Un lugar de mala fama

    Una tarde, a comienzos de diciembre de 2020, después de que la policía política cubana me interrogara por más de tres horas, me encontré con Luis Manuel Otero, artista principal del Movimiento San Isidro (MSI), en la casa de su familia en el municipio Cerro, cerca del estadio Latinoamericano. Después del allanamiento a la casa de Otero, un feudo al que yo había logrado sumarme luego de un viaje vía Nueva York-Miami-La Habana, la policía política nos repartió a cada uno de los acuartelados por nuestras casas. Otero, en cambio, terminó en el hospital Manuel Fajardo, en el barrio del Vedado. Querían que se recuperara luego de su huelga de hambre y sed y no lo liberaron hasta esa tarde en que finalmente nos volvimos a encontrar. También estaban con nosotros el científico Oscar Casanella y la poeta Katherine Bisquet, ambos participantes de la protesta, así como mi amiga periodista Mónica Baró y algunos otros colegas.

    Decidimos volver caminando a San Isidro, poco más de tres kilómetros que a paso lento agotamos en hora y cuarto. Un sol exhausto sobre nosotros, la sombra de la ciudad espesa y grumosa. Podía describirlo todo como si lo estuviese viendo desde arriba: el foso de Centro Habana, las ruinas turísticas de La Habana Vieja, el Cerro trunco, sus vitrales de Portocarrero, un barrio que despuntaba hasta que el Vedado se metió en su camino.

    El Vedado, moderno, art decó, sugestivo; Cerro, una acumulación de caserones seculares que nunca llegaron a alcanzar su verdadero esplendor. Posiblemente ningún otro sitio encapsulaba mejor el secreto de la ciudad: una vida de guetto orquestada alrededor de un cuerpo lisiado. Los techos carcomidos, las antenas disparejas, las cúpulas de los edificios más emblemáticos, el desbarajuste arquitectónico de la supervivencia.

    Esa zona en penumbras, al sur de La Habana Vieja, buscando la cara interior de la bahía, tenía la consistencia del vacío. Las paredes desconchadas, el polvo en las columnas y los quicios mugrientos, los anchos portales melancólicos y desiertos con olor a orina y a estiércol, las manchas desfiguradas por otras manchas, las ventanas entreabiertas, la procesión de techos dormidos en permanente avance hacia un horizonte difuso o ausente y las emisoras de radio que trasmitían telegramas para audiencias que habían emigrado o que ya, de plano, no existían. El balance de la escena sugería, sin pudor, que todo había sido siempre así y que siempre lo sería, además.

    Atravesamos la zona industrial venida a menos, apretujada a un costado de la Ensenada de Atarés. Los astilleros, la terminal de trenes interprovincial La Coubre, los almacenes y galpones vetustos. Fanon, refiriéndose a la espacialización de la ocupación colonial, decía que «la ciudad del colonizado, o al menos la ciudad indígena, la ciudad negra, la ‘medina’ o barrio árabe, la reserva es un lugar de mala fama, pobla­do por hombres con mala fama. Allí se nace en cualquier parte, de cualquier manera. Se muere en cualquier parte, de cualquier cosa. Es un mun­do sin intervalos, los hombres están unos sobre otros, las casuchas unas sobre otras. La ciudad del colonizado es una ciudad hambrienta, hambrien­ta de pan, de carne, de zapatos, de carbón, de luz. La ciudad del colonizado es una ciudad agachada, una ciudad de rodillas, una ciudad revolcada en el fango». Eso exactamente era lo que yo veía. Alrededor de la zona más intrincada del puerto los negros tenían todavía sus guaridas.

    Del otro lado de la bahía, en el pueblo brujo de Guanabacoa, la policía había matado a uno, pocos meses atrás, a fines de junio, cuando el asesinato de George Floyd en Minneapolis todavía resonaba por todas partes. Se llamaba Hansel Hernández, tenía 27 años y fue sorprendido por una patrulla cuando robaba piezas de autos en un parqueo de ómnibus. Lo persiguieron «por un terreno irregular» hasta que le dispararon por la espalda.

