Estaba emocionada, el abrazo fue como un imán. Imprevisible. Aún no había caído. Había un barullo dulzón. Caras conocidas. Tenía mucha sed,y me habían dicho que no podía pararme en el muro a tirar piedras al agua con el niño. Todo lugar tiene sus reglas y sus prohibiciones.
Le dije al niño lo de siempre: «Tú siempre hazlo». Cuando vengan a advertirte, ya lo hiciste. Al menos, un poco. El mar estaba sereno y lleno de sargazos.
«Conozco lo del imán, me pasó lo mismo», me contestó mi amiga desde Willimantic, la ciudad del hilo. Fue con Chucho Valdés, abordando un vuelo. Se dio así mismo. Me aproximé y le dije: «¿Cómo andas, Chucho? Y nos quedamos abrazados. Como si los cuerpos ya se conocieran desde antes».
De momento, pensé en esa energía que nos trasciende. En las teorías de Jung. En algo fuerte que te impulsa al movimiento y a desembarcar en otro cuerpo. Entonces el resto desaparece. Después no sé, no importa, dejé correr el flujo. Se lo debía y se dio. No lleva razonamiento ni explicación.
Los días antes de la liberación de Luis Manuel Otero Alcántara yo escribí cosas como: «Me desvelo, son más de las tres, y pienso en qué difícil debe ser que te reciban recibido como un héroe en esta ciudad. Está ciudad tan plástico. Tan dispuesta a saltarte a la yugular al mínimo movimiento fuera de guion. Está ciudad con mar, en la que vivo. ¿Cuánto costarán los favores? Le deseo lo mejor». También otros se desvelaban. Me lo dejaron saber. Son mis amigos. Confieso que, hasta en lo que imaginé, fui bastante ingenua.

El sábado 18 de julio, sobre las cinco de la tarde, hora en que se jugaba el partido del mundial de fútbol Francia versus Inglaterra, llegó a mi casa el niño. Corrió al televisor y gritó varios goles. Yo estaba aún en la cama, toda revuelta. Abrí las ventanas, porque un niño lo cura todo, y miré las noticias. Mostraban la primera foto de Luis Manuel Otero, el líder del Movimiento San Isidro, sentado en el avión. Tenía un pasaporte cubano en la mano y un gorro de lana color crema. Me alegré mucho, al verlo por fin liberado, porque libre… son otros cinco pesos.
Seguí mirando los redes sociales en busca de información. No había aterrizado y en la tierra que lo esperaba ya sus compatriotas se insultaban en las redes. Muchos leían aquello con asombro y pasaban capturas de pantalla. Un impulso hizo que me vistiera (creo que fue ahí donde empezó a suceder el abrazo). No pensaba ir. Nunca fui a ningúna manifestación en esta ciudad. No me gusta salir en esa foto, ni la multitud. Pero por primera vez sentí la necesidad.
Esperé a ese muchacho que venía de cinco años de cárcel. Por no atacar. Por expresarse en voz alta. Por hacer lo que le viniera en ganas con su arte, o no arte. Había visto el video donde los policías lo agarraban de los pelos frente al Capitolio de la Habana y lo metían en la patrulla. Había visto cómo les gritaba en la cara, a los sacudones, lo que casi nadie se atreve. Considero imprescindible para la evolución, y en la historia de la humanidad, los actos de «desacato» y «resistencia». Cómo no le voy a agradecer.
En mi vida he respetado un símbolo patrio. Ninguna tela ni himnos me representan. Ninguna patria. Pudiera trapear con ellos sin ningún problema. También se que allá, o aquí, podrías ser juzgado por ello. ¿No es cómico? ¿Hasta dónde nos llega el mono, hasta dónde la cadena? Sé que muchos piensan que un símbolo debe ser respetado. ¿Qué es el respeto? Pregunto. ¿Cuál es el símbolo aquí?
Salimos para la Ermita de la Caridad. Eran las seis. Saqué una foto desde el carro, cruzando el puente. Le pregunté a Legna si ermita iba con o sin hache, antes de subir la foto. La lengua tiene barrotes.
