Todo aquello que no puedes dejar atrás

Debió ser premonitorio. Releía la última página de Los nómadas de la noche, el libro de mi amigo Rubén Cortés que tan íntima y dolorosamente reflexiona sobre el desarraigo de millones de cubanos —él mismo entre ellos—, cuando llegó el mensaje vía WhatsApp desde La Habana, como una arrolladora ráfaga de alivio:

Rapidito, pa dejartelo por arriba
Q ando super enredado
Me voh pa dubai
Firmado por dos años
De Bartender [sic]

A sus 23 años, mi sobrino Javi, tan inteligente y con tan buena pinta, me gritaba por escrito su inminente hoja de ruta. Trazaba sus sueños más urgentes como el prisionero al que le acababan de anunciar una liberación sorpresiva con un simple «recoge que te vas mañana».

El hilo proseguía:

En un hotel… Se llama [nombre árabe], búscalo en Internet.
Solicité a una cadena de allá, y me hicieron la entrevista por teléfono y me aprobaron todo. No hablo super ingles, pero me dijeron adelante! Visa, pasaje, estancia, salario… todoooooo.
Me voy a más tardar el 14
Me voy a hacer balas y a garantizar mi futuro y a preparar las condiciones pa’ llevarme a mi mama, mi papa y mi hermano.
–Horas me quedan en el país cochino este. 
[sic]

Para 2019, Javi ya llevaba varios años intentando escapar del encierro en la isla. Unas veces estuvo a punto de largarse a Panamá, otras a Europa; siempre buscando un resquicio, una grieta, en esa frontera indeleble que es el mar. Durante un tiempo alimentó planes con una novia de su misma edad instalada en Miami, pero que, según me confesó luego, terminó siendo «de perspectiva tripolar».

«No creas lo que parece demasiado bueno, casi nunca termina siendo real», recuerdo haberle escrito desde la lejanía. Gastó energía e ilusiones en la tramitación de varias loterías internacionales de visas americanas, pero parecía enemistado con la suerte. Eso sí, la tuvo clara desde que aprendió a pensar. Solito. «No aguanto esta mierda, no puedo». Dejó la universidad, pasó un cursillo de bartender y trabajó por dos años, madrugada tras madrugada, en bares de todo tipo que sucesivamente quebraban debido a las incesantes multas y prohibiciones del gobierno contra quienes levantaban un poco la cabeza en el sector independiente.

«Yo me largo, sea como sea». La última vez que lo vi allá en Cuba tenía apenas tres años, por lo que no se me puede achacar la culpa de semejante resolución. Él, en cambio, ha sido el motor para mantener unida a la escasa familia con sus mensajes y llamadas permanentes. «¿Qué vuelta, tío?». Qué tremendo tipo ese Javi. Cómo creció. Dicen que se me parece en demasiadas cosas, y hasta compartimos las mismas tallas —o lo hacíamos—, porque sigue sin una gota de grasa, estilizado como un impala. Hace 20 años que no lo veo, ni a su papá (mi hermano), ni a mi otra hermana, ni al resto de la familia que queda, sin contar a los que se fueron a otras geografías, o para siempre, sin la oportunidad de una despedida, como mi padre.

Javi voló a Moscú y, de allí, a los Emiratos. La última foto en casa con su hermano Alec le rompe el corazón a cualquiera. Abrazados frente a la cámara, abatidos y al mismo tiempo estoicos. Si una imagen pudiera capturar la manifestación de la tristeza, es esa: la mirada de dos hermanos de 23 y 14 años, tan apegados como ellos, a punto de una separación brutal. Observándolos, caí en cuenta de que presenciaba la repetición de mi propia historia: el momento en que me separé de mi hermano.

