«Acuérdate que yo era así, acuérdate que mi papá es comunista. Yo no puedo negarle esa posibilidad de existir a mi padre diciendo que la revolución no funciona. Disculpa, pero no puedo quitarle a mi padre la posibilidad de creer en lo que siempre ha creído».

Así terminaba una discusión por Whatsapp en la que ya mis dedos tecleaban cosas ininteligibles, con doble uves y equis y sin espacios; lo que sucede cuando tus ideas se vuelven inalcanzables para el cuerpo, porque ya no son ideas y se hace muy difícil teclear el dolor. Desistí en ese momento y solo dije: «Tienes razón, pido disculpas a ti, a tu padre».

Pensé durante semanas en el asunto. Podía entender, pero por qué me costaba tanto tragarlo. Imaginé cómo sería ese padre, cómo habría sido esa familia bajo el manto protector que significa encontrarte dentro del sistema, sentirte incluido, creer en algo. Sentí entonces envidia, y por supuesto pensé en mi familia, pensé en mi padre.

Si se trata de respeto, de salvaguardar la honra de un hombre a partir de sus creencias, me pregunté si alguna vez alguien había siquiera intentado respetar a mi padre. Mi padre gusano, que fue un niño gusano, hijo de una gusana madre que pudo haber optado por convertirse en otra cosa. Creer, por ejemplo, pero, entre las opciones que le dieron, prefirió ser gusana.

Yo fui sin remedio una niña gusana, nacida en el seno de una familia humilde de gusanos. Entendía que solo dentro de los muros de mi casa mi familia y yo podíamos reconocernos como gusanos.

Que solo desde la cocina de mi casa podía salir el grito enfurecido de mi mamá: «¡La resingá de tu madre, Fidel!», cuando, como consecuencia de las medidas de ahorro eléctrico, por tercera vez en el año se descomponía el refrigerador y había entonces que guardar los frijoles en casa del vecino de arriba, la poca carne congelada, que chorreaba sangre, en casa del vecino de los bajos, y el agua fría en casa de la vecina del frente.

Que este Fidel al que mi mamá ofendía era el mismo del cuadro gigante en el patio de la escuela, el mismo en el cuadro más pequeño en el salón de clases, y otra vez el mismo en mi libro de lectura. Era un héroe y había que llamarlo Comandante en Jefe. Era alguien mejor que todos nosotros, que nuestros padres y abuelos, responsable de todas las cosas buenas de la revolución, o sea todo, todo, y como tal había que guardarle respeto, adoración y obediencia. ¿Y qué sería ese todo bueno que mis padres no eran capaces de apreciar?

***

Tengo alrededor de cinco años, o quizá siete, mi hermana ya nació, pero aún me queda mi falda roja con bolas blancas y vuelito de encaje con la que bailo lo mismo ballet que la Lambada. En mi casa, guardado en el closet, un bolso amarillo de los que llaman gusanos por su forma, no por sus ideas. El bolso se usa poco, cuando vamos a la playa, es decir, casi nunca. La playa queda demasiado lejos, cuarenta minutos después del túnel, distancia inalcanzable y trayecto irrealizable en los noventa en Cuba.

Últimamente el bolso amarillo ha sido desempolvado. A mí me gusta meter la cabeza dentro y olerlo. Así, vacío, guarda en su interior el mar y la arena, quizá hasta un caracolito pueda encontrar. Me anima verlo encima de la mesa. Movimiento a su alrededor, cuchicheo de mis padres. Será que mi papá consiguió un autobús volador para llevarnos a la playa. El bolso amarillo, como los gusanos de verdad, se recoge y cabe en la mochila de mi papá, que moja los labios con café y sale apurado.

Mi papá es ingeniero y siempre llega tarde a su trabajo, pero él no está yendo a su trabajo. Son más de la cuatro y veinte de la tarde. Lo sé porque ya regresé de la escuela y tengo mi short de andar y hambre y estoy aburrida, dando vueltas de la cocina al balcón. ¿Adónde irá mi papá con el bolso que guarda mi pedacito de playa? Espero que regrese antes de las ocho, para que vayamos juntos a ver la novela.