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    El suceso alcanzó amplia difusión después de la denuncia de sus familiares, pero enseguida la policía política mandó callar. El primer pronunciamiento del gobierno sobre el asunto apareció tres días más tarde a través de una nota del Ministerio del Interior. El comunicado oficial exculpaba al policía que ejecutó el disparo, único testigo del incidente, y también deslizaba elementos nada gratuitos, como los antecedentes penales de la víctima, que permitieron luego su criminalización en algunos medios de prensa estatales. Pero, incluso dentro del relato legalmente admitido, no parecía haber proporción alguna en el hecho de que Hansel Hernández recibiera un balazo fulminante por atacar con piedras a las autoridades.

    Las comparaciones con Floyd no se hicieron esperar, aunque había, en efecto, una diferencia principal entre ambas tragedias. En la primera, un culpable mató a un inocente; en la segunda, un inocente mató a otro, puesto que la vida del policía —también negro— que disparó en Guanabacoa había sido igualmente comida por el racismo, el totalitarismo y la pobreza. Nada en el suceso podía leerse por fuera de la violencia como elemento consustancial del cuerpo policial en tanto organismo de orden y represión. La dictadura, en cambio, llegaba después, y era la dictadura la que convertía de manera rotunda la muerte de Hernández en un crimen consentido por el Estado.

    Sede del Movimiento San Isidro tras la huelga
    Sede del Movimiento San Isidro tras la huelga / Imagen: Carlos Manuel Álvarez

    Su cuerpo, no en vano, fue incinerado de inmediato, lo que impidió volver sobre su autopsia y esclarecer las circunstancias de su muerte. Ante la ausencia de testigos o pruebas concluyentes, justo el intento deliberado de oscurecer el hecho era lo que empezaba a aclararlo. La prensa, que anteriormente había cubierto con minuciosidad la muerte de Floyd, ahora pasaba de largo. Al inicio no informó del suceso y luego reaccionó con desprecio y se limitó a reproducir una versión del incidente filtrada al espacio público por los servicios de la Seguridad del Estado. Había una configuración social, una lógica cultural y económica y una larga tradición de discriminación y exclusión en Cuba que hicieron de la vida de Hansel Hernández una experiencia ceñida al sentido racista, alguien a quien el racismo, por fuerza, limitó y cercó a cada momento, hasta emboscarlo ese día definitivo en Guanabacoa.

    La bala que lo derribó ya cargaba con una ideología propia. El racismo no era solo la expresión fatal en la que un blanco mataba a un negro porque sí, porque se le antojaba o podía. Era ante todo un comportamiento general normalizado, un tipo de relación desigual entre individuos y una repartición de roles específicos. La propaganda oficial, intentando rebajar la gravedad del crimen, echó mano de los mismos argumentos que el supremacismo blanco utilizó en Estados Unidos para ningunear la muerte de Floyd: criminalizar la víctima, suponerlo un delincuente y presentarlo como alguien que merecía su destino.

    Días después de aquel incidente, un intento de protesta civil encabezado por Luis Manuel Otero fue diligentemente reprimido y secuestrado. La policía detuvo en sus casas y cortó el servicio de internet a decenas de activistas, periodistas y artistas que se disponían a hacer en el país lo mismo que el régimen aplaudía que sucediera allende los mares.

    El poder se incomodaba particularmente cuando tenía que corregir los hechos, en vez de inventárselos. Lo que llamaban normalidad era justo el acatamiento civil a un tiempo histórico y político que no se vivía, sino que se publicitaba. El tiempo eterno del eslogan, que nadie habitaba. A veces esa corrección, como un censor que tachaba o borraba directamente lo real, tenía que suprimir el cuerpo del descarriado o del pobre, incluso si se trataba de un muerto como Hernández, al que un policía negro mataba y la dictadura convertía en cenizas.

    Muchos opinaban que en Cuba daba lo mismo lo que fueras, te iban a reprimir igual, aunque, parafraseando el mantra orwelliano, podíamos decir que en el comunismo todos éramos iguales, pero los negros eran menos iguales que los demás. O mejor: que todos éramos negros, pero los negros eran más negros que los demás. Este segundo giro, más sofisticado y preciso que el primero, nos abría las puertas a la zona de San Isidro y a formas de sujeción y resistencia que trascendían por mucho y, al mismo tiempo, no excluían la entelequia del comunismo.

