esa despedida silenciosa que hacemos quienes no sabemos cómo despedirnos, mi papá me dice: si a mí me da un infarto, yo no quiero que me mantengan vivo. La mirada que cruzamos dura un segundo. En ese segundo le prometo que no, que si le da un infarto no lo mantendremos vivo, al menos no de la manera en que se mantienen vivas a las personas entubadas del piso 8 del Jackson Memorial Hospital. Pero ahora mismo, mientras escribo eso, pienso que no sería capaz de desentubarlo, porque tener viva a la persona que amas es lo único que uno quiere en ese momento.

    A las 6:30 p.m. estoy en el parqueo de Ikea pensando en la sala de infartos del Jackson Memorial Hospital y una mujer se para frente a mi carro sin saber que estoy adentro, moviendo la cabeza negativamente, abriendo los ojos, hasta que le dice al hombre que tiene al lado: mira el clase palo que le dieron a esa puerta.

    Imagen: @bigbiglovelynch

    Casi todo en el Jackson Hospital (el recibidor y el elevador, los pasillos y las habitaciones) huele a baño limpio, a taza acabada de descargar, a cloro. No es un olor a cloro conocido, del que usamos para blanquear la ropa o limpiar rápido las suelas blancas de los pares de tenis blancos. El olor a cloro del Jackson Hospital es un olor no identificado, al que denominamos olor a cloro por falta de energía para nombrar nada y por falta de una palabra mejor.

    Al momento de la despedida en el lobby, dice mi papá que las primas de La Habana están seguras de que José despertará del coma, incluso muy seguras de que despertará diciendo: oye, chico, ven acá, ¿y a mí qué me pasó? José ha sido en este país la persona más cercana a mi papá. El hombre que lo ayudó cuando llegó a Miami y que siguió ayudándolo todo este tiempo. A mi papá y a mi hermana y a mi sobrina y a mí. José estuvo presente cuando nació mi hijo y cuando nació la hija de mi hermana. La familia de José también somos nosotros. 

    Durante estos años en Miami, por razones diferentes, he conocido cinco hospitales: el primero fue el Kendall Regional Medical Center, cuando mi expareja tuvo un accidente en su moto que le desfiguró la cara y le fracturó un hombro (aunque dos años después regresé a parir); el segundo fue el Baptist Hospital, cuando tuve mi primer embarazo seguido por un miscarriage, la palabra con que se designa aborto; el tercero fue el Nicklaus Childrens Hospital, cuando mi hijo neonato sufrió una obstrucción intestinal y fue ingresado una semana en la sala de cuidados intensivos; el cuarto fue el Jackson West Medical Center, donde nació mi sobrina hace tres meses, y el quinto es el Jackson Memorial, en el distrito de hospitales Jackson del Overtown de Miami.

    El refugio de mujeres a donde voy cada dos semanas con una caja de 150 libros de donación para niños, ubicado en el Overtown muy cerca del Jackson Memorial, huele igual. Me doy cuenta, pensando con insistencia en eso, de que es un olor a limpio y a desesperación.

    La persona del tercer cuarto a mano izquierda fallece mientras yo estoy ahí. Ningún familiar, ningún acompañante. Cuando mueren, la máquina emite un mensaje en inglés que se repite más de diez veces. Escucho el mensaje más de diez veces tratando de entender lo que dice, pero como en realidad estoy pensando en los seres queridos que fallecieron en Cuba sin haberlos despedido, el mensaje se me va. Nunca logro entender al robot americano que anuncia la muerte del no-vivo. Todas las enfermeras y los asistentes y los auxiliares del piso 8 del Jackson Memorial corren por el pasillo hacia la máquina mensajera. No veo lo que ocurre en ese cuarto pero sé que le taparon la cabeza. Sé que envolvieron el cuerpo con la misma sábana que lo cubría.

    Acompaño al cuerpo entubado en el horario de la tarde, que empieza a las 2:00 p.m. y termina a las 5:30. Lo hago porque quiero que mi papá descanse. Que vaya a dormir. Y al mismo tiempo no dejo que duerma, preguntándole cosas desde que llego. No hay nada normal en esta persona a la que vine a cuidar. Tiembla y salta sin parar, sin que los músculos controlen eso, sin respirar en paz. 

