I

De dos pisos, con un atrio oscuro, escaleras de madera hueca y sonora, y una pequeña recepción a la entrada que también funciona como barra para consumir comida chatarra, el hotel es una versión moderna de aquellos moteles/tabernas de los Western. El vapor asfixiante de sus habitaciones es menos llevadero que los 32 grados y la humedad de la calle, y un penetrante olor a cloro impregna cada una de sus paredes. Aun así, este parece uno de los mejores lugares para pasar la noche en Tapachula. Los taxistas, por ejemplo, que se mueven por la ciudad sin GPS, tienen aquí uno de sus puntos de referencia.

Ni siquiera me cambio de ropa en el hotel. No quiero pasar un segundo más aquí. Tengo hambre y trabajo que hacer. Agarro la mochila, con todo mi equipaje dentro, y salgo en busca de algún Oxxo donde comprar agua. Quiero buscarlo por mí mismo y no caminar pendiente de Google Maps. Decido tomar las calles más anchas y concurridas que encuentro. Me digo que ya llegará el tiempo de internarse en las callejuelas estrechas y solitarias, de perderme en la ciudad, que es la única manera de conocerla, de intimar con ella, diría Walter Benjamin. Mientras tanto, intento reconocer algo familiar entre los cientos de personas que me rodean: las formas de un cubano.

—Pues sí, Tapachula está harto de cubanos —me había dicho el taxista que me llevó del aeropuerto al hotel, como si en verdad hubiera querido decir que la ciudad está «harta de los cubanos».

—¿Y en qué partes de la ciudad suelen estar?

—Ahorita los va a encontrar. Están por todos lados —contestó.

Tapachula queda en el estado mexicano de Chiapas, en la frontera con Guatemala, junto al Pacífico. Vine con la intención de buscar a los cerca de 300 cubanos que hace poco se liaron a puñetazos con otros cientos de centroamericanos frente a las oficinas del Instituto Nacional de Migración (INM). Para entonces, estos más de mil migrantes llevaban varios días pernoctando en las calles aledañas, a la espera de papeles que les permitiesen atravesar el país sin ser deportados y plantarse en la frontera con Estados Unidos. La pelea, leí en los diarios chiapanecos, comenzó cuando los cubanos se autoerigieron en organizadores de la fila y terminaron colándose unos a otros, dejando de lado a guatemaltecos, hondureños, salvadoreños, haitianos y africanos que también esperaban sus turnos. Existen otras versiones, como que los cubanos provocaron la ira de las multitudes cuando se descubrió que sobornaban a los empleados del INM. Esa trifulca, el temor a una transmisión masiva de coronavirus y la propia lentitud endémica de los funcionarios de Migración hicieron que estos solicitaran el auxilio de la Guardia Nacional. Los últimos reportes que revisé antes de venir mostraban fotos impresionantes, en las que una masa multiétnica y compacta era cercada por militares y barandillas metálicas amarillas. Entre tantos rostros fue fácil identificar a varios cubanos: eran los únicos que contestaban a la rigidez de los soldados con miradas desafiantes o indiferentes.

Calle de Tapachula / Foto: Darío Alejandro Alemán

Mi decisión de no seguir Google Maps fue ridícula. Resulta que el Oxxo más cercano, como ocurre en todo México, está a solo dos cuadras. Desde allí avanzo rumbo al parque central de Tapachula, el Miguel Hidalgo, donde desembocan calles anchas y coloridas, con las mejores tiendas de la ciudad, banquetas y tocadores de marimba capaces de perseguir al transeúnte por cien metros con un sombrero extendido en espera de algunas monedas a cambio de la música ambiental.

El parque es un babélico espacio con jardineras donde gente de casi todas las razas se sienta a conversar. Aunque sé el riesgo que implica, agradezco que pocos lleven la mascarilla puesta, pues así puedo apreciar sus rostros. Hay caras negras, blancas, indias, mestizas, limpias, sucias, dentaduras de anuncio de Colgate y también amarillas e incompletas. Hay portugués, creole, lenguas de antiquísima ascendencia maya y variantes de castellano confundiéndose en el aire. Lo escucho todo, menos el hablar irreverente y destrabado del cubano, ese que en vez de mande —como se dice aquí—prefiere un dimequétúquieres.

Hace dos semanas, las miradas de los curiosos del centro de Tapachula se volvieron hacia el parque cuando un grupo de policías lo tomó por sorpresa desde todas las esquinas. El hecho fue recogido por la prensa local de la siguiente manera:

 «Un grupo de extranjeros indocumentados (…) se encontraba bebiendo bebidas embriagantes en las jardineras, ante la mirada de temor de la población que pasaba en esos momentos por ahí. Según dijeron algunos, los migrantes estaban utilizando esos espacios públicos también para realizar sus necesidades fisiológicas, y por eso alertaron a las autoridades (…) En las instalaciones policiacas sería investigada la posibilidad de que pudieran  contar con antecedentes penales, reincidencia o que estén siendo buscados por otras corporaciones dentro y fuera del país (…) Aun cuando no presentaron documentos para determinar su identidad y país de origen, se cree que pudieran ser cubanos.»

Alrededor del corazón de Tapachula están «los edificios más altos» de la ciudad, y también los más antiguos. No existen acá esas modernas torres de hierro y cristal que desafían la fuerza de los terremotos en Ciudad de México. En Tapachula los edificios son pequeños y casi ninguno pasa de tres plantas.

Parque Miguel Hidalgo / Foto: Darío Alejandro Alemán

Cuando atravieso el Miguel Hidalgo todo cambia. La convivencia de lo moderno con lo tradicional da paso a lo popular, como si esto último fuera el resultado de la unión matemática de los anteriores. Detrás del parque la calle es un reverbero de mercadillos. Mil y una tarimas venden todo lo imaginable bajo los techos de las construcciones que dan a la Octava Avenida Norte. Los demás escapan del inclemente sol y exhiben su mercancía sentados bajo sombrillas multicolores. Todos se disputan al caminante con corteses invitaciones a comprar sus productos.

