Aun cuando por fin hayamos salido de la larga noche del totalitarismo, a los cubanos y cubanas nos corresponderá lidiar con sus efectos durante bastante tiempo. Algunos de ellos son más evidentes e inmediatos, y pueden ser resueltos con el propio fin del régimen que ha doblegado la sociedad bajo el control de una élite parasitaria. La posibilidad de elegir a quienes tomarán las decisiones; la creación de espacios para que diversas fuerzas políticas existan y diriman públicamente sus diferencias; la alternancia y la distribución del poder para evitar la excesiva acumulación del mismo; el reconocimiento del derecho elemental a cuestionar y destituir la autoridad cuando esta ya no funciona; son todos mecanismos democráticos que pronto contribuirían, en lo estructural, a construir una sociedad más abierta y plural, basada en libertades y, ojalá, también en responsabilidades colectivas. 

Por supuesto, con esto no acaba el problema, aunque ello no signifique —como pretenden algunos— que, puesto que la solución no es perfecta, no deberíamos aspirar a nada más que a vivir complacientemente bajo una tiranía que no permite derechos básicos y cuyo costo es a menudo impagable para quien la vive. La democracia no es, ciertamente, una panacea libre de contradicciones solo porque haya pluripartidismo y elecciones. En su interior pugnan otras fuerzas; por ejemplo, las que los poderes económicos imponen sobre la pretensión de la igualdad y la extensión de los derechos para todos los integrantes de la sociedad. No es algo que estemos discutiendo mucho de conjunto por varias razones —no es que haya mucha oportunidad de pensar en la tensión superficial o la densidad del agua cuando te estás ahogando—, pero requiere el tipo de análisis que sirve para generar sobre la realidad, permanentemente, un sano escepticismo. Por otra parte, la democracia no es solamente un conjunto de estructuras y disposiciones; requiere también de una cultura política favorable a la convivencia en la diferencia y una disposición a participar responsablemente en el rumbo colectivo. 

Y es sobre la posibilidad de existencia de esa cultura política que el totalitarismo tiene su mayor impacto, uno que suele sobrevivir a la existencia misma del régimen totalitario, al crear y reproducir formas de relación y existencia social marcadas por la imposición, la sospecha y la colusión con la opresión. La (in)sensibilidad totalitaria se extiende a toda la sociedad, a cada uno de sus integrantes. Es gracias a esa penetración en la vida psicológica, en el más mínimo espacio habitable, que el totalitarismo puede desplegarse exitosamente; es también (quizás, fundamentalmente) un proyecto de colonización mental y no solo una forma de organización social. No es solo lo que la élite en el poder hace para controlar de manera absoluta la sociedad; es también lo que esa sociedad termina por hacer para sobrevivir en un entorno donde el escaso margen de libertad surge de plegarse a los designios de la élite. 

Los efectos de esa constitución del poder en colusión con una sociedad que no encuentra los medios para escapar de ella, es reconocible incluso entre algunos de sus opositores más radicales, porque las lógicas que lo conforman no dependen de la ideología o el lenguaje en que se expresan, sino de la manera en que se practican las relaciones en un entorno restrictivo y vigilado. Es reconocible en la aceptación de que no hay alternativa fuera de lo que el régimen totalitario ofrece, en la complicidad con que se reproduce el discurso criminalizador sobre quienes disienten, en la violencia entusiasta con que algunos participan de los actos de repudio, en la ausencia de ideología de los represores, en la adoración inmediata y acrítica de «líderes» con cierto dominio del lenguaje a los que se transfieren las esperanzas y las responsabilidades. Es reconocible también, sin duda, en la incapacidad para reconocer otros totalitarismos, porque se presentan con otros discursos, y en el apoyo a los mismos porque prometen —como hacen todos los políticos— que tendrán mano dura con el comunismo. 

Superar el totalitarismo es necesariamente también, por tanto, una empresa de sanación colectiva, la cual solo podría comenzar como un gesto de empatía y reconocimiento. Crecer bajo vigilancia, dudando y desconfiando del vecino, siendo conminado una y otra vez a la denuncia, la complicidad y la mentira, deja secuelas de las que no es sencillo librarse. Mucho peor si además de eso se ha sido víctima de los horrores más dañinos: la prisión, la tortura, el exilio. Dagoberto Valdés denominó «daño antropológico» a aquel que lastra la condición misma del ser. El problema del término, socorrido porque tenemos a cada momento evidencias de que algo en el modo colectivo de existencia ha sido dañado, es que conlleva a pensar en algo irreparable. Sin embargo, no creo que sea el caso. 

