Crónicas

Un abrazo en el parque

Hace un año que la conozco. Quizá menos, definitivamente menos. Por aquel entonces ya salía el sol de vez en cuando y el parque...

Los gladiadores que no sangran

King, tu jefa te llama. ¡King! Deberías despegarte de ese teléfono, no sé, moverte por la arena, ayudar un poco. Las gradas son para...

Detrás de la curva, las rayas de un tigre

Detrás del silencio y la palidez, mi calzón estaba completamente mojado. Yo solo quería abrazarlo y hacerle saber que sentíamos lo mismo. Después, quizá, después de regresar a la casa, después de regresar a dormir a la cama, comencé a llorar sin motivos y sin lágrimas. Desperté con algo serpenteando en el vientre.

Caballos sin cabeza: notas sobre el campo cubano

Si no fuera porque alguien le hace señas al carro, para que lo adelanten, para que le hagan más fácil la vida. Si no...

Los Finlay, otra forma de la continuidad

Camilo Martínez Finlay, in memoriam En las primeras jornadas de vacunación contra el coronavirus SARS-CoV-2 en Nueva York, Carola Martínez Finlay está en la parte...

Chile: Muerto el miedo se acabó la pena

A una estación de Santa Lucía, donde se ha instalado el escenario de Gabriel Boric para celebrar, el Metro va dando saltitos sobre los...
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Cuando el problema deja de ser el virus y empieza a ser la sociedad

Quizá esa sea la peor secuela de esta semana. No el rash, ni la fiebre, ni el dolor que todavía siento y sentiré al cerrar las manos. Lo verdaderamente peligroso es acostumbrarse a que enfermar sea una consecuencia lógica del lugar donde vivimos.

Los niños, el rostro más triste del apagón en Cuba

Niños durmiendo en el suelo, llorando, madres que sustituyen...

La conga: lo que no se acaba

El primero de enero de 1879, en los salones...