Hay gente que tiene sangre para los mosquitos, o para los bebés, o para los borrachos o los perros. Yo, hasta donde supuse, solo tenía sangre para los piojos.

Un día le conté a una amiga lo que pasaba en la Cinemateca cuando se apagaban las luces y ella, con el asco en los ojos, me preguntó por qué insistía en ir sola al cine si sabía que pasarían esas cosas. Y con la misma repugnancia sentenció: «Es que tú tienes sangre pa´ eso, mija, tienes sangre  pa´ los pajuzos».

¿Sería cierto? Recordé aquellos tiempos en que solo tenía sangre para los piojos. Podía encontrar coincidencias, estos también invadían y perturbaban mi espacio sin mi consentimiento.

Desde antes de tener recuerdos propios, al parecer, tuve piojos. La seño del círculo esperó a mi mamá con la evidencia en un algodón. A partir de ese momento comenzó la convivencia. Los años pasaban y también los tratamientos. Que si aceite de carro, que si vinagre, que si la semilla del mamey. ¿Mamey en los noventas? ¿De dónde? Mi abuela contaba morbosa, a toda persona que llegaba de visita, sobre la vez que me sacaron 101 piojos. ¡Y vivos! Pues sí, era una piojosa, no había tratamiento posible, los piojos siempre regresaban.

Crecí entonces en la clandestinidad. Tomé medidas para mantenerme infiltrada en el mundo de los «sanos». Cuando se me acercaban con el chisme de que fulanito estaba cundido de piojos, sabiendo que probablemente había sido yo la culpable del contagio, mi mueca apática me salvaba. Rascarme con delicadeza, como si se tratara de una ligera cosquilla, mientras la picazón me gritaba que me arrancara el cuero cabelludo, me salvaba. Matarlos con la más fina destreza, cuando sentía que algún alma perdida bajaba por mi frente a punto de exponerme al grito de «¡un piojo!, definitivamente me salvaba.

Mi mamá siempre decía que el día que inventaran un dispositivo para contar la cantidad de cabellos, me llevaría a los Records Guinnes y nos haríamos millonarias. La única solución posible para ella era una solución radical como pelarme al rape. Pero yo era niña, ¡imagínate tú! Y estudiaba ballet, ¡recontra imagínate tú! ¡A vivir con menos sangre!

Tiempo después, saliendo de mi examen de interpretación de primer año en la escuela de teatro, antes de llegar a mi casa, pasé por la barbería y acabé con los casi quince años de invasión sangrienta. Creo que fue la primera decisión que tomé sobre mi cuerpo o mi apariencia. Y fue liberador, en todos los sentidos. Además de eliminar a los chupa sangre, la experiencia de levantarse, mirarte al espejo y saber que ya no hay «arreglo» posible, que esta es tu cara y con ella por delante saldrás a la calle, ha sido para mí de las sensaciones más excitantes.

Los bichos no volvieron jamás, mi mamá tenía razón, o no. Quizá no había sido el cambio radical de look. Prestando atención a las palabras de mi amiga, quizá se trataba de una cuestión sanguínea.

Mi sangre, al parecer, cambió, dejó de atraer a los piojos para atraer otro tipo de parásitos. Estos eran más difíciles de identificar, pues tendían a mezclarse entre lo común, caminando en dos patas y con un pene por la calle.

Los nuevos seres que yo atraía no discriminaban, poco les importaba si tenía pelo o si me arrancaba la cabeza. Para ellos siempre sería unas tetas o una vagina y un culo que camina por el Parque de la Fraternidad con ansias de que se me acerque un ejemplar ya anciano y con artrosis a decirme galante: «Mami, qué ricas tetas, déjame llenártelas de leche».

Pudo haber sido o no la sangre, pero los piojos se fueron, llegaron las hormonas y con ellas, como plaga, los pajuzos, acosadores y demás tipos de tipos.