La aversión visceral al régimen que produjo esos horrores termina muchas veces traduciéndose en apoyo a quienes no serían muy diferentes de permitírseles realizar sus visiones, que a menudo apelan a exclusiones inaceptables. Allí se llega tanto por reactividad traumática —yendo en la dirección contraria de la que se partió— como por afinidad —simpatizando efectivamente con propuestas de mundo excluyentes, potencialmente totalitarias en la medida en que todo totalitarismo solo puede imponerse a través de un régimen de exclusiones. En el primer caso, cabe la comprensión primero (que no es sinónimo de estar de acuerdo) y luego el desafío de construir vías de escape a la reactividad. En el segundo, la disputa abierta sobre la clase de mundo que pretenden construir o sostener. Un mundo en que quepamos todos no puede permitirse exclusiones prácticas o discursivas.  Pero no ayuda en nada suponer que unos y otros son lo mismo, o que ambos son lo mismo que quienes, al servicio exclusivo de sus propios intereses, apelan a los dolores no resueltos para allanar su camino al poder. 

Ciertos reconocimientos pueden en efecto conducir fuera de las lógicas del totalitarismo; no a totalitarismos de nuevo signo, sino a mundos radicalmente diferentes. Es cierto que la apelación a la justicia social o al protagonismo del pueblo sobre los poderosos, en el camino para ganar apoyos, puede transformarse —y esto ha ocurrido con demasiada frecuencia— en ocupar la posición de élite que ejecutará luego el dominio total sobre la sociedad. Pero ello puede ocurrir también con la apelación al progreso, el futuro, la modernidad o incluso la pureza de la civilización occidental (si tal cosa existiera). La voluntad de poder recurrirá siempre a lo que crea que funcione para fidelizar a los votantes, la ciudadanía, el pueblo…, o como quiera que se le denomine en cada caso. A menudo todas esas apelaciones discursivas han conducido a realidades horribles. El concepto mismo de totalitarismo nos enseña que no es el contenido sino la grandilocuencia y la apelación a un más allá trascedente, frente al que las vidas individuales no tienen importancia, lo que hace posible la opresión totalitaria. Y la experiencia de vida en un régimen totalitario como el cubano debería habernos enseñado que las palabras por sí mismas no significan nada; que una de las características del líder populista capaz de deformar hasta lo irreconocible la vida social es justamente la capacidad de tejer visiones utópicas que no son nunca realizadas ni realizables. Esa experiencia debería servir para alertarnos sobre los líderes que hablan sin respaldar las palabras con los actos y los hechos, donde quiera que se presenten. 

Otro camino posible para escapar de la reactividad, y el pendular de uno a otro extremo que resulta de ella, es la renuncia al excepcionalismo que incluyen siempre los cantos de sirena de «la nación» y «la patria». Aquella proclividad a creer que el nuestro (donde quiera que ese «nuestro» se ubique) es el peor de todos los problemas es egoísta e insidiosa, y termina siendo grotesca. Conduce a reproducir eso que hemos padecido tanto y es todavía hoy la razón de que muchos no escuchen: la minimización del horror por comparación con otros horrores. ¿Cómo se podría pretender que el nuestro es el peor de los problemas en un mundo donde casi en ningún sitio hay soluciones duraderas o fértiles, al borde del colapso, resultado de capas y capas de violencias legitimadas en nombre de algo que beneficia a algunos a costa de otros tantos? 

Nuestros dolores no son únicos; tienen más bien sus propias fuentes, nacen de la vocación totalitaria, de la tiranía y la dictadura. Otros nacen de formas diferenciadas de exclusión social, de la desigualdad extrema, del ansia de progreso que va consumiendo los territorios y las vidas que los habitan; pero todos son válidos, y hace poco favor a nuestra propia causa pretender que los ajenos pueden ser minimizados, y que nos corresponde únicamente a nosotros ocupar el máximo pedestal del horror. Es en el reconocimiento de otros dolores, y en el esfuerzo articulado por superarlos, por encontrar una forma de sanar que nos permita empatizar no solo con los inmediatamente cercanos o con quienes compartimos el manto tibio e inerte de la nacionalidad sino también con las tragedias de aquellos que no conocemos, que la patria se disuelve (expandiéndose) y se convierte en humanidad. 

3 Comentarios

  1. Pregunta.

    ¿Es parte del daño antropologico que el pais se encuentre en medio de un caos infernal, pero algunos se sigan creyendo ejemplo a seguir y faro del universo?

  2. Me molesta la estupidez humana.

    La frase

    “Cuba salva”, es prueba de ellas. Hace tiempo que no la he vuelto a leer.

    Otra:

    Gracias Fidel.

    Y otra.

    “Propongo para el Doctor Duran, la orden de Heroe Nacional del Trabajo”

  3. Muy interesante. La propuesta de algunos de volver a la «nación» es susceptible de análisis a partir de la reflexión propuesta.

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