Esta nota no pretende ser otro obituario de mi llorado sobrino, el actor Alexis González Díaz de Villegas, sino el recuento de unos pocos pasajes de su existencia que solo yo puedo evocar. 

Alexis González nació un 7 de diciembre de 1966, el día de la muerte del Titán de Bronce y de Maximiliano Díaz de Villegas, su bisabuelo materno, una fecha luctuosa para la nación y la familia. Nueve meses antes, mi hermana Dany, de 19 años, había sido seducida y desposada por Fidel González, guagüero de la ruta Cumanayagua-Santa Clara. 

Fidel era un santaclareño de mota teñida y rostro empolvado, que arrastraba las erres. Doblaba a mi hermana en edad, experiencia y cultura. No bebía ni fumaba. Era mujeriego. Había leído a García Márquez (me regaló Cien años de soledad), a Pearl S. Buck y Mika Waltari. 

También era fanático del cine, y pasaba su tiempo libre frente al televisor, en pijamas, mirando películas. Nunca se perdió un estreno de las producciones francoitalianas. Era políticamente neutral, tal vez apático y posiblemente contrarrevolucionario. No militaba en organizaciones de masas y solía mofarse del infantilismo izquierdista de mi padre.

Para dar una idea de la ubicación geográfica de esa otra época, diré que existía entonces una región central llamada Las Villas, y que Alexis fue, técnicamente, un villareño. En cuanto a lo económico, baste decir que escaseaban el aceite, las papas y los calcetines, que había colas para juguetes y provisiones básicas, aunque las guaguas y los carros de alquiler aún corrían regularmente. Los guagüeros de las rutas provinciales usaban gorra de plato y vestían camisa blanca, pantalón negro y corbata con pasador.

Lo de los guagüeros ilustrados y bien vestidos lo sé porque también mi primo Raúl Bayolo hacía la ruta Cienfuegos-Habana. Bayolo fue una de las personas más distinguidas que traté en mi adolescencia, actor y dramaturgo, lector voraz y dedicado ocultista. Recuerdo su voz impostada, sus gestos hiperbólicos y sus ojos saltones que escrutaban al interlocutor. Ese otro guagüero fue, sin dudas, una influencia decisiva en Alexis González, el futuro comediante. 

Alexis y su tío Néstor / Foto: Cortesía del autor

Fidel abandonó a mi hermana cuando Alex tenía seis años («¡Este es un divorcio a la italiana!», declaró, textualmente, y salió de escena), entonces el cuidado del niño recayó en mis padres, Cástor y María Josefa, también conocida como «La Curra». 

La Curra era una actriz natural y una neurasténica que posiblemente padeciera el síndrome de Tourette. Mi padre zapatero era raconteur y genealogista aficionado, entusiasta de las peleas de gallos y seguidor de la escuela municipal de poesía campesina.

La primera noción de nuestro abolengo nos fue comunicada oficialmente por Cástor: éramos nobles, descendientes de un conde, aunque él ignoraba exactamente cuál. Alguien se lo había dicho en su infancia y papá nos lo transmitía, como era el deber de todo Díaz de Villegas. A partir de ese instante, era obligación nuestra. Esa nobleza, no por fabulada menos inevitable, influyó en nuestra proyección social, particularmente, la del actor Alexis González. De hecho, una vez que hubo ingresado en la Escuela de Teatro, mi sobrino descartó su patronímico y adoptó como nombre artístico el más dramático Díaz de Villegas. 

Cierta vez, mientras visitábamos el Palacio de Valle, en Cienfuegos, ya enterado de los detalles genealógicos, le referí a Alexis la verídica y triste historia de nuestro antepasado Don Agustín de Santa Cruz (1785-1841), el rico hacendado que pudo haber sido conde de Cumanayagua si no se lo hubiera impedido la cicatería del rey de España. De hecho, estábamos emparentados con los condes de Jaruco y Mopox y con la condesa de Merlin, ambos Santa Cruz, como nosotros. 

De manera que siempre nos quedaría Cumanayagua, que era nuestro reino al pie de las montañas, el paraje encantado donde confluían los ríos Arimao y Hanabanilla, y el lugar histórico donde Narciso López y nuestro primo José Gregorio Díaz de Villegas y Santa Cruz habían soñado la cabalística Rosa Cubana.

Andando el tiempo, y en circunstancias no muy diferentes a las de los Díaz de Villegas decimonónicos, el tío poeta fue a dar con sus huesos a la cárcel, víctima de una variante posmoderna del despotismo ibérico. Entre los 7 y los doce años, Alexis visitó el campo de concentración de Ariza al menos 40 veces. Aliviaba a sus abuelos de la carga de gofio y azúcar que mantenía alimentado al tío, condenado a labores de bachiplán. 

