Prozac: el dios del subterráneo

    La paso mal en las fiestas de algunos amigos cubanos porque después de las doce casi siempre alguien saca de un mueble de Ikea dos porros como dos pulgares. No es que tenga algo en contra del uso recreativo de la marihuana, es que soy inmune a ella. 

    Es una tragedia ser la única sobria en una habitación llena de gente colocada y tener que verlos degradarse poco a poco. Primero las risitas, después las lenguas enredadas, los ojos partidos. Siempre me marcho con envidia porque ellos alcanzan ese espacio de relajación y me quedo fuera, logran salirse de sí mismos y yo no, ¿what is wrong with me? 

    En Cuba, cuando a alguien se le ocurría emprender una ponina para comprar hierba, enseguida mi mente empezaba a hacer cuentas: 120 pesos equivalen a un pomo de yogurt y una bolsa de pan. Sabía de círculos donde se consumía LSD o de excursiones que iban por la isla buscando hongos. Quienes podían costearse esas experiencias eran hijos de militares, de diplomáticos o de artistas reconocidos, la élite alucinógena. 

    Hace poco alguien me dijo: «Quédate, que hoy vamos a comprar otra cosa». Aquí las drogas son mucho más accesibles, hay «camellos», casi siempre chicos agradables, que traen los porros hasta tu puerta por un precio moderado, la calidad la eliges tú. En barrios como Villaverde, Lavapiés o Carabanchel encuentras spice, ketamina, heroína, éxtasis. Aquella noche la ponina era de 30 euros por cabeza, supuse que iban a comprar cocaína o algo más fuerte. Esta gente había subido de nivel, así que adelanté mi retirada.

    Esas sustancias me dan escozor. He visto demasiadas películas de gente esnifando e inyectándose. Además, tengo una teoría: los cubanos no tenemos metabolismo para las drogas fuertes. Nos consumen y hacen dependientes enseguida. Nos dejan como zombis, con ese halo azuloso alrededor de los ojos y con los rostros chupados.

    Estoy en el metro con un libro entre las manos y las piernas cruzadas. Hasta aquí todo bien, soy la defectóloga, la que juzga desde una esquina. Comienzo a preguntarme si hay alguna sustancia de la que me sienta dependiente además del azúcar, y recuerdo que en mi gaveta de Ikea guardo mi última tableta de alprazolam. 

    Loca pastillera

    La primera vez que tomé alprazolam fue hace dos años, me lo dio mi mamá en la funeraria de Zanja. Antes de que pasara por la casa a bañarme y a buscar ropa para ambas, me dijo: «Toma, para que puedas dormir un poco». Llevábamos seis horas esperando a que trasladaran el cuerpo de mi abuela del hospital Calixto García a la funeraria. Mi hermana y yo pasamos de nunca haber visto un cadáver a tener que reconocer cinco cuerpos distintos, cinco mujeres y ninguna era mi abuela. Nos dijeron que había una confusión con la morgue. Como a las seis de la tarde nos llegó su cuerpo muy frío y, al verla, sentimos un dolor tremendo mezclado con alivio por haberla recuperado. Tuve la sensación de que allí comenzaba la adultez. 

    Conocía el clordiazepóxido, al que deberían nombrar atributo nacional. Lo había tomado para exámenes y eventos así. Por esos días notaba que no me hacía efecto, como si hubiese desarrollado una tolerancia. El clordiazepóxido vive en el monedero de muchas mujeres cubanas. Aunque no lo consumas, da cierta paz saber que lo tienes encima.

    Sabía de gente que consumía marihuana a diario por temas de los nervios y aquello se veía cool, pero las pastillas son cosas de viejos, de locos.  En algún punto esta conversación surgió con una amiga y me confesó que no le podía faltar su alprazolam. Me contó que le decían «la pastilla de la alegría» y que la rastreaba en el mercado negro, en un grupo de Telegram, donde fuera preciso.

    El clordiazepóxido es demasiado suave y el clonazepam te va a dejar boba, el mejor es el alprazolam, si no quieres que te tumbe del todo, te lo tomas con dos líneas de ron. Así me dijo. No recomiendo mezclarlo con ron, cuando lo hice me entró una taquicardia horrible y fue la primera vez que redacté mi testamento. En La Habana, en plena cuarentena, sentía que todas las mujeres que conocía, incluyéndome, andábamos hechas unas pastilleras.

    Mi amiga D. encontró un vuelo de Londres a Madrid en nueve euros. Estoy fascinada con el modo en que está conectada la Unión Europea. Quedamos en un bar del centro, creo que llegamos a la hora del karaoke. Estuvo molesta por el ruido y casi tuvimos que hablarnos al oído. 

    Me dijo que había venido por dos razones: ver a sus padres y abastecerse de Prozac. Prozac me suena a película del sábado. D. es depresiva antes de que estuviera de moda serlo, antes de que hablar de salud mental fuera trending topic. Me explicó que comprar antidepresivos es mucho más económico que ir a terapia. Aquí en España una caja de Prozac —en su composición bastante parecido al alprazolam— puede costar hasta 90 céntimos con prescripción médica, y una sesión con el psicólogo, 50 euros. Es un negocio redondo para la industria farmacéutica.

