Son las 2:15 de la mañana del tercer sábado de enero en Las Vegas y Yusmila enciende el Porsche Panamera blanco y a sesenta millas por hora sube por la avenida Flamingo hasta el Freeway. Se baja justo enfrente del Spearmint Rhino, uno de los strip clubs más importantes de la ciudad, abierto para mayores de edad todos los días del año.

Yusmila sale del auto con unas leggins rosas, tenis de Giuseppe Zanotti, y un abrigo de plumas también rosa que la cubre hasta las rodillas. La temperatura en el estado de Nevada es de 45 grados Farenheit. Tiene el pelo liso y rubio, casi blanco; en casa había adelantado con el polvo, el rímel y un color de labios que no llega a ser rojo ni llega a ser naranja y le queda espléndido. En unos minutos aparecerá en el salón con un enterizo de colores fluorescentes, unos tacones de mucho brillo –al menos 11 centímetros de alto– y una pequeña cartera Louis Vouiton que pretende llenar con tres mil dólares en seis horas.

Las cientos de strippers que bailan en el Spearmint Rhino –altas, chicas, negras, blancas, morenas, asiáticas, cubanas, mexicanas, gringas, con tatuajes, sin tatuajes, rubias, cobrizas, castañas, gordas, delgadas, con pompis, sin pompis, con chichis, sin chichis, feas, bonitas, todas oscilando entre los 21 y los 45 años bien conservados– deben pagar por exhibir el cuerpo en el club. Las que bailan en el stage, o en el tubo, pagan setenta dólares a la entrada del lugar, y las que se pasean por el salón de dos pisos y luces de neón pagan 150. Todo el dinero que se haga dentro de la casa –como también le dicen al club– se lo llevan las chicas, quienes no pocas veces tienen que salvar con algo de propina a los managers o al DJ.

Yusmila (Sagua la Chica, Villa Clara) me dice que si quiero trabajar como gogocera debo ser, sobre todo, una persona inteligente. «Inteligencia, tata. Eso es lo más importante para poder hacer dinero y para tener la confianza de los managers y de la gente sin ser estúpida».

Podría decirse de Yusmila que no es ninguna principiante, y que por tanto ya no baila en el tubo. Lo hizo en otros clubs de Las Vegas al llegar a la ciudad, como el Treasures y el Sapphire, pero ya no. Entre una canción y otra, mientras la mayoría abre las piernas, se contonean, y pasan de un lado a otro de los tubos de metal de más de dos metros de alto, Yusmila se mantiene al acecho en el salón, agarra de la mano al cliente y lo lleva al privado, donde un baile de 15 minutos cuesta 100 dólares; treinta minutos, 200 dólares, y de ahí para arriba cualquier cantidad que logre acaparar.

«Bailar en el tubo es perder el tiempo, te tienes que quitar el brasier, todo el mundo te está mirando. ¿Y para qué?», dice. «Yo entro tarde al club, por eso tengo que concentrarme en ver dónde está el dinero».

Ciertamente, depende de cómo se mire, su horario puede parecer algo tarde. La entrada es a las 2:30 de la madrugada, la hora en que la mayoría de la gente se va de los lugares en cualquier parte del mundo; la hora en que los hombres casados aún pueden llegar a casa; la hora en que una mentira es más creíble y las cosas se pueden resolver, y en la que se acuestan muchos de quienes trabajan al día siguiente. Por otro lado, es la hora perfecta de los hombres traicionados, de los divorciados, de los que nada tienen para perder más que perderse ellos mismos. El turno de Yusmila entonces acaba a las 8:30 de la mañana. Es ese, por tanto, un horario decisivo, o todo o nada, o mucho o poco.

Hay ciertas leyes en el Spearmint Rhino. No están escritas, pero todos las manejan. El físico de Yusmila –tiene pompis de silicona, piernas delgadas, no está fitness y lleva en la piel la marca de las malas noches– no le agrada particularmente al manager principal. Yusmila no va al gimnasio, no se pone mascarillas, y hoy, para la cena con unos amigos, preparó congrí, carne de cerdo con papas y ensalada de tomate.

«Si yo me empiezo a cuidar un poquito más y bajo de peso, me cambian el horario y me lo ponen a las siete. Pero tú sabes cómo somos las cubanas, que nos gusta comer carne», dice. «Te repito, aunque seas la más linda del mundo, si tú no tienes inteligencia y no sabes trabajar, no te llaman».

Saber trabajar es saber comunicarse. Saber qué necesita un hombre, por qué pagó la entrada de 55 dólares al club y entender por qué está dispuesto a soltar varios (muchos) verdes más.

«Hay quien llega a buscar fiesta, pero hay quien viene estresado de su casa. Hay quien no ha tenido vacaciones hace mucho tiempo, y hay quien no tuvo suerte en los negocios. ¿Cuántas cosas no puede ver uno ahí? Algunos llegan tristes porque perdieron todo el dinero en los casinos y allí yo les digo: «¿Viste? En vez de gastar todo el dinero en los casinos, me lo hubieras dado a mí»».

Los mejores clientes que llegan al Spearmint Rhino son, para Yusmila, los canadienses y australianos. Pero si realmente le dieran a escoger a un cliente excelente, el mejor, el más bondadoso de todos, ninguno se compara con el hombre al que le han sido infiel, sea de la nacionalidad que sea.

«Ellos se ponen a llorar, hacen los cuentos de su mujer, de que lo traicionó, de que si llevan separados 15 días. Cada vez que yo oigo a un hombre despechado ahí mismo sé que tengo el dinero resuelto. Yo les digo: «Vamos, que esta es la noche de desquitarte de tu mujer». Y eso siempre funciona. A veces ellos solo se ponen a hablar y yo me pongo en el teléfono a hacer algo y ellos siguen hablando. Y cuando ellos terminan de hablar la bobería que están hablando, y que a mí no me interesa, porque yo estoy para buscar dinero, les digo: «Papi, espérate un momentico, ¿tú vas a hablarme de tu problema matrimonial? Pues vamos un momentico a un cajero ATM y vamos a sentarnos afuera, tú me das 500 dólares más y yo te oigo»».

***

En Sagua la Chica la madre enferma de Yusmila sabe esto: la hija trabaja en las noches como mesera en algún sitio de Las Vegas. En no pocas ocasiones la madre le ha pedido a la hija que le mande una foto, una foto donde salga vestida con el uniforme del trabajo para mostrarla en el barrio, pero Yusmila siempre le dice que se le olvidó, que no tiene tiempo, y le cambia el tema.

Le pregunto a Yusmila si le gustaría llevar a su madre de visita a Las Vegas y dice que sí. Le pregunto qué pasa si una vez en La Vegas la madre se da cuenta de que baila en un strip club, y responde que no tiene por qué darse cuenta. En ese caso se compraría un uniforme de mesera y así saldría de la casa.

«Yo nunca he preocupado a mi mamá con nada. Me he hecho mujer, me he estado muriendo, en situaciones críticas, y nunca se ha enterado. Yo soy mesera y ya», asegura.

A los 16 años Yusmila se fue a vivir con un novio a La Habana mientras estudiaba Gastronomía. El día en que se separaron, Yusmila volvió a Sagua la Chica y ahí adquirió conciencia de la pobreza en que permanecía su familia. Supo que no había nacido para vivir así.

«Yo me veía pariendo a los 20 años y con un hombre borracho, como mismo lo había visto desde niña», dice Yusmila, cuya infancia estuvo marcada por el alcoholismo del padre.

Regresó a La Habana y conoció al hombre que le enseñó, según piensa, todo lo malo que ha aprendido hasta entonces: engañar, robar, el sexo por dinero.

Yusmila recuerda que en tres madrugadas habaneras resolvió todo el dinero para emigrar a Ecuador. Un día el novio la hizo acostarse con un extranjero que le pagó bien. A otro le robó la cadena, y a un tercero le llevó mil euros sin que se diera cuenta y desapareció. Primero salió el novio de Cuba, y a los 15 días Yusmila tenía una carta de invitación para un viaje de turismo a Quito.

Ya en Ecuador, a sus 21 años, se sometió a cirugías para ponerse silicona en los senos y las nalgas. Preparaba su cuerpo para emprender una carrera que hasta hoy no acaba.

«Él me hizo a su modo, como él quería», dice.

Le pregunto si ella también quería más nalgas y quería más tetas y responde: «Yo no sé ni lo que yo quería en ese tiempo. Él me decía que hiciera algo y yo lo hacía. Esto es lo más triste que yo pueda decir en mi vida».

La cantidad de sexo que tuvo Yusmila en Ecuador es equivalente a la cantidad de dinero que hizo. El club en el que trabajaba en la ciudad de Quito era expresamente para tener relaciones sexuales con hombres, algunos con muchísimo dinero. Incluso en Las Vegas, cuatro años después, Yusmila se encontró a un cliente ecuatoriano que le dio gusto ver y le dejó sus buenos verdes.

Todo el dinero que hizo, y no fue poco, lo administró siempre su pareja. Es casi una regla. Si la mujer trabaja en el club, el hombre gestiona el dinero desde casa.

«Un hijo de puta», lo llama Yusmila.

Fue con él con quien emprendió una travesía por Centroamérica en la que el pago a los coyotes, el transporte y todos los demás gastos de más de dos meses de recorrido corrieron por ella.

Ya en Miami, Yusmila trabajó en el Booby Trap, uno de los gogós de la Florida donde mayormente bailan mujeres de América Latina y Europa. De Miami salió huyendo luego de que el novio le diera un fuerte golpe en la cabeza y ella decidiera poner punto final a la relación.

Le pregunto qué pasaba, si eran celos, si el hombre «pinguero» sintió celos por la mujer «gogocera». Yusmila solo responde que el culpable de todo, de absolutamente todo lo que le ha pasado, es el dinero.

«Mucho dinero, mucho, mucho, demasiado. Yo he hecho tanto dinero, tata. Ahora mismo no tengo ni la mitad de cuando yo tuve mucho. Pero ahora me siento más feliz conmigo misma, me siento libre, ¿me entiendes?»

Lo único importante que Yusmila recuerda haber hecho con tanto dinero es comprarle una casa a su mamá en el mismo Sagua la Chica. Podían haberse mudado a una ciudad, pero la madre enferma de Yusmila prefirió el pueblo.

Yusmila ha autorizado que utilice en este trabajo su identidad real, pero que por favor no ponga una foto. La madre podría enterarse y no lo entendería.

«Jamás yo pensé prostituirme, jamás pensé ser lo que soy», dice, mientras prepara algo de comer para ambas en su casa de la calle Crinoline. «No me arrepiento de nada de lo que he hecho en mi vida, yo de todo he cogido una experiencia, y te digo, jamás he preocupado a mi mamá».

***

Si no fuera por lo bien que se gana y la seguridad que tiene una gogocera en Las Vegas, Yusmila hace rato se hubiera largado a otro estado. A sus treinta años, este es el lugar del mundo en que probablemente más se aburra. La ciudad que acoge a unos 40 millones de turistas anualmente, con sus más de mil 700 espacios de juego, sus 122 casinos y sus 176 mil 995 máquinas tragamonedas, es también la ciudad que ha cargado por varios años con la mayor tasa de suicidios en todo Estados Unidos.

De día, Las Vegas es una ciudad mate, callada y casi vacía. Una ciudad dispuesta en medio del desierto y que, por tanto, con algo de desierto carga. Tiene una calle principal nombrada El Strip, donde a un lado y otro se suceden el Luxor Hotel, de apariencia egipcia; el Hotel Excalibur, de estilo medieval; el New York New York, un intento de imitación de la Big City con Estatua de la Libertad y Empire State incluidos; el Hotel Bellagio, inspirado en el Lago di Como; el Cesar Palace, que recrea alguna escena del imperio romano; la Stratosphera, al que pertenecen las mejores vistas de Las Vegas; el hotel Venecia, con sus góndolas y puentes y la Plaza San Marcos; el hotel Flamingo, el más antiguo de la ciudad; el hotel París, con su torre Eiffel, como era de esperarse; el Hotel MGM Grand, donde se lavan al día 15 mil fundas de almohada; y, entre otros tantos, el hotel Mandalay Bay, que si por algo lo recuerdan cada uno de los habitantes de Las Vegas, es porque desde su piso número 32 un hombre llevó a cabo el tiroteo masivo de octubre de 2017 que puso fin a la vida de 59 personas durante un festival de música country.

Debajo de cada uno de estos hoteles están los casinos en el que juegan al menos el 87 por ciento de sus visitantes, lugares amplios y laberínticos, donde no hay relojes y es imposible saber si afuera es de día o de noche; donde pasan partidos de los Cleveland contra los Lakers; donde hay decenas de máquinas que generan unos siete mil millones de dólares al año, y donde la gente dice frases hechas al estilo «en la mesa y en el juego se conoce al caballero» o «juega sólo lo que puedas perder».

Otra frase que todos conocen en Las Vegas y que todos la repiten como si la hubiesen descubierto ayer es: «Lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas». Esta sentencia sirve para todo: para gastar dinero en juegos y apuestas, para emborracharse las 24 horas e incluso para caminar con bebidas alcohólicas por El Strip; para comprar cannabis legal en las decenas de dispensarios de la ciudad, y para pagar por mujeres a escondidas, porque la prostitución es hasta el día de hoy una práctica ilegal en ese sitio.

Las Vegas, también llamada la Ciudad del Pecado, alberga unas 500 iglesias donde se celebran aproximadamente 315 bodas cada día. Es donde se venden los daiquirís más grandes de todo el país. Por demás, la ciudad tiene todo lo que también tienen todas y cada una de las ciudades estadunidenses: CVS, Marshall, Wallgreens, Taco Bell, Mc Donalds, Wendys, y tiendas de Gucci y Fendy.

De noche, Las Vegas es una ciudad de colores fluorescentes, con 15 mil kilómetros de luces de neón. No es sospechoso que entonces se diga que Las Vegas es el punto más luminoso de la tierra, visto desde el espacio.

Es una ciudad que sobrevive a base de vender experiencias todo el tiempo: los increíbles espectáculos del Circo del Sol, las fascinantes peleas de Mayweather y Pacquiao, un delirante paseo nocturno en helicóptero, los mejores shows para adultos y los divertidos espectáculos drag, aunque no es difícil percatarse de que Las Vegas es, mayormente, una ciudad straight, donde todo el tiempo es la figura femenina la mayor de sus atracciones.

Lo más auténtico de la ciudad es posiblemente lo poco auténtica que es. Su plasticidad es lo más novedoso que tiene. Una semana sobra para aburrirte en La Vegas, no digamos ya cuatro años, en los que Yusmila ya se ha cansado de comprar en el Cesar Palace, jugar en los casinos y bailar en la discoteca Ovni.

Cuando está en casa, Yusmila llena un pote de palomitas de maíz y ve algún capítulo de la serie española La casa de papel, en el sofá reclinable en el que se acuesta con sus dos perros. A veces cocina y a veces pide comida a domicilio. Nada que la agote tanto. La mayor parte del día Yusmila se la pasa durmiendo, con el fin de estar lista para el turno de la madrugada.