    La gran escritora Lydia Cabrera apuntaba en el prólogo de su libro Cuentos de Jicotea: «Si (…) Jicotea representaba para la negrada en algunos episodios, lo que era un negro en el sistema esclavista, y obedecía la predilección por sus historietas a que este otro ‘aplastado’ casi siempre castigaba al grande, Tigre, León, Elefante —el déspota reyezuelo que lo vendía al negrero, el contramayoral que hasta por hábito sonaba el cuero, el blanco todopoderoso de quien dependía su suerte—, en el presente Jicotea personifica al nuevo esclavo de nuestra Isla comunista, sin esperanza de carta de libertad…»

    Cargado de hospicios, casas de maternidad, iglesias, y atravesado por la caridad y la iconografía cristiana más precaria, San Isidro siempre había sido un barrio pobre, carnavalesco y folclórico, de negros, estibadores y obreros en general, de héroes, proxenetas, calles de putas y gastronomía de esquina, fritanga y pregón. En 1763, justo después de la toma de La Habana por los ingleses, el Conde de Ricla, al frente de la Capitanía General, construyó en parte de la zona las viviendas de los negros esclavos del rey y lo llamó El Palenque. Más tarde el lugar se convertiría en el Cuartel de Artillería.

    En la primera mitad del siglo XIX ganaron mucha popularidad los bailes de las academias del maestro Jaramillo en las ferias de La Merced. A una de sus academias, dirigida por el músico Regina, se le atribuyó el baile bautizado nada menos que como Ley Brava, lo que arrebató a la gente hacia los años cuarenta. El arquitecto cubano Rafael Fornés encontraría luego marcados paralelismos entre esta danza decimonónica y el guaguanqueer, una rumba transgresora promovida hoy por el MSI.

    A un par de cuadras de Damas 955 se encontraba la Iglesia del Espíritu Santo, una ermita pequeña y frugal que en 1773 contrajo el derecho de proteger a los perseguidos por las autoridades. Probablemente se trate de la casa de Dios más antigua de Cuba, construida alrededor de 1632 y elegida por la devoción de los negros libres al divino Paráclito. Debajo de las ideologías contemporáneas, la arquitectura presente de la plantación.

    Aimé Césaire no entendía lo negro como «una realidad biológica o un color de piel», y sí como «una de las formas históricas de la condición impuesta al hombre». A su vez, el filósofo camerunés Achille Mbembe hablaba del «devenir negro del mundo», lo que, rápido y mal, venía a decir que el capital nos había puesto prácticamente a todos en un lugar de cosificación, con la pérdida de la noción sujeto/objeto, en el que ya se encontraban los negros desde hacía cinco siglos. Sus cruces entre estudios de clase y raza, zonas del pensamiento normalmente separadas, tendían a la idea de que la división de clases necesitaba la invención de razas como elemento o suplemento genético justificativo. Era posible entonces que lo negro tuviera incorporado un saber para enfrentar el momento, unos hábitos, que lo blanco desconocía.

    Yo fui descubriendo ese saber o ese hábito en la medida en que fui dejando de ser blanco, es decir, en la medida en que emigré y me exilié y en la medida en que esa emigración o ese exilio me llevó cada vez más al norte. Un viaje donde la condición blanca se volvía una etiqueta cada vez más exclusiva, una condición segregativa que se fundaba en la lógica del disfrute aristocrático, secta que gozaba más por lo que dejaba fuera que por lo que contenía. El recorrido hacia la cúspide racial terminaba, por supuesto, habitado por nadie. Era una ficción, la ficción del Hombre Blanco, la categoría suprema que la multiculturalidad identitaria del capitalismo tardío necesitaba para —a través del reconocimiento progre de parcelas aisladas, como una repartición agraria de la cultura: las hectáreas de los gays, las hectáreas de los refugiados, las hectáreas de los pueblos originarios— garantizar que nadie derribara o contaminara la figura dominante y que los demás no se mezclaran ni se articularan entre ellos luego de esta compensación simbólica o esta reforma paliativa de nuevo tipo. El sueño libidinal del Hombre Blanco, reprimido o expresado, no era otro, desde luego, que el fascismo.