Quiero pensar que nosotros estábamos ya curtidos por ciertas desventuras tempranas, que éramos más maduros, o que tal vez intuíamos el secreto de la resignación: ese que te empuja a enfrentar lo que la vida te ponga por delante sin mirar atrás. Javi estaba experimentando por su cuenta el instante donde empieza a revelarse la inquietante balanza entre lo que uno pudiera lograr y lo que se perderá para siempre. En todo caso, le dije, te acompañan los afectos y recuerdos.

Todos mis primos, que se cuentan con una sola mano, desde hace mucho le dieron la espalda al descalabro fidelista. Volaron cuando se presentó la primera oportunidad, como los patos de una bandada que van levantando el vuelo uno tras uno, en busca del próximo refugio. Ariel, nieto de gallegos, sobrelleva desde hace dos décadas las lluvias heladas de Galicia; echó raíces con una buena mujer en una familia que lo acogió como a un hijo. Su hermana Laurel, quien era como una hija para mi madre, lo acompañó allá buena parte de ese tiempo, hasta que un buen día se hartó del frío y decidió instalarse en las latitudes subtropicales de la Florida: primero en Kendall, un suburbio fronterizo con los Everglades y su millón de alligators, y luego en Hialeah, la capital mundial del café cubano.

Antes había llegado su hija Paola, nacida en El Vedado, y quien para entonces ya había probado suerte en varios empleos sin magia: primero en Orlando y, luego, en Clinton, un pueblucho desangelado de Carolina del Norte con una gigantesca procesadora de carne de cerdo y cientos de granjas de engorde y sacrificio de aves, donde también sacrificaban el lomo miles de trabajadores inmigrantes. Paola parió hace poco en el Hialeah Hospital a una niña, añorada a diario por sus bisabuelos que quedaron lejos. Con sus deslumbrantes ojos azules, la pequeña es el clon de la madre. «Eres igualita a Paola cuando la teníamos aquí», le repiten ellos con dulzura, cada vez que la ven por FaceTime desde La Habana.

Es lo que se dice una familia cubana típica: un triángulo con vértices en Estados Unidos, Europa, y una punta cada vez más difusa en la isla.

Mi otro primo, Eduard, se fue a París a principios de siglo. Unos 20 años atrás nos veíamos casi todos los fines de semana en mi casa de Miramar o en su apartamento de 23 y 12, vino tinto de por medio. Siempre fue un tipo brillante, con un extraordinario parecido físico a Hugh Grant, genuinamente aristocrático y renacentista. Conocía secretos de sitios insospechados sin haber puesto jamás un pie fuera de Cuba y, faltaba más, hablaba con soltura varias lenguas occidentales. Yo lo llamaba Senator Archibald, porque se gastaba, además, un finísimo sarcasmo británico y nos burlábamos sin parar de la mediocridad y el calor sofocantes.

Nos vimos por última vez una calurosa noche de mayo de 1999, durante una fiesta en la mansión del entonces embajador de México en La Habana, Pedro Joaquín Coldwell, agasajados por meseros de filipina y guantes color nieve que servían con prestancia delicadezas de la cocina tradicional mexicana, mientras el Trío de La Bodeguita del Medio se esmeraba con una sucesión de boleros sobre partidas. El embajador y su solícito adjunto, mi amigo y salvador Gilberto Calderón, habían organizado una maravillosa velada para despedirme tras largos meses de una «retención involuntaria», decretada por la moledora del régimen durante mis primeras vacaciones de regreso a Cuba con mi familia. Era el castigo tras varios años de corresponsal incómodo, aunque esa es otra historia. En aquel jardín de palmas reales, majestuosos ficus y fuentes señoriales, me acompañaba por última vez mi grupo de amigos corresponsales de la prensa extranjera y unos pocos familiares, incluyendo al Senator Archibald.

A la mañana siguiente abordé un vuelo de Mexicana de Aviación y nunca más regresé. La única vez que solicité una visa por unos días, para cubrir el viaje de Jimmy Carter a La Habana en 2002, respondieron con el silencio. Mi primo también se fue cuando pudo, pero en dirección este. Desde su piso parisino ahora escribe exitosas guías para viajeros internacionales. Hablamos poco, a veces en las Navidades, o cuando hay atentados terroristas en Francia; lo primero que ocurra.

