Un sol suave y dorado baña todo lo que toca cuando amanece en Eagle Pass. El césped del campo de golf cercano al Puente Internacional II tiene ese tono dorado. El parque infantil El Principito que se encuentra cerca del río Bravo, pero en territorio de Piedras Negras, está completamente vacío y bajo un manto dorado. Es un amanecer tranquilo. Hemos llegado, el fotógrafo y yo, en su Honda Accord del 2001 al que él llama el Champagne Supernova, y que le costó 800 dólares de segunda mano. Estuvimos manejando poco más de cinco horas desde el aeropuerto de Houston, un trayecto en el que noté que el fotógrafo a cada rato besaba el volante de su auto y se preguntaba cómo pudo conseguirlo a tan buen precio.

El Honda también está medio dorado, como todo a las siete de la mañana en Eagle Pass. Como, por ejemplo, el tren de carga comercial que pasa acompasado de un lado a otro del puente. De Eagles Pass a Piedras Negras, de Texas a Coahuila, de Estados Unidos a México, y viceversa. El tren de carga comercial tiene un letrero en uno de sus vagones que dice «Ultra violence». No sabemos por qué. 

Amanecer en Eagle Pass / Foto: Kako Escalona

A esa hora de la mañana el Río Bravo está sereno. Del lado mexicano comienzan a divisarse algunas personas. Una pareja paseando a sus dos perros. Ella lanza una pelota y los perros corren detrás. Un hombre sentado en el borde del río. Se ve alguna que otra patrulla de la Guardia Nacional mexicana y luego desaparecen.

Debajo del puente, del lado de Eagle Pass, hay un par de tenis azules New Balance sin cordones. A unos dos metros hay otro bulto con al menos cinco pares de tenis más, varias mudas de ropa y pomos plásticos de agua. Hay una cinta adhesiva amarilla que alerta: «Line do not cross». Hay, del otro lado de la cinta, un Humvee militar. 

Zapatos abandonados por migrantes en eagle Pass / Foto: Kako Escalona

Como no vemos a nadie, el fotógrafo y yo caminamos hasta la orilla del río. Hay mucha más ropa esparcida por sus alrededores. También hay documentos de identidad, salvoconductos, cédulas, todos tirados en la tierra, estrujados. Mientras andamos por el borde del río, aparecen rápidamente y en alerta unos cinco oficiales uniformados, que todo este tiempo han estado durmiendo dentro del Humvee. Tienen armas, unos M4 que amasan y exhiben con orgullo. Un oficial nos pregunta en inglés si somos inmigrantes, si acabamos de cruzar el río. «¿Migrants?», dice, serio. Pero le respondemos, en español, que no, que somos prensa. Nos dicen entonces que si no vimos la cinta adhesiva amarilla, que hasta el borde del río no podemos llegar. Respondemos que no la notamos. Saben que les mentimos, pero no les interesa. 

Unos diez minutos después aparecen caminando una mujer, un niño de unos cuatro años y siete hombres que se entregan a los oficiales. Son cerca de las 7:30 de una calurosa mañana de julio, con temperaturas que empiezan en 26 grados pero que, mientras transcurre el día, disparan el fuerte calor propio de los 39 grados y hasta más.

Los agentes de la Guardia Nacional de inmediato abordan a la mujer, el niño y los siete hombres. Les tiran fotos. Les piden sus documentos de identidad. Les exigen que se quiten los cordones, y todos obedecen. Luego les piden que echen los cordones dentro de una bolsa.

«Los cordones en una bolsa para que no se dañen ellos, ni dañen a los oficiales», me aclara luego un policía del Condado que se niega a revelar su identidad.

Migrantes se entregan a las autoridades / Foto: Kako Escalona

A la distancia se va acercando otro grupo, una pareja con sus cuatro hijos, uno de ellos no llega el año de edad. El padre lo mece con paciencia en sus brazos. Se paran todos junto al grupo anterior, mientras esperan ser atendidos por los oficiales. Mientras tanto, se ve en Piedras Negras a dos jóvenes correr hasta el río, que a esa hora tiene una marea que les llega poco más arriba de la cintura. El policía y los demás oficiales debajo del puente en Eagle Pass saben de antemano quiénes van a cruzar. «Todos los que ves con mochila van a cruzar, y la Guardia Nacional de México no hace su trabajo, dejan cruzar a los migrantes», dice el policía. «Y esa gente que está del lado de allá del río los ves así, tranquilos, jugando con los perros, pescando, pero muchas veces son coyotes».

Mexicanos pesando en el río Bravo / Foto: Kako Escalona

Al policía se le nota cansado. Más que cansado, aburrido. Nació en Eagle Pass, sus padres son mexicanos. Le gusta su pueblo, pero prefiere cruzar a Piedras Negras porque la comida «es mejor, más barata, y el dentista también»

Lleva 15 años trabajando como policía, tres de ellos específicamente con los migrantes que cruzan la frontera, que solo en esa zona del río son de mil a dos mil personas las que llegan a diario. Su turno es de cinco de la tarde a tres de la mañana, y no hay descanso en ese tiempo, ni un solo momento en que no llegue un grupo desde el Río Bravo. No es su responsabilidad detener a los migrantes, explica. El río es no man’s land y, según aclara, ellos no se meten en eso. En cualquier caso, nunca lo haría, incluso aunque el gobernador de Texas, el republicano Greg Abbott, autorizó recientemente que la Guardia Nacional y al Departamento de Seguridad Pública (DPS) regresen a territorio mexicano a los migrantes interceptados en la frontera. «Yo tengo hijos, tengo familia. Nosotros los entregamos a migración y que ellos decidan si los deportan o no», dice el policía.

Los dos jóvenes que se lanzaron al río alcanzarán con facilidad la orilla en Eagle Pass, por un tramo completamente despejado de la cerca de alambre de púas que tiene casi todo el borde del Río Bravo en esa zona. En el transcurso del día, se verán residentes de Piedras Negras bañándose en el río. Otros pescando. Se verán niños corriendo en los alrededores mientras sus padres los vigilan. Del lado gringo del río no se verá ninguna actividad de los residentes de Eagle Pass, más allá del patrullaje diario de la Guardia Nacional. No se divisará a nadie en la orilla, mucho menos zambulléndose o jugando, como si solo los mexicanos pudieran disfrutar, sin sospechas, del río de más de tres mil kilómetros que cubre gran parte de la frontera entre México y Estados Unidos, una franja que va desde el Monumento 258 al noroeste de Tijuana hasta la desembocadura en el Golfo de México. 

