La sagrada familia

    Mi familia emigró del centro de la isla hacia La Habana en junio de 1956. Aún recuerdo la primera impresión que tuve de la capital: un lugar donde el auto tuvo que dar muchas vueltas antes de detenerse frente al edificio en que viviríamos los siguientes diecinueve años. Treinta años atrás, una mañana de lunes, mi abuelo paterno se había quitado la vida colgándose de la ceiba que se erguía a pocos metros de La Vivienda (como llamaban todos a la casona de campo donde residía la familia). Sus ocho hijos se repartieron las tierras y las propiedades, y con el tiempo la mayoría de ellos buscó mejores condiciones de vida fuera de aquel paraje y se estableció en diferentes ciudades del país. Mi padre, que en ese momento tenía poco más de veinte años, permaneció allí, y allí nacimos mis seis hermanos y yo. Le costó dejar nuestra finca, pero finalmente aceptó el ruego de dos hermanas solteras que ya vivían en La Habana. Pensó en la posibilidad de que sus hijos estudiásemos más allá del nivel primario que ofrecía la escuela rural a la que teníamos acceso.

    Como acostumbraba decir con frecuencia, para mi padre no existía nada más sagrado que la familia. No perdía oportunidad para recordarnos que era el lugar de formación, donde se aprende a vivir las grandes virtudes, donde nos instruimos para ser personas; el lugar donde aprendemos a amar y ser amados, a ser generosos, fieles, honestos y responsables.

    Mis hermanos y yo crecimos en un hogar humilde, honrado y cristiano. En la sala de mi casa el cuadro que protegía a la familia mostraba a Jesús con su corazón en medio del pecho y su mano derecha ofreciéndolo al mundo. La pintura original fue realizada en 1760 por el italiano Pompeo Batoni para la capilla de la Iglesia de Jesús en Roma, y se convirtió en la representación oficial para la devoción popular del Sagrado Corazón de Jesús. Esta imagen, que presidió durante años la casa rural de mi primera infancia, y que siguió en la sala de nuestro pequeño apartamento en La Habana, se convirtió en un símbolo en mi vida. 

    La llegada de Fidel y sus barbudos al poder en 1959, luego de la huida de Fulgencio Batista, fue recibida por mi familia con júbilo y esperanza, con similar euforia a la que experimentó la mayoría de la gente en un país sumergido por décadas en la corrupción y el latrocinio y, durante los últimos siete años, en una dictadura sangrienta. Uno de mis hermanos, con 21 años recién cumplidos, se subió al carro de la Revolución, se inscribió en las Milicias Nacionales Revolucionarias creadas en 1960 y se dedicó desde entonces a la vida militar. El resto de la familia se ilusionó con un proceso que se declaraba «de los humildes, por los humildes y para los humildes»; excepto mi padre, anticomunista por convicción, que avizoró desde inicios de 1959 que esa sería la ruta que seguirían Fidel y los rebeldes, a partir de la legalización del periódico Hoy, proscrito durante años. Hasta su muerte en 1972, mi padre no participó de ninguna forma en el proyecto que se instauraba en el país, aunque jamás nos impuso sus ideas. 

    Un hecho que conocí varios años después describe muy bien la importancia que le daba mi padre a la unión de la familia, el respeto hacia sus hijos y la ética que practicaba siempre. Mi hermano el militar, que vivió con nosotros hasta 1967, le trajo un día de regalo a mi madre una foto enmarcada de Fidel y le pidió interceder ante mi papá para sustituir con ella la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Mi madre lo hizo y regresó con un mensaje contundente de mi padre: él no se opondría jamás a un deseo de un hijo, pues el hogar era de todos, pero Fidel tendría que compartir la sala con la imagen de Jesús.

    En junio de 1967 una de mis hermanas emigró con su esposo a Miami. No volvimos a verla, salvo mi mamá, que tuvo la dicha de visitarla en dos ocasiones. Su partida marcó de por vida a toda la familia. Cuando mi madre se acercó a su hijo militar, comunista también por convicción, a decirle que su hermana quería despedirse de él, su respuesta fue tajante: «Ya ella no es mi hermana». Aunque este acto de intransigencia «revolucionaria» nunca se trató en la familia, sé que mis padres sufrieron siempre esa ruptura entre dos de sus hijos. Por mi parte, aprendí a no mencionar a mi hermana, considerada apátrida, traidora y enemiga del país, excepto en círculos muy íntimos. Nunca me he repuesto totalmente por esa cobardía. 