Atraviesan mi mascarilla los aromas de las carnes, los pescados y las frutas frescas que colman este bazar peligrosamente concurrido. Me interno entonces en un laberinto de pequeñas taquerías. Elijo la de menos clientela.

—Ah, pero tú eres cubano —me dice la joven de la taquería luego de escuchar mi pedido. 

—Sí. ¿Y sabes dónde puedo encontrar más cubanos?

—Por todos lados. Aquí hasta trabajó uno, en la juguera.

— ¿Y sigue aquí?

—No. Se fue a los Estados Unidos. Aquí trabajó por tres meses, no más. ¿Y a ti te gusta la tortilla? La tortilla cubana, digo —aclara, risueña.

Le contesto que sí, que en Cuba llamamos tortilla, no a estas de maíz, que aquí se consumen en todos lados y a todas horas, sino a una hecha con huevos.

—Yo sé que ustedes le dicen tortilla a la que se hace con huevos. Pero ¿y la otra tortilla te gusta? Es que el cubano que trabajaba aquí me dijo que en Cuba había dos tortillas. Una hecha de huevos y la otra, bueno, nunca quiso decirme qué significaba la otra tortilla.

La garganta se me cierra de golpe y siento que los trozos de carne desmenuzada se vuelven un amasijo rebelde que escapa hacia mi glotis. Finalmente, para su decepción, resuelvo diciéndole que yo tampoco sé, y que quizás se trate de una acepción muy propia de la región de Cuba a la que pertenece su amigo.

La tarde avanza y aún no reconozco mi manera de hablar en otros. Pienso que tal vez lo mejor sea comenzar con los contactos que un periodista amigo de mi esposa me facilitó, casi todos relacionados con la labor de defensa y promoción de los derechos humanos de los migrantes en Tapachula. Llamo a varios, pero la contestadora me responde que esos números no existen. Los contactos, al parecer, son un poco viejos, y casi todos deben haber cambiado de número.

Las Van en Tapachula / Foto: Darío Alejandro Alemán

En Tapachula no existe servicio de Uber, algo que sospeché cuando, desde la ventanilla del avión, pude ver que la ciudad parece un oasis de civilización en el corazón de una selva. A falta de Uber existen unas Van que hacen recorridos fijos cargadas de pasajeros y unos viejos taxis destartalados con los que siempre es mejor fijar el precio del viaje antes de subir. Le pido a uno de estos últimos que me lleve a un centro religioso de apoyo a los migrantes que (esta vez sí) ubico en Google Maps. El lugar está cerrado. Según los vecinos, los jesuitas ya no habitan ese edificio. Tampoco saben dónde encontrarlos ahora. Camino varios kilómetros. El INM, donde pensé encontrar a cientos de migrantes agotados y rodeados de militares, pero con fuerzas suficientes para caerse a puñetazos, está desierto. Luego voy a la ACNUR y a la sede de la Comisión Nacional de Derechos Humanos de Tapachula, y en ambas instituciones me reciben puertas cerradas a causa de la pandemia.

Pésimo día. Me culpo por la prisa con que preparé el viaje, pues apenas anoche reservé el vuelo y el hotel. La única alegría ha sido una serie de llamadas que felizmente me llevaron a una trabajadora del Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova, con quien coordiné una entrevista telefónica para pasado mañana.

«Dale, asere, cuídate. Te llamo después», escucho cerca. La palabra asere me despierta del letargo que tantos kilómetros de camino bajo el sol me han echado encima. La busco, la persigo.

—¿Usted es cubano?

El hombre que pasa a mi lado se detiene. Siento que me escanea con la mirada.

—Y tú acabas de llegar, ¿no?

—Sí, cerca del mediodía…

—¿Muchacho, pero tú estás loco? Echa para acá. ¿Dónde te estás quedando? —dice, y me jala hacia él por el hombro.

—En un hotelito, aquí cerca…

—Pues arranca para allá ahora mismo. Aléjate de los lugares abiertos. ¿Ya tú fuiste a COMAR?

—¿A qué?

—A COMAR. Tienes que ir ahí. Mira, tú coge un taxi y dile que te lleve al COMAR. Dile que al COMAR nuevo, porque hay otro, el COMAR viejo, pero ese no te sirve ahora. Y has tenido suerte, creo que por el colorcito moreno ese tuyo, que pasas por mexicano. Escucha, aquí mismo, en el parque Bicentenario, la policía agarró hace poco a ocho cubanos. Parece que estaban cansados, con sus mochilones encima, la ropa sucia. Vaya, que estaba cantado: acabaditos de llegar y sin papeles. ¿Y sabes para dónde mandan a esa gente? Pues para la prisión de Siglo XXI. ¿Y sabes de ahí para dónde? Para Cuba, deportados —dice casi sin detenerse a tomar aire, como si me regañara.

No sé qué contestarle. Bajo la mirada y veo que llevo la camisa estrujada, con surcos blancos de sal que forman figuras sobre la tela. De mi barbilla cae una cascada de sudor. A mi espalda, la mochila enorme finaliza una copia exacta de la imagen de aquellos ocho infelices sobre los que me cuenta este hombre.

—Creo que hubo una confusión —digo—. Soy periodista.

II

Para esta noche, Yamila preparó espaguetis con salsa, que no es la comida favorita de Carlos, pero que es algo rápido de hacer. Como todavía no tiene pozuelos, decidió que los traería al parque metidos en dos grandes bolsas de Doritos recortadas por la mitad, con tenedores plásticos dentro.

Comer espaguetis en bolsas de papel metálico, sentados en una jardinera iluminada del parque Miguel Hidalgo, no es la salida romántica que quisieran. Pero les da igual. Carlos lleva dos semanas buscando empleo sin éxito y eso lo tiene algo estresado. Para relajarlo, Yamila organizó esta cena que, presiento, he venido a arruinar.

Carlos tiene ganas de hablar. Yamila, no. Él me dice que necesita desahogarse, y acepta que le pregunte cuanto quiera, siempre y cuando no le tome fotos ni escriba nada que pueda servir para identificarlo. Ella acepta de mala gana los mismos términos.

