Tyger! Tyger! burning bright
In the forests of the night,
What immortal hand or eye
Could frame thy fearful symmetry?

William Blake

Corre, muchacha, corre. Tienes que correr muy rápido hasta que llegues a la curva, ahí estás a salvo, y aún no podrás detenerte, pero sí aflojar el paso. Así se te pasan los 20 y llegas a los 30, corriendo, queriendo atrapar algo, y/o huyendo de ese algo. A veces me pregunto en qué momento me enseñaron a correr, y con qué intención. No recuerdo que me hayan enseñado que una puede pasear con la calma de la invisibilidad. Quizá no supe leer entre líneas.

De niña, muchas veces sentía que podía ser invisible. Crecí un poco más y con 36 años sigo sintiendo lo mismo. A veces puede ser irritante, pero muchas otras veces me he salvado de responder preguntas tontas, algo valioso cuando eres mujer emigrante, o de pagar en un bus, y no me esfuerzo en esconderme, simplemente no me ven. 

En cambio, sé que hay días en que solo me ven los perros. Ellos sí me ven, y siempre me miran a los ojos. Intercambiamos diferentes versiones de vidas perras con la mirada. Él, o ella, con su correa que alguien jala o sostiene a su antojo, y yo con la mía, que seguramente también me jala hacia algún capricho lejos de mí y mis deseos; un dispositivo que me sujeta, aunque no sea de cuero ni de aluminio ni de algún material que se pueda tocar. Igual puede marcarte el cuello cuando te cuestionas cuán apretada quieres estar. Yo siento que algo desconocido se ilumina por allá adentro si me encuentro con los ojos de un perro; quizá él solo se sorprenda de que una humana desconocida busque que coincidan las miradas y le sonría, en vez de entablar alguna comunicación con sus iguales humanxs. 

Correr es un ejercicio que siempre recomiendan para mantener en forma el corazón, entre otras cosas. Será por eso que a veces siento la necesidad de llegar corriendo a los lugares, y también de salir corriendo de ellos. A veces no me basta con caminar de prisa, necesito sentir cómo retumba en mis rodillas mi pisada en el pavimento, cómo se mueve hasta la uña izquierda del dedo izquierdo, cómo se revuelven en el pecho las tetas y la adrenalina, cómo me atraviesa el viento las orejas y se cuela afilado en mi garganta, como si el cuerpo me pidiera una prueba de que estoy viva, como si me dijera desde mi ombligo: «¡Demuéstrame qué puedes hacer con todos estos huesos y litros de sangre, haz que saquen chispas de algún lado y que al menos el bazo se resienta!».

Era de esas tardes raras en que me sorprende una calma que no puedo evitar. Él se encontraba en un zoológico detrás de una pared invisible, impenetrable, y yo estaba casada. Era un imposible, uno muy triste. Si fueran posibles los imposibles, si los ideales cambiaran, y dejaran de estar detrás de la curva de la que ni siquiera puede verse su fin, que ni siquiera realmente sabes si lo tiene. Si supiera una que detrás de la curva quizá te encuentres otra curva de cristal, y detrás, un tigre y, entre sus rayas, ¿el amor?

Ahí, en su jaula, que era muy limpia y moderna, sin rejas, y groseramente pequeña para un cuerpo con tantas rayas, estaba él, un tigre de Bengala aburrido. En esta maqueta de jungla, de arbolitos y rocas de juguetes, estaba el tigre, rabioso, sopesando el desparpajo humano que son los zoológicos, exhibiendo la superioridad con que los hombres sujetan hasta sus colmillos. Este tigre recorría en siete pasos su sabana conteniendo en cada huella la farsa de la bestia hermosa y salvaje siempre que todo lo feroz de su hermosura quepa en 20 metros cuadrados. El hombre, con su manía de suponer e imponer sobre la vida de lxs otrxs. 

