Postales de la Necropatria

    El pasado 31 de julio la portada de la edición impresa del diario Granma mostraba en primera plana a cuatro militares entumecidos, en uniforme de gala, bajo el sol tremendo de Santiago de Cuba. La imagen tiene algo de irrealidad, de anacronismo: cuatro reclutas de 17 o 18 años, que probablemente cumplen el servicio militar obligatorio en alguna unidad de las inmediaciones del Cementerio de Santa Ifigenia, con más lasitud que solemnidad en el rostro, roban involuntariamente el protagonismo normalmente reservado al General de Ejército y sus asociados más cercanos. Era el acto por el Día de los Mártires de la Revolución decretado por el Partido Comunista, y allí no estaba Raúl Castro, ni su delfín Miguel Díaz-Canel, ni Esteban Lazo: estaban, en su lugar, tres ofrendas florales. El fotógrafo asignado echó una ojeada entre los presentes, buscó entre miembros del Comité Central y máximas autoridades del Consejo de Defensa Provincial la solemnidad de un gesto, algún rostro de portada en ese paisaje de tumbas. No lo encontró. Imaginó una fotografía de Frank País para la primera plana, miró al panteón y trató de figurarse qué quedaría de Frank País dentro de aquellas piedras. Se preguntó cómo luce la eternidad de los 22 años, cómo resplandece el sacrificio. Se secó el sudor en sus ojos con la manga de la camisa y finalmente capturó la imagen que le pareció más contundente: el nombre en mayúsculas de un Raúl Castro ausente, impreso en tinta verde olivo sobre el ribete de uno de los arreglos florales. Al fondo del cuadro, el panteón de mármol que guarda los restos de mártires de 20 años muertos hace más de medio siglo. Ninguno de ellos comunista.

    Así empecé aquel día, con esa imagen, asqueado. Era viernes. Lo recuerdo porque ese día murió Eusebio Leal. Supe la noticia por un amigo que ese día me pasó una captura de Facebook de un post que decía más o menos así: «Ha muerto el gran Eusebio Leal, historiador y novio eterno de La Habana. Otra luz que se apaga. En los que lo conocimos dejó una huella inolvidable. Todos los cubanos quedamos en deuda de gratitud con su legado…» Recuerdo que pensé en la naturaleza de ese noviazgo, tan arbitrario y desigual y definitivo. Pensé en la rara licencia que confiere la muerte ajena para la extravagancia. Pensé en la dimensión de ese legado y en esa deuda que al parecer también era mía. Recordé en ese momento el argumento de un cuento de Borges: la historia de un viajero que visita a un pueblo nómade de costumbres anárquicas: discípulos literales de Cristo (dejando que los muertos entierren a los muertos; los últimos serán los primeros; que los hermanos estén contra los hermanos).

    Los cubanos vivimos en constante perplejidad, pensé. Obligados a pensar un universo sin matices por décadas, al borde de un colapso económico que agota todas las formas de la miseria, colmados de frustraciones sociales, a merced de la vulgaridad en todos los órdenes y de la falta de rumbo, voluntad y hasta sentido común de un gobierno impotente, profundamente violento y represivo, movido por la furia y el miedo, desvelado solo por conservar el poder, aunque lo que terminen gobernando, a la postre, sea un platanal. La decadencia de la así llamada Revolución cubana ha terminado por configurar una sociedad secuestrada por un alegre maniqueísmo, por la heredad de las ideas absolutas, preparada únicamente para reacciones primarias.

    Hace unas semanas, también un viernes, mi amigo volvió a llamar para contarme sobre la inhumación de los restos de Eusebio Leal cinco meses después de su muerte. «El hombre murió en una era y lo entierran en otra. Una era que está pariendo un cadáver», creo que dijo. Habló de Gramsci, de un viejo mundo que se muere y de un nuevo orden que no termina de nacer. Dijo que la muerte de Eusebio Leal era la muerte de la Revolución y sus mitos. Habló de los sabios cubanos, de los «teóricos del deber» que eran incapaces de decretar esa muerte. Que un cadáver se puede mantener por semanas y meses, sin perder la compostura.