Se conocieron aquí, en el parque, hace un mes. Todavía no se han ido a vivir juntos porque el salario y el estilo de vida de ambos lo impiden; también confiesan que quieren esperar a que la relación avance un poco antes de tomar esa decisión. Por ahora, Carlos vive en una minúscula casa de renta junto a dos migrantes salvadoreños y un hondureño. Yamila habita un cuarto independiente, con baño propio, donde ha instalado un televisor, una cama y una hornilla que se trajo de su renta anterior.

Cuando se vieron por primera vez, Carlos conservaba su trabajo de mandadero entre pequeños negocios locales, a la vez que intentaba conseguir una tarjeta de «visitante temporal por razones humanitarias» (visa humanitaria) que le permitiese continuar hacia Estados Unidos.

—Eso fue hace un mes. Entonces ya llevaba otro aquí. Y en dos meses todavía no he podido conseguir la dichosa visa. Ahora que el papeleo es por Internet, he mandado tres o cuatro correos diarios, pero no me responden —dice Carlos: mulato, alto, de 33 años que parecen 43, voz grave, vestido con un desmangado desteñido, un short y unas chancletas de playa.

—Niño, pero cuál es tu prisa —le dice Yamila: pequeña, de unos cuarenta y tantos sobre la piel blanca pálida, con arrugas que comienzan a aparecer en la comisura de sus senos, el pelo teñido de rojo, con un vestido verde y ajustado que deja al descubierto la totalidad de sus muslos.

—El Yuma, Yamila, que cierren el Yuma.

—El Yuma va a seguir siendo el Yuma, papi. Eso nadie lo va a mover de ahí. ¿Cuál es tu apuro?

—¿Mi apuro? Que yo salí para irme pa’l Yuma. Y si he pasado tanto trabajo es para llegar a allí, no para quedarme a mitad de camino.

Antes de irse a Nicaragua, Carlos sobrevivía en las calles de Diez de Octubre, La Habana; a veces trabajando en la construcción y otras, casi siempre fines de semana, en una pequeña cafetería que administraba una prima suya. Hacía unos años le había planteado a su madre la idea de irse a Estados Unidos. Ella intentó que desistiera, sobre todo porque era una locura hacerlo sin el apoyo de un familiar que hubiese emigrado antes. Para finales de 2019, ella había cambiado de parecer.

—Me fui solo, al pecho, sin familia en Estados Unidos y sin hijos en Cuba. Sin familia en el Yuma, sí, es verdad, es una locura, como dijo mi mamá. Pero no tener hijos ni esposa ni nada, para lo que pasé, fue lo mejor —dice él.

Luego de hacerse de un pasaporte y de un pasaje de ida y vuelta a Nicaragua, Carlos optó por la tarjeta de visitante por 30 días que expide ese país a los cubanos. Con algo de dinero ahorrado pensaba cruzar inmediatamente a Costa Rica, donde trabajaría hasta reunir más dólares y pagar la ruta hacia la frontera norte de México, y quizás hasta Estados Unidos.

Al principio todo ocurrió según lo planeado. A fines de febrero de 2020, Carlos había llegado a Managua y luego cruzado a Costa Rica, donde consiguió trabajo en un hotel.

Durante cinco meses, durmió en un cuartucho de servicio del hotel, donde comía lo que pudiera, casi siempre sobras. El hospedaje y los alimentos eran descontados de su paga mensual, la cual nunca tuvo en las manos. Según el trato que le ofreció el dueño del lugar, él trabajaría de portero, botones, limpia pisos y cualquier otra cosa que hiciera falta hasta acumular un monto suficiente para irse directo a Tapachula, México. Entonces su patrón le conseguiría un coyote seguro para cruzar Centroamérica.

La ciudad de San José nunca le gustó, en parte porque no se arriesgó demasiado para conocerla. Carlos, además de ser un indocumentado, no llevaba un centavo encima. Sin embargo, recuerda haber salido alguna vez por los parques de la ciudad y sorprenderse por el extendido consumo de drogas. En plena calle, cuenta, percibía un fuerte olor a marihuana. También vio personas tiradas en el suelo, como adormecidos, compartiendo desde cigarrillos de cannabis hasta pipas de cristal con piedras de crack. Aunque estas drogas están prohibidas en Costa Rica, le dio la impresión de que la policía no estaba especialmente interesada en combatir su consumo.

—Carlos, no exageres —interrumpe Yamila.

— ¿Qué? ¿Me vas a decir que es mentira?

—No, pero Costa Rica es un lugar seguro. Muy caro, pero seguro.

—Yo no he dicho que no sea seguro. Lo único que he dicho es que la droga está al pecho allí.

—Ah, bueno, eso sí —reconoce ella.

Yamila, «nacida y criada en el Cerro», no quiere hablar de su vida en Cuba ni de los dos meses que estuvo en Costa Rica, a donde llegó luego de realizar una ruta idéntica a la de Carlos. Solo dice que allí hizo algo de dinero para vivir, pues el pago a los coyotes se lo garantizó una bandada de tíos y primos que desde hace varios años viven en Estados Unidos.

Volvió a Nicaragua, y luego siguió a Honduras, junto a otros 14 cubanos. De haber sido por ella, dice, hubiera salido de Costa Rica mucho antes, pero el coyote se negó a mover cualquier grupo menor de 15 viajeros. El cruce, relata, fue prácticamente todo por carretera, todos apretados en una Van cerrada que los adelantó hasta las inmediaciones de un río. El coyote entonces fue a hablar con los lugareños para conseguir botes en lo que el resto esperaba en la orilla. De entre la tupida selva que tenían a sus espaldas salieron varios hombres armados con pistolas.

En cuanto la boca de un arma comenzó a presionarle el cráneo, Yamila se dejó caer de rodillas sobre el lodo y con las manos en alto. Cada uno de sus sentidos se concentró en aquel trozo de hierro que comenzaba a lastimarle, de manera que apenas prestó atención a los gritos de los asaltantes. Tampoco necesitaba oírlos para saber qué querían. Con un rápido movimiento se deshizo de la mochila, donde llevaba todas sus cosas excepto el pasaporte y el teléfono. Sus compañeros de viaje estaban en posiciones similares a la suya. Cerró entonces los ojos y no los abrió hasta que dejó de sentir el metal sobre la sien. El jaleo cesó. Los asaltantes se habían internado en la selva con el botín. Nadie resultó herido.

