Los ensayos mueren, el panfleto es inmortal

Al final de su vida, Gore Vidal anunció que el ensayo se convertiría en el género literario del siglo XXI. Su premonición, hasta ahora, no se ha visto cumplida. Y lo cierto es que, a estas alturas, el legado de Montaigne todavía no aparece entre los Grandes Éxitos que cargan los millennials en sus mochilas.

Lo que sí ha triunfado, como género del siglo XXI, ha sido el panfleto. Ahí tenemos, en la cresta de la ola, a Stéphane Hessel y su conminatorio ¡Indignaos!. Cuando lo publicó (2010), Hessel tenía 93 años y acarreaba una larga historia como combatiente de la resistencia francesa, superviviente de los campos de concentración y redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948.

¡Indignaos! se convirtió de inmediato en un best seller. El Panfleto que todo joven debía blandir frente al secuestro de la política por parte de los poderes financieros, entre otras injusticias de este mundo.

Viendo el éxito de este manual de combate, los grandes grupos editoriales se lanzaron a la caza de “su” Hessel. Ahí había filón. Así que, una vez abierta la compuerta, la avalancha desbordó las librerías con incontables imitadores; abonados todos al libro anti-sistema, el manifiesto de urgencia, el libelo de batalla… Si esto ocurría con las ediciones de papel, el revival del panfleto en Internet fue, literalmente, inabarcable.

Desde que Marx y Engels publicaran, en 1848, el Manifiesto del Partido Comunista -la madre de todos los panfletos-, y medio siglo más tarde Émile Zola esgrimiera el Yo acuso, este género con raíces en el libelo romano no había conocido una remoción tan brutal.

Si a esto añadimos que la derecha no se ha quedado atrás -y que tampoco escasean los manuales neoliberales  o una estética hiperretórica a lo Jon McNaughton-, queda claro que esta catarata arrastra consigo cualquier visión del mundo.

Para funcionar, el panfleto necesita obedecer a unas claves. Se da por sentado que desvele una verdad oculta o que se lance contra el poder (aunque el panfleto oficial tiene larga historia). Se sobrentiende, además, que sea autoritario: ¡Uníos!-¡Reacciona!-¡Actúa!-¡Yo acuso!-¡Indignaos!-¡Comprometeos!

Más que responder a las dudas, sobre todo debe disiparlas. Más que complicarle la vida al lector, debe facilitársela. El panfleto es a la política lo que la autoayuda a la psicología. Ofrece un oasis y una certeza. No hay buen panfleto que no resulte euforizante cuando la causa lo requiere, o relajante cuando lo demandan las consecuencias.

Aunque no le falten buenas intenciones, el panfleto es pasto habitual para oportunistas. (¿Quién no se ha tropezado a un antiguo estalinista abrazado, con igual entusiasmo y estilo, al macartismo actualizado de estos tiempos?) Y si bien es verdad que nos ha proporcionado alguna obra maestra, en cuanto hurgamos un poco nos percatamos de que las que califican como tal son, en realidad, textos travestidos. El contrato social, Las venas abiertas de América Latina o El fin de la historia y el próximo hombre son panfletos disfrazados de ensayo; mientras el Manifiesto Comunista, o Normas para el parque humano son ensayos disfrazados de panfleto.

La fiebre panfletaria ha modificado, por otra parte, el criterio editorial sobre el ensayo. Así que no pocos editores –con el “potencial de venta” y no la toma del Palacio de Invierno en su cabeza- han primado a este género que le ofrece al lector confirmación y no perplejidad. A partir de ahí, la inundación de montañas de libros con esa autoayuda ideológica que mezcla sin rubor a Paulo Coelho con la lucha de clases.

De momento, los derrotados por el apogeo del panfleto no han sido ni el capitalismo, ni el socialismo, ni los grandes o pequeños tiranos, ni las injusticias múltiples que nos rondan…

El verdadero damnificado ha sido el ensayo. Un texto armado con interrogantes tiene todas las de perder frente un texto que se parapeta entre signos de admiración.

Las certezas venden más que las dudas. Una regla básica que comparten el panfleto y el mercado para cuadrar sus beneficios.

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Iván de la Nuez
Iván de la Nuez
Ensayista e iconófago. Le gustan las teorías jíbaras y las novelas donde aparecen artistas. Duda entre pasarse al vodka o a la Baskerville Old Face.

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