En algunos tramos, la zona gringa de la frontera está protegida por sencillas cercas de alambre de púa. Otras zonas por el muro que emprendió la administración Trump para detener la emigración ilegal.

Las familias en mano de la Guardia Nacional que cruzaron el río hace un rato, ahora observan a los dos jóvenes que se acercan a la orilla y logran pisar territorio gringo, todo mientras la Guardia Nacional le pide a otros grupos que van llegando los documentos y que, por favor, se quiten los cordones de los zapatos. 

El policía me explicará que revisan con cuidado los pasaportes, ya que muchos migrantes falsifican pasaportes cubanos, una de las nacionalidades que corren menos riesgo de deportación. ICE ha tildado de «recalcitrantes» a un total de 23 países que «se rehúsan o son no cooperativos» cuando Estados Unidos decide deportar a sus nacionales. Entre ellos está Cuba, con el que la administración Trump deshizo los incipientes lazos diplomáticos que había restablecido Barack Obama, tras los ataques sónicos, aún no esclarecidos, a sus diplomáticos en la embajada de La Habana.

Los dos jóvenes que llegaron a la orilla se entregan también a las autoridades. En las mochilas traen una muda de ropa seca. Al menos en ese lugar se cambiarán los pulóveres mojados y los tirarán cerca del río, donde se ha formado un bulto más grande de camisas y pulóveres empapados de agua.

Ropa abandonada por migrantes en Eagle Pass / Foto: Kako Escalona

Esto es lo que menos en gracia le cae al policía, que le ensucien su pueblo, el lugar donde ha estado toda la vida. «Esto no es un basurero», dice, por eso durante el día dejan cruzar a nado a algunos jóvenes mexicanos para que recojan la ropa que han dejado los migrantes, y luego se la lleven a su país, se las pongan o las vendan.

Ha pasado poco más de una hora y cuento cerca de 30 personas reunidas bajo el Puente Internacional II. Todos parecen centroamericanos, pero resulta difícil definir sus nacionalidades. Al rato llega un autobús blanco de la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos o Border Patrol con un letrero que reza: «Honor first». El policía ha dicho que, en un tiempo en que llegaban menos migrantes, sentía más adrenalina con su trabajo en la frontera. Ahora la situación se ha normalizado tanto que les han comenzado a llamar «El Uber».

Migrantes subiendo al bus del Border Patrol / Foto: Kako Escalona

Los oficiales van montando, uno a uno, a cada migrante al autobús, que arranca, atraviesa el campo de golf al que han comenzado a llegar los primeros jugadores, y se pierde justo cuando la mañana despunta en Eagle Pass y el sol ya va siendo menos dorado de lo que solía ser hasta ahora.
El día que Rogelio Trava Aroche cruce el Río Bravo, lo hará sobre las ocho de la mañana por Eagle Pass, que es uno de los puntos fronterizos por donde más migrantes llegan cada día a Estados Unidos. Daniel Simón lo hará por el mismo lugar a las diez de la mañana. Dairy Filetes, justo a esa misma hora.

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Desde bien temprano, dos señoras mexicanas abren el tráiler donde tienen su negocio de tacos La Grilla, que vende breakfast, vende lunch, luego cierra un rato y vuelve a abrir a la hora de la cena. Para el breakfast, las mujeres ofertan frijoles con huevo, frijoles con chorizo, frijoles con queso, machacado, chicharrón prensado, chicharrón en salsa, papas con huevo, papas con chile, huevos con chorizo, barbacoa, queso con chile y choriqueso. Para el lunch y para la cena tienen tacos de bistec, al pastor, de costilla, de tripa, de molleja, además de gringa, campechana, pirata y lonche. Tienen Coca Cola, tienen Sprite, y solo en las tardes limonada natural. 

El negocio está a la sombra de un cartel de la cadena Lowe’s, muy cerca de la FM375, una de las principales avenidas de Eagle Pass, un pueblo con más de 26 mil habitantes perteneciente al condado de Maverick, uno de los 254 del estado de Texas. Eagle Pass es un pueblo de pocos colores, más bien cenizo o color hueso. A cada rato una valla publicitaria sale al paso y rompe esa linealidad cromática. Una de las pancartas tiene un letrero bien grande que dice: «¿Quién es Jesús?». El 35.5 por ciento de la población de Eagle Pass es religiosa, mayormente bautista. Otra de las tantas vallas publicitarias anuncia los servicios de la abogada Mónica Valdés y otra promociona la cerveza Modelo.

Pueblo de Eagle Pass / Foto: Kako escalona

En Eagle Pass hay un Planet Fitness, tiendas de las cadenas Ross y Burlington, Walgreen, Dollar General, un police station, un fire station, un Burger King y el Lucky Eagle casino de los Kickapoo, lugar que algunos residentes de Piedras Negras escogen para sus salidas nocturnas. 

Hay en Eagle Pass varias gasolineras donde el combustible regular se oferta por 3.99 dólares y el diésel por 4.75 dólares, precios más bajos que en muchas ciudades de Estados Unidos, donde en los últimos tiempos la gasolina ha superado los cinco dólares, pero mucho más caro que en territorio mexicano, por lo que medios locales como Zócalo reportaban hace unas semanas el aumento de la venta de gasolina a texanos que cruzaban la frontera para llenar los tanques de sus automóviles. 

Hay en el pueblo un Walmart, en cuyo parqueo se divisan varios Nissan, Hondas y Mitsubishis con placas pertenecientes a Coahuila, de residentes mexicanos que cruzan a hacer sus compras. En el pasillo de las confituras del Walmart, conviven en un mismo estante el paquete de galletas Oreo junto a los estuches de cacahuates garapiñados, las obleas y el mix botanero.

