Caballos sin cabeza: notas sobre el campo cubano

Si no fuera porque alguien le hace señas al carro, para que lo adelanten, para que le hagan más fácil la vida. Si no fuera porque el chofer habla de la neblina, de las tiñosas en lontananza que han descubierto algún cerdo ahogado, de esa vieja en la parada mordiendo una fruta. Si no fuera porque aparece, de pronto, un pueblo con su gente y sus casas de una planta sola, vagones abandonados donde crecen guizazos, y el canto de un aspersor entre los surcos, se pudiera pensar que el campo cubano son kilómetros de soledad. Kilómetros y kilómetros de soledad. 

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¡Una pareja de ocas te cuesta cinco mil pesos! 

Y una ristra de ajo, con suerte, menos de mil. En los timbiriches de guano y ladrillos vivos, dos trigueños que responden desganados, revenden productos de las nuevas tiendas en MLC. En ellos, la falta de ganas no se relaciona con cansancio, sino con una especie de reinado. 

Revenden vinagre de vino blanco.

Revenden aceitunas negras.

Revenden champú sin sal.

Revenden sopas instantáneas.

Revenden colonias de lavanda y rosas.

Revenden gel antibacteriano.

Revenden Nutella.

Revenden Nescafé.

Revenden agua Ciego Montero.

Revenden cigarros H. Uppman.

Nubes de Laguna Blanca, Las Tunas / Foto: Katherine Perzant
Nubes de Laguna Blanca, Las Tunas / Foto: Katherine Perzant

Lo que no hay en las tiendas de antes, lo que no habrá más. Y venden también papayas, limones, aguacates, yucas, y hasta puedes encontrar ofertas alucinantes: tacones con pedrería, radios portátiles, pestañas artificiales… 

El campo cubano se vuelve una feria, donde se vende de todo para sobrevivir a la inflación. Y se ven las vendutas a los costados de la vía, si vas en un carro lento, por supuesto, en un viejo Lada con motor de Moskvitch. A menos de treinta kilómetros por hora, pensando en la gente que vive aquí, en que una misma, hace años, vivió aquí. Deteniendo el carro para preguntar: «¿Cuánto cuesta esto? ¿Y aquello?», para escribirlo luego, para hacerse la idea. 

Venduta cerrada. San Felipe de Uñas, Holguín / Foto: Katherine Perzant
Venduta cerrada. San Felipe de Uñas, Holguín / Foto: Katherine Perzant

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Las mujeres del campo cubano cuidan mucho sus pies. Les importa que sean pies blancos, sin marcas del sol, sin cicatrices. Y por eso siempre usan medias, incluso con chancletas, sobre todo con chancletas. También invierten mucho dinero en comprar chaquetas de mezclilla blue, en decolorarse el cabello y hacerse uñas postizas. Si la muchacha es de una familia con solvencia, en su cuello habrá una cadena de oro. El oro en el campo cubano es símbolo de poder. Y en muchos pechos cuelgan vírgenes, indios, águilas temibles…

Congrí criollo cubierto con hojas de plátano. Velasco, Holguín / Foto: Katherine Perzant
Congrí criollo cubierto con hojas de plátano. Velasco, Holguín / Foto: Katherine Perzant

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Hay sembrados, es cierto, pero son pocos. 

Hay cañaverales, pero son menos que los sembrados. Hay adolescentes, niños casi, que cortan los herbazales con machetes invisibles para alimentar sus bestias. Hay un cielo desvanecido, donde flotan nubes limpias. Caballos. Hay campos con veinte. Treinta caballos. Solo se ven sus cuerpos, las cabezas bajo las hierbas crecidas por las lluvias de noviembre, comiendo el pasto blando, delicioso, no se ven. No se ven las mordidas bajo el pasto. Hay que imaginarlas. Y es un campo de caballos sin cabezas. 

Pastizal de caballos, Las Tunas / Foto: Katherine Perzant
Pastizal de caballos, Las Tunas / Foto: Katherine Perzant

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Todo es muy caro, dice la gente del campo. Todo está así

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Se crían gallos para pelearlos. Para echarlos. Gallos finos con plumas de ensueño y espuelas mortales. Y picos entrenados para atacar directo a las venas del cuello. Para matar. Dicen que las peleas son de miles y miles de pesos. Cincuenta mil. Cien mil pesos. Y que hay gallos que llevan cinco, seis temporadas ganadas. Y que son el orgullo de quienes los criaron. El orgullo y la forma de vida. El sostén. La adicción. La trampa.

Hace años un tipo me contó que a estas peleas iban mujeres a vender rones, y ponían los tragos entre sus senos, «servidos en copitas plásticas». Y para cogerlos de ahí había que pagar. Que pagar más. 

—¿Y los gallos que se mueren?

—¡Pues ya están muertos!

Gallo fino / Foto: Katherine Perzant
Gallo fino / Foto: Katherine Perzant

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No hay flores. No. Algunas silvestres, enredadas entre los cardones altísimos, de esas florecillas blancas y rosadas que las niñas arrancan para tejer coronas y pulseras, de las que solo las viejas recuerdan el nombre: Astronomía. Pero no las flores que se esperan de los campos. Ni una amapola crece bajo el resplandor que revienta la carretera. Ni una. 

Sabana. Carretera de La Herradura / Foto: Katherine Perzant
Sabana. Carretera de La Herradura / Foto: Katherine Perzant

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Baches. Caminos de tierra seca. Lodazales. Vacas sueltas. Perros sueltos. Humo. Una volanta como un rayo que reza sobre las ruedas: «Que Dios te multiplique lo que me deseas».

Y bajo el rezo el corazón partido, el puñal que sangra. 

Cencerros. Porterías. Reguetón. Tractores. Madres que gritan los nombres de sus hijos cuando al sol se los tragan los sembrados. 

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Leandro Eduardo Campa fue (o es) un escritor nacido en La Habana, Cuba, en 1953. Llegó a los Estados Unidos con el éxodo del Mariel. Medio vagabundo, elegante y mitómano (según dicen), vendía prendas falsas en las calles de South Beach o de la Pequeña Habana.

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Katherine Perzant
Katherine Perzant
Ha sido funambulista y chainsmoker. Como el Paterson de Jarmusch, escribe poemas que nunca publica. Posee una debilidad alarmante por los puentes y las boyas. La toman, tan a menudo por extranjera, que se siente así en todas partes. Quisiera creerle a Issa, que le sobrevive, le sobrevive a todo, la frialdad.

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3 COMENTARIOS

  1. Hay poesía en textos e imágenes, pero si quitas las segundas no se pierde un ápice de hermosura. Algo rulfiano hay ahí, un páramo criollo en desolación. Qué bien!

  2. Se le olvida mencionar a los potentados de la campiña cubana. Pobretones sin tierra propia en gobiernos anteriores a la oscuridad de reflectores del 59 y ahora magnates dueños de fincas que solo regresan a Cuba de tanto en tanto a recoger los dividendos de las manos de sus capataces. Veranean en Miami y se enriquecen en Cuba con las ventas a precios prohibitivos de sus viandas, al obrero cubano que va obediente a trabajar todos lo dias de su vida. La ultima onda que asimilan es el combo orquestado y vendido en lnternet y pagado por los familiares del exilio norteño para que su sangre en Cuba pueda comer cerdo con yuca el fin de año que solo enseña caras largas. Es mucha la magia y prosa poética que se le puede exprimir a las verdes sabanas y humedas lomas de esta hermosa tierra.

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