***

Ilustración de Miguel Monkc

Ilustración de Miguel Monkc

Es viernes y sobre las 2:15 am Yusmila arranca el Porshe Panamera blanco que ha estado parqueado durante todo el día en el garaje de la casa y me deja a la entrada del Spearmint Rhino, mientras ella accede al lugar por la parte trasera, como mismo hacen las chicas que bailan en su turno.

Hay en la puerta tres guardias de seguridad de casi dos metros de alto, muy bien vestidos y serios. Pago 55 dólares y me pierdo por un pasillo oscuro, como oscuro será todo el club de dos pisos, su planta baja y su planta alta, una oscuridad intervenida por las luces fluorescentes y de colores y el humo del cigarro y la música a reventar.

Hay muchos hombres recostados a la barra pidiendo todo tipo de tragos; hombres parados en el pasillo como si no esperaran nada; hombres sentados alrededor del stage mirando a las bailarinas deslizarse por el tubo y luego limpiarlo con un pequeño pañito; un grupo de amigos hombres enrollando billetes de un dólar y lanzándolos al stage; maridos y mujeres mirando cómo una bailarina se quita el brasier y deja al aire dos tetas redondas y de pezones profundamente rosados; otro hombre atento cuando una bailarina le abre las piernas y se vira y empina las nalgas tal como si fuera a ponérselas en su mismísima cara pero gira de repente y nada sucede; hombres riéndose y conversando con otros hombres en unos asientos cómodos, tal como si se tratara de una reunión de trabajo; hombres entrando, saliendo y entrando, y hombres atendiendo sus teléfonos celulares.

No obstante, el número de mujeres del lugar rebasa con creces la cantidad de hombres. Mujeres que caminan de un lado a otro; mujeres que entran y salen de cuartos privados; mujeres que bailan en el stage y se deslizan por el tubo y recogen los rollitos de dólares de a uno que les lanzan; mujeres que limpian las mesas que abandonan los clientes; mujeres vestidas en tanga y brassier conversando con otras mujeres vestidas del mismo modo; mujeres con enterizos y tacones altísimos; mujeres acabando un cigarrillo; mujeres meneando el fondillo encima de un hombre mientras este conversa con sus amigos como si se tratara de una reunión de trabajo; mujeres que atienden sus teléfonos celulares; mujeres que hablan con el mánager principal; mujeres a las que les llaman «Las Mamis» y que cuidan el baño para que nunca falten las toallitas desmaquillantes, las colonias Victoria’s Secret y Pink, el agua tónica y miscelar y los labiales de todos los tonos; mujeres que entran al baño, se retocan el maquillaje, y le dejan a «Las Mamis» algo de propina.

Yusmila me ha indicado que la espere cerca de la barra porque de lo contrario puede que no nos encontremos en toda la noche, ya que el espacio es muy amplio y el lugar está concurrido. Mientras ella no está, se me acercan unas tres chicas. Una extremadamente delgada, y otra de ojos oblicuos, me preguntan si espero a alguien y les digo que no, que gracias. Luego se me acerca una joven mexicana y me ofrece un baile y le digo también que no, que gracias. Pero eres mexicana, le digo. Sí, ¿cómo sabe?, me dice. Por el acento, le digo, viví en México. Sonríe y se va, porque obviamente no puede perder tiempo hablando mucho más.

Para trabajar como bailarinas en el gogó, todas estas mujeres tuvieron que solicitar una Sheriff’s Card, una especie de permiso de trabajo emitido por el Departamento de Policía de Las Vegas, y obligatorio para todas las personas con más de 21 años que presten servicios en el sector de la industria del juego del estado de Nevada.

Con este documento en mano, la persona interesada en bailar en el club se presenta a una audición, que los establecimientos están dispuestos a realizar casi todos los días a cualquier hora, y en la que te piden que te cambies de ropa en dos piezas (panty y brasier) y que camines, des una vuelta y vuelvas a caminar, mientras el manager o los managers te observan.

«Tienes que caminar toda perra, ra ra ra», me había explicado Yusmila, por si algún día yo quería probar suerte en este mundo.

Después de exhibirte delante de los managers, te piden que te cambies y finalmente te dicen si clasificas o no. No hay norma ni patrones de elección más que el gusto de los jefes. Si te quedas, te dan entonces una tarjeta con los horarios de trabajo. Los horarios son de estricto cumplimiento, pero las bailarinas pueden ir el día y las veces que les parezca.

Como Yusmila está a punto de graduarse de paramédico, prefiere durante la semana dedicar tiempo a estudiar, y de jueves a domingo va al gogó. Cuando se gradúe no va a ejercer la profesión de paramédico de manera inmediata, pero sabe que cualquier contratiempo podría suceder y que en unos años ya su físico no estará apto para trabajar en el club, y ese sería el as bajo la manga.

Yusmila demora unos 20 minutos en aparecer. Se ha cambiado de ropa. Se ha puesto el enterizo fluorescente y los tacones de brillo de al menos 11 centímetros de alto que le han causado no pocos callos y dolor lumbar. Me alcanza en la barra y pedimos dos gin-tonics.

«Tengo que tomarme dos o tres tragos porque no puedo trabajar sobria», dice. «Yo no me hallo sobria hablando con ningún asqueroso de estos, porque ninguno me gusta. Entonces yo para meterme en este papel tengo que estar por lo menos con dos tragos dados y sentirme en ambiente, reírme y hacerme la que todo está bien. Y realmente por dentro de mí lo detesto, porque no conozco a ninguno».

De la barra nos vamos a una mesa y encendemos dos cigarrillos. Yusmila saca una pastilla, le pregunto cuál es. No recuerda el nombre, pero es una pastilla que la mantiene despierta toda la noche.

Mientras gastamos los cigarrillos se acercan varias cubanas a saludar a Yusmila y se quedan unos minutos a conversar. Todas coinciden en que la noche está mala, y comienzan a hacer chistes internos que, como es evidente, no logro captar, pero sé que se están burlando de algún cliente y de otras chicas del club. Hay una, por ejemplo, a la que llaman «la parasitienta», porque es extremadamente delgada y le resalta un bulto en la barriga.

Se ríen a más no poder, se prestan el cigarrillo, se dan palmas en el hombro, no son especialmente lindas. Una habla algo de un paquete que debe enviar a Cuba y otra habla del hijo menor también en Cuba. Se rotan el cigarrillo y un trago, y luego hacen como si se dieran cuenta de que están precisamente en el trabajo y agarran distintas direcciones hasta desaparecer en el club. Incluso se va Yusmila, a quien no veré más en toda la noche.

En el club es imprescindible saber detectar cuándo un cliente tiene dinero y cuándo no. «Están los que parecen unos churrupientos y son los que más dinero tienen», asegura Yusmila. También cuenta que en ocasiones con solo oírlos hablar ya sabe si es potencialmente un buen cliente. «Y cuando me dicen qué vamos a hacer, yo digo: «Ay, coroné»».

No pocas veces el manager detecta desde la entrada del club qué hombre llega con suficiente dinero. Entonces les avisa por teléfono a las chicas para que estén atentas o lleva al cliente directo con alguna, por eso la importancia de mantener buenas y retribuidas relaciones con el manager.

¿Cómo sabe un manager que el cliente tiene dinero? Funciona como una red bastante segura: los propios choferes de limusinas que los recogen cuando arriban al aeropuerto McCarran o los alcanzan en el hotel están muy pendientes de detalles, conversaciones, y establecen comunicación con los managers y estos con las chicas.

«Desde que salen del aeropuerto ya nosotros sabemos qué es lo que hay», dice Yusmila. También por el tipo de tarjetas con que pagan a la entrada del lugar, un detalle que nunca dejan pasar por alto quienes les cobran.

Yusmila y su hermana paterna, dos años menor (no vino hoy al club porque fue a Miami a visitar a su familia, pero también baila en este horario y es la compañera perfecta de Yusmila en el giro), han tenido los más variados y exóticos clientes.

El de Snapchat. Yusmila, por ejemplo, tiene un cliente que hasta ahora no la conoce, pero que cuando a ella le hace falta dinero no duda en pedírselo. Se trata de un abogado de Nueva York que la contactó por Snapchat y con quien se manda fotos a cada rato. «Yo por sus fotos sabía que tenía dinero. Con él lo que me haga falta, 300, 400, 500, lo que sea. Esto es lo más loco del mundo», dice.

El discapacitado. Una noche llegó al club un hombre en silla de ruedas que Yusmila alcanzó y lo condujo hasta un cuarto privado para un baile. El hombre le contaba a ella y su hermana que por su discapacidad física cobraba una buena ayuda del gobierno, y las chicas le cogieron hasta un poco de lástima. Ya en el privado, ambas se quedaron sin palabras cuando al rato el hombre se paró de su silla de ruedas como si nada. «Todo era mentira y yo que empujé sudando esa silla por todo el pasillo», dice Yusmila.

El masajista. Yusmila cuenta que ella y la hermana un día fueron al trabajo prácticamente a dormir. «Él lo único que pretendía era pasar tres o cuatro horas, de 600 dólares cada una, haciéndonos masajes en todo el cuerpo. Yo, que estaba supercansada, me relajé tanto que me quedé dormida».

El doctor. Llegó ya borracho al club y Yusmila y la hermana se lo llevaron al privado. El doctor solo quería que le orinaran encima. Ni Yusmila ni la hermana tenían deseos de orinar, pero como el doctor estaba ebrio, una hacía como que orinaba mientras la otra, por detrás, le vertía champán de una botella. El doctor borracho decía: «pero tu orine sabe a champán», y ellas le respondían que era que toda la noche se la habían pasado bebiendo y que por eso sabía así.

El masoquista. Este fue un cliente que, ya en el cuarto privado, se quitó el cinto y le pidió a Yusmila y a la hermana que le dieran con él. «Estaba lleno de dólares, tata, lleno de dólares de los que nos gustan a nosotras», dice Yusmila. «Además, yo había tenido problemas en la casa con Ulpiano, mi ex, y entonces me desestresé con este. Le daba cintazos y le decía: «Ulpiano, singao. Ulpiano, maricón», y le daba más cintazos. Ese hombre salió del privado rojo como un tomate y me decía: «Como ustedes no hay, como ustedes dos no hay».

El de las bandejas de dólares. Es un señor mayor que llegó al Spearmint Rhino con mal semblante, todo bravucón, y Yusmila le ofreció un baile privado. La rechazó una vez, la rechazó dos veces. «¿Tú sabes lo que es que una gente no te haga caso? Pero yo ahí, porque hay dinero». Luego el tipo empezó a traer bandejas repletas de dinero, más de diez bandejas, dice Yusmila, y me muestra las fotos en su celular de las bandejas repletas de billetes de un dólar. «Le caí tan bien que luego decía: «Si no es con Yusmila, no quiero a nadie». Pero al rato los managers me mandaron a salir porque querían que otras muchachas hicieran dinero también, aunque el hombre sólo me quería a mí».

Yusmila y su hermana me han asegurado que no les agrada mucho bailarles a otras mujeres.

«Son muy celosas, se ponen pesadas», dice la hermana.

«¿Cómo yo voy a ponerme celosa con una muchacha que baila? Pero bueno, también yo soy bailarina, no es lo mismo. Yo lo veo normal, como que es alguien que trabaja y quiere buscar dinero», dice Yusmila.

Muchas veces las clientes mujeres van solas al club, y otras veces llegan con sus maridos. No obstante, una de las cosas que a Yusmila se le vuelve insoportable es que a las mujeres les gusta dar nalgadas.

«Son tan toscas», dice. «Les gusta dar nalgadas fuertes. ¿Cómo tú me vas a dar así, si somos mujeres? Yo eso no se lo permito a ningún singao de esos, ¿cómo te lo voy a permitir a ti?»

Yusmila no sabe si es el alcohol que les hace daño o si es que ven a tantas mujeres dentro del club, pero algo sucede. Incluso recuerda la noche en que una chica estaba haciéndole un baile a un hombre, y la esposa de repente la atacó por detrás y la arañó hasta sacarle sangre. «¿Por qué no le dio en cualquier caso a su marido?», se pregunta.

En ocasiones, algunos hombres le han pedido a Yusmila que le haga un baile privado a su mujer, pero ella se niega rotundamente. «Lo que pasa es que cuando lo está buscando el hombre, ya yo sé que es que la mujer anda brava y en su drama. A mí no me van a coger para eso».

También, es preciso decirlo, al club van mujeres muy nice, dice Yusmila, van en grupos de amigas que pagan muy bien y son súperdivertidas.

Yusmila pocas veces recuerda el rostro de un cliente. Nunca ninguno le ha interesado particularmente y jamás entabla un tipo de relación que no sea estrictamente de trabajo.

«Tú me preguntas con quién estuve ayer y me lo pones delante y no lo reconozco».

Sí ha guardado a veces el contacto de alguno, sobre todo para saber si se trata de un buen o mal cliente. Por ejemplo, en su teléfono celular Yusmila tiene registrados los siguientes contactos: «Alex, más o menos, medio malo, regular», lo cual quiere decir, según me explica, que el cliente no pagó muy bien.

A otro de sus contactos lo ha llamado «Más o menos mojonero», lo cual quiere decir que no sirvió, y ya sabe que no debe repetir.

Algo importante: a los clientes no se les puede coger cariño ni se les puede coger lástima.

«Cero lástima, no se le puede tener compasión a ninguno, si al final ellos van allí a ver nalgas y a toquetear», dice la hermana.

Hubo un cliente al que a Yusmila le costaba quitarle dinero. Recuerda que se llamaba Edwin, y justo el hecho de que recuerde el nombre marca una diferencia. «Me daba lástima, me caía bien». Pero luego se dijo: «¿Cómo a mis treinta años me va a pasar esto?» Y enseguida disolvió cualquier tipo de sentimiento.

Tanto Yusmila como la hermana hablan buen inglés. Mientras trabajó en el Booby Trap de Miami no hizo falta, pero recuerda que varias veces, recién llegada a La Vegas, salió del club llorando porque no entendía mucho lo que le hablaban. «Si no entiendes el inglés, te mueres de hambre». Y aprendió.

Durante sus noches de trabajo, Yusmila no tiene sexo con ninguno de sus clientes. En el Booby Trap de Miami sí, mucho sexo, demasiado, hasta el punto en que el látex del condón le llegó a provocar mal olor. «Había noches en las que yo estaba con más de diez tipos», dice, pero aclara que nunca, al menos que recuerde, besó a nadie. «Para mí era suficiente con la penetración».

Yusmila se asqueó tanto de los hombres. En un punto, no quería saber de ninguno: «Yo no sentía nada, no sentía nada haciendo el amor, no tenía orgasmos, yo estaba seca. Si me hubiese quedado en Miami, hubiese terminado con una mujer».

En La Vegas está prohibido tener relaciones sexuales con los clientes. Además, no hace falta. El dinero se hace rápido y fácil solo con los bailes privados. En el club, Yusmila, la hermana, y el resto de las chicas que trabajan en el stage pasan de hombre en hombre preguntándoles a todos y cada uno si quieren algún baile privado. «Yo voy de aquí para allí, de este para el otro», cuenta Yusmila. «A veces hemos virado para atrás otra vez y ya por cansancio nos dicen que sí. Y a veces me miran como diciendo: «¿pero otra vez tu aquí?»»