Hay en Eagle Pass un buffet de comida china, un restaurante de noodles y un Little Caesars, y están además El Rincón de Verónica, La Cabañita Breakfast Tacos, y la Parrilla de San Miguel. En la 1591 de El Indio Hwy está Felipe’s, un negocio local donde su dueña, la señora Verónica, oferta tortas, flautas, papas con queso, hamburguesas, tacos dorados y hotdogs. El negocio de Verónica tiene 20 años, el mismo tiempo que ella lleva viviendo en Eagle Pass desde que vino desde México. Como la familia de su esposo vive enfrente, en Piedras Negras, a cada rato cruzan a visitarlos. En unos años, cuando crea que es hora de descansar del trabajo, Verónica se irá a gastar su dinero viajando por México. «Ni a Roma ni a ningún lugar, mi dinero me lo gasto en mi país», aclara. La comida de Verónica tiene el mismo sabor que casi toda la comida tex-mex del estado: el guacamole sin apenas limón y cilantro. Los frijoles refritos de la marca Goya. La tortilla de maíz industrial. A la entrada de Felipe’s hay un cartel que Verónica y su esposo han puesto y donde se lee bien grande: «Dios te ama».

En Eagle Pass decenas de pick up suben y bajan a diario por la Main Street, o están parqueadas a las afueras de las casas con amplios jardines donde hay, enterrados en la tierra, carteles de «Vote for Beto», o banderas de Blue Live Matters. El condado de Maverick, con un 95.1 por ciento de población hispana o latina, apoyó al presidente demócrata Biden, pero en 2020 aumentó su apoyo al Partido Republicano en más del 24 por ciento  en comparación con 2016.

Junto a las pick up, suben y bajan las calles de Eagle Pass durante todo el día las guaguas del Border Patrol repletas de migrantes que recogen en los cruces fronterizos y llevan hasta el centro de procesamiento. 

Así hacen ahora con un grupo de unas 200 personas que cruzaron el Río Bravo y que han reunido cerca de la Circunvalación 480, sobre el mediodía. Vienen cansados pero ansiosos, piden agua. Hay un sol rebelde en el descampado que cae sobre ellos mientras los oficiales van identificando uno a uno, y llamándolos por su nombre para que suban a las guaguas del Border Patrol.

En el grupo la mayoría viene de Venezuela. También hay hondureños, hay guatelmaltecos y hay cubanos. Mientras llega su turno, algunos se cambian la ropa mojada o se sientan debajo de alguna sombra para hablar por teléfono con algún familiar. 

Migrantes en manos de las autoridades / Foto: Kako Escalona

Eduardo, un venezolano que ha venido con su novia, se me acerca y dice que piensa irse a vivir a Nueva York, que ya le tienen medio resuelta una chambita. Se acerca otro joven cuya nacionalidad no alcanzo a descifrar y me pide que le preste mi teléfono para hacer una gestión. Se lo doy, escribe unos mensajes, y luego se asegura de borrar dichos mensajes y el contacto. Otro señor pregunta si tengo agua y le ofrezco lo que llevo. Quiere saber de dónde vengo y le digo que soy cubana. Me pregunta cuándo llegué y le digo que hace un tiempo. Me pregunta cómo y me avergüenza decirle que mucho más fácil que como han llegado ellos. Pregunto si hay cubanos en el grupo. Me dicen que sí, que claro, y señalan a dos hombres y una mujer que se han sentado a la sombra de un marabú. «Esos de ahí son cubanos», dicen. Trato de buscarlos con los ojos, pero se resisten. Hago más por hacer contacto con ellos, los llamo, pero viran la cara. Les digo que soy cubana, que cómo están, pero lo ignoran. Con sus gestos han dejado claro que no quieren ningún tipo de contacto con la prensa ni con nadie. Solo quieren salir de ahí. Los entiendo. Nos enseñaron el miedo y la desconfianza. Hemos aprendido el silencio, a no quejarnos. El resto de los migrantes se da cuenta. «Tienen miedo, hasta nosotros somos un poco más libre que ellos», dice el venezolano, sin importar que lo oigan. 

Los oficiales de la Guardia Nacional llaman a los migrantes por su nombre. Se les oye decir Yosvel Mendoza, Yoan Delgado, Bryan Vargas, Rosmery Toledano, un mar de nombres que de pronto hacen coincidir con sus rostros. Las guaguas cargan hasta el límite de su capacidad, arrancan y se pierden por la carretera. Todas se dirigen al nuevo centro de procesamiento de 153 pies cuadrados en Eagle Pass, que se construyó con el objetivo de sustituir a uno más pequeño ante la llegada cada vez más acelerada de migrantes. 

El centro tiene la capacidad para recibir y procesar a mil personas cada día. Allí permanecerán los migrantes hasta que las autoridades decidan qué rumbo tomará cada caso o los dirijan a Mission Border Hope, una organización que trabaja en las instalaciones de una Iglesia Metodista y que ha pasado de acoger 20 migrantes por semana a 600 al día, según dijo a France 24 Valeria Wheeler, la directora del refugio. Allí les permiten bañarse, les brindan ropa, comida, la posibilidad de realizar llamadas telefónicas a sus familiares y conectarse a una wifi. Algunos de los migrantes estarán en Mission Border Hope el tiempo necesario que les permita determinar el siguiente paso. 

Rogelio Trava Aroche, Daniel Simón y Dairy Fleites pasarán por Mission Border Hope y luego se irán a la estación de autobuses de Greyhound, para partir, como el resto de los migrantes, hacia la ciudad de San Antonio. 

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Son las siete de la noche y se ha formado, como cada día, una larga fila de al menos 40 personas a las afueras de la Iglesia Corazón Ministries, ubicada en el downtown de la ciudad de San Antonio, Texas, que funciona como albergue para las decenas de migrantes que llegan y algunos homeless de la ciudad. Alex Obregón, la codirectora del centro, cuenta que el martes 19 de julio recibieron 125 personas. Normalmente albergan entre 100 y 150, la mayoría venezolanos, que llegan desde Eagle Pass u otros puntos fronterizos a la estación de autobuses Greyhound, ubicada a unos cinco minutos de la Iglesia.

Entre las personas que recibieron este martes, solo tuvieron en su lista a dos cubanos. «Creo que los cubanos tienen familias acá, personas que los reciben», piensa Obregón. Esto podría explicar por qué la mayoría de los migrantes en el albergue son de otras nacionalidades.

Migrantes a las afueras de Corazon Ministrie / Foto: Kako Escalona

Quienes no tienen familiares que los esperen o no cuentan con un plan trazado se dirigen a la iglesia, que pone a su disposición un salón con varias filas de catres para dormir, comida a veces caliente, a veces un sándwich de jamón con algún líquido, conexión wifi y zona de baños. Aún no cuentan con duchas disponibles, pero otras organizaciones de ayuda a migrantes sí ofrecen esos servicios cerca. Las personas pueden llegar a Corazón Ministries a partir de las siete de la noche y salir justo a las ocho de la mañana del siguiente día.

