Isla flotante

Vivo en La Puntilla, en Miramar. Hay quienes creen que todos los que los viven aquí tienen dinero y auto. Aquí también hay solares, gente de a pie, que trata de levantar la cabeza para que no se la hundan en el fango.

Esta zona debería llamarse El Desecho, por sus puntas rotas, que se desmoronan como piedras blandas que ya no asustan a los bañistas, a los que preguntan al mar por su destino. A esos que invocan a una deidad para un cambio en sus maltrechas vidas. 

Costa de Miramar / Foto: Cortesía de la autora
Costa de Miramar / Foto: Cortesía de la autora

La fe mueve montañas, pero si las montañas están del otro lado del mar difícil que vengan a resolver deseos. El ansia de prosperidad, la norma de un ciudadano del mundo. Poder estirar las alas y volar. Sinónimo de libertad. La palabra que unos gritan, y otros callan por miedo. Prefieren decir: salvación.

Es un paisaje devastado, como si hubiera caído alguna bomba, o pasado un tsunami. Territorio arrasado. Tierra de nadie. Vertedero, basurero humano. Región de ahogados, por el mal tiempo, por la falta de opciones.  

Pululan escombros, montones de piedras, bloques, alambres y vigas de hierro. Restos de del centro comercial La Puntilla y del antiguo Cubalse. 

Costa de Miramar / Foto: Cortesía de la autora

Las calles son sinuosas, con honduras irregulares. Los autos van en zigzag, nunca en línea recta. Predomina el estatismo, la desidia. Son los visitantes los que modelan el ámbito. Los santeros hacen sus rituales; le pasan una paloma o una gallina blanca a alguien por todo el cuerpo. Luego, el sacrificio; le arrancan la cabeza al animal y lo tiran al mar.

Se escuchan cánticos religiosos, música de tambores; las voces retumban en el aire y se van lejos. En el agua quedan flotando trapos azules y blancos, frutas…

Las ofrendas no se hunden, retornan al diente de perro. Como un almacén de reliquias ajenas. Objetos sin nombres y sin dueños. Encalladas promesas. 

Miramar / Foto: Cortesía de la autora

¡Escúchame, Yemayá, el sacrificio cuesta! ¿Acaso estás ciega y sorda? ¿Será en vano? No es así para los creyentes. La fe no se compra en ningún lado.

Retorna la normalidad. Los cadáveres frescos son banquetes para las tiñosas. Se recicla la vida. Siempre que miro a estas aves me asombro. Pienso que no son feas, sino todo lo contrario: vuelan alto, planean con majestuosidad. Conviven en armonía. Es curioso: cuando alguien se acerca, huyen. Son tímidas.

A cada rato las quinceañeras protagonizan sesiones de fotos. Un recuerdo para cuando estén arrugadas, con más de 70 años. Piel botada a la basura, si no hacen lo que deben hacer las adolescentes: exhibir la piel tersa, deseable.

Mientras, los fotógrafos dirigen con sus cámaras, indicándoles ridículas poses. Podrían ser artísticas, si no hubiera tanto sol arriba, abajo, y en todos lados. 

Una de las cosas que más disfruto es meterme en las «Cinco Puntas», una poza enmarcada por cinco piedras. Jacuzzi de agua limpia, suelo totalmente plano. Ideal, barato; muy codiciado por los niños los fines de semana. Debo llegar antes de las nueve; si no, seguramente me la quitan.

Niños en la costa de Miramar / Foto: Cortesía de la autora

En ese hueco de agua, me abstraigo. Observo en la distancia el Hotel Riviera, las «Torres Gemelas» (los edificios para estudiantes en 12 y malecón), una garza que picotea entre las piedras buscando comida, los pescadores con sus botes de poliespuma, los que hacen caminatas… a mí misma cuando ando por el diente de perro con mucho cuidado.

