Ha sido funambulista y chainsmoker. Como el Paterson de Jarmusch, escribe poemas que nunca publica. Posee una debilidad alarmante por los puentes y las boyas. La toman, tan a menudo por extranjera, que se siente así en todas partes. Quisiera creerle a Issa, que le sobrevive, le sobrevive a todo, la frialdad.
«Eso sí, es justo decirlo, cada vez que hice una exhibición dije lo que quise sin cortapisas, aun desde temáticas sensibles porque interpelan directamente al poder: delitos de cuello blanco y propensión social a delinquir, lo peligroso de la creación artística bajo censura, la casta militar devenida empresarial, la pérdida del valor de la condecoración y la simbología revolucionarias, las distorsiones de la comunicación en los totalitarismos y el espionaje, fueron temas tratados y exhibidos por mí en Cuba».
Adentro de las casas las familias se iluminan con una vela cuando ya es de noche, o con una lámpara recargable que no les permite distinguir bien todas las caras, y espantan los mosquitos con las manos, con un pañuelo, hasta quedarse dormidos.
Si le preguntas a Feal cuáles son los temas de su trabajo, te dice que la noche, la fiesta, y sigue: «Siento que pertenezco a una tradición de cine documental de los sesenta, de esa fotografía avant-garde». Suma estos temas: «Mi generación de artistas, La Habana, la resistencia cultural, lo friki, lo alternativo, ciertos espacios de libertad en Cuba...».
La Habana es una ciudad de sucesos insólitos. He visto que en el Zoológico de la Avenida 26, en Nuevo Vedado, unos gatos con la muerte en la cara se meten en las jaulas de hienas y tigres, llevándose en sus bocas la cena cruda de estos. Los cuidadores del zoológico, al verlos, se encogen de hombros. Les es natural.
Los lugares en que otros vivieron, y se conservan tal cual para el público, terminan volviéndose máquinas del tiempo. Formas de volver sobre el pasado. Me pregunto desde cuál de estas ventanas a Hemingway le gustaría ver La Habana, o si acaso no era de ese tipo de gente, de la gente que mira por las ventanas…
Quizá esa sea la peor secuela de esta semana. No el rash, ni la fiebre, ni el dolor que todavía siento y sentiré al cerrar las manos. Lo verdaderamente peligroso es acostumbrarse a que enfermar sea una consecuencia lógica del lugar donde vivimos.