Imaginar La Habana

No puedo viajar hasta La Habana. Todos los vuelos que conectan Madrid con Cuba están cancelados. Un amigo me contó una vez que en el aeropuerto de La Habana hay un cocodrilo disecado en una de las salas de espera. Imagino que el aeropuerto José Martí está vacío y oscuro. Las únicas luces que se ven son los ojos amarillos del cocodrilo.

***

Tenía previsto viajar a Cuba este otoño para impartir un taller de escritura creativa, pero la profilaxis ni siquiera me permite salir de mi municipio. Empiezo a estar cansada de la pandemia, y a menudo fantaseo con lugares covidfree. Hoy imagino que es posible transformar el Madrid confinado en una Habana sin virus.

***

Rebusco en mi biblioteca y encuentro las obras completas de Severo Sarduy. Mientras hojeo sus páginas pienso que quizás la poesía sea la mejor manera de invocar a Cuba. En uno de los poemas que leo, Sarduy encuentra La Habana en el invierno de París.

***

La distancia no existe. Abres una ventana, 

albergue de palomas huidizas, y en la nieve,

serenas aparecen por un instante breve

bajo un cielo morado las calles de La Habana.

***

A medida que leo a Sarduy, siento que sus poemas van construyendo la isla de Cuba a mi alrededor. El sofá es Camagüey, el suelo el Mar Caribe. Al llegar a las décimas de «Corona de las frutas», La Habana ya ha ocupado todo mi escritorio.

***

Puse una piña pelona

sobre tres naranjas chinas,

y le añadí en las esquinas

la guayaba sabrosona

así, en exilio, corona

la reina insular, barroca,

la naturaleza —poca—  

y muerte que le he ofrecido. 

Y el emblema que la evoca: 

«No habrá más penas ni olvido».

***

Sarduy está en Francia, pero Sarduy es Cuba. Todos los cubanos que imaginan Cuba desde fuera de Cuba también son Cuba. En un artículo que se titula «Exiliado de sí mismo», Sarduy dice que el verdadero abandono de la tierra natal se produce cuando se abandona el idioma.

***

El verdadero salto, la privación de la tierra natal, no son físicos, aunque nos falte el rumor del Caribe, el olor dulzón de la guayaba, la sombra morada del jacarandá, el manchón rojizo, sombreando la siesta, de un flamboyán, y sobre todo la voz de Celia Cruz, las voces familiares de la infancia y de la fiesta. Aunque nos falte la luz. El verdadero salto es lingüístico: dejar el idioma —a veces él nos va dejando— y adoptar el francés.

***

Intento contactar con mi amiga Legna Rodríguez Iglesias para preguntarle cómo invoca ella a Cuba desde Miami. Legna está con gripe o quizás con coronavirus, no sabe. Se encuentra fatal. Se va a ir a hacer un test con su hijo. No conseguimos cuadrar nuestra charla, pero en sus mensajes siempre recalca las palabras de origen cubano que utiliza: «Estoy hecha talco». «Fiera mala». «Así dicen en Cuba», me escribe.

***

Investigo si Legna ha dicho algo sobre su relación con el lenguaje cubano en alguna entrevista y descubro que sí:

Vivo agarrada de la palabra molleja, de la palabra consomé y sobre todo de la palabra abur, una palabra que mi abuela me decía todas las mañanas, junto al gesto voluntario de su mano al alzarse, que es como decir abur en el aire. Yo pienso en esas palabras y trato de usarlas lo mejor posible y también lo peor posible. Trato de sacarles la sustancia, como a un hueso. Porque cuando uno sale de un lugar y la puerta se cierra, hay que saber que es posible que sea para siempre. Hay que llevarse las palabras con uno.

***

Al terminar de leer la entrevista digo «abur» para tratar de invocar a Legna, a su abuela y a toda la isla de Cuba. Cuando descubro la definición de esta palabra, mi infancia vuelve en bloque. Abur significa adiós. Abur es agur. Abur viene del euskera, una lengua que aprendí de niña y que olvidé después cuando me mudé con mi familia del País Vasco a Madrid. Durante los primeros meses de vida de mi hijo, volvieron a mi recuerdo algunas canciones en vasco y, ahora, lo único que me queda de este lenguaje son las nanas. Desconocía que una palabra de mi lengua de niña había viajado hasta Cuba, que sobrevive en un rinconcito de Miami, y que ahora me trae Camagüey y me trae La Habana hasta mi casa.

***

Sigo leyendo poemas de Sarduy en voz alta y primero me convierto en camagüeyana y luego en habanera. Digo «jimagua», «chacumbele», «Olofi», «Elegguá», «Obatalá», «guanábana», «mamey», «Beny Moré» y me gusta cómo suena.

*Este texto forma parte de un proyecto de la Consejería Cultural de España.

Newsletter

Recibe en tu correo nuestro boletín quincenal.

Te puede interesar

Luis Manuel Otero, el último farsante

Inmediatamente, la policía del lenguaje ha protestado porque Luis Manuel Otero no ha replicado ningún lema de obediencia ni se ha comportado como un pionero. Estos oficiales tienen delante de sí el testimonio vivo de alguien que venció al castrismo, pero lo que necesitan es que el castrismo no deje de triunfar.

Luis Manuel Otero es libre, o todo lo libre que puede...

Si hasta hace poco le robaban el tiempo, ahora le han quitado su espacio. Su nueva condena será observar, a la distancia, que Cuba ni siquiera es aquella que dejó de ver el 11 de julio de 2021.

Trumpistas: a ellos les gusta la gasolina

El país está roto. No existen los avengers para salvarnos, y sí una casta de millonarios pedófilos que son nuestros dueños. Ellos pueden decir quién se queda y quién se va. Si no les gusta lo que publicas, pueden ir por ti.

Campa & Campa

Leandro Eduardo Campa fue (o es) un escritor nacido en La Habana, Cuba, en 1953. Llegó a los Estados Unidos con el éxodo del Mariel. Medio vagabundo, elegante y mitómano (según dicen), vendía prendas falsas en las calles de South Beach o de la Pequeña Habana.

Apoya nuestro trabajo

El Estornudo es una revista digital independiente realizada desde Cuba y desde fuera de Cuba. Y es, además, una asociación civil no lucrativa cuyo fin es narrar y pensar —desde los más altos estándares profesionales y una completa independencia intelectual— la realidad de la isla y el hemisferio. Nuestro staff está empeñado en entregar cada día las mejores piezas textuales, fotográficas y audiovisuales, y en establecer un diálogo amplio y complejo con el acontecer. El acceso a todos nuestros contenidos es abierto y gratuito. Agradecemos cualquier forma de apoyo desinteresado a nuestro crecimiento presente y futuro.
Puedes contribuir a la revista aquí.
Si tienes críticas y/o sugerencias, escríbenos al correo: revistaelestornudo@gmail.com

Artículos relacionados

Luis Manuel Otero Alcántara, el pasajero del asiento 2D

Un señor se abre camino entre el tumulto y...

Aníbal Yaciel Palau, el preso político que debería estar libre hoy

Aníbal Yaciel Palau Jacinto debió quedar libre este jueves...

Cuando el problema deja de ser el virus y empieza a ser la sociedad

Quizá esa sea la peor secuela de esta semana. No el rash, ni la fiebre, ni el dolor que todavía siento y sentiré al cerrar las manos. Lo verdaderamente peligroso es acostumbrarse a que enfermar sea una consecuencia lógica del lugar donde vivimos.

Los niños, el rostro más triste del apagón en Cuba

Niños durmiendo en el suelo, llorando, madres que sustituyen...

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí