Un abrazo en el parque

Hace un año que la conozco. Quizá menos, definitivamente menos. Por aquel entonces ya salía el sol de vez en cuando y el parque comenzaba a llenarse de niñxs. El encierro no sostenía más a los niñxs dentro de sus casas. Uno de esos mediodías en que parecía domingo —tal vez lo fuera, aunque para mí desde hace mucho dejó de tener sentido nombrar los días de la semana— yo salía en short, cuando a mi alrededor nadie se atrevía a guardar aún los abrigos. Diciembre despertaba temeroso.

Su sonrisa atravesó medio parque. Me dijo: «¡Qué veraniega!». Ya no resistía tantos meses embutida en jeans, necesitaba al menos cambiar de vestuario para creer que todavía estaba viva. Habíamos coincidido una que otra tarde. C., su bebé que apenas caminaba, me buscaba con la mirada y sonreía como si fuera mi amiga de toda la vida. No supe sus nombres hasta meses después. Estos vínculos de parque son así, lentos, sobre todo cuando una de las dos es una tapia, sonriente y hasta juguetona, pero de piedra por dentro. Seguramente ella me preguntó cómo me llamaba, el brillo particular de sus ojos.

—Olivia, ¿tú?

—A. —y volvió a arrugar sus ojos, sonreía.

También tenía un esposo y otro hijo de un ex-esposo. Un día hablamos más de cinco palabras. Me animé a preguntarle sobre su maternidad. Alguien tan delgado y feliz, con el cabello tan largo y un andar tan pausado, algo interesante debería tener guardado para contar. Y sí, era una mujer —así, como me sonreían sus ojos, bien puesta su mirada— sin titubeos, pero infinitamente dulce.

Comencé a esperar ese momento en que ella llegaba al parque con su niñita y su esposo. Me gustaba verlos, los tres me seducían de forma diferente. Los espiaba a los tres, los envidiaba a los tres. En esas horas en el parque todo parecía armonioso entre ellos. Se trataba de una mujer que trae la calma de ese arrullo después de la ola, y otras varias cosas que yo no soy. Vivía enamorada de su color de piel y de sus manos, y de las tres líneas que aparecían en su rostro cuando sonreía. Ha pasado el tiempo y no hemos podido cumplirnos esa conversación pendiente. Hay un vínculo invisible que se ha trazado y que yo lo traducía como la posibilidad de hacer una amiga nueva, si fuese más sociable.

***

Yo, y mi bebé que ya no es bebé, llevamos casi un año de la casa al parque y del parque a la casa y de la casa al parque. Cuando nos dieron media hora para salir, salimos. Poco a poco se nos fue acercando algún que otro niño con careta y mascarilla y traje espacial y con sus padres muertos de miedo, pero felices de ver a sus hijos otra vez correr con alguien de su tamaño. Así, Marieta tiene de amigo a un caracol, a un perrito plástico abandonado, a un Lolo, a un Aritz, a una Illary, un Luciano, a una Trilce, a una Micaela, a un Ignacio pequeño y a un Ignacio grande. Para este momento, al menos en el parque, todo es como antes, y hemos sobrevivido. Los arañazos, los gritos y los abrazos de disculpas nos aseguran una especie de futuro.

—¿Sabes quién es C, la bebita, no?

Me dice la señora que cuida al amigo Luciano. Aprieto el estómago para que no salgan las palabras con humo que me descubren cuando me cago de miedo.

Pregunto, pero en realidad quisiera arrancarle esos segundos en que se alarga todo, mientras respondo y ella me cuenta.

—¿Qué ha pasado? Sí, claro que la conozco. ¿Qué ha pasado?

—Su papá. Se ha muerto. De COVID. La semana pasada.

Él era un hombre, joven, alemán, canoso, guapo, raro, de pocas palabras, de poquísimas palabras en español. Era el papá de C. todos los días y el amante de A., quizá no todos los días. Alguna vez vi entre ellos ese juego, la mirada de él, la sonrisa de ella volteando el rostro, mordiendo su labio.

Llegan más personas con más datos sobre cómo y cuándo les alcanzó la noticia. Que la han visto llorando en el parque, dicen.

Escucho, pero en realidad todo estaba ahí. La había visto unos pocos días antes, ella no siendo ella. ¿Cómo no pudiste darte cuenta, Olivia? Durante unas semanas no apareció. Pensé que estarían de viaje, los imaginé, los envidié y también me alegré. Siempre había sido delgada, pero ahora se perdía su figura entre las hebras de lana negra de su abrigo. ¿Cómo no te agachaste a darle la mano a su hija, que todavía pierde el equilibrio en el desnivel que hay entre el jardín y el camino? ¿Cómo no te reconociste buscando piedras grandes y pequeñitas, y preguntándote si valdría la pena volver a ponerte de pie?

Me quedo cerca, rozando el cachete dormido de Marieta, escuchando cómo ronronea, cómo huele ese aliento a lechita, y saboreo el alivio de saberla ya rendida. No puedo dormir pensando en A. Su llanto, que no conozco. Ni siquiera conozco sus dientes, no conozco su rostro entero, solo sus ojos y la sonrisa que intuyo detrás del cubrebocas. ¿Por qué me duele tanto un dolor que no es mío? Es que puedo entender eso que se forma justo a tu costado, y que sientes te despeina, aunque lo niegues, aunque no le dediques ni una mirada, y sobrevives cada segundo escuchando cómo succiona todo aquello que salga de ti, hasta tenerte a ti completamente.

La encontré un día y no pude decirle nada. Había mucha gente, no era el momento, pero, en realidad, no pude esquivar su mirada esquiva. Ella miraba al piso, donde encuentra aquello —su hija, que ahora es solo suya— que la hace caminar y salir de su casa al parque.

Después volví a encontrarla. Yo estaba sola, tirada en el pasto, enfrascada en subirle el asiento de la bicicleta a Marieta, que crece. Ella hablaba por teléfono, lloraba, era domingo. Colgó, se encontraba a una bicicleta diminuta de distancia. Le hice la pregunta que supe me iba a permitir salir de atrás del tareco de madera.

—¿Cómo estás?

Agachada, hecha un ovillo, comenzó a mover su rostro, pidiendo ayuda. La abracé.

—Hace un mes, pero parece que pasó hoy. El domingo es un día de mierda.

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