Después de mi indulto en 1979, tras un lustro de encierro, el régimen me obligó a abandonar el país. Mi última imagen de Cumanayagua, justo antes de abordar la guagua que me conduciría a La Habana y al aeropuerto, son los ojos llorosos de mi amado niño irremediablemente dañado por la política. 

No volvimos a vernos hasta 32 años más tarde, y menciono ese corte, el exeunt que le arrebató poco a poco a primos, tíos, abuelos, padrinos, hermanos y compañeros de gremio, porque es el terrible quebranto que el alma buena de Alexis le ocultó a su público: la chusma que lo aplaudió en Calígula, la plebe que lo aclamó en La vida es sueño y en Un enemigo del pueblo, el rebaño que pretendió ignorar que él había sido, efectivamente, un Segismundo. Ese público que no tomó en serio al indifunto Juan de los Muertos

Porque Alexis Díaz de Villegas había existido en la tragedia y para la tragedia, y porque lo trágico le era tan familiar como una jaba de gofio llevada en hombros, pudo hacerle creer a casi todo el mundo que el oficio de actor era un paseo. Pero Cástor, Néstor, Ulysses y Fidel fueron parientes suyos, sangre de su sangre y carne de su carne, y no simple mitología. Hoy, por esos caprichos del destino cubano, soy yo el que llora su partida.

Debo señalar que en los últimos meses se requirió la firma del viceministro Fernando Rojas para poder ingresarlo en el hospital oncológico de los desamparados, y que esa firma nunca llegó. Otras cuatro rúbricas serían necesarias para su traslado al ala del hospital donde se atiende a los privilegiados. La demora de los exámenes indispensables probablemente le ocasionó la muerte, y Alexis lo sabía.

El dolor del brazo, que requería fuertes dosis de morfina, resultó ser un cáncer de pulmón, detectado cuando era demasiado tarde. El régimen sanitario, cultural, económico, policíaco, migratorio y político de ese país de pesadilla es responsable del fallecimiento de uno de sus grandes artistas. 

La chusma diligente acudió al funeral organizado en torno a sus cenizas por aquellos que realmente lo amaban, en el teatro donde Alexis había experimentado la verdadera felicidad. Pero ninguno de los devotos que tomaban ron en La Casona estaba allí para protestar por la negligencia que liquidó al Maestro. Las negligencias, en Cuba, solo son denunciadas por los enemigos del pueblo, ese pueblo zombi que se despierta cada mañana en una ergástula y se va a la cama con un apagón decretado por algún rey Basilio que juega con sus sueños.

Entre los presentes había por lo menos dos personas honorables que filmaban el evento con sus celulares: Julio Llópiz, esa especie de Stockmann, y Luz Escobar, que es su Katrine. Una llamada alevosa desde el despacho de la comandancia puso en pie de guerra al estudiantado, los traicioneros discípulos de cualquier Maestro, y entonces comenzó el bochornoso acto de repudio como auto de fe. 

Aunque, con la particularidad de que los repudiantes se aprovecharon del estupor de la viuda para implicarla en la ceremonia de despedida de su esposo. Pues, a no dudarlo, con Luz Escobar y Julio Llópiz también fue espantada de La Casona el alma buena del comediante Alexis Díaz de Villegas.  

***

Espectáculo en el taller de tatuajes La Marca, La Habana, 2016. Alexis lee la poesía de su tío Néstor, primera lectura pública del autor prohibido en Cuba / Foto: Cortesía del autor

Desde que Alexis era pequeño, le enseñé a memorizar sonetos (Érase un hombre a una nariz pegado; Alma a quien todo un dios prisión ha sido). Reproduzco uno mío, que incluyó en varios de sus espectáculos.

La expulsión de los comediantes

de Jean-Antoine Watteau

Una tropa de heridos comediantes

de su viejo teatro despojados

va por la calle: rostros azorados

que incriminan al pueblo, desafiantes.

Ahora el público ríe y los soldados

empujan a un Pierrot que días antes

no quiso divertirlos. Hilarantes,

dan su mejor función, ¡los condenados!

Dejar atrás a la ciudad dichosa.

¿Qué se le puede hacer? ¡Es el Destino,

hermano de la Muerte caprichosa!

La Colombina habla con un pino,

y la Luna le pide el sí a una rosa.

Y ya acecha la Farsa en el camino.