—¿Todo bien? —pregunto.

—Por lo pronto, sí. Las bombas fueron en un sitio alejado de casa —responde, y dice «arrondissement» en lugar de municipio—. Igual quiero mudarme al norte, a Calais, a Normandía, a donde sea cerca del mar. Esto me está agobiando; algún día los violentos se acercarán aquí.

Por suerte, los bombazos han disminuido. Por desgracia, hablamos cada vez menos.

Que yo sepa, hay algunos otros primos por el lado paterno instalados a miles de millas de donde nacieron en Cuba. Leonor, especialista en cardiología, se fue a Milán y allí tuvo dos hijas que ahora son bellas adolescentes italianas. Luego del fallecimiento del tío Manolo en Santiago, su madre se mudó a Italia con las tres. La última vez que supe de mi primo Ernesto, ingeniero de vuelo, hacía vida en Canadá. Sé que hay algunos otros por ahí con sus hijos en Miami, pero no tenemos mucha comunicación.

A sus 23 años, mi hermana Mariel ahora también se está preparando para tomar la ruta del exilio. Su capacidad de aguante llegó al límite. Lo ha organizado todo para irse a España con su esposo Neil, un médico un año mayor que ella que se había adelantado para abrir camino, y a quien, obviamente, tampoco tengo el gusto de conocer. La última vez que vi a Mariel tenía… ¿tres años?

Para una familia tan breve, ha sido demasiada distancia.

La imagen que tengo de mi abuela Marina se la debo a una fotografía tipo carné, en blanco y negro, de los años cincuenta. Testigos confiables aseguran que parecía actriz de cine. Fue la primera en irse, en 1964, varios años antes de que yo naciera. Cargó con los hijos menores del último esposo, mientras las dos mayorcitas —mi madre y mi tía— se quedaron en La Habana. Mi madre murió sin volverla a ver. Durante toda mi niñez la recuerdo esperando alguna carta, un telegrama, cualquier señal desde Chicago, donde Marina había rehecho su vida y, al parecer, le iba bastante bien. Pero la vieja, presumiblemente, no tenía el mismo interés. A la vuelta de los años, a través de otros familiares, he oído decir que «no fue de las mejores personas en vida». Concuerdo. Nunca la vi y tampoco me interesé en saber de ella cuando dejé Cuba en 1998. Hace tiempo murió. Por segunda o tercera vez.

Fue tan grande e inexplicable la distancia entre mi madre y mi abuela que muchas veces llegué a preguntarme si acaso mi madre había sido una niña adoptada. No podía comprender por qué tanto silencio, qué implacables razones llevaron a Marina a clausurar la puerta y esfumarse de la vida de la hija que había dejado atrás cuando apenas tenía 20 años. En cierto momento comencé a sospechar que quizás mi madre había sido una criatura huérfana, acogida de bebé por Marina en aquella casita de Caibarién, a pocos metros del mar, de la que tanto se hablaba en las sobremesas de mi niñez. Quizás por esa razón, sospechaba, le había resultado más sencillo continuar el viaje en un nuevo país sin viejas ataduras.

Pero ahí entraban entonces otras consideraciones clave: mi abuelo, el exesposo de mi abuela, y Malena, la hermana de mi madre; las otras piezas de un núcleo familiar roto. Con los años supe asimismo de una segunda hermana más joven de otro matrimonio, Sonia, quien de igual modo había quedado varada en Cuba hasta que pudo irse a Estados Unidos tras el éxodo del Mariel. Pero la duda existencial siempre estuvo merodeando: si Marina no era mi abuela, ¿quién carajos era yo entonces?