    Cuando colgamos, busqué la edición impresa del Granma de ese día. La página final estaba dedicada a reseñar las exequias de Leal. Una de las imágenes que acompañaba la nota mostraba en mayúsculas el nombre de un Raúl Castro ausente, impreso sobre el ribete de uno de los arreglos florales junto a la urna con las cenizas. Me figuré a Osmel Rubio, vestido de militar, obligado a custodiar aquella urna, la mirada fija en el mármol.

    Hojeé la edición del Granma en busca de alguna referencia al Movimiento San Isidro (MSI) o el 27N, y encontré un panfleto titulado «Somos Cuba Viva», un panfleto de cuatro páginas que era la transcripción de un discurso del presidente Díaz-Canel. Un intruso sumergido en plegarias caducas, forzado a estipular la vitalidad de una nación como quien promulga un decreto. El Presidente hablaba como un proscrito bajo amenaza, con una suerte de quijotismo hipertrofiado que descubre gigantes y bestias donde hay molinos y brisa: «No es la primera vez en la historia que los enemigos de la Revolución cubana intentan golpearla oportunistamente, en un momento difícil para la economía y la sociedad. No es la primera vez que los lobos se disfrazan de ovejas y que tratan de tomar una cabeza de playa. No es la primera vez que mienten y presentan al mundo un país distinto al de su realidad.»

    Enemigos de la Revolución cubana. Lobos disfrazados de ovejas. Un país distinto al de su realidad.

    Como en la conjetura de Collatz, no importa con el número que comiences a desplegar la fórmula: siempre llegarás al 4 que se convierte en 2 y que termina en 1. El problema cubano siempre llega al mismo punto: «Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada». La Revolución, esa ortodoxia digna de su vacuidad, esa máquina de fabricar moralejas y adversarios.

    Cumplida la renuncia de la realidad en favor de la idea, de la idea en favor de la ideología, de la ideología en favor de la militancia y de la militancia en favor del gangsterismo, la revolución castrista ha decidido huir hacia adelante y se ha instalado de plano en la ficción. Una ficción torpe, maniquea, inmoral, producida por la mendacidad de rufianes de miradas abyectas y sonrisas atrofiadas, acomodada en la exasperación de ciertos dualismos falaces que terminan por convertirnos a todos, eventualmente, en antagonistas, en extraños para nuestros semejantes.

    Hace un par de días, el 9 de marzo, dos jóvenes ilustres de esa comunidad beligerante y azorada de NOSOTROS, LOS REVOLUCIONARIOS, como el reflujo de la espuma que pugna por persistir, ya ni siquiera por afirmarse, escribieron sendos artículos, publicados en Cubadebate y La Tizza, respectivamente, donde entre otras lindezas se le endosa a Rialta (proyecto que dirijo) el «más descarnado y recalcitrante discurso contrarrevolucionario» (Javier Gómez Sánchez) y la sumisión a «valores conservadores que beben de la idealización del orden prerrevolucionario» (Raúl Escalona Abella).

    Más allá de la sensación de abatimiento que queda luego de la lectura de los delirios sintagmáticos y lógicos producidos por las mentes candorosas y vehementes de esos jóvenes revolucionarios (delirios del tipo «Los revolucionarios debemos seguir nuestro andar hereje por sobre las fábulas caleidoscópicas de los espectros del pasado»), me permito un diagnóstico, un consejo y una evidencia.

    El diagnóstico: He llegado a pensar que el mayor problema de esos jóvenes pensadores es que son precursores de José Agustín Caballero, en el sentido de que tienen toda la Historia y la Filosofía cubanas por delante, eso conjugado con los visos frenéticos que emanan de una sociedad profundamente ideologizada y absolutamente despolitizada.

    El consejo: Se harían mucho bien si, en lugar de hacer malabares con la ideología, empezaran a discutir directamente de política, a pensar la realidad y sus complejidades. Esto no se trata de ideología; se trata de humanidad, de libertades, de respeto a la vida.

    La evidencia: El mayor enemigo de la así llamada Revolución cubana no es el capitalismo, ni el liberalismo, ni el conservadurismo, ni la globalización; el mayor enemigo de la Revolución es la propia realidad.

    La gente está de vuelta de la Revolución y quiere tener destinos personales.

    Si algo tengo por seguro, si algo sé, y lo saben también Javier Gómez Sánchez y Raúl Escalona Abella… lo que sabe todo el mundo, es que una situación como la nuestra no se puede soportar indefinidamente. Nuestra carencia de porvenir no se puede soportar indefinidamente.

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