Pisas un territorio extraño, donde todo es ajeno a tu alrededor. Pero, aun así, puedes reconocer que el cielo es el cielo, aunque un poco más gris, que el mar es el mar, aunque un poco más gris, quizá como consecuencia del cielo, que las casas, aunque algunas sin acabado, son casas, las calles son calles, los edificios, aunque algunos más modernos, son edificios, y la gente, aunque algunas con otros rasgos, es la gente.

En esa multitud de caras probablemente no podrás encontrar un rostro familiar. Los ojos esquivos que se cruzan ante tus ojos de pez muerto ignoran que no solo los conoces a ellos. Se trata de que no conoces a nadie. Cuando alguien llame a otro en la calle, una voz que te detiene y que pronuncia una terminación similar a la terminación de tu nombre, tendrás la certeza de que todavía no es a ti a quien llaman. Nadie te necesita y, si alguien se acerca, te dirá «amiga» o «señorita, tiene el bolsillo de su mochila abierto». Se acabaron las tías, lxs amigxs, vecinxs, conocidxs o primxs.

Al principio tenía el complejo y la preocupación de ser extranjera. Me esforcé por pasar desapercibida. Era todo lo que deseaba. Ya que no podía ni pretendía perder mi acento intenté al menos no usar palabras que llamaran demasiado la atención, y me refiero a palabras que se usan y se pueden entender en toda la extensión colonizada por el castellano, es decir, entre coger o agarrar, o chiquitico o pequeñito, o de no parecer tan frontal y no preguntar con un «¿qué?», sino con un «¿disculpa?». Palabras o frases que suelen entenderse perfectamente, pero que aquí podían traerme una mirada sospechosa y quizá, incluso, la pregunta: «Tú no eres de aquí, ¿no?».

Una línea así desmoronaba siempre mi disfraz de ciudadana x. Mi pose frankeinsteniana quedaba en harapos, injertos de acentos y sonrisas de cualquier lado cubiertas, según yo, por el manto de la neutralidad más absoluta. Después de un tiempo me relajé, me olvidé y también acepté el hecho de no pertenecer a ninguna parte y al mismo tiempo habitar el lugar que ahora habito.

Empecé a apreciar la gentileza de lxs extrañxs, a andar con veinte ojos y el corazón en el calzón pensando que hoy sí, que hoy sí me roban, que hoy sí me violan. Momentos en los que todo parecía indicar que los prejuicios se volvían ciertos. Pero no, solo me he enfrentado a un adolescente. Nos fajamos a los puños por mi cartera rota, en la que guardaba mi celular con botones y mi papel higiénico con mocos.

Fuera de la isla, muchas personas, seguramente muchas más de las que viven en la isla, no saben que existe tu isla y, mejor aún, poco les importa el drama particular que arrastras y crees tan transcendente. De alguna manera, todxs tienen sus propias islas, y otrxs sus propias burbujas con sus propios privilegios, con sus propias desigualdades, con sus propias carencias, con su propia pobreza, con su propia exclusión y opresión, y todo convive, lo mismo a unas cuadras de diferencia que a miles de metros sobre el nivel del mar, que río arriba o río abajo, cerro arriba o cerro abajo.

En tu espalda no viaja nadie que pueda atestiguar por ti. Lo que puedas demostrar es todo lo que eres. Y todo lo que puedas ser o hacer muchas veces depende de las monedas que traes en el bolsillo. No hay nada que te resguarde más que tú misma. ¿Qué pasa cuando no calzas en el molde de la emigrante emprendedora que se saca las tripas por alcanzar algo? ¿Qué pasa cuando vives sin saber qué es lo que se supone se deba alcanzar? ¿Y si no eres, menos aún, esa persona trabajadora productiva funcional, que no logra ver las cosas en línea recta y ascendente por más que se esfuerce? ¿Si lo único que tienes es una experiencia inservible como actriz, y ni un título universitario tienes? Insignificante, desterrada para siempre de tu zona de confort, vives la experiencia de tu primer día de trabajo en una ciudad que no conoces.

Llevo unos meses en el otro país, quizá seis ya, y he conseguido un puesto en el que no tengo que atravesar una multitud ebria para entregar una nueva jarra de cerveza al borracho número diecisiete que me pide el teléfono por quinta vez en la noche. El trabajo nuevo, a pesar de que lo pagan mucho mejor, supone que deba desprenderme de mi timidez, de mí y mis límites. Si fuera poco, mi compañero, la única persona que conozco y confío, no se encuentra en la ciudad. Si lo hubiera pensado dos veces, quizá habría dicho no, pero mañana a primera hora debo atravesar la ciudad y presentarme como anfitriona en una feria de construcción, pararme regia ante mi stand de tuberías de PVC.

Voy recoger el uniforme a la agencia y la chica, mirándome de arriba abajo, me advierte que me han confiado el trabajo porque, aun siendo novata, puedo ir muy producida. Muy. Producida es la manera que usan para decirte que tienes que convertirte en una muñeca inflable para hombres, deseable, sexual, reluciente e impecable. En realidad, es lo único que te piden, solo tienes que convertirte en un banner publicitario, resistir de pie, volverte un objeto. La diferencia más notable es que llevo zapatos de taco 12.

Voy a la peluquería, compro un maquillaje barato en el mercado, al lado del puesto de las papas. Veo muchos tutoriales sobre cómo difuminar y combinar sombras de colores en los párpados. Todo esto lo hago mientras un temblor me recorre el pecho. Mientras se frustra el tercer intento de smokey eye, repaso en mi mente la ruta que debo tomar, dos buses y un taxi. Nadie me supo explicar cómo llegar directo al lugar de la feria.

