El proceso del perdón es irreversiblemente político y, por ello, una fuente de ataques partidistas. El espíritu de reconciliación nacional invocado por Gerald Ford en 1974 ha desaparecido 50 años después.
Aún Donald Trump no ha empezado su segunda Presidencia y ya tiene su primer escándalo: los anuncios de varios acólitos sin experiencia ni calificaciones para altos cargos en su gabinete, y la exigencia de que el Senado se someta a sus demandas y los apruebe obviando el proceso constitucional de advice and consent (consejo y consentimiento).
El retorno triunfante de Donald Trump, y el modo en que cambie el rumbo del país, especialmente si sus aspiraciones autoritarias no pueden ser refrenadas por las instituciones políticas, será ahora el principal legado de un presidente que se creyó excepcional.
Hasta ahora, los demócratas habían evitado el error de Hillary Clinton de clasificar a los partidarios del otro bando como «deplorables», pero el presidente Biden los llamó «basura» y otros los han calificado de nazis o racistas. El miedo a Trump y a sus seguidores se ha vuelto el arma predilecta del último tramo de la campaña demócrata.
Cualquiera que sea el resultado electoral el próximo 5 de noviembre, algo está claro: Donald Trump no aceptará una derrota. Lo que pase después podría poner a prueba la democracia norteamericana aún más que la fallida rebelión del 6 de enero del 2021 mediante la cual intentó perpetuarse en el poder.
Quizá la conclusión más importante del debate fue el contraste entre dos vertientes populistas, la económica progresista y la nativista cristiana, que ya se han encontrado varias veces en la historia norteamericana.
Abajo: fuego, fundamento, suelo. Arriba: belleza, ritmo, fulgor. La piedra angular oculta es también la «clave de la bóveda» que sostiene lo que aún no se ha elevado. El vuelo que no nace solo del arrebato, del éxtasis, sino de la técnica introyectada hasta volverse invisible.
La estela de decisiones conservadoras de los tres magistrados nombrados por Trump (y quizá un cuarto, si Sonia Sotomayor, de 72 años y diabética, tiene que retirarse) podrían terminar siendo su legado más importante.
Javi voló a Moscú y, de allí, a los Emiratos. La última foto en casa con su hermano Alec le rompe el corazón a cualquiera. Abrazados frente a la cámara, abatidos y al mismo tiempo estoicos. Si una imagen pudiera capturar la manifestación de la tristeza, es esa: la mirada de dos hermanos de 23 y 14 años, tan apegados como ellos, a punto de una separación brutal. Observándolos, caí en cuenta de que presenciaba la repetición de mi propia historia: el momento en que me separé de mi hermano.