Cuando Kike Esteras, el artista nacido en el barrio de Guinardó en Barcelona, empezó a inyectarme tinta siguiendo la trama que habíamos diseñado la víspera, pensé con alivio pueril en que por fin me iba a vestir con una piel del tamaño de mi sueño, que es también mi pesadilla más frecuente y acariciada. ¡Y sin mudarla! Supongo que es una sensación de bienestar y deber cumplido, que alcanza a veces al bañista, cuando pasado el invierno se tumba al sol para broncearse la espalda o el envés de los muslos. O a esas orondas muchachas que traspasan la puerta del Solarium que hay a una calle de mi casa, en la esquina de Escorial con San Luis, y salen después relucientes como joyas, y yo las veo pasar empuñando los teléfonos a los que iban llegando las citas, mientras sus cuerpos se doraban bajo el falso sol de puro ultravioleta, un neón con el que salir a cuestas.

«¿Qué es lo que decías que te quieres tatuar?», se había interesado antes Kike saliendo de no sé dónde, mientras yo me explicaba sin demasiado éxito con el recepcionista del estudio. Es probable que yo acabara de pronunciar en ruso la expresión «сторожевая вышка», una manera algo técnica de llamar a las torretas de vigilancia que poblaban el perímetro de los campos de trabajo en cada uno de los islotes del archipiélago Gulag. Kike no me preguntó entonces por qué me quería tatuar algo así, aunque se trate de una figura susceptible de despertar suspicacias. Tal vez porque en los salones de tatuajes guardan la memoria de cuando su arte era un negocio de cárcel, ballenero y buscadores de oro, de forajidos y parias, tipos de arpón y navaja, de calleja y barracón. Un asunto sobre el que callar. Lo que hizo fue dar forma en el iPad a una síntesis de las tres o cuatro imágenes que llevaba yo en el teléfono para dibujar una torre de vigilancia que fuera la reunión de las miles que han cercado a los hombres privados de libertad durante siglos. Una sencilla serie de líneas, sombras, una atalaya con grácil estatura y peso en equilibrio, que unas horas después me llevaría grabada en la piel como una condena perpetua.

Concluido el trabajo sobre el dibujo, depuradas y disciplinadas en una figura definitiva las imágenes, el artista me preguntó: «¿Lo haremos en el lado derecho o el izquierdo?» Por sorprendente que parezca, es algo que no me había preguntado antes. «¿Y cuál es la relevancia exacta que eso tiene?», pregunté. Y él me dijo con la tranquilidad del pedagogo, sin una pizca de suficiencia: «Bueno, Jorge: todo depende del lugar que usted quiere que esta pieza ocupe en el diseño general de su cuerpo como soporte de arte». Ahí pensé que yo ya venía perdido para el museo porque las otras trazas, cicatrices, dibujadas en mi cuerpo lo están como en un cuadro de Tanguy: figuritas inconexas arrojadas aquí o allá sobre un paisaje tirando a rosado. 

Las repasé deprisa. Esas huellas visibles en la carne. Caminitos, bordes protuberantes en torno a un agujero. La carnosidad prieta de los puntos de unos años y un lugar donde a nadie le importaba que los puntos fueran cicatrices perdurables. Un caminito sube en desganado ángulo por la parte baja de mi vientre, del lado derecho. En un hospital soviético clavaron ahí el escalpelo para extirparme el apéndice. Lo hicieron por gusto, se creyó después. Es un sendero largo, que se interpone en la curva bonita de mi barriga, rompiéndola en una suerte de barranco: salvaje orografía biselada por la espuma de la cerveza y la manteca. Hay otras marcas, otros puntos. De sutura. Llevo dos en la muñeca, por dentro. En la derecha. Tendría unos diez años, once tal vez. Robábamos ciruelas en una casa de Los quemados, en Marianao. Salió la dueña, no sé ahora si su rabia era burguesa o cederista. Yo estaba encima del árbol, arrancando las frutas amargas y arrojándolas a mis amigos, que curiosamente se apellidaban, y apellidan, Valiente, pero se habían quedado fuera del huerto cercado. Apareció la mujer, ya te digo que no sé si Fifí o Fefa, salté del árbol y el brazo se me quedó ensartado en la saeta que coronaba uno de los hierros de la valla. Sangré, me desmayé. El padre de los Valiente me socorrió. Hay otras dos: el corte de una chaveta en el pulgar derecho. Segábamos hierba para los conejos de mi abuelo en Bauta, me di un tajo; el viejo cubrió la herida con un puñado de telaraña. Y aún otra incisión, la última, la mordida de una perra cuando era niño. Mordió dos veces con mucha fuerza, pero solo dejó una marca, como esos amores crueles que te pegan mordiscos durante años y después te queda solo una marca, que es unas veces la del odio y otras la del desprecio.