En la larga fila que hay ahora a las afueras del lugar, y que va desde la calle Navarro hasta Travis, se encuentra el cubano Rogelio Trava Aroche, a quien le ha sido difícil comunicarse con sus hijos en Cuba desde que atravesara el río Bravo el pasado 16 de julio. Sobre las ocho de la mañana de ese día cruzó junto a dos mujeres, un hombre y seis niños, todos venezolanos. Como eran tantos niños, Rogelio se hizo cargo de uno de seis años, que se le cayó al agua en un momento en que resbaló en el río, y su mamá a gritos le pidió que, por favor, no lo dejara ahogarse. «Que se me ahoga el niño, Cuba, que se me ahoga», gritaba la madre. Pero Rogelio logró levantarlo y sujetarlo con tal fuerza hasta que llegaron del lado gringo y se entregaran a la policía. Por lo demás el cruce fue fácil, lo peor fue que se mojara su celular, y hasta hoy Rogelio se esfuerza para hacerle saber a su familia que está bien. Cómo no estarlo. Ha llegado finalmente a Estados Unidos, luego de varios meses de travesía.

Los dedos de Rogelio son ásperos, tan ásperos que se hizo hilador y al tiempo tuvo que dejar la textilera donde trabajaba en el poblado habanero del Wajay. «Porque mis manos no sirven para trabajar con hilo, lo parten todo. Me fui», dice. 

Rogelio Trava / Foto: Kako Escalona

Rogelio regresó a la construcción, a lo que se ha dedicado la mayor parte de su vida. Participó en la edificación del hotel Meliá Cohiba. En Cuba también trabajó en la industria metalúrgica. Más tarde se hizo hornero. Fabricó percheros y palitos de tender. Lo último que hizo fue recolectar materia prima, que le permitió reunir el dinero suficiente para comprar un boleto a Uruguay.

Ahora que estamos sentados en el Travis Park de San Antonio, Rogelio ha visto muchas latas de Pepsi Cola o cerveza tiradas en el suelo y ha valorado la idea de recolectarlas y vender. Unas veces piensa que sería un buen negocio, otras que no ganaría nada. Sí está seguro de que, en cuanto tenga un trabajo en los Estados Unidos y logre reunir dinero, montará su negocio de gallinas ponedoras y pollos de ceba. «No hay nada que dé más dinero que eso. Ese es mi sueño».

En 2019 sumaban más de 20 mil los migrantes cubanos en Uruguay, y de acuerdo con registros de la Comisión para los Refugiados, unos nueve mil cubanos solicitaron refugio ese año en el país suramericano. Rogelio fue parte de ese éxodo. Llegó a Uruguay y gastó, dice, la suela de un par de tenis Adidas caminando por Montevideo y no encontró trabajo. Hasta que se hizo de su lugar en la construcción. 

Rogelio sabe explicar por qué le gusta San Antonio y por qué no le gusta Uruguay. «Es un país oscuro», asegura. «Tiene un español más trancado que la madre de los tomates. Ahí yo no te puedo ni mirar porque dicen que te estoy acosando».

Rogelio tuvo dos novias que duraron a su lado muy poco tiempo. «Con una no llegué ni al mes, porque cuando la vi fumando marihuana le dije:  “No, no, no, tranquila, no te molestes”. Ese día había terminado de enchapar un baño y una cocina. Cuando llegué a la casa dije:  “¿Qué olor es este?”. Yo nunca había olido eso, y era marihuana. Al tiempo me empaté con una dominicana. Un día llego a su alquiler y digo:  “¿Ay, y esa planta tan bonita, tan verdecita, de qué es?”. Cuando dijo marihuana le dije:  “Ah no, no, mija, no”».

Rogelio Trava / Foto: Kako Escalona

Rogelio vivía solo, aunque reconoce que es mejor la vida en pareja. En Uruguay, dice, todo es demasiado caro. «Imagínate que una libra de carne de res te vale 378 pesos (casi diez dólares)»

A pesar de todo, con trabajo las cosas no iban tan mal, ganaba unos 18 mil pesos (casi 450 dólares) por semana, pero llegó el coronavirus y se frenaron las labores. En ese país, donde estuvo tres años y cinco meses, nunca pudo legalizarse. «Allí si eres médico cubano te dan tu residencia. Pero yo dije: “Ah, no, loco, esto no es para nosotros. Yo no soy médico”. Y dije: “Loco, hay que irse para Estados Unidos”».

Rogelio, entonces, se fue en bus a Brasil. «Yo salí de Uruguay con unos 960 dólares, y dije: “Donde se me acabe el dinero, ahí trabajo”».

En Santana do Livramento se dedicó a la construcción. Comenzaron a pagarle 80 reales (casi $15) diarios, luego le aumentaron a 100 (casi 20 dólares). «Como al dueño le gustaba mi trabajo, me dijo:  “Yo a você le voy a pagar 100 diarios”». Allí estuvo unos cinco meses. Reunió dinero. «Después compré dólares y hasta aquí no paré».

El 17 de abril de 2022 Rogelio salió de Brasil a Bolivia. De Bolivia a Perú, luego Ecuador, de Ecuador a Colombia, atravesó la selva del Darien, llegó a Panamá, llegó a Costa Rica, a Nicaragua, Honduras, Guatemala y México, antes de ingresar a Estados Unidos. 

Ese es un trayecto que Rogelio ya conoce muy bien. Si hubiese tenido dinero, hubiese podido llegar a territorio estadounidense en menor tiempo, no en los casi cuatro meses que duró la travesía, pero Rogelio no tenía cómo pagar coyotes. 

Anduvo solo. Atravesó la selva del Darien durante ocho días con un grupo de casi 80 personas desconocidas a las que se unió en Colombia. La mayoría eran venezolanos y había apenas tres cubanos. En la selva oyó el aullido de monos. Pasó hambre. Lo que más comió fue raspadura, que llevó consigo todo el camino para mantener la energía, tal como aprendió durante sus años de servicio militar en Cuba. Durmió donde le agarró la noche. En una ocasión se perdieron tres horas, no había un guía y era normal que sucediera, pero siguieron el curso del río. «El guía era el río. Yo dije: “Toda el agua corre para abajo, así que caminen”». El río los fue llevando a los campamentos fronterizos de los guardias de migración. Uno de esos guardias se dio cuenta de que Rogelio estaba cumpliendo los 54 años en la selva. «Lo supo cuando revisó mi pasaporte. Le dolió, ¿viste?, yo sé que le dolió. Ahí dijo:  “Mira, no puedo hacer nada por ti, lo más que puedo hacer es darte una jaba de arroz, lenteja, aceite y sardinas”. Y ahí mismo la cocinamos en la selva. Yo te digo que es duro, cumplir años en la selva te hace un nudo en la garganta que no te deja ni respirar».

Cuando finalmente el grupo llegó a Guatemala y cruzó a territorio mexicano por Tapachula, Rogelio se mantuvo trabajando un mes en esa ciudad, barriendo calles con sus nuevos amigos haitianos por un salario de cinco mil 119 pesos (casi 250 dólares) al mes. Luego de solicitar una cédula que le permitiera moverse de manera legal, agarró un autobús hasta Piedras Negras. 

Ahora, a las afueras de Corazón Ministries, le ha pedido a un venezolano que le guarde un catre para pasar la noche, mientras le dejo hacer una llamada desde mi teléfono a su hijo mayor, a quien no ve la hora de poder mandar un dinero para que salga también de Cuba. Le pregunto si ya comió. Hoy en el albergue habrá panes con jamonada y yogurt para la cena. «Yo pesaba 89 kilos y si estoy pesando 65 es mucho», asegura Rogelio. No obstante, de lo que realmente tiene ganas ahora es de tomar cerveza. «Si te digo la verdad, aunque me esté quedando en la casa del señor yo lo que quiero es una cerveza». Vamos por cerveza.

Todo lo que Rogelio tiene ahora mismo es una mochila que lo acompañó durante su travesía con tres pantalones, cuatro camisas, dos pulóveres, una carpeta con sus documentos migratorios, una Santa Bárbara y una Virgen de la Caridad del Cobre.

Mochila de Rogelio / Foto: Kako Escalona

«Acá nos han dado ropa, ¿pero para qué quiero más ropa? No como los venezolanos, que cogen ropa y cogen ropa que parece que van para Venezuela. Yo no los entiendo. Yo se los digo:  “Caballero, ustedes no van para Venezuela”. Pero siguen cogiendo ropa». Por ahora Rogelio no ha encontrado trabajo. Lleva casi una semana durmiendo en Corazón Ministries, y cuando a las ocho de la mañana obligatoriamente debe salir del lugar, se la pasa por las calles preguntando a quién le hace falta un trabajo de construcción a menor precio, hacer una mudanza, limpiar un almacén. Pero no ha tenido suerte. El día que llegó a San Antonio pensó que la ciudad era linda, bastante linda, de edificios grandes y calles anchas, tan linda que se pasa horas caminando el downtown de arriba a abajo sin aburrirse de mirar.

Cuando el sábado a las tres de la tarde Rogelio salió del centro de procesamiento de Eagle Pass con un documento que decía claramente que le había sido otorgado un Parole, se dirigió hasta la estación de autobuses Greyhound y gritó que quién podía completarle los cincuenta dólares que costaba el pasaje hasta San Antonio, ya que él solo contaba con 300 pesos mexicanos (casi 15 dólares). «Caballero, complétenme que cuando yo gane dinero yo se los pago», dijo a los demás migrantes que iban en su misma dirección.

Una cubana se ofreció a ayudarlo con el pasaje y Rogelio se subió a la guagua y no se bajó hasta que el autobús arribó a la estación de San Antonio, un lugar lleno de migrantes que esperan autobuses con destino a Dallas, a Houston, a Brownsville, a Harlingen, a Amarillo y otras varias ciudades. El lugar también sirve de sitio de espera para aquellos que se trasladan al aeropuerto. 

En la estación de Greyhound, ubicada entre las calles Pecan y St. Marys, hay niños jugando en un suelo de poca higiene. Están cansados y se les cierran los ojos pero no se duermen. Hay culeros desechables en las ventanas del lugar, por si a alguno de los niños les hiciera falta. Hay voluntarios de The Interfaith Welcome Coalition que ayudan a los migrantes facilitándoles agua, imprimiendo sus boletos o brindando asesoría. Hay un cubano que se dirige a Miami y, mientras carga la batería de su celular, llama a una amiga y le cuenta en un tono altísimo que está esperando un dinero que le enviarán por la Western Union, y de ahí partirá al aeropuerto. Lleva una bolsa transparente con varias mudas de ropa y una carpeta con sus documentos. Le cuenta a su amiga que está bien. Le dice que no ve la hora de comer comida cubana y que está «a golpe de burritos». Dice que ya no puede con uno más.

Estación de autobuses de Greyhound / Foto: Kako Escalona

A las afueras de la estación de autobuses se encuentra Diosmel Lambert, como casi todos los días en los horarios pico. Lambert es cubano y es taxista. Llegó a Estados Unidos en 1994 como balsero. A diario conoce a decenas de cubanos que llegan a San Antonio, donde vive. A algunos les sirve de taxista hasta el aeropuerto. El migrante viejo sirviendo al nuevo migrante. Cobra 26 dólares por cada viaje. Hay quienes quieren cobrarles más, pero él trata de hacer lo justo.

Lambert no conoce a Rogelio y Rogelio no conoce a Lambert. No tendrían por qué conocerse. La noche que encuentro a ambos, uno se irá a llevar pasajeros hasta el aeropuerto, y el otro se irá a dormir a Corazon Ministrie. A la mañana siguiente uno volverá a estacionarse en su taxi a las afueras de la estación de autobuses, y el otro saldrá a localizar a una abogada que le comience a tramitar un permiso de trabajo. Uno lleva 27 años en San Antonio, toda una vida. El otro acaba de llegar, y ahí se va a quedar a vivir, porque si no se queda allí, ¿qué rumbo toma? Rogelio no tiene a dónde ir, no tiene familia en Miami, y un amigo de Virginia no le ha contestado sus llamadas. Se tira cada martes una foto con un celular que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) le ha entregado para monitorear sus movimientos. Tiene tantas ganas de comerse un puerco asado en púa. No ve la hora.

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De acuerdo con los datos últimos actualizados del Departamento de Aduanas y Protección de Fronteras (CBP), un total de 177 mil 848 cubanos llegaron a Estados Unidos por vía terrestre hasta julio del año fiscal 2022.

De ese total, 175 mil 359 ingresaron a través de la frontera de México, lo cual, sumado a otras vías de acceso, representa un éxodo que en menos de dos años ha superado las más grandes crisis migratorias desde 1959 con la Revolución en el poder: El Mariel en 1980 (125 mil), la Crisis de los Balseros en 1994 (34 mil 500) y Boca de Camarioca en 1965 (unos cinco mil). 

Las autoridades estadounidenses habían pronosticado que cuando terminara el año fiscal en septiembre de 2022, habrían arribado a Estados Unidos cerca de 150 mil cubanos. Los números rebasan ya esos cálculos.

Aunque la principal vía de escape sigue siendo terrestre, la Guardia Costera informa que unos cuatro mil 30 cubanos han sido capturados en el Estrecho de Florida o a su arribo a territorio estadounidense en el año fiscal en curso, a pesar del desmantelamiento de la política de Pies secos/Pies mojados por Barack Obama.

El panorama en la Isla ha acelerado la salida de muchas personas de todas las edades. Crisis alimentaria, crisis sanitaria agravada por la pandemia de coronavirus. La escasa llegada de turistas por el cierre de las fronteras. La vuelta a los apagones de hasta 18 horas al día. Un estallido social el pasado 11 de julio que dejó más de mil 500 personas detenidas y puso aún más en evidencia el alcance de la represión política en el país.

En medio de este deterioro, el Gobierno de Nicaragua estableció en noviembre de 2021 el «libre visado» para ciudadanos cubanos «con el fin de promover el intercambio comercial, el turismo y la relación familiar humanitaria», según comunicó a través de una nota de prensa el Ministerio de Gobernación. 

Con esta medida llegó también la posibilidad para miles de cubanos de emprender una travesía hacia Estados Unidos que les ahorra atravesar la peligrosa selva del Darién. Tanto así que, tras el anuncio de libre visado, un total de 170 mil 473 cubanos han llegado al país del norte, de acuerdo con las estadísticas divulgadas por el DHS/CBP.

Patrullaje en el Río Bravo / Foto: Kako Escalona

Las medidas del gobierno de Daniel Ortega desataron una epidemia de ofertas y demandas en varios grupos de cubanos en Facebook. 

«Te ayudamos a cumplir tu sueño con la mayor seguridad, viaje con nosotros, travesía desde Nicaragua hasta la frontera por tan solo 4 mil, comida y hospedaje incluidos y otros detalles, decídete ya», dice uno de los tantos anuncios que existen en el grupo «CUBANO A NICARAGUA HASTA EE-UU».

También ha disparado los negocios de reventa de pasajes por precios que superan casi siempre los dos mil 500 dólares: «Buenas tardes, disponibilidad para Nicaragua con un costo de 3000 usd totalmente seguros, preguntar sin ningún compromiso», dice un anuncio. «Pasajes a Nicaragua 2700 USD, verdaderos interesados al privado», dice otro.

Otras propuestas ofrecen vuelos en las aerolíneas Aruba Airlis y Air century, la primera con escala en Jamaica y el segundo directo hasta Managua.

Incluso hay quienes tienen ofertas que se pueden pagar en efectivo o a través de Zelle o Western Union: si compras cuatro boletos, el cuarto de ellos tendrá la mitad del precio original. Si compras seis, el sexto sale totalmente gratis. 

Están, además, los vendedores que transmiten total seguridad: «Paquete Nicaragua-USA, solo verdaderos interesados, se le aclara cualquier duda que tenga. Nada de Caminatas. No Río Bravo».

Existen los compradores desconfiados: «¿​​Cómo puedo verificar que un boleto de Conviasa es real?».

Los que piden recomendaciones: «¿Qué coyote recomiendan para hacer la travesía?» Y los que responden: «Estamos a la orden. Te puedo cruzar de Honduras hasta la frontera con Estados Unidos».

Están los que se lamentan de estafas: «Hay muchas personas que venden sus casas y todo lo que tienen para poderse ir y no es fácil que venga una persona a robarle su dinero de tanto sacrificio»

Están los que ponen sus propias reglas: «Tengo solo 5 mil dólares, ¿cómo puedo llegar a Estados Unidos?» y están los que solo tienen una certeza: «Yo quiero irme también».

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Daniel Simón y Dairy Fleites no se conocían cuando salieron de Cuba. Él es del municipio de San Antonio de los Baños y ella de Bauta. Coincidieron en una casa en Tapachula, México, donde había un grupo de migrantes esperando ser trasladados por los coyotes a Eagle Pass. 

Ella salió de Cuba por el aeropuerto de Santa Clara y él por el aeropuerto internacional José Martí de La Habana. A Dairy, de 26 años, estudiante del último año de la carrera de Derecho de la Universidad de La Habana, su prima de Miami le comentó que muchos cubanos estaban llegando a Estados Unidos a través de Nicaragua, que si le hacía falta el dinero para irse ella se lo prestaba.

«Yo le dije que sí, sin pensarlo mucho. Al otro día me llamó y me dijo que tenía pasaje para el lunes 13 de julio a las nueve de la mañana. Por mi mente pasaron mil cosas y me arrepentí varias veces. Estaba muerta de miedo y sin poder demostrarlo a mi familia porque ya no había marcha atrás», cuenta.

11 mil dólares costó toda la travesía de Daniel. La de Dairy 13 mil dólares. «No tenía para nada ese dinero, y ni en mis mejores sueños aspiré a tenerlo, me lo prestó mi prima y me dijo que no me tengo que apurar para devolvérselo», dice.

Llegó a Managua a las nueve de la noche del día 13, luego de hacer escala primero en República Dominicana y luego en Jamaica. 

Daniel, de 33 años, graduado de la Facultad de Arquitectura de la CUJAE, llegó sobre las doce de la noche a Managua en un vuelo con escalas similares. 

A ambos los recogieron en el aeropuerto e hicieron un trayecto en taxi hasta un pueblo cercano a la frontera entre Nicaragua y Honduras. Ninguno de los dos pudo dormir durante todas las horas que duró el trayecto. 

A ambos, cada cual por su lado, los condujeron en Honduras hasta una estación migratoria para solicitar un salvoconducto que les permitiera moverse por el territorio.

«Esa persona que iba encargada de nosotros nos llevó a sacar el salvoconducto para estar de alguna forma legal. El salvoconducto prueba que has sido atrapado por las autoridades hondureñas y te dan una semana para que abandones el país. Entonces con ese papel tú podías moverte por Honduras supuestamente para abandonarlo. Eso costaba como 140 dólares», recuerda Daniel.