—Y tuviste suerte. Mucha gente que conocí me contó que a las mujeres que van en grupos pequeños hasta las violan. Es muy duro —interrumpe ahora Carlos.

—¿Y a ti también te asaltaron y te lo quitaron todo? —le pregunto.

—Sí, menos el pasaporte y el celular. Regla número uno, o número dos, no sé, pero es importante: pasaporte y teléfono en cualquier lugar menos en la mochila. 

Fueron los migrantes que conoció en Honduras quienes le dieron este consejo. Por eso en Guatemala, cuando un hombre en motocicleta casi le atropella en plena carretera, Carlos llevaba el pasaporte y el celular dentro de los calzoncillos. Por un momento pensó que aquel hombre le dispararía y luego escondería su cuerpo entre los matojos de la cuneta. Nadie escucharía el disparo en aquella carretera que se perdía en el horizonte sin más presencia de vida que el asaltante y su víctima. El hombre, sin embargo, se limitó a ordenarle que no se moviera mientras le apuntaba. Le arrancó la mochila de la espalda, dio media vuelta en su motocicleta, y desapareció. Una vez más Carlos estaba solo en medio de la nada, justo como hacía dos meses atrás. 

En Costa Rica, las cosas no iban muy bien en el hotel a causa de la pandemia. Cuando el dueño creyó que el trabajo acumulado por el cubano era suficiente para pagar un viaje a Tapachula, lo llevó hasta una camioneta, donde tenía guardados varios pomos con agua. Le dijo que en ella realizaría la ruta y que, a menos que se lo pidieran, no diera señales de vida. Él se acomodó entre las paredes de metal y solo supo del mundo exterior por los arranques y frenazos bruscos del coche.

—Baje, que llegamos —escuchó decir al chofer, a quien no había visto hasta el momento.

Estaban en una carretera, a la entrada de lo que parecía un pueblo.

— ¿Pasó algo? —preguntó.

—Ya está usted en Honduras.

Carlos todavía no sabe si la estafa fue cosa del dueño del hotel o del chofer, quien dijo que solo le habían pagado por cruzar Nicaragua e ir poco más allá de la frontera hondureña. Discutieron un rato. Luego Carlos suplicó, pero el chofer se mantuvo firme en que la orden y el dinero recibido contemplaban llegar a ese punto y no más allá.

Los siguientes meses, antes y después del asalto, su vida fue un peregrinar por tierras desconocidas, a donde llegaba por las indicaciones que pedía en el camino. La ruta hacia EE.UU. se volvió un ir y venir, viajes en círculo, desviaciones, todo para conseguir empleo. La meta era «subir» poco a poco. Para pagar los viajes conseguía trabajos por un máximo de dos semanas, a veces cargando mercancías y otras empujando carritos de venta ambulante de jugos y comida. Para ahorrar dinero, se limitó a comer lo imprescindible, cosas baratas que le aportaran energía. Hubo días en los que ni siquiera probó alimentos.

En Guatemala, luego del asalto, estuvo ocho días sin comer durante los cuales trabajó como vendedor de DVDs piratas. Dos plátanos fueron su primera comida después de tanto tiempo. Cuando pudo reunir algo de dinero, logró contactar con un coyote que, finalmente, le llevaría a México. Fue un viaje de 24 horas que pasó en la parte trasera de un camión, junto a otros cinco cubanos y 20 migrantes centroamericanos.

El viaje, recuerda, fue un infierno. Ni siquiera pudo conocer mucho a sus compañeros de travesía, pues el coyote advirtió que no podían hablar ni moverse bajo la lona impermeable que los cubría. Tampoco había tiempo para comer, hidratarse u orinar. Durante la parte diurna del trayecto, Carlos se sintió al borde del desmayo. El sol que pegaba en la lona convertía su interior, lleno de hombres inmóviles, silenciosos y sudorosos, en una especie de horno. En la noche, sin embargo, sintió frío.

—Por eso digo que, si ya pasé tanto trabajo, no paro hasta llegar a Estados Unidos.

—Piénsatelo mejor, muchacho. Cuando te den los papeles nos instalamos aquí. Va a ser más fácil buscar trabajo. Aquí todo es más barato que en Estados Unidos —dice Yamila, mientras hace una pelotita con su plato improvisado y pone a un lado el tenedor de plástico.

El asalto no resultó un gran contratiempo para ella, al menos no como para Carlos. Desde que salió de Cuba, sus primos y tíos de Miami prometieron ayudarle a completar su ruta. Cuando el dinero se le acababa, solo les mandaba un mensaje y esperaba un envío en la oficina de Western Union más cercana. El resto del viaje, dice, «fue coser y cantar».

Desde hace unos meses, Yamila trabaja como obrera textil en Chiapas. También consiguió la residencia permanente gracias a un anciano tío suyo que vive en Guadalajara. Su tío, sin embargo, no es tan viejo o no está lo suficientemente enfermo como para justificar que Yamila se queda en México para atenderlo.

—Piénsalo. Mira, está bien, subimos un poco. Arriba las cosas son más caras, pero los salarios son mejores. Y si está muy malo eso allá, regresamos a Tapachula. Aquí es seguro.

—¡Seguro de qué, Yamila! Yo no sé en qué mundo tú vives.

Según Carlos, el parque en el que estamos no es ni de lejos el lugar más seguro de Tapachula, a pesar de que a nuestro lado no deja de pasar gente. En los rincones donde la luz de las farolas no llega, dice, suelen actuar los asaltantes.

—Se te sientan al lado, como si nada, y ahí mismo sacan un cuchillo o una pistola y te la pegan sin que nadie se dé cuenta —dice pasando uno de sus brazos bajo la axila del otro y con el dedo índice, que ahora simula un arma, toca un costado de Yamila—. De todas formas, es peor más allá del parque, como quien va para el río Coatán.

