Celebración de La Habana

La Habana llega este 16 de noviembre a su quinto centenario. La gente celebra un destino semi milenario, pero a la gente, desde luego, eso le parece poco. El futuro se abre más ancho y más largo que el pasado, se dicen a sí mismos los habaneros, y levantan la vista hacia los fuegos de artificio que rompen por un segundo el cielo de la ciudad.

Pero desde aquella modesta fundación en el puerto de Carenas hasta este punto marcado en los calendarios, ¿cuántas épocas históricas han sido, cuánta sangre se ha esparcido o se ha mezclado en sus rincones, cuántas «eras imaginarias» han definido, superponiéndose y entreverándose unas con otras, los rostros sucesivos de esta casi maravillosa e irrefutablemente real Villa de San Cristóbal?

Los habaneros hablan aquí de su ciudad, de sí mismos…

A mis calles de La Habana

A Bella

Calles de la Concordia y la Amargura,

de Peña Pobre y Soledad, urgidas

de cal y brusco sol, donde perdidas

colmáronme las horas la estatura;

hermanas todas de la calle pura,

la más feliz de cuantas ya son idas

en Roma y Cuzco y las demás que olvidas

tan pronto tú, memoria eterna, oscura;

es a vosotras que agradezco el día

que dio lumbre a la joven que es ahora

la mejor parte de la vida mía;

y aunque el vago crepúsculo desdora

vuestros muros y ya la tarde es fría,

mi lucecilla os salva y enamora.

(Eliseo Diego).

***

Bahía de La Habana

Al pie de las murallas

el aire tartamudo

desliza sus sirenas,

plata mansa sin hoy

mana sus lunares

entre lunas cansadas

sin balcones. ¿Qué será,

qué será? Bajo el arco

y pestañas, la tarde,

—codorniz de Ceilán—

rompe en flechas sus colores.

Descuidas las islas

pie ligero y concha reciente,

de sonrisas y flautas,

sobre faldas tan lindas

pasajeros con cintas

y mañanas redondas!

Verdinegros incógnitos

los celos de la noche

¿Qué será, qué será?

El alfiler del rocío

redobles del aire tierno,

se extingue en ay, ay, ay, ay.

La sorpresa de la rosa en el agua,

vida entre vidas,

la rechazan las olas

con heridas sin gritos.

Las estrellas se mecen

al compás que no existe

del agua amanecida,

y así puede mecer

a los niños de Arabia,

con heridas y gritos.

Y loca entre balcones

la tarde recurvando,

empina entre algodones

su voz que ni se escucha

perdida entre latidos:

¿Qué será, qué será?

(José Lezama Lima).

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