Yo aparecí detrás de este cristal que era del grosor de la cobardía de sus captores. ¿Qué podría ser yo para él? Un pedazo de hueso con la carne pegada de culpa y con ojos y una curiosidad. Yo, que solo puedo ser presa de quien me desee, y que de lo contrario y a pesar de mi esfuerzo me convierto en viruta, le pertenecí desde el instante en que entendí que todo su cuerpo naranja y a rayas me miraba. Él tigre me miraba a mí, y a mí llegó esa fuerza que revuelve al río, que atraviesa los diques, que causa inundaciones. Él no podría alcanzarme, yo a él menos, y aun así, si existiera un para siempre, sería algo parecido a este momento que comenzaba en sus ojos y terminaba enredado en mis pezones.

Desaparecieron todas las figuras, el cristal, el zoológico, las personas, los animales. Quedamos él y yo. Sentí aquello que se enciende, pero esta vez algo se atravesó entre el vientre y el pecho. Él vino tranquilo hasta mí. Comenzó a andar de un lado a otro, como buen gato. Se iba, se escondía detrás de una roca, sin dejar de mirarme. Había algo que me aflojaba las rodillas y me irrigaba desde los muslos hacia la espalda. No había mayor peligro que mi deseo de estar del otro lado del cristal. De pronto, paralizarme, verle venir hecho una fiera hacia mí, y detenerse justo unos centímetros antes de chocar contra el vidrio y quedarse agazapado sabiendo que yo lo veía con el pecho a mil latidos. 

Yo no estaba sola esa tarde. No recuerdo si alguna vez lo estuve. Una que ya está cansada, piensa que ya todo lo ha visto, que ya todo ha pasado.

Llegó mi esposo, que había acompañado a un amigo a buscar información sobre las jirafas. Me distraje y lo perdí, sentí que algo habría podido romperse en el aire. El tigre salió corriendo, se escondió detrás de una roca que dejaba al descubierto sus bigotes, y su cuerpo entero, en un sigilo. Podía sentir su mirada detrás de lo inerte. Mi esposo me jaló del brazo con la intención de llevarme a otro sitio. Busqué, en sus manos, las garras y el pelaje que no tenía. Y en medio de un pestañazo y la mitad de una milésima de latido, el amor de mi vida como una bengala recorrió su jungla en forma de pecera hasta enfrentarse a la pared transparente y mostrarle todos sus colmillos y muelas al hombre que sostenía mi muñeca.

Detrás del silencio y la palidez, mi calzón estaba completamente mojado. Yo solo quería abrazarlo y hacerle saber que sentíamos lo mismo. Después, quizá, después de regresar a la casa, después de regresar a dormir a la cama, comencé a llorar sin motivos y sin lágrimas. Desperté con algo serpenteando en el vientre. Aún no llegaba el verano pero había amanecido la casa bajo un sopor que me permitía deambular por la cocina aún en calzón. Mientras desayunaba un café que nunca pensé llegara a necesitar, pensé en las mañanas amarillas de otro lugar, y acepté el gris que seguramente encontraría detrás de las persianas de la ventana y me conformé con el calor del agua con sabor a café que buscaba un lugar donde caer.

Nadie me advirtió, ni siquiera mi reflejo en el cristal. Entre las persianas, el sol atravesaba los espacios vacíos de plástico, dibujándome el cuerpo con rayas amarillas, trazándome el rostro ahora dividido entre sombras y luz. Pude verlo entonces a él, siendo yo corriendo por la sabana. Sospecho que estoy parada frente a una ventana de una casa con un esposo, tomando café, cuando aparecen sus rayas para decirme que salte. Comencé a olvidar la gravedad de la fuerza. Comencé a morder diferente, a disfrutar la fuerza con que entraban mis colmillos en la carne. Comencé a detenerme sin propósito en medio de una vereda para cambiar el sentido, comencé a cruzar las calles en diagonal y antes de llegar a las esquinas. Comencé a andar desandando, con una calma desconocida. Me detuve, me pregunté por qué corría, y dejé de correr.