A las seis de la tarde quitan la luz. Dicen los que no son gusanos que hay que ahorrar. Me gusta que mi casa toda se vuelve naranja por la luz del quinqué y no me gusta ver a mi mamá cansada, durmiendo en el suelo por el calor. Es lunes, y toca apagón de doce horas, día de aventura migratoria. Después de las ocho comenzamos a subir como polillas hacia la luz. El barrio Jesús María entero busca al amigo, familiar, vecino que viva en zona soterrada y lo acoja en su casa para ver la novela. Nosotros tenemos una prima de mi papá que vive en una de las zonas donde no pueden quitar la luz. Vamos los lunes y viernes a su casa. Comentamos la novela brasileña, la cubana no, y la prima va a nuestra casa los días en que amenaza algún ciclón, por el temor de que su techo no aguante una ventolera más. 

La vida a mi edad es tranquila, demasiado quizá, nadie me cuenta nada, me evitan el sufrimiento y me dejan en el sopor más cruel. Mi papá y mi mamá cada vez lucen más flacos, pero no me daré cuenta hasta unos después, cuando vea las figuras de huesos con ojos en las fotos de cumpleaños.

Al parecer no hay adónde ir, todo está cerrado o demasiado lejos. Ya casi no salimos, la última vez que existió el plan de ir a la playa me apresuré a sacar el bolso amarillo del closet para limpiarlo y le pedí a mi mamá que me prometiera que no se suspendería a última hora como siempre. Elle me respondió, escéptica: «Bueno, eso es si dios quiere…» Yo nunca contestaba, pero ya harta de que la excursión más lejana consistiera en visitar el Capitolio me atreví a decir: «Dios tiene que querer». Mi mamá, que nunca ha sido demasiado religiosa, ni demasiado estricta, se molestó de tal manera que entendí que insistir en la playa era un sacrilegio. Resignada, tiré el dichoso bolso de vuelta en el closet.

Ahora resulta que el gusano amarillo está involucrado en un misterio, lo he visto entrar y salir, pasar de mano en mano y he presenciado el reclamo de mi abuela por el desorden que deja ese polvillo blanco que sale de él. En estos días han llegado personas preguntando por mi mamá, siempre con una bolsita en la mano. Las hacen pasar al cuarto de abuela y salen con la bolsita un poco más llena.

Mi papá es ingeniero, ya lo dije. Lo que no he dicho es que mi papá va a un grupo de teatro para aficionados en las noches, que creo es lo que lo mantiene siendo él. Con mi papá grabamos novelas de radio con personajes y efectos de caballos al galope y, mientras limpia la casa los domingos, cantamos a dúo «Si no supiste amar» de Luis Miguel. Mi papá me cuenta un pedazo de historia cada noche que nunca termina, que queda en suspenso. Es el primero en llorar con las películas de tanda del domingo, pero las películas son un detonante, mi papá llora no por los infinitos «no hay» o los incontables «no se puede». Como si esto no bastara, mi papá tiene una hija enferma, mi hermana, a la que le han diagnosticado una enfermedad rara que se llama Lupus, como Lobo. Esto convierte a mi papá en una madre loba que busca comida para sus lobeznos, nada tiene que perder, solo algo que ganar.

Me lleva de paseo, pero no es un paseo, vamos a buscar un mandado, una tarea que haremos juntos a pesar que nada me cuenta. Daremos una vuelta con el gusano amarillo. Antes pasamos por la tienda comisionista de la calle Monte.  Mi papá me cuenta emocionado que ahora comprobaremos si mi bata de los patitos bordados ya se vendió. La tendera le señala a mi papá que debe bajar el precio si quiere venderla. Mi papá se encabrona y se la lleva. ¿Más barato que ocho pesos? Prefiere guardarla para mi hermana. 

Llegamos al hospital. Le tengo terror a estos lugares, la última vez dejé de ver a mi mamá y mi hermana, internadas durante casi dos meses en uno. Pero mi papá me promete que no veremos a ningún médico, solo nos encontraremos con un amigo suyo que le tiene un encargo. El hospital en realidad parece una ciudad, con casas grandes y hasta calles dentro de él. Hay que caminar un montón. El paisaje es bonito el y mi papá me enamora contándome historias de marquesas con vestidos que antes ocupaban estos espacios.

Entramos a algo parecido a un sótano, quizá una lavandería. Y ahí está el amigo de mi papá, con sus ojos muy azules y estrábicos. Nunca sé en qué momento debo saludarle. Me gusta su sonrisa y eso me calmaba, pues siento que ante alguna imprudencia no va a molestarse conmigo. También hay un señor con una bata que no es de médico, pero sí de hospital. Entre estos hombres y mi papá hay una montaña blanca olorosa. Con un jarrito, el amigo de ojos muy azules saca porciones de ese polvo y las echa en el gusano amarillo. El otro señor regaña a mi papá por haberme traído, o por haber llegado demasiado temprano o demasiado tarde. El asunto es que no debemos estar ahí en ese momento. «La cosa está mala ahora», dice el señor.

Finalmente, el gusano amarillo se llena de eso tan ordinario y necesario que resultó ser detergente. Salimos del sótano. Mi papá carga el gusano conmigo de la mano. Cualquier cosa, vinimos a ver a mi mamá, que está ingresada. Ya el paisaje y las historias de marquesas no tienen lugar. Quizá a través de la mano sudorosa de mi papá, quizá por su silencio, quizá por todo lo que he escuchado y visto, ahora el arco de salida queda tres veces más lejos. Un paso tras otro, sin tanta prisa, como cuando regresábamos de la playa. Lentos, todo alrededor también sucede lento. De repente, atravesando el silencio, alguien dice:

—!Psst, psst! 

Mi papá me aprieta con fuerza mi mano y ordena entre dientes.

—No voltees. No mires atrás. No te pares. Sigue caminando.

Así lo hago. Casi sin respirar, escucho cómo alguien llama a otro. Nunca sabremos si es con nosotros. Atravesamos el arco despintado y sucio del hospital Covadonga.

***

Mi papá nunca me dio explicación alguna sobre lo sucedido. Tampoco yo la necesitaba. Quizá con siete años había entendido absolutamente todo. Por qué no podíamos ir a la playa, por qué el cuarto de abuela se encontraba desordenado, por qué entraban y salían personas extrañas de mi casa, por qué «la cosa» estaba mala, por qué me habían llevado al hospital, por qué el miedo de mi padre cuando me estrujó la mano a la salida del hospital, por qué no podíamos mirar atrás cuando nos llamaban, y por qué, luego, el silencio de mi padre. 

Respondí mil veces en mi cabeza esa discusión de Whatsapp. ¿Quién ha respetado la vida entera de mi padre y su derecho a disentir? ¿Lo han hecho esos otros padres que creen, alimentan, hacen perdurar ese mismo sistema «revolucionario»? ¿Quiénes han convertido a mi padre en gusano? ¿Acaso no han sido estos mismos padres que creyeron y creen y persisten en una revolución que ha exiliado al mío dentro de su propia tierra?

Ojalá existiera la posibilidad de ser exgusana. Significaría entonces no que dejen de existir ex comunistas, sino que por primera vez podré decir lo que pienso, podré hacer por lo que creo. Ojalá pueda mi padre autodenominarse algún día como exgusano. Significaría entonces no que dejen de existir algunos padres comunistas, sino que podrá mi padre participar activamente de una sociedad en la que se sienta representado. 

Hoy es jueves, otra vez tengo siete años, y otra vez hoy quitan la luz. No iremos a casa de la prima a ver la novela. Toca la emisión cubana y no vale la pena, dice mi papá, ir hasta allá por eso. Nos quedaremos en casa y jugaremos a Escriba y Lea. Yo seré la doctora Ortiz bajo la luz naranja del quinqué. 

3 Comentarios

  1. Muy hermoso artículo…quienes vivimos el Período especial, sabemos que así mismo fue y ahora estamos por el estilo. No avanzamos porque la raíz es el Sistema ,se critica al Capitalismo…y esto…es bueno?Capitalismo malo para los de «arriba «y «Socialismo bueno «para nosotros, los de a pie que rechazamos toda la miseria que trae!!!!!!!!

  2. Magnífica reflexión, tan buena que yo no pude dejar de leerla a pesar de su amplitud, pues al igual que una novela, te imaginas lo que va a ocurrir y te equivocas.

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