¿Podré dormir? La pregunta deja de tener sentido cuando, en un acto involuntario y absurdo, se me ocurre planchar el uniforme que me entregó la agencia. A los 26 años es probable que me haya visto apenas dos veces con una plancha en las manos. Cuando mi abuela se escandalizaba al descubrirme ya en la puerta de la casa con la blusa estrujada como si la hubiera sacado de un frasco de medicina, mi respuesta siempre era la misma: «Eso se estira ahora en el camino». Pero, llegado el momento de madurez, algún espíritu maligno y burlón de mi pereza se venga de mí. Tengo la imperiosa necesidad de planchar un vestido de acetato. Caliento la plancha y me siento orgullosa de mi «producción». Cuando la plancha entra en contacto con la tela sintética, siento un crujido y el olor inmediato. Lo quemé, quemé el vestido. «No es tan grave, el vestido es negro» me digo mientras veo, impecable, la marca derretida de la plancha.

Recorro de rincón a rincón el cuartito donde nos alquilamos, tratando de que se me pase el dolor en la boca del estómago. No tengo siquiera con quién quejarme ni a quién contarle la magnitud de mi idiotez, más que a mí misma. Por supuesto, no duermo. La sombra de mis ojos no sale ahumada, sino achicharrada como mi vestido, un vestido con el que tendría que exhibirme doce horas diarias, tres días seguidos. Los sucesos desafortunados se repiten en mi cabeza, como bajarme del bus antes o después de tiempo, perderme y no tener a quién llamar, llegar tarde y que me regañen y me cobren el vestido estropeado y me echen del trabajo incluso sin haber empezado.

Me acuesto, espero que amanezca y que se vayan los nervios. Fracaso si debo fracasar, pero que sea de una vez. Siempre sobrevivo a mi torpeza. He sido generalmente poco funcional, muy poco estable. Nunca he podido ayudar a mi familia, soy el mal chiste del que regresa a la isla con las manos vacías y regalos para nadie. Un amigo una vez, cuando le confesé que jamás había hecho una recarga, me dijo que en efecto soy la real escoria más gusana que hay.

No estoy segura de pertenecer a un sitio específico. No sé si alguna vez entendí lo que sienten las personas que así se definen. Lxs peruanxs saben que no soy peruana, pero no logran adivinar mi lugar de origen, y cuando les cuento, lo dudan y sonríen, sospechando de la misma manera que algunxs cubanxs que no saben en qué registro de la cubanidad ubicarme. Tampoco lo sé yo. Siempre me ha perseguido la sensación de que mi vida está atravesada por sucesos que, simplificados, pueden encerrarse en cierta frase popular: «Estás detrás del palo». Es decir, que estoy donde no pasan las cosas y, cuando me muevo de ese lugar, las cosas comienzan a pasar.

El primer 31 de diciembre fuera de Cuba me enteré de que mi perro, que esperaba traer conmigo, se había muerto meses antes. No habían hallado la forma de contarme. Poco tiempo después, entre llantos y bips entrecortados, mi papá me dijo que mi hermana estaba en coma, a punto de morirse. Yo me encontraba de nuevo en el lugar equivocado, sin dinero en el bolsillo. Muchas veces imaginé que salía corriendo como Forrest o que simplemente me tiraba al mar y nadaba.

Sin embargo, últimamente prefiero pensarme de otro modo. Quiero romper mi propio juicio y decir que voy en círculos a su alrededor. Así puedo asumir mis desfases, mi permanente destiempo. Es posible que no tenga razón en nada, que mis vacíos no tengan un fundamento real, pero, en cualquier caso, me atrevo a reconocer cuán valioso es sentirse y saberse insignificante. Con el mismo derecho a existir que un caracol o un chanchito de tierra, entiendo que pertenezco a un no lugar, a una identidad desordenada.

Hace unos años, un censo trajo una pregunta polémica para muchos peruanxs, una pregunta de autoidentificación que por primera vez se incluía en el cuestionario. «Por sus costumbres y sus antepasados, ¿usted se siente o considera?» En ese momento no supe qué poner. ¡Qué pregunta difícil!, sobre todo cuando han intentado desde siempre quitarnos la posibilidad de autoidentificarnos como queremos, construyendo ficción sobre ficción sin posibilidad de reclamo.

Últimamente, después de parir, me viene a la cabeza una figura semejante a esas personas que, se decía, llegaban del yuma con toda la ropa puesta, la suya, la del primito, la del tío, la de la vecina, la de los lxs hijxs, la de la abuela. Me imagino como una especie de muñecón con cientos de capas, prendas y telas que no le dejan articular un gesto propio y que, llegado este punto, comienza a quitarse una por una las cosas que ya no le funcionan y que posiblemente nunca lo hicieron. Así me siento frente a mi hija que va creciendo, despojándome, quitándome la piel que no es mía, que no me calza, que no me representa, que me aprieta o me baila. Si tendría que escoger con qué, o cómo me identifico, preferiría entonces simplemente desidentificarme.

La próxima vez podría poner algo como «proveniente de una tribu de gusanxs». Si todo es ficción, elijo asumirme en una propia, y no arrastrar la de Isabel la Católica. Debo llevar entonces esta mochila descosida, cargada de eso que flota, brillante, que se desprende siempre del hierro madre, como la escoria real, sin arraigarme a nada que me sostenga por mucho tiempo. De un lado a otro, se repite infinito la misma frase: «Tú no eres de aquí, ¿no?»