Sobre sus recuerdos de la isla, la dificultad de ser opositor en Cuba, y, en particular, sobre su documental Dos patrias va esta conversación con la cineasta costarricense Hilda Hidalgo, con una sólida carrera en el documental y reconocida por largometrajes como Del amor y otros demonios o Violeta al fin.
Se pretende recrear la charla de alguna tarde en su habitación —la número 21— de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV), mientras hay botella de ron y el sol se oculta tras el pueblo textil.
Llegas en octubre de 1991 a Cuba para estudiar en la EICTV. ¿Qué idea tenías entonces sobre la isla?
Estaba convencida de que Cuba era un país fuera de serie. Uno donde se había privilegiado el bienestar de todos sobre el individual. La figura de Fidel Castro era fascinante y abarcadora. Y la idea de estudiar cine en una escuela fundada por García Márquez, con estudiantes provenientes de África, Asia y América Latina, me hacía sentir que formaba parte de un proyecto trascendente.
Llegué de noche a la EICTV y esa misma noche tuve la primera dosis de otra realidad. Una dimensión de Cuba que solo poco a poco empezaría a conocer y a comprender.
Estudiantes de varias nacionalidades nos reunimos en el cuarto de un compañero de generación a beber ron y conversar. Recuerdo que en determinado momento hice un comentario crítico sobre Fidel e inmediatamente alguien me silenció.
«Shhh, no digas su nombre. Mejor haces así», me dijo, y con su mano derecha se tocó la barbilla un par de veces, simulando una barba.
¿Por qué que no podía decir el nombre de Fidel Castro? Quedé atónita y enojada. En mi enorme ingenuidad, no cabía explicación posible para algo tan absurdo.
Mucho tiempo después comprendí que la represión a la disidencia era tan total que no solo abarcaba la vida política, sino que había tomado la intimidad de las personas.

¿Se cumplieron tus expectativas sobre Cuba? ¿Qué fue lo que más te impactó?
De Cuba es fácil enamorarse. Una se siente bienvenida de inmediato. A nuestra llegada en 1991, me impresionó el aire llevadero, alegre. Percibí que todavía quedaba esperanza.
En aquel entonces me pareció que no existía en esa Cuba el trato diferenciado de clase social que se vive en el resto de América Latina, donde los ricos miran hacia abajo y se sienten con derecho a maltratar a los pobres. Y viceversa: donde las personas sin recursos se avergüenzan de su estado y aceptan el maltrato. En Cuba había una especie de derecho propio de todas y todos, adquirido, no verbalizado, que no hacía distinción social por status económico.
Más tarde entendería que las distinciones en Cuba provenían más del privilegio dentro del aparato estatal y la cercanía al poder.
Esta época es inicio del «Período Especial», eufemismo acuñado tras la caída de la Unión Soviética y la pérdida del apoyo económico a su satélite caribeño. ¿Cómo lo viviste?
Durante el Periodo especial, la situación empeoró drásticamente. Muy pronto la gasolina y los alimentos empezaron a escasear. Los apagones se hicieron recurrentes.
La escuela era una especie de isla dentro de la isla donde, si bien hubo escasez, la alimentación estaba, de algún modo, asegurada. Sin embargo, el deterioro del país fue rápido y violento y en la EICTV lo vivimos de cerca.
En 1992, hubo una crisis de avitaminosis debido a la desnutrición y muchas personas perdieron temporalmente la vista (en la escuela varios estudiantes la padecieron). Fui testigo de muchas familias que comían un pan con aceite al día y de hospitales sin medicamentos disponibles. Yo misma terminé en el hospital con una infección grave de riñones sin posibilidad de tomar antibióticos.
Es el contexto que desemboca para 1994 (cuando ya estoy fuera de Cuba) en «El Maleconazo», cuando cientos de personas tomaron el Malecón de La Habana para protestar. Fidel colocó una tarima y arengó durante horas. Poco a poco la gente regresó a sus casas. En aquel entonces, me impresionó su capacidad para manipular y domesticar con la palabra. Luego me enteré de que, paralelamente, las brigadas de respuesta rápida habían salido de inmediato para atacar a los manifestantes.
Sumado a las evidencias visibles, diría que el Periodo especial tuvo consecuencias aún más graves: el deterioro en la salud mental y emocional.
Las personas perdieron la esperanza. Quienes pudieron escapar, lo hicieron. Quienes se quedaron padecieron un martirio que sigue hasta hoy. Un martirio que paraliza el alma.