Hace una semana, uno de sus compañeros salvadoreños llegó a la casa con un tajazo sangrante que iba desde un costado del cráneo hasta cerca de la oreja. Cuando Carlos y el hondureño se dispusieron a ayudarle, el otro salvadoreño se los impidió.

—Déjenlo no más. Él se cura solo —dijo, mientras el herido se encerraba enojado en el cuarto que comparte con su paisano.

Carlos no está muy a gusto con sus compañeros de renta. El hondureño, dice, es con quien más se relaciona, aunque «es un tipo demasiado noble, con cara de estar siempre perdido». Los salvadoreños son muy reservados y solo conversan entre ellos.

A veces Carlos ha escuchado algunas de sus conversaciones, casi siempre un recitado repertorio de muertes extremadamente violentas y otro de curiosos sobrenombres. Cuando les escuchó decir la palabra «MS-13» fue que comprendió la naturaleza de los infinitos tatuajes y cicatrices que mostraban cada vez que se quitaban sus camisetas. Solo en una ocasión les vio sonreír, y fue poco después de que uno de ellos llegara herido. Hablaban de una pelea, de un descuido que provocó la cortada, de puñaladas y de un cadáver lanzado al río.

—Sé que tienen solo 21 añitos. ¡21 añitos! Sé también que vinieron huyéndole a esa mierda, pero no pueden: esa gente arrastra la muerte con ellos. Ahora no recuerdo qué socio me lo dijo, pero… ¿Sabían que el promedio de vida de los maras es de 25 años? — pregunta espantado, volviéndose hacia Yamila.

—Entonces nos vamos a Cancún, o a Guadalajara, con mi tío, y hacemos lo mismo que él: compramos ropa barata y la vendemos en Cuba, cuando tengas los papeles —insiste ella, imperturbable.

Le digo que quizás su plan no funcione, que hace solo dos meses salí de Cuba y sé que no les será nada fácil regresar a México con dólares. Sin que Carlos lo note, me lanza una mirada de desprecio. Es comprensible. No solo le he fastidiado la velada romántica. También estoy atentando contra sus planes para Carlos.

—Ya, que es muy tarde —dice. De un salto se pone en pie y levanta a Carlos, que recoge los tenedores plásticos.

Él se despide de mí. Ella solo me lanza otra mirada incisiva que interpreto como: «Aunque te vayas por donde mismo nosotros, no nos sigas». Ahora se alejan del parque, muy juntos, recreando una escena que no he visto en las calles de México desde que llegué: dos brazos cómplices que se cruzan para acariciarse las nalgas mutuamente.

III

Venta de ropas en Tapachula / Foto: Darío Alejandro Alemán

De camino al hotel descubrí que, de noche, hay ciertas partes de esta ciudad que me recuerdan ciertas partes de La Habana. A veces juraría que estoy allá, en Cuba, de no ser por el silencio de las calles y los trompos de carne que se exhiben en los ventanales descubiertos de las taquerías. Al principio creí que la relativa soledad de las avenidas era un síntoma del coronavirus, pero luego entendí que el centro de la vida nocturna son dos parques, algunos sitios para comer y un club tan herméticamente cerrado que la música y el júbilo de su interior apenas puede oírse desde afuera.

Ya en mi habitación comienzo a trabajar. Primero transcribo la conversación con Carlos y Yamila, no sin antes decidir que así les llamaré de ahora en adelante. Luego me enfoco en escribir mi charla con el primer cubano que encontré en Tapachula y su hermano gemelo, a quien conocí poco después. Como ellos también se negaron a ser identificados, les nombro Kiko y Tata, tal y como se llaman entre sí todo el tiempo.

Kiko y Tata son holguineros. Ambos de estatura mediana, uno completamente calvo y el otro en camino a serlo, muy blancos los dos y de ojos azules. Estos últimos rasgos, insistieron, no son muy ventajosos aquí. A diferencia del resto de México, donde el racismo generalizado ha convertido el ser güero (rubio) en una especie de distinción, en Tapachula bien puede resultar un inconveniente, sobre todo si el güero es un indocumentado. Unas facciones demasiado caucásicas son un cartel de neón que dice «Extranjero», y en esta ciudad el extranjero es casi siempre un migrante.

—Nosotros lo vendimos todo en Cuba. Llevamos el dinero a Nicaragua; de ahí fuimos a Honduras, después a Guatemala y de ahí brincamos a Tapachula —me dijeron, como hablando de un pequeño charco que han cruzado saltando de piedra en piedra.

—Claro, tuvimos un buen coyote que hizo que el viaje no durara nada y viniésemos frescos. Pero esas cosas no se pueden decir —apuntó Kiko.

Los gemelos me explicaron, paso a paso, el proceso de trámites que debe realizar todo migrante. Lo primero es no rondar por la ciudad y buscar con urgencia un lugar donde rentarse. A veces los cubanos resuelven este primer punto antes de llegar a Tapachula, casi siempre a través de las redes sociales. Varios grupos en Facebook con nombres como «Cubanos en Tapachula», están inundados de posts que anuncian una pronta llegada a la ciudad y preguntan por lugares buenos y seguros donde rentarse. También interactúan allí los coyotes mexicanos, quienes se promocionan como expertos burladores de la seguridad fronteriza estadounidense con videos donde demuestran la calidad de sus servicios. En uno de ellos, por ejemplo, tres supuestos migrantes viajan de noche en la parte trasera de un cómodo auto mientras son filmados por el copiloto. El chofer, a quien jamás busca la cámara, anuncia en algún momento «Estamos en Texas», y lo pasajeros comienzan entonces a gritar eufóricos. En otro, un grupo de jóvenes mexicanos aguarda tras unos yerbajos, a un costado de una carretera solitaria. Se comunican entre sí mediante susurros indescifrables. Solo uno se atreve a hablar con claridad. «Es no más cruzar la calle», dice.

Según los gemelos, todo recién llegado debe darse prisa en ir a la nueva sede de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), donde el Estado mexicano otorga, digamos, un permiso para realizar los trámites migratorios que cada quien solicite. En tanto los migrantes permanezcan en la fila a las puertas de COMAR, dicen, no pueden ser deportados.