Fui pensando en Luis Manuel. ¿Sonreiría? ¿Sería alto o bajito? ¿Mulato tirando a negro o mulato blanconazo? ¿Qué zapatos traería en este viaje? ¿Qué estaría sintiendo? ¿Pensaría en lo que le espera o estaría turulato de estímulos? ¿Tranquilo o nervioso? ¿Callado o locuaz? La certeza era que debía ser bien recibido. Que lo merecía. Por eso avancé.
No había demasiada gente en la Ermita. Periodistas y activistas más que nada. Pensé que estaría lleno. Ver más gente como yo, que solo vendría a decir gracias. Mi amiga la Osa apareció y luego desapareció entre la gente. Todo tranquilo. Entonces llegó Luis Manuel. Nos acercamos todos. Tuve la suerte de no sacar el teléfono para registrar imágenes. Seguí el impulso natural. El camino del cuerpo.
Cuando pasó por mi lado, le dije: «Gracias, Luis Manuel». No tenía otra cosa que decir. Entonces él me abrazó fuerte como si nos conociéramos de algo. Como si me regalara algo. No fue de foto. Por unos segundos quedé minúscula entre sus brazos enormes. Intercambiamos energía y piel. Sin más que decir y atesorando aquello, le repetí: «Gracias por tu luz». Una nunca sabe cómo decir las cosas. Entonces me miró fijo a los ojos y me dijo en un tono de quien no se deja: «No, no soy la luz, hay que seguir trabajando». Le dio un stop al elogio. El detalle me gustó. Luego siguió de abrazo en abrazo, como quien se regala. Supuse que tenía madera de líder y dejé de preocuparme por los desvelos.
Luis Manuel traía una virgen para reparar. Una virgen rota. Esa parte la vi luego visto por las noticias, porque se hizo un anillo cerrado a su alrededor y a mí me da claustrofobia el círculo cerrado. Desde afuera se veían cuerpos de espalda, cámaras y teléfonos en alto apuntando al centro. Me pareció, de momento, un circulo de cuervos, los celulares y cámaras negros grabando desde arriba. Busqué a la Osa, pero ya no estaba. Es el cuervo un animal sumamente inteligente y hermoso, por cierto.
Creí que debía abrirse el círculo, darle agu al dominó. Sentarnos en el pasto, mirarnos los ojos. Escuchar más, abrazar más, registrar menos. Tomarnos de las manos. Cantar. Pero no era Woodstock. Ya basta, Marcela. Somos era digital. Todos con la mano atada a equipo registrador. Clic, pam, pum, dispara. ¡Fuego! Él, y otras manos, vi sobre la virgen.
Luisma es alto, grandón. Se veía muy bien. Quizás algo nervioso, verborreico, como es lógico. Me dio la impresión que tiene una fuerza extra, que tiene un aché natural. Alguien, persiguiendo con un micrófono, le preguntó: «¿No pudiste despedirte de tu familia, Luis Manuel?» Y contestó: «Sí, pude». O eso creí escuchar. Se me fue el sentimiento de que pudiera tragárselo la ciudad. Como si estuviera hecho de otra cosa. Lo que intuí.
Tenía botas color beige, pantalón y camisa claros. Su gorrito de lana. La voz fuerte. No titubeaba. No me fijé en si tenía o no tenía reloj. A mí qué me puede importar eso.
Evelin me hizo una foto con él. Salí muy fea. Me gustará guardar ese recuerdo.
Después no importa. Que las cosas fabriquen sus finales. Así se llama un libro de poesía. Esperaré siempre lo mejor. Algo ya fue cumplido. No soy nadie para juzgar a quien adelantó tres pueblos lo que había. Lo digo porque, a tres días de su liberación, la fiesta de la indecencia está en el clímax. Asustan. No creo en el camino del odio.
Fue una tarde bonita en la Ermita de la Caridad del Cobre. Atardeció. No pude cantar el himno. Seguimos tirando piedras al mar con el niño. Llegué a casa a la noche, en moto, y salí a sacar la perra. Me dio tres actos de desobediencia pública, y la odié. Se llama Anarchy.