    Altar de Luis Manuel Otero Alcántara
    Altar de Luis Manuel Otero Alcántara / Imagen: Carlos Manuel Álvarez

    Detrás de ese autoengaño, latía una verdad distinta. En la última página de Absalom, Absalom!, Faulkner hablaba así del hijo bastardo y mestizo del capitán Sutpen: «Pienso que, a la larga, los Jaime Bond conquistarán el hemisferio occidental. Naturalmente, no lo veremos nosotros, y, a medida que avancen hacia los polos, ellos se blanquearán otra vez, como los conejos y las aves, para no contrastar tanto con la nieve. Pero seguirán siendo siempre Jaime Bond; y dentro de unos cuantos milenios yo, que te miro ahora, habré nacido también de las entrañas de los reyes africanos».

    Jaime Bond, hijo no reconocido, inauguraba lo que Édouard Glissant llamaba «el desvío» y la «poética de la opacidad». En ese desvío y esa opacidad entendía yo a San Isidro, un territorio que se resistía a ser comprendido dentro de la transparencia impuesta por Occidente, un universalismo abstracto que aplanaba y ecualizaba la experiencia, cuyo nombre administrativo era, principalmente, Estado-Nación o Patria o institucionalización del deber. Esos territorios no comprendidos existían en cada país y desde ellos se podía establecer una «política de la relación».

    El mundo líquido y desjerarquizado tendría la ventaja de permitir la articulación de la liga internacional del municipio, periferia cosmopolita no incluida en la lógica extractiva del progreso donde los enclaves importantes y los centros rectores de la cultura terminaban, a rasgos generales, reducidos a la contemplación melancólica de su propia magnificencia. Cabría la posibilidad de imaginar una región espiritual federativa a partir de las zonas no confiscadas por los patriotismos locales o el triunfo rutilante de la empresa, esto es: ciudades oligárquicas, paraísos turísticos, capitales (o grandes extensiones de ellas; aunque las capitales siempre esconden la semilla de su propia destrucción). Categorías todas, por otra parte, que al menos hasta cierto punto siempre se podían revertir. En la Revolución francesa, el empuje municipal fue quien trajo una nueva división territorial ampliamente más descentralizada, a través del cantón, el distrito y el departamento, convirtiendo, en ese inicio luminoso, las parroquias en comunas.

    En La Habana la tensión se traducía en el duelo este-oeste, con esta última zona de la ciudad —Vedado, Miramar, donde radicaban los teatros, los cines, los centros de investigación, las instituciones culturales— produciendo un arte de rebeldía domesticada y malcriadeces dóciles. En sintonía con los autores que venía leyendo, no hablaba ya del Vedado y Miramar como barrios, ni siquiera como proyectos o conjuntos de reglas, sino como métodos o principios de realidad.

    Había una serie de figuras públicas cuyo aparente mérito estético consistía en transgredir el aparato formal de la institución y su logos. En ese sentido, eran tan dependientes de la institución, o más, que quienes estaban dentro de ella, pues la necesitaban como baremo, la medida primera de sus recorridos individuales. Se solazaban y se conformaban e incluso se creían valientes por traspasar sus límites oficiales, no queriendo ver que ese traspaso, esa ruptura, también estaba contenida dentro de la institución, pensada y permitida ya por el cuerpo elástico del permiso real, que tenía su sombra, zona que asimilaba y conducía a las dizques ovejillas descarriadas para que limpiaran un poco la sangraza que dejaban regada a cada tanto los cancerberos duros de la censura.

    Un artista en Cuba debía tener presente a la institución, pero para mostrarla, no para decirla. Debía representarla, no vender la exposición literal de ese cadáver como una apuesta de cierto riesgo formal. En la medida en que todo campo cultural a la larga reflejaba un terreno político concreto, estos artistas y sus seguidores se creían portadores de la mesura, incomprendidos que cargaban con la desgracia de vivir y pensar entre dos extremos rabiosos tal esquema, pero no había dos extremos rabiosos. Había una línea autoritaria recta, se llamaba castrismo, y terminó dragando el Estrecho de la Florida. Podía encontrarse tanto en La Habana como en Miami, aunque en Miami uno podía perfectamente vivir fuera de esa narrativa, olvidarla por completo si quería. En Cuba, no.