Estaba todavía en séptimo grado y había empezado viajar sola en guagua de regreso de la escuela a mi casa. La ruta 222 tenía unos buses nuevos con muchos asientos. El pasillo, para los que íbamos de pie, se volvía insufrible por su estrechez. Mi mochila era un saco de libros y zapatillas de punta y ropa sudada del día entero. Yo, apenas encontraba un tubito del que agarrarme, me colocaba la mochila delante para no molestar a los que se arrastraban por llegar a la puerta de salida. Ese día, mientras me concentraba en la brisa que no existía, pues las ventanas del bus estaban diseñadas para la nieve en Holanda, sentí una presión más fuerte de lo normal y volteé varias veces sin encontrar nada más que un amasijo de brazos y pedazos de torsos vestidos diferentes, con pieles diferentes, pero nunca un rostro al cual revirarle, al menos, los ojos.

Bajé de la guagua, ese momento en que sientes que tu cuerpo recupera su calidad de cuerpo y deja de ser trapo, que la piel regresa y, con ella, la sangre otra vez comienza a circular, después de haber sido estrangulada por 30 minutos. Entonces te acomodas la blusa, el pelo, la falda. Ay, la falda. «¿Qué es esto blancuzco y pegajoso que se ha quedado en mi mano? ¿Se habrá derramado algo de la mochila? Imposible, la llevaba delante, y esto, que parece engrudo, está en la parte del trasero».

No sé por qué yo presentía lo que era. Cosas que una escucha, supongo. Llegué a mi casa, le conté a mi mamá, y ella, por miedo o por cólera, le quitó importancia al asunto. «Seguramente te has sentado encima de algo sin darte cuenta. Eres muy despistada».

Despistada o no, no me dejó regresar sola de la escuela otra vez. Ahí comenzó una larga lista de encuentros desafortunados.

Como aquella tarde en el Capitolio en que mi amigo me contaba todo afligido que le gustaba un primo suyo. Tuvimos que interrumpir la confesión y movernos de sitio, muy a pesar del señor pajuzo de camisa gris. Sus señas eran como las que hace un fotógrafo para decirte: «Por favor no te muevas, así estás perfecta, un ratico más, chica».

Unos años después, en esas tardes en que yo no encontraba nada mejor que hacer que ir a la Cinemateca a ver las películas de Visconti, de De Sica o de mi querido Antonioni, me especialicé en el tema, pese a las advertencias de «no vayas al cine sola, ¿por qué mejor no invitas a un amiguito?»

Tengo mis recuerdos cinematográficos atravesados por mochilas que se mueven en la oscuridad y penes que aparecen bajo el reflector. Yo pensaba que los pajuzos iban al cine a masturbarse por las películas. Esta teoría tuve que desecharla el día que vi Koyaanitsqatzi y en la sala prácticamente quedamos el pajuzo y yo.

No, no iban a ver a Mónica Vitti, ni a Sofía Loren, iban a consumir local, el cuerpo vivo de una mujer , no de celuloide. Pero yo sí quería disfrutar de la sonrisa de la Vitti y del tartamudeo de Marcello.

Tenía que pagar entonces un precio mayor a cinco pesos. Debía lidiar con la rabia de pensarlos a salvo. Ideé muchos tratamientos de aniquilación en esas tardes en que, como los piojos, los pajuzos burlaban mi intimidad con su mirada jadeante. Aceite quemado en la pinga, fuego y alcohol en la pinga, agujas calientes por la uretra, cuchillos sin filos para cortarles la pinga, y así se me iban los mejores momentos de Gatopardo.

Tomé medidas reales para escabullirme en las sombras. Para sobrevivirles, así como había hecho con los piojos. Los comencé a identificar. Habituales, algunos tenían hasta carnet de asociado.

1- Nunca sentarse con las luces encendidas.

Me quedaba en la parte de atrás, esperando a que ellos tomaran asiento. Cuando apagaban las luces en la sala, ya los tenía ubicados, entonces recién buscaba donde sentarme. A veces los veía, descabezados, mirando atrás, buscándome. Victoria para mí.

2- Si llega un hombre con mochila o bolsa o jabita, y se sienta y deja una butaca de por medio, cámbiate de fila sin pensarlo.

Mejor moverte en los créditos iniciales que en el punto de giro. O peor, cuando pensabas que ese día el pajuzo no estaba de ánimo para zarandearse, llegado el clímax de Humberto D, la escena en que deja al perrito amarrado en el parque, tuve que pararme y perderme. Humberto regresa por el perrito, y se quedan pobres y abandonados por la sociedad, pero juntos.