Llama la atención que tu primer trabajo documental lo realizas en tales circunstancias, como estudiante en Cuba. En él tomas los sillones mecedores del poblado de San Antonio de los Baños como metáfora de una sociedad que se mueve pero no avanza.
A punto de es un corto documental precisamente de 1992. Pretendía ser una exploración visual y sonora de la mecedora, del movimiento y del tiempo. Como bien decís, era una forma de retratar esa parálisis, ese moverse sin avanzar.
Ese A punto de es una sensación que no he dejado de sentir en Cuba. La siento siempre Fidel colocó una tarima «a punto de» que pase algo. Inmovilizada, pero en movimiento. Como si quisiera pero no lograra dar ese paso hacia el cambio de régimen.
Con base en San José, desarrollaste una fructífera carrera como realizadora de ficción y de documentales. ¿Volviste a la isla?
Luego de graduarme tuve la oportunidad de regresar a Cuba en varias oportunidades para asistir al festival de cine [de La Habana] y a la EICTV (1998, 2003 y 2010). Siempre me sentí como regresando a casa. La claridad sobre lo que ocurre en Cuba, y sobre la represión tan extrema que se vive, se fue formando a lo largo de esos años.
En uno de mis viajes me hospedé en casa de una amiga. La primera noche, ella me pide que no hable en voz alta cuando esté en la casa o cuando camine por el pasillo de los apartamentos. Si alguien se entera que hospeda a una extranjera, la denunciarán por comercio ilícito. Adicionalmente, pude ver de primera mano el accionar de los «trabajadores sociales», grupos de jóvenes que Fidel mandó organizar para hacer requisas dentro de las viviendas. Si te encontraban un reloj de pulsera, una computadora o cualquier electrodoméstico no autorizado previamente por el Estado, te lo decomisaban.
Me impresionó el nivel de control sobre la autonomía, sobre el individuo. Un nivel de violencia y castración que, sin duda, tiene efectos duraderos.
¿Cuándo, cómo y por qué surge la idea de Dos patrias? ¿Por qué la cita de Martí en el título?
En noviembre del 2020, seguimos en las noticias las protestas del Movimiento San Isidro, ese impresionante grupo de artistas, periodistas y activistas disidentes que fue violentamente reprimido por el gobierno.
En ese momento, conversé con mi amigo y colega Carlos Quesada, director del Instituto de Raza, Igualdad y Derechos Humanos, respecto a la posibilidad de hacer un documental sobre la disidencia y la prisión política en Cuba.
Empecé la investigación casi de inmediato.
Fue entonces cuando encontré el poema de Martí. Me conmovió la claridad con que expresa tanto el dolor del exilio, del destierro, como el amor por la patria. Un dolor y una nostalgia que han acompañado a las familias cubanas durante tantos años.
También me impactó cómo el concepto «dos patrias» resume la otra dualidad que es Cuba. Por un lado, la Cuba de la justicia social y una revolución idealizada, y, por otro, la Cuba de la represión, la violencia y el miedo.
Ahora pienso que el ejército más potente que ha tenido el régimen en Cuba es el miedo.

¿Cómo se realizaron las entrevistas a los activistas que aparecen ahí? ¿Hubo amenazas hacia ti o los otros participantes?
Estábamos en plena pandemia cuando empezamos a producir la película.
Entonces, optamos por dos estrategias. La primera: enviar a las personas entrevistadas celulares con cámaras para que ellas mismas grabaran escenas claves de la película. Como, por ejemplo, el primer viaje que hace Ismael Boris con sus hijas para visitar a la mamá, Aymara Nieto, injustamente encarcelada a 600 kilómetros de su casa.
Y la segunda opción fue realizar las entrevistas vía Zoom (con grabación adicional en el celular que les habíamos enviado).
En varias ocasiones, tuvimos que suspender las entrevistas (o moverlas de fecha o de lugar) debido a la persecución que sufrían las personas protagonistas.
Las damas de blanco Aymara Nieto y Xiomara Cruz, y Eduardo Cardet, líder del Movimiento Cristiano de Liberación, protagonistas de Dos patrias, son activistas que forman parte de movimientos disidentes de larga data en Cuba y por este motivo los tres sufrieron una constante persecución por parte del Estado. Despidos injustificados, detenciones arbitrarias, golpizas, prohibición de movimientos dentro del país. En los tres casos la persecución culminó con la prisión política prolongada e incluso el destierro forzado. Xiomara fue expulsada del país, previo a la producción de la película, y Aymara lo fue posteriormente.