Kiko y Tata me mostraron entonces unos papeles cuidadosamente doblados y envueltos en varias capas de nylon y plástico que guardaban en sus respectivos bolsillos. Estos fueron los documentos que les dieron recientemente en COMAR, una suerte de «carné de identidad» que debían cuidar hasta tanto no recibieran sus estatus migratorios en el Instituto Nacional de Migración (INM). Con ese papel encima, afirmaron, están a salvo de la deportación.

Decidí entonces hablarles del motivo de mi viaje a Tapachula y de la sorpresa que me llevé horas antes, al ver el INM vacío.

—Nosotros estuvimos en la bronca. Se armó la gorda de verdad, porque había gente colándose. Y estábamos cagados cuando llegaron los guardias, porque pensamos que iban a recoger a todo el mundo y mandarlo para Cuba. Pero la cosa se calmó cuando el INM dijo que los trámites eran por Internet. Cada uno cogió pa’ su casa y ahora estamos esperando que nos aprueben la entrevista —explicó Tata.

El INM es donde los migrantes consiguen, o no, su estatus migratorio. Aquellos que desde un principio declaran sus intenciones de subir a la frontera norte y cruzar a Estados Unidos generalmente solicitan la tarjeta de Visitante Temporal por Razones Humanitarias, que vence en un año. Aquí también pueden pedir la Residencia Permanente, la Residencia Permanente por Regularización Migratoria, la Residencia Permanente por Razones Humanitarias y la Residencia Temporal. Estas últimas, que cuentan con un plazo de cuatro años de vigencia, necesitan de otro tipo de justificaciones mucho más fuertes que irse a Estados Unidos, como cuestiones familiares, de renta o de trabajo. Quienes son declarados oficialmente refugiados suelen necesitar de una visita a la otra sede de COMAR, «el viejo», ubicada a un kilómetro del «nuevo».

Los gemelos ahora se preparan para el momento en que el INM responda a sus correos y, a continuación, los entreviste. Suponen que eso demorará a causa del coronavirus y, tal vez, de la infinidad de migrantes que esperan por lo mismo. Mientras tanto, han averiguado con otros cubanos sobre qué decir y qué callar en la entrevista.

—En boca cerrada no entran moscas, ¿sabes el dicho? Aquí, mientras más tiempo digas que te duró el viaje, mejor. Si dices que te asaltaron, que lo perdiste todo, que te sumaste a una caravana, que te fuiste porque estabas siendo perseguido en tu país, mejor todavía. Aunque ellos saben bien cómo funciona todo, no se puede decir nada de coyotes —dijo Tata. Reconoce que esas historias son reales y muy comunes entre quienes han llegado hasta Tapachula, pero, «por suerte», no les tocaron a ellos.

—Nos han dicho que, si en la entrevista sueltas que compraste un paquete directo hasta aquí, que fue cómodo, en pocos días y con un coyote, te puedes meter en un lío; porque entonces comienzan a interrogarte para que les des los contactos. Eso es trata de personas. Así lo llaman aquí. Además, se supone que somos refugiados, ¿no? Hay que andarse con cuidado con eso. Lo que te dije: en boca cerrada no entran moscas.

En algún punto de la conversación, los gemelos comentaron que los cubanos son más solidarios entre sí que el resto de los migrantes. «Nos ayudamos unos a otros, nos tiramos el cabo si vemos a otro cubano», me había dicho Tata mientras caminábamos hacia su cuarto de renta: un pequeño espacio independiente en un reducido «condominio» formado por otros cuartos similares.

Me resulta curiosa esa exaltación de la solidaridad entre cubanos por encima de la que existe, por ejemplo, entre los centroamericanos.

Hondureños, salvadoreños y guatemaltecos a veces hacen el recorrido en caravanas de cientos o miles, lo cual les permite protegerse de asaltantes y secuestradores, y también presionar cuando una frontera les cierra el paso. Los cubanos, en cambio, viajan en grupos pequeños, en ocasiones solos, y suelen integrar las caravanas cuando llegan a un punto donde clausuran la frontera y los migrantes se acumulan, como una represa. Sin embargo, una vez en la ciudad, da la impresión de que algo cambia.

Aquí los migrantes centroamericanos —no así haitianos y africanos, a quienes une muchas veces el desconocimiento del castellano más básico— parecen ir cada quien por su lado. Los cubanos, por su parte, se buscan, se aconsejan, andan juntos, aunque sea durante el tiempo en que permanecen en la ciudad. Suelen encontrar en Tapachula a sus próximos compañeros de viaje hacia la frontera con Estados Unidos. Lo ocurrido a las puertas del INM hace unos días es solo una pequeña muestra de esa solidaridad.

No es aconsejable para un migrante hacerse notar demasiado, aun con el permiso de COMAR y los papeles del INM en la mano. El más mínimo problema puede servirle a la policía para justificar una detención y, quizás, una deportación.

Según cifras oficiales, unos 186 mil 216 migrantes fueron detenidos en México en 2016, 93 mil 846 en 2017, 138 mil 612 en 2018 y 144 mil 591 en 2019. En 2018, por ejemplo, 122 mil 650 migrantes obtuvieron algún tipo de permiso de estancia en el país. Nadie puede calcular con exactitud cuántos pasan de largo ante el INM cada año y viven como indocumentados en el país, pero se supone que la cifra supera las anteriores.

Al ser el principal punto de entrada de los migrantes a México, el estado de Chiapas cuenta con las mayores cifras de deportaciones, que se han incrementado con los años. En 2020, la cantidad de deportados registrados por el INM en ese estado representó el 71 por ciento de la cifra de migrantes que ese año reportó Chiapas. Los cubanos, sin embargo, suele ser uno de los grupos menos afectados. En 2019 y 2020, fueron deportados desde Chiapas el ocho y el 17 por ciento, respectivamente, de los cubanos que entraron solo por Tapachula.