    Al centro nadie lo había visto nunca y no era más que el manicomio del orden expuesto de modo didáctico a través de los medios y, por eso mismo, aparentemente existente. Lo que en Cuba llamaban centro podía resumirse como los bandazos inconstantes entre el castrismo y su espejo fijo, cierta movilidad prostituta sobre la carretera mal asfaltada de esa bestia de un solo corazón podrido y dos cabezas secas.

    El anticastrismo fallaba no por la defensa o por el lugar principal que ocupaban los sustantivos —dictadura, Cuba— dentro de su lenguaje militante, sino por su uso de los infinitivos —tumbar la dictadura, liberar a Cuba—, esa construcción impersonal que uniformaba todo en un tono nacionalista, mesiánico y grandilocuente. En última instancia, los lemas no querían decir nada y volvían a lanzarnos al excepcionalismo a través de una justificación histórica que solo procuraba cierto diferendo sempiterno con Washington. Así, la senda oficial no sufría ninguna corrección, no había ningún desvío en esa jerga. Contrajugadas, para decirlo con Lyotard, que no podían ser solo reactivas «porque entonces no son más que efectos programados en la estrategia del adversario, perfeccionan a este y, por tanto, van a rastras de una modificación de la relación de las fuerzas respectivas. De ahí la importancia que tiene el intensificar el desplazamiento, e incluso el desorientarlo, de modo que se pueda hacer una ‘jugada’ (un nuevo enunciado) que sea inesperada».

    Antes de que lo apresaran, el rapero Denis Solís había gritado que Trump era su presidente. El poder logró violentarlo de tal modo que llegó incluso a ponerle palabras en la boca, haciendo que protestara de la manera en que le era provechoso que lo hiciera. Por supuesto que la «poética de la opacidad», el MSI, no mordió el anzuelo del mensaje transparente y entendió el grito de desespero y el auxilio cifrado que escondía aquel enunciado, solidarizándose de inmediato con Solís. No porque creyeran que no sabía lo que decía, sino porque lo que decía o profesaba no lo eximía del derecho a la justicia.

    Ese lenguaje medio lúdico para entender la comunicación, «la jugada», «el desvío», ¿cómo dicho colectivo lo practicaba? El mejor ejemplo llegaría después, cuando un grupo de cantantes negros del exilio, famosos dentro de la industria latina de la música, se unió a Maykel Osorbo y el Funky, raperos de San Isidro, y grabaron la canción «Patria y Vida», que se convertiría en himno coral de la protesta y obtendría dos Latin Grammy a Canción del Año y Mejor Canción Urbana. El tema se oponía a la consigna más célebre del castrismo, pronunciada por su líder máximo: «Patria o Muerte», que establecía una falsa elección.

    ¿Qué unidad se encargaba de los enlaces y las equivalencias? La conjunción. «Patria o Muerte»: no había tal disyuntiva, ni posibilidad de escoger. El verbo elemental se disfrazaba para que pensáramos que el veneno se había depositado en alguno de los sustantivos, pero el veneno, agazapado, respiraba en la conjunción. Si levantábamos el velo, se leía lo siguiente: «Patria es Muerte». Muerte física en tantas ocasiones o, en su defecto, muerte civil.

    Estas no eran ideas abstractas, eran hechos comprobables. La potencia de «Patria y Vida» no tenía que ver con el cambio de «Vida» por «Muerte», puesto que la muerte era también un recurso de los justos, sino el cambio de la «o» por la «y». La variación, incluso, atemperaba un tanto la insistencia en el mantenimiento casposo de la «Patria». Lo disyuntivo por lo copulativo, el binarismo por lo sucesivo. La construcción gramatical recogía un sustrato ideológico. La «y», vibrante opacidad, representaba justamente «el desvío» para mí.

    La Patria, en relación con la Vida y la Muerte, se volvía un artefacto insignificante. Martí, que había nacido en San Isidro, tenía una buena propuesta, tal vez la mejor suya: «Patria es Humanidad». Sonaba liberador, un espacio en el que te podías mover a tus anchas. No te constreñía ni te entregaba la golosina de la singularidad, permitía tu entrada en el otro como agua en el agua. Había verbo, compromiso; la disolución política de las razas y las ficciones nacionales como alquimia elemental del bien.