En este lugar se construyeron túneles para una guerra que nunca sucedió. Los túneles se convirtieron en basurales. A muchos los cubre la vegetación; una alfombra verde con flores moradas.

También es sitio de personajes pintorescos. El hombre que lava en el mar su bulto de ropa sucia; el joven que trae una pila de vasos plásticos para limpiarlos. El tipo que anda con una vara de madera y el cadáver de un cangrejo amarrado en la punta del hilo. Siempre anda buscando cangrejos en las pozas. Me ha dicho que tiene suerte. Nunca vi que cogiera alguno. 

Frente a la costa, se ubica el centro comercial La Puntilla, la tienda en MLC, que se come el dinero de todo el mundo. Los pillos compran mercancías para revender. Los pobres compran lo que no pueden. Nadie toca la moneda. La moneda es invisible.

En realidad, no es una forma de sustento, ni es una tabla de salvación, porque no es tabla ni es nada. La tabla la cogieron para hacer una chivichana, o una cigarreta… algún objeto lógico.

Costa de Miramar / Foto: Cortesía de la autora

Está Riomar, edificio mítico, eslabón perdido, con cimientos que a cada segundo se hunden en el mar. Quizá en el futuro sea un museo bajo las aguas, con visitas guiadas para los turistas. 

Aún perdura su encanto. Artistas del grafiti, discípulos de Basquiat, han pintado sus muros, otorgándoles colorido, vida. Pero estos mensajes nadie los entiende.

He estado en su interior montones de veces, en casa de un matrimonio de amigos que residía en el quinto piso. Ambos eran médicos. Ileana fue estrella del carnaval en los setenta. Ariel, neurocirujano, exmilitar, luego alcohólico. Ellos ya no habitan la tierra. Sus hijos emigraron a la Florida.

De estructura única, tiene cinco bloques, 11 pisos, dos mil un apartamentos y dos piscinas. Los salones de fiestas, los expendedores de refrescos, y aquellas camareras que mantenían la limpieza, son ahora fantasmagorías de otra época.

Un día filmé un video allí dentro. Mientras grababa (fueron como dos horas), sentí una rara impresión, un miedo al vacío, a caer en el umbral oscuro donde muchos cayeron y nunca regresaron. Casi me pierdo. Por un momento no hallé la salida. ¿Habrá un Poltergeist en sus solitarios pasillos?

Costa de Miramar / Foto: Cortesía de la autora

Meses atrás, hubo un incendio en un apartamento del bloque trasero. El humo negro salía por la azotea. A los bomberos les costó trabajo apagarlo. Sin embargo, el fuego es necesario para luego resurgir de las cenizas. Lo malo es que esos vecinos perdieron valiosas pertenencias. Para ellos es cuenta regresiva. 

Entre el esqueleto viviente y la Corporación CIMEX, existe una piscina natural. Un poco más a la derecha, están las Cuatro Puntas, una zona bastante honda, frecuentada por los adolescentes. Vienen muchachos desde El Vedado, de El Fanguito, de cualquier barrio cercano. Todos se exponen al calor del mediodía. No les importa largar el pellejo.

Hay días en que la felicidad, la alegría es silenciada por el alarido de los carros de salvamento, por el tropel de ambulancias que irrumpe de súbito. Y el gentío curioso se reúne. 

Costa de Miramar / Foto: Cortesía de la autora

Es la tragedia para padres y abuelos, para cualquiera que tenga compasión. Se corre la voz, la noticia se expande: alguien se ha ahogado. Es un karma muy duro; quizá en otra vida el joven pueda llegar a viejo. El mar no perdona. 

Y al mar, a la tormenta, ¿quién le pasa factura de lo que se traga? Todo es cíclico. Pero el país de mi mente está muy lejos.

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3 COMENTARIOS

  1. Me pareció un muy buen trabajo éste, Irina.
    Muy sugerente, muy indirecto, diría muy orgánico. Eso ese es el quid de la buena literatura en cualquier parte. FELICIDADES.

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