Un coyote, que fingía todo el tiempo no conocerlos, los llevó en autobús hasta Tegucigalpa, donde después de comer algo los montaron en otro autobús por 12 horas hasta la frontera con Guatemala. 

Durante esos trayectos durmieron en moteles o casas de descanso, las mujeres a un lado, los hombres al otro. Esos días coincidieron con el ciclo menstrual de Dairy, que se las arregló limpiándose con toallitas húmedas las veces que no se podía bañar. 

Cuando un autobús la dejó en Ciudad de Guatemala, Dairy entró a un mercado de la cadena Walmart por primera vez: «En el Walmart lloré. Era mi primera vez en una tienda así, vi tantas cosas y mi familia y la mayoría del pueblo cubano careciendo de tanto. Y esa misma noche mientras estábamos en el hotel sentimos una balacera como a dos cuadras y supimos que habían matado a un hombre. No logré dormir nada».

De Ciudad de Guatemala el trayecto es en autobús hasta la zona fronteriza con México. Luego, el viaje que hizo Dairy hasta Tapachula en taxi lo recuerda como el peor de todo su recorrido. «El chofer se aprovechó de la apretazón y me tocó toda con maldad. Fueron 30 minutos eternos y no dije nada por miedo», dice.

Foto: Kako Escalona

«Yo iba sola. Tenía mucho miedo. Me vestí todo el tiempo de la travesía con la ropa de mi esposo que no pudo venir porque no teníamos el dinero. Traje esa ropa para que me quedara ancha, no me arreglaba para verme lo más fea posible. Tenía miedo de que me violaran o que me mataran. Se escuchan tantas historias y como ves no son del todo falsas, porque ese taxista era un descarado y se aprovechó de la situación y fue lo menos que pudo haber pasado. Pudieron ocurrir cosas peores».

Una vez que coincidieron en Tapachula, Daniel y Dairy fueron trasladados por los mismos coyotes hasta un hotel en Puebla. En dos días llegarían a la frontera. 

«No sé si fue un chivatazo, pero nos hicieron un operativo. Tumbaron la puerta, rompieron un candado que habíamos puesto para que no entraran. Nos sacaron de ahí, pero no nos maltrataron», cuenta Daniel. «De ahí nos llevaron a una estación. Tuvimos que entregar los zapatos, los cordones, el dinero, el celular. La preocupación era que de pronto la familia no supiera dónde estaba, porque no podía comunicarme».

Ese, el de la familia, era el mismo miedo de Dairy: «Solo pensaba en mi mamá, en qué pasaría cuando no le escribiera. Pero solo nos retuvieron 24 horas, nos dieron un salvoconducto y nos regresaron para Tapachula para que abandonáramos el país por la frontera más cercana. Fue deprimente volver al principio, pero no había de otra. Después volvimos a hacer el mismo camino a Puebla, en la travesía tuve fiebre, me desmayé tres veces, pero las personas que iban conmigo fueron mi familia, me cuidaron muchísimo».

Luego de llegar nuevamente a Puebla y trasladarse por dos días a la Ciudad de México, fueron conducidos hasta Monterrey y después hasta Piedras Negras, donde les pidieron que entregaran sus teléfonos celulares. Pasaron una noche en una bodega con decenas de otros migrantes.

«Al otro día por la mañana nos fueron llevando poco a poco a un monte que, luego de caminarlo unos cien metros, llegabas al río Bravo. Cruzar el río fue lo más fácil, por lo menos por ese punto. El agua me daba por la cintura y no había mucha corriente», relata Daniel. «En tres minutos ya estábamos del otro lado y ahí nos cambiamos de ropa porque estábamos mojados y caminamos hasta que nos encontrara una patrulla».

Una vez en manos de la policía, les ofrecieron agua, los separaron según el sexo y agruparon a los que venían en familia o con niños. Les dieron una bolsa para que echaran sus pertenencias. Les preguntaron si alguno tomaba pastillas o tenía algún tipo de enfermedad. Les dieron otra bolsa para que depositaran sus pasaportes y documentos. Después de unas horas, una guagua del Border Patrol los trasladó a todos al centro de procesamiento, un lugar también conocido como «La Hielera», por las bajas temperaturas de la climatización. Daniel cree que habían concentradas en el lugar más de 600 personas, la mayoría de Venezuela.

Migrantes en Eagle Pass / Foto: Kako Escalona

«El trato fue súper malo, pero supongo que fue al verse desbordados por tantas personas», dice Dairy. «Estuvimos tirados afuera como perros en el piso sin comer nada hasta las 12 de la noche. Ahí nos dieron una manzana y un paquetito de galletitas y nos mandaron a entrar, nos sentaron en unos bancos de metal y ahí pasamos la noche sentados en el frío más grande que he pasado en mi vida».

En el centro de procesamiento, como al resto de los migrantes, a ambos les tomaron sus huellas dactilares y les preguntaron si tenían miedo de regresar a Cuba. Dijeron, obviamente, que sí. Le pregunto a Daniel si no dijo nada más, si no le pidieron explicar por qué o cuál era la causa de ese miedo. 

«Solo eso, con un sí bastaba. La pregunta era de sí o no. La respuesta es que sí, es lo que dice todo el mundo», responde.

También les preguntaron si tenían dirección a dónde ir en los Estados Unidos y algún contacto telefónico de alguien que los fuera a recibir. Ambos dijeron también que sí. Daniel se dirigiría a la casa de un amigo de la infancia y Dairy para la de sus tíos. 

Daniel y Dairy salieron del centro de procesamiento y luego los trasladaron a Mission Border Hope.

«Allí te dan de comer, tienen baños y te resuelven un transporte para llevarte al aeropuerto», cuenta Dairy. «Si tu viaje es tarde como el mío, en San Antonio te llevan para un refugio, ahí nuevamente te dan de comer y puedes dormir. Yo decidí irme para el aeropuerto y pasar la noche ahí junto con mis amigas de la travesía».

A Daniel, su familia y amigos le habían ayudado con una reservación en el hotel Day Inn de San Antonio, donde permaneció hasta que se dirigió al aeropuerto para tomar su vuelo a Miami.

Ahora los dos se encuentran en Miami. En algún punto, les gustaría retomar los estudios de Derecho y Arquitectura, respectivamente. Mientras tanto están enfocados en poder encontrar trabajo para saldar la deuda de miles de dólares que les costó poder llegar a Estados Unidos. Dairy ha valorado la posibilidad de dejar el Derecho y ser enfermera. Dice que puede ser una opción. Ganaría bien y lo ganaría rápido.