    ***

    La división de las familias practicada por el naciente Estado Revolucionario se apoyó en mentiras y en una intolerancia absoluta ante cualquier manifestación contraria a las ideas de Fidel, quien se convirtió muy rápido en el líder indiscutible y todopoderoso, gracias a un culto a la personalidad jamás visto en el país, que se mantiene intacto hasta hoy. 

    En fecha tan lejana como abril de 1954, desde la prisión de Isla de Pinos, en carta a Melba Hernández, fiel asistente en el Movimiento 26 de Julio, Fidel le escribía: «Mucha mano izquierda y sonrisas con todo el mundo (…) Habrá después tiempo de sobra para aplastar a todas las cucarachas juntas (…). Acepten a todo el mundo que quiera ayudarles, pero recuerden, no confíen en nadie.»

    El 26 de septiembre de 1960 Fidel Castro declara ante la Asamblea General de la ONU que Cuba sería el primer país en América Latina libre de analfabetismo. Tan solo un mes después se dispone la reforma integral de la enseñanza y a principios del año siguiente se crea el Consejo Nacional de Cultura. El 6 de junio de 1961 se dicta la Ley s/n de Nacionalización General y Gratuita de la Enseñanza, que «declara pública la función de la educación y gratuita su prestación, determina que corresponde al estado ejercer dicha función a través de los organismos creados al efecto, con arreglo a las disposiciones legales vigentes y le adjudica todos los centros de enseñanza que, a la promulgación de esta ley, sean operados por personas naturales o jurídicas privadas, así como la totalidad de los bienes, derechos y acciones que los integran.»

    Esta ley fue promulgada al tiempo que se desarrollaba en el país una exitosa campaña de alfabetización, preparada desde comienzos del año anterior por iniciativa del Che Guevara, y que culminó oficialmente el 22 de diciembre de 1961. Pese al establecimiento de la educación obligatoria para todos los niños en la Constitución de 1940, el sistema educativo cubano se caracterizaba por grandes desigualdades. Según los censos de la época, en las zonas urbanas el analfabetismo era de un 11 por ciento, mientras que en las rurales alcanzaba un 47,1 por ciento. Luego de la Campaña de Alfabetización el país logró disminuir el analfabetismo a 3,9 por ciento.

    Cuando en 1961 el Gobierno Revolucionario decide intervenir los centros educativos, existían en Cuba cerca de ocho mil colegios públicos y dos mil 300 colegios privados, laicos y religiosos, fundamentalmente católicos; además de varias Escuelas Rurales, construidas a todo lo largo de la isla, con el apoyo de las autoridades y de la sociedad civil locales.

    Un caso significativo de estas intervenciones lo constituye el Hogar-Clínica de San Rafael Arcángel en el municipio de Marianao, inaugurado el 25 de diciembre de 1949 después de ingentes esfuerzos de los misioneros de la Orden Hospitalaria San Juan de Dios. Esta orden fue fundada en 1537 por el enfermero portugués Joao Cidade Duarte (San Juan de Dios luego de su canonización) en Granada, España, y fue aprobada por el Papa en 1572. El hogar de Marianao cubrió de manera especializada la cura y seguimiento de niños pobres afectados por enfermedades óseas, en especial casos de poliomielitis, patología que por esa época provocaba serios estragos en la infancia. Paralelamente a su cuidado y recuperación, los niños recibían educación hasta sexto grado.

    En 1961, durante la nacionalización de la enseñanza, el hogar-clínica es impedido de seguir atendiendo la educación de los niños hospitalizados por considerarse que era contraria a los preceptos socialistas que debían regir la enseñanza en Cuba. Poco a poco los sacerdotes que se dedicaban a desarrollar las materias escolares fueron saliendo del país y la institución terminó convertida en un hogar de ancianos, que atiende actualmente a una población de 140 personas mayores y que responde a la Iglesia Católica.