La deportación, según dijeron a los gemelos, es el peor de los finales posibles. Pero, antes, el deportado debe pasar por el centro de detención migratorio Siglo XXI, un sitio que corre de boca en boca entre los migrantes como una suerte de mito que, sin embargo, resulta terriblemente real. Llamarle «centro de detención» parece una manera de no decir «prisión». 

Ubicado en las cercanías de la frontera con Guatemala, Siglo XXI es la institución de su tipo más grande en México, con una capacidad para 960 reos, al menos hasta 2020. Aquí, como en centros similares de todo el país, la cantidad de detenidos rebasa sus capacidades. En 2020 fueron detenidos en México 59 mil 155 migrantes; sin embargo, se supone que la capacidad total en los centros de detenciones es de ocho mil 524. Aunque en Siglo XXI la entrada y salida de migrantes es constate, ya sea por rápidas deportaciones o por las frecuentes fugas reportadas, el lugar ha colapsado varias veces.

Según varios reportes periodísticos, la situación migratoria en Chiapas comenzó a agravarse entre 2016 y 2017, un período en el que los discursos antiinmigrantes de Donald Trump se tradujeron en una realidad concreta. En 2019, la crisis se convirtió en colapso, cuando Estados Unidos amagó con sanciones económicas contra México si no se detenía el flujo de migrantes. El presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), que había prometido durante su campaña electoral paso libre y hasta trabajo a los migrantes centroamericanos, fortaleció la vigilancia en las fronteras. En ese entonces, el aumento de las caravanas que partían en busca del sueño americano parecía proporcional al de las medidas para restringir su paso. Para cuando llegó el colapso, un nuevo grupo de nacionalidades se había sumado en masa al ya incontrolable número de centroamericanos que atravesaban kilómetros de selva hasta Tapachula. Se trataba de cubanos, haitianos y africanos, los llamados «extracontinentales».

Los frecuentes operativos antimigrantes fueron cuestionados por la ONU y otros organismos internacionales. El actuar de las autoridades migratorias y la Guardia Nacional permanecía bajo un velo de confidencialidad del que solo se sabía por sus víctimas, pues el INM prohibió temporalmente la entrada de colectivos civiles e instituciones religiosas en sus centros de detención, especialmente en Siglo XXI.

En 2019, varios testimonios de migrantes publicados por la prensa mexicana revelaron lo que era un secreto a voces: tras las paredes de la institución se vive un auténtico infierno. Comidas en mal estado, falta de atención médica, hacinamiento y el robo de pertenencias y dinero por parte de los guardias son algunas de las cosas que sufren los detenidos.

La precaución de los gemelos me pareció comprensible, sin embargo, algo más que el miedo a las autoridades migratorias los lleva a «no abrir la boca».

De manera general, los cubanos aquí son bastante reservados, por lo menos con «la prensa». Aunque tienen sus razones concretas para no hablar, el silencio en ellos responde también a cierto hábito. Si muchos centroamericanos arrastran consigo la violencia que intentan dejar atrás, los cubanos parecen haberse traído la carga del miedo y la desconfianza generada por el régimen totalitario que abandonaron. Ni siquiera son conscientes de ese fardo. Si bien ante al INM algunos adornan los motivos de su huida con la falta de libertades políticas que existe en la isla, la verdad es que casi ninguno tuvo en cuenta eso al partir. Por otra parte, muchos de los cubanos en Tapachula no buscan romper sus vínculos con Cuba, y esperan regresar de vez en cuando, para ayudar a sus familias o para «hacer negocios».

Mientras trabajé como periodista independiente en Cuba, no pocas fuentes se negaron a hablar o a ser identificadas por temor a represalias como, por ejemplo, no salir del país. Ahora, luego de atravesar varias fronteras, cruzar selvas y jugarse la vida en una de las zonas más violentas del mundo, todo por salir de Cuba, los cubanos temen que luego no les dejen regresar.

Decía John Berryman que debemos viajar en la dirección de nuestro miedo, pero ¿hacia dónde ir cuando el miedo simplemente nos sigue a donde vamos, como una sombra?

IV

Tocadores de marimba en Tapachula / Foto: Darío Alejandro Alemán

Los cubanos no suelen pulular por Tapachula, no como otros migrantes. En parte, creo que ello se debe a que no les resulta demasiado complicado encontrar trabajo. Todavía no he encontrado a uno de mendigo. Los centroamericanos, en cambio, están por todas partes: vendedores de dulces, limosneros o tristes porteros a la entrada de cada Oxxo, en espera de un mísero pago por la amabilidad de abrir la puerta y decir «Buenos días, pase usted».

Los haitianos y los africanos también se hacen visibles en la ciudad. Casi siempre van en grupos herméticos. A veces da la impresión de que, allí, en el espacio de pocos metros cuadrados donde se reúnen, conspiran para refundar sus países de origen, haciendo del idioma su frontera. En cualquier caso, no me atrevería a decir qué hacen cotidianamente en Tapachula. Los gemelos me contaron que los haitianos son expertos comerciantes de relojes, tarjetas telefónicas y todo tipo de baratijas, generalmente de muy mala calidad. Lo que sí podría decir es que, además de por el idioma, los africanos se distinguen de los haitianos por sus vestimentas coloridas, modernas, y sus gorras de equipos deportivos gringos.

A mi lado pasan una niña y un niño que parecen hermanos. Flacuchos los dos, con la piel cobriza y los cabellos lacios. Intuyo que no pasan los 10 años. La niña, con una trenza muy larga, corretea divertida alrededor del varón que, muy serio, carga una cesta con trozos de fruta envueltos en nylon a la vez que pregona con voz débil y lastimera. Él viste unos jeans gastados y un pullover demasiado ancho. Ella intenta convencerlo de tomar un descanso. Él se niega, pero cambia de idea cuando la niña le lanza un chorro de agua del bebedero público. Entonces deja la cesta en el piso y juegan a mojarse, refrescándose así del insoportable calor del mediodía. La diversión termina cuando llega una mujer indígena, también con una cesta con trozos de fruta envueltos en nylon, y los reprende. Ahora avanzan los tres, con miradas graves, en busca de clientes. «Cómprele, cómprele, cómprele. Cómpreme uno, señor. Uno nada más, señorita», van diciendo. Hay más como ellos, muchos más, sobre todo niños solos. Algunos llevan sobre la cabeza cajas repletas de los mismos dulces y las mismas gomas de mascar que por mejores precios se consiguen en la tienda que está a solo 40 metros. Por supuesto, nadie les compra.