Las autoridades migratorias les otorgaron a Daniel y Dairy un Permiso de Permanencia Temporal o Parole por tres meses, un documento expedido por USCIS «por razones humanitarias urgentes o de beneficio público significativo» que permite circular en el país a personas que de otro modo no son consideradas admisibles, y realizar solicitudes de trabajo.

A la mayoría de los cubanos que en los últimos tiempos llegan en masa a la frontera, se les concede este tipo de Parole o la Forma I-220A, un permiso que permite estar libre bajo supervisión de inmigración en territorio estadounidense. 

Según el abogado de migración Willy Allen, radicado en Miami, aunque «siempre un Parole te puede ayudar más que una I-220A, ya que se puede solicitar permiso de trabajo», no existe una gran diferencia entre ambos para el caso de los emigrados cubanos. Esto se debe a que la ley de Ajuste Cubano —que permite que ciudadanos de la Isla que lleguen de manera ilegal al país soliciten convertirse en residentes permanentes legales en Estados Unidos— «lo que requiere es una inspección y una admisión», dice el especialista. 

De las dos formas, con Parole o Forma I-220A, «están entrando totalmente ilegal y eso para muchos jueces y oficiales de USCIS significa que no aplicas a la Ley de Ajuste Cubano, pero eso no es lo que esa ley dice, sino que habla, repito, «de inspección y admisión. Por eso se ha estado librando una batalla grande en las Cortes».

Un grupo de abogados de Miami interpuso hace unos meses una demanda federal para que fueran aceptados oficialmente para aplicar a la Ley de Ajuste Cubano todos aquellos cubanos que entraron a Estados Unidos por puntos fronterizos, o fueron liberados bajo fianza por ICE tras el desmantelamiento de Pies secos/Pies Mojados, y a los que le fue otorgado la Forma I-220A.

Pasado un tiempo, el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) y USCIS aprobaron dicha solicitud, con la que se benefician miles de inmigrantes cubanos que ingresaron al país después del 12 de enero de 2017.

Esta medida excluye a los migrantes que ingresaron de manera ilegal, como las entradas a través del Río Bravo. No obstante, algunos de estos casos a quienes han otorgado la Forma I-220A también han podido aplicar a la residencia permanente.

¿De qué depende que a un migrante en la frontera le sea otorgado un Parole, una Forma I-220A u otra condición migratoria? 

Allen afirma que es algo completamente arbitrario. «Es a discreción absoluta de los oficiales de migración. No tienen un patrón a seguir, y esto para abogados como yo es muy frustrante porque en una misma familia se puede otorgar una I-220A al padre, y un Parole a la hija, y a lo mejor a la madre la detienen y podría salir con fianza. O sea, que no hay un patrón de tratar a todo el mundo igual», sostiene.

«Por ejemplo, me vino a ver una señora con su madre y su hijo. A ella y al hijo le dieron un Parole por 15 días y a la madre una I-220A. Un mismo caso, del mismo pueblo, una misma familia», cuenta.

«He tenido otros casos, como una familia a la que la madre y el padre le dan I-220A, y a la hija de 18 años un Parole de 60 días y le pusieron un grillete. Ahora, ¿por qué le ponen un grillete a una niña de 18 años? Para mí es sumamente frustrante la forma en que el oficial de turno decide lo que va a hacer en ese momento», afirma.

Allen ha llegado a pensar que se trata de maltrato al migrante. «Creo que estos oficiales hasta cierto punto lo hacen para causar más caos. Yo creo que es totalmente deliberado, lo hacen para causar caos entre las personas, porque como no pueden deportarlos tienen que permitirles entrar. Es mi opinión, no tiene sentido que lo hagan si no es para causar angustia y molestia a los emigrantes».

Migrantes en Eagle Pass / Foto: Kako Escalona

Allen piensa firmemente que este «caos» es una manera de «castigar», en medio de la avalancha humana desde que el demócrata Joe Biden llegara al poder e implementara una política migratoria más flexible, luego de la estrategia de mano dura impuesta por su antecesor Trump. Durante los primeros 17 meses de su mandato presidencial, llegaron 187 mil 527 cubanos indocumentados a Estados Unidos. Hasta el mes de julio del año fiscal 2022, un total de dos millones 242 mil 413 de todas las nacionalidades llegaron a los Estados Unidos, frente a los 1.7 millones del año anterior.

Según Allen, como Estados Unidos no tiene un acuerdo de deportación con Cuba, no les queda otra opción de aceptar a cada vez más cubanos en el país. Desde diciembre de 2020, Cuba se ha negado a admitir a la mayoría de sus nacionales con orden de deportación.

Aunque los últimos números del DHS/CBP muestran que unos 338 cubanos fueron expulsados del país este año fiscal bajo el Título 42, una política establecida durante el mandato de Trump y que bajo el argumento de la situación sanitaria ha permitido retornar a México a miles de migrantes, sigue siendo también difícil en el caso cubano. 

«No tenemos plenas relaciones diplomáticas con Cuba», dijo al medio Al Día Dallas Theresa Cardinal Brown, exfuncionaria del DHS. «Tenemos que poder trabajar con esos gobiernos para que acepten de vuelta a su gente. No podemos simplemente llevar en avión al azar a la gente a un país… Ellos también tienen soberanía».

Por eso Allen considera «que todo lo que pasa en la frontera es para castigar a las personas que están entrando, porque no pueden deportarlos, ya que Cuba se reserva el derecho de aceptar o no la deportación», insiste. 

«Cuando miras el escalafón de entradas, admiten a la mayoría de los cubanos, al cien por ciento de los ucranianos, a la mayoría de los venezolanos, y a los rusos. Los que más tienen problemas para ser admitidos en el país son los centroamericanos, como los nicaragüenses, también los haitianos. Ahora, por ejemplo, les están dando cierta facilidad a los colombianos», dice Allen.

Cuba es hoy el cuarto país con más migrantes nacionales que han llegado a la frontera sur durante este año fiscal, después de México (695 mil 910), Guatemala (201 mil 684) y Honduras (184 mil 004), y por delante de Nicaragua (134 mil 515), Venezuela (130 mil 32) y Colombia (102 mil 473), de acuerdo con las últimas cifras de DHS/CBP.