«La tatuaremos en el brazo izquierdo», decidí incapaz de concebirme como un lienzo donde pintaríamos hasta los bordes, como al «hombre ilustrado» de Ray Bradbury. 

Severo Sarduy, que tengo dicho, y quiero pensar que hasta probado, que es el escritor a quien más debí en mis primeros años dedicados al arte de la imitación, esa manera tan esforzada de la creación literaria, tituló Escrito sobre un cuerpo una colección de notas, ensayos breves, sobre la literatura y la pintura que lo rondaban. Lezama, principalmente. El cuerpo en tanto corpus literario, pero siempre el cuerpo, la carne que palpita, se hunde y se hiende. No por gusto Severo se refería sin cesar al tatuaje, la huella, el trazo y acabaría pintando con su propia sangre.

Mi cuerpo, mi piel, mi carne, llevarán desde hoy la marca emblemática del universo concentracionario. No me abandonaba antes esa memoria. Ahora la exhibiré, además. Y no, no es una casualidad que ello suceda al término del año en que el Estado nos ha mantenido encerrados y vigilados por guardias que nos apartan de la peste con las maneras medievales que precedieron y preceden aún a la fiesta de jeringas de Jenner, en la que ya comienzan a bailar los primeros compases bajo las cadenetas de recortados trocitos de ARN. 

Hace muchos años, cuando era un joven en el Moscú que levantó el Telón de Acero a cuya sombra no me doraba, compré en un mercadillo de pulgas unas gafas de pasta que tendrían medio siglo y alguien llevó en los años treinta y cuarenta. Yo no podía saber si las llevó víctima o verdugo. O transeúnte. Pero en aquellos años eran pocos los transeúntes que no caían a uno u otro lado de la senda del horror. Llevé aquellas gafas con cristales graduados durante años y cuando alguien me echaba en cara su feroz fealdad yo explicaba que llevándolas quería denunciar a un Estado que era incapaz de venderme unas que me complacieran.

Ahora, tatuado, me pasearé con el Gulag en el brazo, una sencilla manera de recordar y recordarme que la vigilancia, la represión, la exclusión y la sinrazón viven ahí afuera siempre. Que las casetas de esas torres de antaño, exacto reverso de las barquillas de los globos aerostáticos, son panópticos dispositivos que se reproducen en las cámaras de vigilancia que nos vigilan por millones, en los Estados policiales que proliferan, en la ávida colección de datos por gobiernos y empresas que ya segmentan el paisaje público con nuevas alambradas.  

Me habían dicho que dolía. Que dolía dibujarse el dolor en la piel. También eso era mentira. Lo que duele, en verdad, es el dolor primero del que ahora llevaré siempre escrita esta memoria que se comerán los gusanos. Yo, el primero.

2 Comentarios

  1. Es tremendo. Creo que es el mejor escritor cubano vivo. Maneja el idioma como nadie. Cada palabra, cada frase que utiliza es un canto a la belleza, la cultura y la sensibilidad humana. Es un eterno comprometido con la libertad de las personas. Algo que no tan de moda en un mundo que se afana en cantar en coro y dar vítores a las ataduras. Jorge Ferrer es único y ahora, desde su piel tatuada, nos advierte lo frágil que es la libertad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo no será publicada. Todos los campos son obligatorios.