3- Evita sentarte en el medio de una fila.

Huye de la posibilidad de quedarte atrapada entre la señora que se duerme y el pajuzo. Ellos buscan estas figuras.

Ay, pero mi sangre. La mía, que era maldita.

Una de esas tardes en las que tomé todas las precauciones y burlé a los pajuzos habituales, me senté en la penúltima fila y llegó alguien nuevo. Uno que no tenía registrado. Casi lo más angustiante es esa incertidumbre en la que miras con la pestaña última e intentas adivinar sus movimientos.

Suena un teléfono. Un celular. Tenía celular y alguien lo requería. Alguien, además, a quien él muy asustado le decía: «Sí, mi amor, ya voy para allá».

Alguien esperaba al pajuzo. Al otro lado había una casa, una esposa, o una madre. No sé si me inventé que era mujer. Un hombre en Cuba, en 2010, con celular y saldo para contestar la llamada, definitivamente era un hombre muy buen colocado en la sociedad.

Ese día me fui convencida de que, en efecto, el problema era mi sangre, que no estaba cuidándome. Por qué exponerme a repetir eternamente estos sustos que te van quitando peso en el alma. Consideré los consejos de quedarme en casa si es que otro hombre no podía acompañarme.

Otro hombre.

¿Por qué los hombres no tienen sangre para los pajuzos? ¿Qué pasaría si estos hombres buscaran exhibir su sexo erecto ante otros hombres? Dudo mucho que la película fuera la misma.

¿Por qué nunca me había tropezado con una mujer pajuza que me mostrara una teta o su vagina mientras se tocaba? Supongo que algún freudiano me diría que simplemente porque no tienen nada que mostrar. Claro, como no tienen pene, la envidia les corroe.

Subí al almendrón. En el asiento trasero había dos hombres sentados con sus piernas abiertas, enviándome a la esquina, contra la puerta. Mis muslos estaban a punto de fundirse con el hule verde del tapizado. Solo me preguntaba: «¿por qué, por qué yo, por qué ellos, por qué…?» Quise incorporarme para decirle al taxista que me dejara ahí mismo, y metí un golpe de cadera no tan disimulado. Se movieron. De pronto quedó espacio libre para cualquier otro cuerpo con oxígeno y vértebras.

Es tan fácil como entender que lo que se tiene entre las piernas no determina nada, ni siquiera su ordinaria comodidad por encima de la mía en el traste de asiento que compartíamos. No bajé del carro.

El jueves siguiente, en la tanda de las cinco de la tarde, ahí estaba otra vez yo, en la parte trasera de la platea, esperando que apagaran las luces para buscar asiento. Si la cuestión era de sangre, pues la transfusión la necesitaban ellos.

Mi sangre me trae otra vez a este momento que es mío, a este comienzo. Me acomodo, suelto las rodillas, pienso que siempre puedo moverme de asiento. En la pantalla unas letrazas me cautivan. El eclipse. ¡Peliculón!

8 Comentarios

  1. Excelente historia. Se me antoja, con otro estilo, por supuesto, la contraparte de «Carne de cercanía», de Yoss. Felicitaciones a la autora.

  2. Olivia siempre te lo digo, leerte es un placer y tú cuento me ha traído tantos recuerdos!!! Yo para los Piojo’s nunca tuve sangre pero para los otros!! Si te contara!

  3. A mí también me gustaba ir sola al cine, al Chaplin, por las tardes después de la universidad, y tampoco tenía con quién ir, así que inventé un sistema contrario al tuyo. Llegaba temprano, buen temprano, y mientras las luces estaban encendidas me sentaba en el medio de una fila bien céntrica, y veía como uno a uno los pajusos se posicionaban alrededor mío, con sus jabitas y sus mochilitas, mientras las luces estaban encendidas trataba de localizar un puesto seguro, al lado de una pareja o de un grupo de amigos, y en el momento que apagaban las luces, zazzz, me cambiaba y los dejaba a todos allí, amontonados, funcionaba bastante bien.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo no será publicada. Todos los campos son obligatorios.