Yusmila ha sentido en muchísimas ocasiones que no le gusta al cliente, pero jamás deja que eso le afecte. «Si te sientes mal por eso en este tipo de trabajo, pierdes. Si no es ese, es otro. Y si no ese, cuando se tome dos tragos, yo viro para atrás y me lo llevo. Siempre positiva, tata».

Durante el baile privado Yusmila y la hermana son las dueñas del tiempo y de todo lo que se haga. En lo que hablan un poco, toman, y hacen un baile, transcurren de manera muy rápida los 30 minutos. A veces ellas les anuncian que ha terminado el baile diez minutos antes y los despachan. Casi todos llevan dinero en cash, pero si por casualidad no tienen el suficiente, o no quieren ya media hora, sino una hora, o dos, o tres, ellas les dicen que tranquilos, que no pasa nada, que transfieran por aplicaciones como Cash App o Zelle, o los conducen hasta un cajero automático.

Cualquier otro tipo de acto en el club que no sea un baile es considerado una ilegalidad. Algunas noches muy específicas, con suficiente dinero de por medio, a Yusmila y la hermana ciertos clientes les han pedido irse a un party en el hotel, o lo que es lo mismo, ir a bailarles a la habitación donde se hospedan. En esos casos Yusmila y la hermana llegan al hotel con la ropa más discreta posible, nada de tacones ni lentejuelas, sino chanclas y cualquier abrigo que las cubra tanto que casi las esconda de alguien que pueda imaginar que se están prostituyendo.

«Desde el primer momento decimos que no queremos sexo, y si nos damos cuenta que están para eso, simplemente no vamos», dice Yusmila.

Y la hermana repite: «Las jefas de ellos somos nosotras. Ellos pagan, pero nosotros mandamos. Yo pongo las reglas de mi cuerpo. Por 300 dólares a mí no me tocan ni una nalga».

Ya dentro de la habitación, si los clientes lo piden, las hermanas llaman a El Gordo, un amigo dealer que les alcanza el encargo a cualquier hora.

«Ni erecciones tienen, niña. Ellos lo que tienen es la nariz llena de polvo», dice Yusmila. «Ellos lo que disfrutan es la bobería, llamar a los amigos desde el celular y decirles: «Ay, mira, estamos en Las Vegas, y estamos gozando». Eso los pone orgullosos y al final lo que hicimos fue tomar en la sala y oír música».

La hermana de Yusmila es su mano derecha. Mientras la primera es suave, la segunda no pierde tiempo. Mientras la primera es sutil, la segunda va al grano. Eso le ha traído a Yusmila problemas con los hombres. A veces su actitud demasiado fuerte no gusta.

«Algunos prefieren la sutilidad, pero a mí que me hablen de dólares», dice.

En la noche de más dinero para las hermanas cada uno llegó a irse con unos cinco mil dólares en dos horas. En otras, ni un peso. Es impredecible. El dinero que hacen en el gogó lo unen y lo reparten luego en casa. Con eso pagan la escuela de ambas. La hermana estudia para ser ayudante de cirugía.

Con el resto del dinero saldan la renta de la casa, el Porshe Panamera blanco, los servicios de agua, electricidad, teléfono, y las muchas deudas en las tarjetas de crédito que el ex de Yusmila le dejó antes de marcharse a solo cuatro casas de la suya, con otra novia embarazada.

***

Héctor Velázquez (acá usamos su segundo nombre y su segundo apellido porque así lo quiso el entrevistado) ha sido chulo de dos mujeres en La Vegas. De una se enamoró muchísimo. Cubana y menor de edad, 17 años, bailaba ilegal en el club Chicas Bonitas, en el que bailan en ocasiones menores y emigrantes indocumentados. Le decían «Muñeca».

Los chulos, también conocidos como pingueros o pimp, manejan entre ellos ciertas reglas. Si tu amigo chulo tiene una mujer gogocera, entonces tú no vas al club donde trabaja la mujer de tu amigo.

«Uno no va por respeto. Pierdes la amistad, piensan que vas allí a verle el culo a su mujer», asegura Héctor.

No todas las noches, pero a cada rato el chulo se da sus vueltas por el club donde trabaja su mujer para ver cómo van las cosas, si marchan bien.

A Héctor, particularmente, dice que no le gustan los gogós ni los bailes privados. «No se me para, no me concentro».

No niega que con «Muñeca» sintió celos alguna que otra vez, pero trataba de pensar en otra cosa. Cuando Muñeca llegaba a la casa, le entregaba todo el dinero y lo contaban juntos.

«Yo la llevaba y la recogía del trabajo. Me adaptaba a su horario. Cuando ella llegaba a la casa todo estaba listo, comida, ropa limpia, casa limpia, sin que faltara nada», cuenta.

«Vivíamos felices pero la parte mala era que estaba en eso. Me arrepiento. Mil veces. Porque la perdí. Ella se aburrió de bailar. Nos peleamos por ese mismo mundo. Las mujeres se cansan».