    Luego sabremos que el cerebro empeoró. Que esa es la razón por la que salta, como convulsionando, recordando la torpeza de un muñeco o de un niño recién nacido. Porque el cerebro dejó de mandar mensajes al resto de los órganos. Porque ya no hay nadie diciéndole a los órganos que hagan esto o hagan aquello. Y sin embargo no hay muerte. No aparece aún la muerte cerebral, a pesar de que el cerebro no recibió oxígeno durante diez minutos. 

    No hay en el cuerpo función cerebral. La corteza cortical se ha perdido. Se ha unido la materia blanca con la materia gris, en el cerebro, privándolo de función consciente. No hay reflejos condicionados. Todo lo que aprendemos al nacer, los pequeños movimientos, el acto consciente de abrir los ojos, el acto consciente de mover la mano si algo roza la mano, se ha perdido. Los reflejos que perduran son los vegetativos, los arcaicos, los rudimentarios. Todavía orina, defeca, vomita, respira. 

    El piso 8 del Jackson Memorial Hospital podría ser, con certeza, el último estadio del ser humano. No se llega al piso 8 para salir caminando de él. Las personas que arriban a sus predios, terminarán allí. Algunas no terminan y regresan a sus casas, conectadas a ventiladores o máquinas que sustituyen sus órganos, sus funciones y sus almas. El alma quedó atrás. La risa y el amor, el dolor y la rabia, la riqueza y la pobreza, quedaron en el piso 8 del Jackson Memorial Hospital. Lo que regresa no tiene dominio.

    Los primeros minutos en la habitación 819 son insostenibles. El cuerpo ha empezado a agravarse y la máquina suena, pita, hace alarma. Nadie viene. Salgo a hablar con una mujer que me dice que no me entiende. Le digo que yo tampoco, a ella, la entiendo. Busca a otra que me mira extraña, como si yo exagerara. Las dos caminan conmigo para ver los valores del cuerpo: la fiebre, la presión, el oxígeno, supongo. La que me entiende, me tranquiliza. Me explica que es normal. En toda mi vida, cada vez que alguien me dice que una cosa es normal, se trata de lo contrario.

    A los quince minutos la máquina empieza a sonar más alto, más constante y más seguido. Una enfermera que habla español entra a la habitación preocupada y me pregunta si soy familia. Sí, soy familia. ¿Tú eres la hija de Julio? Sí, soy la hija de Julio. Sus ojos me tranquilizan a falta de explicación. Son redondos y miran fijo. Y cuando atiende al paciente lo mira. Dice que le pondrá tylenol, para el malestar, por la fiebre. Que le pondrá el antibiótico. Que le hará un análisis. Cuando se lo hace, le mira el dedo que está pinchando. Presta atención.

    Se pone unos guantes, se quita los guantes, se pone otros, se los vuelve a quitar. Entra con una máquina nueva en las manos. Le sube la sábana que se había desdoblado. Veo las manos, hinchadas, y los pies, muy hinchados. ¿Pasa algo? Nada, es que le voy a poner un poquito de analgésico. ¿Qué analgésico? Fentanyl. Eso es fuerte. Sí.

    El parqueo del recinto está cronometrado para que las visitas duren dos horas. Uno puede parquear gratis exactamente dos horas. Si acompañas al paciente dos horas y cinco minutos, el parquímetro robot te cobra el tiempo. Eso no importa ahora, por supuesto, pero habrá gente a la que sí le importe. Gente que vive cerca del Jackson Memorial Hospital o del refugio de mujeres. Me pregunto si la persona que falleció sin acompañante se quedó sola porque su acompañante se fue antes de las dos horas para no tener que pagar parquímetro.Subo por la entrada del parqueo rojo, una clasificación que no sé en qué consiste, y demoro más de dos horas en el piso 8 del Jackson Memorial Hospital. A la salida, pago un total de nueve dólares y un subtotal de lo mismo. Mi número de ticket es 10086 por un período de tres horas con 20 minutos, desde las 13:15 hasta las 16:35. De algún modo, dado ese corazón que aparece en el mapa casi imperceptiblemente cuando ponemos Jackson Memorial Hospital en el renglón de destino, es como si para llegar ahí atravesáramos el amor.

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    6 COMENTARIOS

    1. Es verdad. En todos los hospitales atravesamos los corazones a veces literal o espiritual. Y ocurre cada día, casa minuto, every single second, all the time. I love you mi sobrina.

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