    A pesar de que se declaró que la educación sería inclusiva y laica, muy pronto en todos los niveles de enseñanza se implantó una educación materialista y atea, en detrimento de la humanista y cristiana. La historia se tergiversó para poder adoctrinar a la niñez y a la juventud en una retórica que asevera que la verdadera emancipación del país llegó el 1 de enero de 1959 y que ser patriota es sinónimo de ser revolucionario y socialista. Las verdaderas virtudes de solidaridad, humanismo y amor al prójimo se trastocaron y fueron empoderadas la intolerancia y la intransigencia, bautizadas con el apellido de «revolucionarias».

    Por veinte años fueron considerados traidores a la patria y desterrados de su propio país los cubanos que decidieron emigrar, ya fuera por motivos políticos o familiares. Aunque en 1979, luego de las conversaciones migratorias entre Cuba y Estados Unidos conocidas como Nación y Emigración, se permitieron las visitas a la isla de sus emigrados, la autorización de salidas y entradas en territorio nacional ha sido utilizada como un arma política por el Estado Cubano hasta nuestros días.

    Cualquier manifestación, opinión o idea considerada contraria al camino socialista ha sido inmediatamente descalificada con el argumento, mil veces utilizado, de plaza sitiada y del peligro de darle razones al enemigo para que nos invadiera. Y se siguió profundizando la brecha entre familiares y amistades que pensaban distinto, incapaces de sostener una discusión sincera y abierta desde puntos de vista divergentes.

    ***

    De mis mejores amigas, la primera que emigró fue Ruth. Era mi compañera de aula desde segundo de secundaria, cuando matriculé en la Escuela «José María Heredia», a finales de 1961. Ruth era hija de un pastor bautista que fue acusado en 1960 de agente de la CIA y condenado a treinta años de prisión. A ella y a mí nos unían dos cosas fundamentales, que nos gustaba el mismo compañero de aula y que éramos muy aplicadas en los estudios. Creo que fui la primera que supo que se iba para España con su hermano de cuatro años. Su madre se quedaría para no abandonar al esposo. Nunca volví a saber de ella. Luego siguieron muchas más despedidas: se fueron amigas, vecinos, compañeras y compañeros de estudio, colegas de trabajo, tíos, primos, mi hermana…  hasta que perdí la cuenta.

    Por esas cosas que tiene el azar, hace alrededor de un año entré en contacto con una prima a la que apenas recordaba. Ella, sus padres y sus hermanos emigraron en 1960 y nunca más visitaron Cuba. Mi tío Alberto ni siquiera pudo volver a contactar a su madre por teléfono, pues una de sus hermanas le negó esa posibilidad. De los primeros intercambios que, gracias a las redes sociales, pude mantener con mi prima, tengo grabado en mi mente un párrafo lacerante y esperanzador a la vez: «Tú con 12 años, me parece estar viendo a esa linda niña que tan elocuentemente describes, llena de ilusiones, celebrando con sus amiguitas y dispuesta al sacrificio. La veo y la entiendo perfectamente. Yo con 17 años, contenta porque pronto me reuniría con mis padres y mi hermano mayor, pero dejando atrás a mi otro hermano, mi familia, mis amigos, mi alma. Al llegar al aeropuerto mis amigos me esperaban, me entregaron un disco de un grupo que se llamaba Los Cinco Latinos, con la firma de todos ellos en la carátula y el libro Buenos días, tristeza, de Francois Sagan. ¿Creerás que todavía, después de más de 60 años, los conservo? Lloré desde que abordé el avión hasta que este tocó tierra. Lloré porque en el fondo temía lo que fue: una vida truncada con un futuro impredecible. Sigamos adelante, mi prima. Volvamos a enlazarnos, pero esta vez con un nudo doble.»