    Si en el siglo XIX para la «histeria femenina» los médicos indicaban masturbación asistida, hoy recetan Prozac con algún ansiolítico y mantienen a un montón de mujeres dopadas. Mi amiga D. lleva siete años tomando antidepresivos. El problema con estos fármacos es que gradualmente tu cerebro deja de producir algunas sustancias por sí mismo y ahí se genera la dependencia. Los períodos sin medicación pueden ser verdaderamente oscuros. No quiero parecer conspiranoica, estoy segura de que hay gente que verdaderamente los necesita, pero es muy conveniente para cualquiera poder tener a miles enganchados a esta clase de fármacos de por vida. Desde que D. volvió a Londres no dejo de pensar en las mujeres y las pastillas, ¿qué nos une?

    El dios del subterráneo

    Es contradictorio que asocie los antidepresivos con mujeres a las que amo tanto. Ese día en la funeraria, mi mamá no pensaba que aquella pastilla podía crear algún tipo de dependencia en mí, solo quería que lograra relajarme y dormir. Viéndolo así, todas hemos traficado. Alguna vez alguien ha estado pasando por una situación muy jodida y me ha pedido un cuartico de algo y se lo he dado. En ese momento tienes el poder de pausar el dolor del otro, al menos por unas horas, ayudarlo a tirar el cable a tierra.

    Hubo un tiempo en que me despertaba siempre a las tres de la madrugada con sensación de asfixia. Salía al contén de la acera a llorar hasta que se me desfiguraba el rostro, así me podían dar las cinco o las seis de la mañana. Luego intentaba tener un día. Comencé a consumir alprazolam más a menudo, para controlar aquellos ataques nocturnos, quedar bien con los encargos, cumplir con todos y «tener un día normal». Vine a Madrid con un blíster de alprazolam, just in case. No he tenido una noche de aquellas todavía, pero me ha brotado un miedo nuevo: deprimirme, paralizarme en un sitio que todavía no conozco bien, en un momento de tantos cambios. 

    Todas las semanas, aunque no le diga nada sobre cómo me siento, mi mamá me manda un despojo diferente. Me dice: «¿En qué andas? Tú sabes que yo soy bruja». Le mando un audio de vuelta: «Mami, aquí no puedo echar agua con hiervas para la calle». Siempre le riposto que me falta algo, que no tengo tiempo. La última vez se cansó un poco de mi socatería y me envió un audio que parece un mantra. Se los transcribo aquí: «(…) no importa que no tengas esto o aquello. Cuando salgas a la calle por la mañana, hágame el favor de rezarle al sol y cuando bajes a la estación del metro, que seguro bajas todos los días, pídele a todas las almas del subterráneo, a todas esas energías de la madre tierra que viven allá abajo, que te acompañen siempre». 

    Lo de la pura no tiene nombre. Emigrar es increpar y perdonar a los padres, una y otra vez. Tengo recuerdos muy vívidos de cuando era niña. Después de las 2:00 pm, cuando ya ambas habíamos almorzado, sin sollozos, sin bulla, ella se sentaba un rato a darse balance y a llorar. ¿En qué habrá estado pensando? Lidió con lo suyo sin prozac, sin cannabis y lo hizo con mucha valentía. No sé si la religión es el opio de los pueblos, pero era el opio de mi mamá en aquellos días. 

    Las dos íbamos a todo tipo de cultos y ceremonias religiosas. Los lunes éramos protestantes, otros días la invitaban como espiritista a misas de investigación, a veces a mí me entraba un ataque de risa en medio de aquello y me mandaba para afuera por burlona. Los domingos íbamos a la iglesia católica. Recuerdo a unas señoras que llegaban vestidas de blanco y con muchas campanas a llamar a los ángeles y arcángeles protectores de la casa. También tuvimos una etapa budista que duró poco, las reuniones las organizaban unas tembas de Miramar y nos pedían dinero a cada rato. 

    En la familia la criticaban mucho porque yo no pasaba de los seis y ella me llevaba para todos lados. Para mí era una aventura, lo más divertido del mundo después de almuerzo: coger la calle juntas. Lo de ella es una parafilia por los credos, una curiosidad sin fondo y una necesidad de salvarse a toda costa. Le digo que es una antropóloga frustrada. Ese temor a detenerse lo heredé, junto con la tristeza que nos ronda. Si me pide que le rece al álamo, al sol o al dios del subterráneo, me vuelvo animista y lo hago. De otra forma, ¿cómo se sigue?

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    4 COMENTARIOS

    1. Hay imágenes que relaciono mucho con las mujeres de mi familia. Ha sido un viaje muy amargo y a la vez muy íntimo leerte, tienes una voz muy tuya.

    2. Destroya, qué belleza este texto! Una amiga me envió un fragmento y tuve que venir a leerlo íntegro. Me he reído tanto con lo de la élite alucinógena… me tienes saltando de revista en revista. Y el café nuestro se sigue postergando.. Abrazo

    3. Durante la pandemia fui a Cuba y me encontré con que todas mis amigas tenían pastillas. Escribí un poco sobre eso entonces, para acompañarlas y seguir. Tu texto es hermosímo, y duele, y ayuda a seguir.

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