    Vigilancia policial frente a la casa de la periodista Mónica Baró, en 2020
    Vigilancia policial frente a la casa de la periodista Mónica Baró, en 2020 / Imagen: Carlos Manuel Álvarez

    Cuando llegamos a Damas 955, aquella vez, las vecinas fueron enseguida a visitarnos, alegres, locuaces y cálidas. ¿Era ese el mismo país y el mismo tiempo en el que cinco días antes la policía política tumbaba la puerta de la casa y nos sacaba sin miramientos?, llegué a preguntarme. ¿Debía cifrar ambos episodios dentro de la misma secuencia? En verdad, no podía. O no debía. Por algún lado había que romper el consenso alrededor del cual se articulaba el tiempo del poder, el dispositivo oficial de organización de los hechos. Iba a tomar aquellos eventos y a reorganizarlos en su momento quién sabe desde dónde.

    En La Habana el tránsito entre el día y la noche ocurría de modo bastante gradual, podía contemplarse sin prisa el declive de los tonos en el cielo y del ánimo en uno, pero aun así había un minuto bisagra en que la oscuridad caía abrupta, como un telón, y ese minuto acababa de suceder. Las vecinas me dijeron que la próxima vez que viniera de Nueva York no podía llegar a San Isidro con las manos vacías, tenía que llevarles alguna ropa, alguna comida. En un rato me traían la lista en un papel. Nos reímos todos, emocionados.

    Caminé hasta el patio de la casa y miré desde ahí, desde el fondo hacia la calle. La madera deslucida de la puerta y las ventanas remendadas. Colchones, sábanas y trapos por el suelo. La quietud de un desorden que sobrevivía como un estado interior. Sustraídas las personas, la imagen capturaba el quiebre de la costumbre. Un garabato o el manchón de una crayola que después de combinar varios colores alcanzó un matiz único y extraño, que no podía quitarse con jabón ni gasolina, que no era vinil ni aceite, y que no parecía que se lo pudiéramos contar bien a otro ni a nosotros mismos.

    Glissant advertía de que, a pesar de entregarle a «la subsistencia una dimensión ‘cultural ’ (…), la supervivencia determina hábitos comunes, pero no los consagra como tradiciones». La práctica respondía a un instinto de fraccionamiento y no podía «concebir la solemnidad de lo que es colectivo». Aun así, aquellas personas allí reunidas intentaban establecer «una verdadera teoría general de la supervivencia como un conjunto no parcelado de resistencias convergentes».

    Recogí mis libros y mis tenis blancos. Katherine Bisquet logró rescatar su cámara de video, con la que había grabado la entrada forzosa de la policía. Un documento valioso, escondido con disimulo bajo el reguero de algunas piezas de vestir, que afortunadamente la Seguridad del Estado nunca encontró ni confiscó. Apretujados alrededor de la pantalla pequeña, mirábamos por primera vez esos segundos que habíamos vivido sin ver. Le dije a Luis Manuel Otero que no durmiera solo ahí. Nos fuimos para el apartamento de Mónica Baró, también acosada, vigilada e interrogada en su momento. No querían que nos juntáramos. Al día siguiente, después del desayuno, Otero quiso volver a San Isidro y la policía se lo llevó.

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    Carlos Manuel Álvarez
    Carlos Manuel Álvarez
    Bebedor de absenta. Grafitero del Word. Nada encuentra más exquisito que los manjares de la carestía: los caramelos de la bodega, los espaguetis recalentados, la pizza de cinco pesos. Leyó un Hamlet apócrifo más impactante que el original de Shakeaspeare, con frases como esta, que repite como un mantra: «la hora de la sangre ha de llegar, o yo no valgo nada». Cree solo en dos cosas: la audacia de los primeros bates y la soledad del center field.
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    3 COMENTARIOS

    1. es impresionante la condecendencia de este blanquito de ciudad, que viaja en avioncitos y vive fuera de la caliente. Dice «Antes de que lo apresaran, el rapero Denis Solís había gritado que Trump era su presidente. El poder logró violentarlo de tal modo que llegó incluso a ponerle palabras en la boca, haciendo que protestara de la manera en que le era provechoso que lo hiciera.» ¿Por qué dices eso? ¿Porque el negro no sabe qué quiere políticamente, o a qué líder le entrega su simpatía? ¿Tú le vas a explicar que son mejor Boric o Francia Márquez?
      Pobre, tanta metatranca te fundió los pines

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