Hace un tiempo, por esas casualidades de la ciencia moderna, la respuesta emergió sin buscarla. Una de esas pruebas de ADN de 99 dólares terminó con el misterio. De los resultados del examen genético brotó un ejército de familiares cercanos con nombres anglosajones. La primera de la lista, con un rango de consanguinidad de primer nivel, era una mujer de apellido Montgomery, residente en Maryland, creo. Pregunté a una tía en Carolina del Norte —hermana de Marina pero, a diferencia de aquella, nobleza pura—si sabía de quién se trataba. «Esa es la hija menor de tu abuela», me dijo. De pequeño yo había escuchado en casa aquel nombre: Patricia. Nacida en Chicago en 1965 y, en consecuencia, hermana de mi madre. Científicamente, mi tía. El segundo en aquella lista de parientes inmediatos por ADN era un primo: su hijo, según me aseguraron. No he visto siquiera sus fotografías, pero esos datos fueron la confirmación definitiva, concluyente, de que mi madre no había sido la pobre niña adoptada que llegué a imaginar tantas veces. Peor aún: fue huérfana en más de un sentido, una víctima de la separación política y del desamor maternal.

***

En los últimos años ha habido algunos desarrollos en este retrato de familia:

  • Javi retornó del desierto a Cuba cuando la crisis de COVID-19 paralizó la industria turística de Dubai. Resistió en la isla por unos pocos meses hasta que consiguió largarse a Europa por segunda vez a bordo de un A330. Vive en Valencia, cerca de las aguas mediterráneas, donde ha hecho carrera en el negocio de restaurantes y la mixología, el diseño de coctelería de autor para sitios de alta gama.
  • Sus padres vendieron todo en La Habana y consiguieron viajar a Andorra con el hijo menor. Gracias a ciertos permisos laborales, trabajaron por largos y gélidos meses en los hoteles del Principado, en los Pirineos. En diciembre de 2023, por primera vez en 25 años, logré ver por primera vez a mi hermano y a su familia. Ese día conocimos a Alec.
  • Mi hermana pudo irse también a España, donde, tras largos años de estudio, finalmente consiguió revalidar su título de Medicina. Ella y su esposo son doctores en un hospital cerca de Madrid. Se le escucha feliz. Siempre fue una buena niña; mi padre, que se aferró a permanecer en Cuba por su hija menor, estaría profundamente orgulloso. 
  • En el verano de 2020, cuando la pandemia se ensañaba con Italia, mi prima Leonor, la doctora, se convirtió en una heroína salvando vidas en uno de los mayores hospitales de Milán. Hace poco nos escribimos; siempre tan cariñosa.
  • De Eduard sé poco. A veces se comunica con mi esposa. Creo que nunca logró reponerse de la muerte de su madre, mi tía abuela Elisa, la Reina Isabel de nuestra pequeña familia. Su segundo nombre era, justamente, Isabel. Bellísima y sofisticada hasta sus últimos años, pasaba horas leyendo novelas históricas y cuanta biografía caía a sus manos. Las Nochebuenas en el comedor eran el centro de su mundo.
  • Mi tío Israel falleció en la casa de el Vedado sin volver a ver a su hija ni a su nieta, y sin poder abrazar a su biznieta americana, Alaiia, y a su hermanita que nació hace seis meses.
  • En Cuba le sobrevive su viuda, mi tía Malena, viejita y dulce, hermana de mi madre. Desde que tengo uso de razón, íbamos cada domingo a su casa. Siempre juntos: las dos familias, los cuatro primos, los peces y los perros, el arroz frito de mi tío y el viejo reloj de campanadas. Nosotros nos fuimos para forjar una vida libre, una vida mejor. Con el tiempo, los padres han ido muriendo. Ahora solo queda mi tía de 86 años en su bunker, lúcida y rodeada de tantos recuerdos. Los viajes anuales y las videollamadas de cada mañana ayudan, pero jamás será suficiente. Mientras el país termina de desmoronarse a pedazos, ella permanece allí, sola. En la última trinchera de nuestra familia.

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