No tuvimos amenazas directas al equipo de producción durante el proceso, pero las personas cubanas, e incluso costarricenses, que trabajaron en la producción, a excepción de mi persona y de mi esposo Tobías Ovares, coguionista del documental, lo hicieron desde el más estricto anonimato.
Los sucesos del 11 de julio de 2021, esas protestas masivas espontáneas que se multiplicaron por toda la geografía nacional, tienen su origen justamente en San Antonio de los Baños. La gente se levantó de las mecedoras y echó a andar; los que eran «extras» en las historias de los estudiantes de cine se volvieron protagonistas. ¿Qué sentiste cuando ese domingo viste las imágenes que, gracias al poder de Internet, rompían la hegemonía comunicacional del gobierno cubano y su «aquí todos contentos»?
Estábamos listos para empezar la producción del documental cuando se dieron las manifestaciones del 11 de julio del 2021. No podía creer que hubieran empezado en San Antonio de los Baños. Una parte de mí no pudo dejar de pensar que ese hecho era una señal de la urgencia que tenía hacer el documental, y como egresada de la EICTV sentí una enorme responsabilidad en ese sentido.
Si bien para entonces teníamos elegidos los tres personajes del documental, las protestas de ese día marcaron un antes y un después en la historia de Cuba y se convirtieron en un eje narrativo central de la película.
Ese simbólico prólogo del documental donde las damas de blanco protestan solas, sin que nadie se les sume, la represión y violencia física contra ellas sin mediar palabras; todo cual una extraña coreografía de rutina. ¿Cómo se te ocurrió usarlo de tal manera?
Cuando encontré en Internet esos videos de Aymara y otras damas de blanco siendo detenidas por manifestarse frente a su casa, tuve una sensación de irrealidad. Parecían escenas de ficción. Aquellas mujeres vestidas de blanco, gritando consignas a la nada, frente a casas humildes, muchas de ellas derruidas, en calles de lastre, en entornos casi rurales.
¿Cómo podéis salir con una pancarta frente a tu casa y que te lleven presa por ello?
Como bien decís, en Cuba la represión contra la disidencia se convierte en una rutina. Pero, por más irreal o coreografiada que parezca, es peligrosamente real.
En el caso de Aymara, le significó más de siete años de cárcel. Cuando entró a prisión sus hijas menores eran niñas pequeñas; al salir, ya eran jovencitas. Años valiosos que ninguna de las tres podrá recuperar.
¿Crees que todo intento de documentar la labor de la oposición en Cuba pasa a ser obligatoriamente también un retrato de su represión?
Sí, creo que esos vídeos caseros, grabados en celular, hablan más de lo que es la represión en Cuba que cualquier libro de texto o denuncia penal.
Hay cierta resistencia en los circuitos culturales a abandonar la idea prefijada (y enquistada por decenios de propaganda estatal cubana) sobre una isla feliz, sin disenso, donde todos los habitantes están absolutamente de acuerdo con las decisiones que toma sobre sus vidas un poder que no eligen. ¿Sentiste algo así?
Absolutamente. Dos patrias ha sido censurado una y otra vez por festivales y otros espacios de difusión que se mantienen ciegamente aferrados a la idea de que Cuba es una revolución justa. Nos ha sorprendido enormemente que aún hoy, 2026, se nieguen siquiera a abrir el diálogo.
Es una pena que Dos patrias haya tenido relativamente poca proyección hasta ahora. Tanto trabajo invertido, tanto obstáculo sorteado, tanta necesidad de que el mundo vea lo que en él se plantea. ¿Esto te desanima?
Efectivamente, sentimos que el documental no ha tenido ni fuera ni dentro de Cuba la distribución que requiere. Esperamos seguir trabajando en ello.
Soy optimista. Dos patrias es un grano de arena. Cuando tengamos muchos granos de arena, su peso sumado inevitablemente caerá.
¿Algún mensaje al final (uno que metes en una botella y lanzas al mar rumbo a Cuba)?
Sueño con ver a la inmensa diversidad de cubanas y cubanos —y muy especialmente las y los jóvenes— incorporarse libremente a la discusión y la acción política en Cuba.
Estoy convencida de que esa nueva Cuba puede, debe y será construida.
*El documental Dos patrias se encuentra temporalmente disponible aquí.