Otra regla, la que probablemente más cumpla un chulo, es esta: si tu mujer es gogocera, tú no trabajas, tú te quedas en casa.

«Ese mundo es así. Yo no voy a tenerla a ella, que la estén toqueteando, y yo trabajando. Si la toquetean, yo estoy en la casa. ¿Si no, qué papel hago yo? En ese mundo o el hombre no trabaja, o los dos trabajen en otra cosa y te quitas el problema de arriba».

Héctor dice que no quiere ser más chulo. Le cansó esa vida dice. No cuenta mucho más, pero lo resume así: «Pasaron demasiadas cosas. Tendría que volver a confiar».

***

Ulpiano fue el chulo de Yusmila por poco más de cuatro años. Manejaba todo el dinero y se encargaba de las labores de la casa. Tuvieron incluso una compañía de camiones de carga, que, como casi todo, estaba a nombre de Ulpiano.

«A mí no me molestaba porque nunca le he tenido amor al dinero», dice Yusmila. «Quizás eso es hasta malo, porque nunca he tenido un quilo guardado».

Ulpiano llegó a tener más de 50 mil dólares en prendas, un Jet Ski, ropa de precios absurdos, carros del año. «Un nivel de vida extremadamente estúpido», le parece a Yusmila, ahora que lo piensa. «Yo le daba los miles, pero el que te quiere de verdad, te quiere sacar de esto, aunque él me conoció así».

A Yusmila le encantaría tener un bebé. No uno, rectifica, sino dos o tres. Con su ex pareja lo intentó pero nunca quedó embarazada. Luego fue duro. Un día Ulpiano la sentó para decirle que había pagado con su dinero la travesía de otra novia que tenía en Cuba con varios meses de embarazo. Incluso le propuso vivir todos juntos: Yusmila, la novia embarazada y recién llegada de Cuba, y él, como una familia.

«Todo eso me lo soltó así, una cosa detrás de la otra. Yo solo le dije: «Si quieres te lo llevas todo, pero ahora mismo te pierdes de aquí». Y el muy singao me respondió: «¿Pero tú no me vas a ayudar con este problema?»

Por primera vez soltera en muchos años, dice que le va a costar tiempo poderse entregar de nuevo. «Yo le tengo pánico ahora mismo a las relaciones. Me las he visto negras desde que salí de mi casa con 15 años. Realmente, es que me han tocado cada hombres».

Ahora que hablamos, recuerda el día en que matriculó para estudiar como paramédico. Tuvo que ir escondida, porque Ulpiano no quería que ella estudiara nada.

***

Es abril de 2020 y el Departamento de Salud de Nevada ha registrado hasta el momento tres mil 626 contagios por coronavirus y 151 muertes. A Yusmila se le ve, en sus post de Instagram, vestida con guantes, bata blanca y un estetoscopio al cuello, sentada como en una especie de consulta. Le escribo. «¿Cómo te va?» El club cerró hace dos meses por la pandemia.

«Tata, estoy ocupada. Estoy de práctica asistiendo a un cirujano y he estado muy ocupada con la clínica. Si quieres terminar el trabajo así, me parece bien, porque yo solo no he sido puta. Llámame mañana que estoy libre, tatica. Espero tu llamada».

Olvido llamarla al siguiente día, domingo. La llamo el lunes, me cuelga.

8 Comentarios

  1. Que cosa tan linda, esta crónica , la verdad una de las más bellas e interesantes que e leído en toda mi vida , me encanta como Carla escribe, atrapa a uno con temor a que terminen sus ocurrencias de la mágica y cómico vocabulario el que usa, me encanta , todo crudo sin fronteras como el de Pedro Almodóvar, orgullosa de Carla y con ganas de seguir leyendo de ella❤️

  2. Una historia verdaderamente excepcional,real bien redactada..unacimagina escucha comentarios pero escuchar realmente a la persona que lo vive es simplemente extraordinario…gracias…Eres una excelente escritora y muy real.

  3. Comencé a leer como lo hago cada mañana mientras preparo el café, lo tomé como un artículo más, pero bastó un párrafo para darme cuenta que era algo que ameritaba ser leído con detenimiento, tomé mi taza y me fui a la sala para disfrutar esta joya como Dios manda.

  4. Muy buen reportaje, muy apegado al Nuevo Periodismo y excelentemente contado. Me trasladó de Cuba a Las Vegas aunque nunca he estado allí. El mundo del «tubo» está muy relacionado con la emigración cubana de los últimos tiempos y este reportaje lo describe tal y como es.

  5. Cuando es Carla pierdo la objetividad. O no. En todo caso, lo que importa poco tendría que ver con eso. Todo lo demás es con el talento de Carla, su capacidad para conectar con la gente, cada uno de sus perfiles es una mesa de disección, pero a la vez también la posibilidad latente de restauración, sin un ápice de moralismo. Lo que me encanta de esta historia, que podría ser aún mucho más oscura, más cruda, más agobiante es justamente que no necesita eso que ya sabemos por toda la prensa amarillista o por cientos de documentales. Carla le permite la dignidad, a la historia y al personaje. Eso es conocer y vindicar lo luminoso de la naturaleza humana, parafraseando a Roberto Arlt. Y no es poco.

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