    ¿Cuántas historias similares se esconden dentro de cada familia cubana? ¿Cuántos padres murieron sin volver a abrazar a sus hijos? ¿Cuántos hijos no pudieron darles un último adiós a sus padres? ¿Cuántos hermanos, primos, amigos se distanciaron para siempre por diferencias en ideologías? ¿Cuánto dolor, cuánta desesperanza, cuánto arrepentimiento han sufrido y sufren los cubanos a lo largo de más de sesenta años?

    Mi padre murió diecisiete días después de que su hijo mayor viajara a Moscú a estudiar Ciencias Políticas. En la carta de repuesta a la familia, cuando recibió la triste noticia, mi hermano escribió: «Creo que a papá le llegó demasiado tarde la Revolución; sus ideas preconcebidas durante años de propaganda anticomunista hicieron imposible que pudiera entender el proceso tan complejo que se gestaba en Cuba. Pienso que él no coincidiría conmigo en esto, pero estoy convencido de que las ideas que siempre me inculcó de justicia social, de humanismo y de solidaridad fueron las que me prepararon para convertirme en comunista.»

    Cuarenta años después mi hermano falleció, olvidado totalmente por la revolución a la que le dedicó todas sus energías y su sacrificio, abandonado por su compañera de luchas y de vida, incomprendido por sus hijos.

    ¿Fue nuestra generación ingenua, cobarde, oportunista? ¿Nos convencimos o nos manipularon? ¿Somos culpables o víctimas? La historia, esa gata que siempre cae de pie, se encargará de decidirlo. Desde mi experiencia personal, creo que nos vendieron una utopía en la que creímos, mientras ellos tenían otros planes.

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    11 COMENTARIOS

    1. Gracias Ines por compartir este espejo dónde podemos vernos y reconocernos al fin despojados de lo que fuimos y reencontrados en una gestión por reunirnos y parir una nueva familia adolorida si, pero con esperanza, la familia que salió a las calles el 11 de julio 2021 a proclamar su libertad!!!!

    2. Gracias Ines por compartir este espejo dónde podemos vernos y reconocernos al fin despojados de lo que fuimos y reencontrados en una gestión por reunirnos y parir una nueva familia adolorida si, pero con esperanza, la familia que salió a las calles el 11 de julio 2021 a proclamar su libertad!!!!

    3. Inés, creo que los últimos párrafos malos he leído sin respirar.
      A la ves que le leía, de forma paralela recordaba a mis amigas y amigos que fueron abandonando el País con sus familias, y tengo el dolor de nunca más haber sabido de una de mis mejores amigas desde segundo grado.
      Después d haber estudiado en la URSS, y haber visitado otros países en mi etapa laboral, jamás pensé que lo abandonaría yo el País, primero fueron mis hijos.
      Recuerdo tíos que perdí el contacto con ellos porque yo era pionera, y los pioneros no teníamos relación con los gusanos..
      Coincido con Usted que dueños de toda información, nos vendieron una utopía en la que ellos no creían y vivían en otra dimensión, muy lejana a la del pueblo.
      Más cruel que el cuento vendido, es haber acabado con tantas familias y ver un país destrozado por ellos mismos, equivocándose una y otra vez, cosa que es fácil cuando las consecuencias de sus equivocaciones las paga el pueblo, al
      cual ellos no pertenecen.

    4. Inés, creo que los últimos párrafos malos he leído sin respirar.
      A la ves que le leía, de forma paralela recordaba a mis amigas y amigos que fueron abandonando el País con sus familias, y tengo el dolor de nunca más haber sabido de una de mis mejores amigas desde segundo grado.
      Después d haber estudiado en la URSS, y haber visitado otros países en mi etapa laboral, jamás pensé que lo abandonaría yo el País, primero fueron mis hijos.
      Recuerdo tíos que perdí el contacto con ellos porque yo era pionera, y los pioneros no teníamos relación con los gusanos..
      Coincido con Usted que dueños de toda información, nos vendieron una utopía en la que ellos no creían y vivían en otra dimensión, muy lejana a la del pueblo.
      Más cruel que el cuento vendido, es haber acabado con tantas familias y ver un país destrozado por ellos mismos, equivocándose una y otra vez, cosa que es fácil cuando las consecuencias de sus equivocaciones las paga el pueblo, al
      cual ellos no pertenecen.

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