Comercio en Tapachula / Foto: Darío Alejandro Alemán

Un poco más allá, a un costado del parque Miguel Hidalgo, una hilera de niños boleros sentados en el contén ofrecen sus servicios a los transeúntes. Miran fijamente al suelo, persiguiendo las pisadas de la gente en la calle, y luego refunfuñan, como si supieran que este trabajo es cada vez menos rentable en un mundo donde todos prefieren usar tenis deportivos. Tampoco cesan de vigilarse entre ellos con el rabillo del ojo, pues saben que solo el más ágil, aquel que logre ponerse en pie primero, será quien consiga lustrar un par de zapatos. Llevan las caras y las ropas sucias, y a un lado las respectivas cajitas de madera donde guardan el cepillo, el trapo y el betún. Solo muy de vez en cuando levantan la cabeza, y es entonces cuando descubro sus miradas de cansancio, de hastío, aderezadas con cierta malicia incómoda. En verdad, ni siquiera parecen niños, sino hombres tristes en miniatura.

Como en el resto de México, en Tapachula abunda la comida chatarra. Excepto por Domino’s, las grandes cadenas de comida rápida no tienen gran presencia aquí, sin embargo, el olor del aceite refrito mil veces llena la atmósfera. La gente calma su sed con Coca Cola o cualquier bebida energizante, nunca con agua. Por lo demás, las verduras parecen adornos. En Tapachula la carne manda, y todos parecen orgullosos de eso.

Según la UNICEF, México es el país de Latinoamérica que más productos ultraprocesados consume. Se estima que un mexicano promedio suele ingerir 214 kg de estos alimentos al año, lo cual hizo que en 2016 las autoridades sanitarias declararan una alerta epidemiológica por obesidad y diabetes. Las cifras al respecto son escandalosas. El Instituto Nacional de Salud Pública cree que cerca del 70 por ciento de los mexicanos padece sobrepeso, y casi una tercera parte de la población, obesidad. El consumo de comida chatarra se debe, en parte, a problemas de inseguridad alimentaria. El último gran estudio realizado al respecto, en 2018, reveló que en las ciudades de México más de una quinta parte de los hogares viven en condiciones de inseguridad alimentaria leve o severa. En las zonas rurales los datos son mucho más alarmantes.

La delgadez pronunciada de muchos migrantes centroamericanos, en cambio, tampoco responde necesariamente a una buena alimentación.

Solo una pequeña porción de los negocios de la ciudad se ubica en portales o interiores. La mayor parte de la economía se mueve en plena calle, ya que apenas queda espacio vacío en las aceras. Esto hace que el tráfico se vuelva un caos en las vías secundarias, donde cada vez resulta más complicado que un auto pase entre los puestos de tamales, pollos enteros, pescados, o bien de ropa y artículos tecnológicos de marcas desconocidas o copias Made in China. Hay también muchos lugares para imprimir, escanear y plastificar documentos. La «industria» de la impresión a pequeña escala quizás sea la más estable en Tapachula, ya que vive de cientos de miles de migrantes que buscan tener en orden sus documentos.

Aquellos negocios un poco más establecidos son reconocibles porque están climatizados. Los realmente exitosos, por su parte, pueden identificarse por las fachadas limpias y en apariencia recién pintadas, donde casi siempre monta guardia un policía armado hasta los dientes, incluso con rifles de asalto AR-15 entre las manos.

Lejos del centro de la ciudad es común encontrar camiones cargados de militares, todos con cascos y uniformes de camuflaje, que avanzan rumbo al sur. En las calles se ve circular a veces, como un vehículo más, algún jeep con dos o tres soldados encima. Generalmente, esos descapotables llevan integrados un soporte sobre el que descansa una gigantesca ametralladora. Según los locales, la presencia militar es algo cotidiano en Tapachula, sin embargo, el patrullaje y los camiones atravesando la ciudad rumbo al río Suchiate, en la frontera con Guatemala, se han vuelto demasiado frecuentes en los últimos días. De todas formas, dicen, no les incomoda.

Camino sin rumbo. Busco perderme entre las callejuelas con la esperanza de empaparme del espíritu local, que es empaparse de sudor. Ignoro que el futuro próximo de la ciudad se decide a poco más de 600 kilómetros al sureste, en el paso fronterizo de El Corinto, en Honduras. Allí una reunión de urgencia ha convocado a funcionarios de los gobiernos de México, Honduras, Guatemala y El Salvador, que a estas horas discuten cómo hacer de ese pedazo de tierra un muro de contención lo suficientemente fuerte para soportar lo que se avecina. Algo más lejos, una caravana de seis mil migrantes comienza el largo camino hacia Estados Unidos.

V

En cuanto me llevo a la boca el primer cigarrillo, siento que la mirada de Javier se queda fija en la cajetilla que ahora guardo en el bolsillo. Entonces le ofrezco uno y lo acepta con alegría.

—Es que hace mucho que no fumo. Aquí no puedes estar gastando el dinero en cigarros —dice.

Esperamos por Gretel, su esposa, que hace unos cinco minutos entró a la sede del COMAR «viejo». Allí le dirán, al fin, si ella y Javier serán refugiados con residencia permanente, es decir, si podrán andar de forma libre por el país. De acuerdo a la respuesta que le den, decidirán si seguir hacia Estados Unidos o quedarse en México, opción esta que pensaron a última hora.

Le propongo a Javier que durante la espera me cuente cómo llegaron a Tapachula, y acepta.

Todo comenzó una noche, cuatro meses atrás, cuando Gretel entró de golpe al bar, pálida, como a punto de llorar, y se lanzó a sus brazos diciendo: «Vámonos de aquí ¡ya!»

Esa noche la pista de baile estaba desierta, y de no ser por los dos o tres bebedores asiduos que se agarraban a la barra, el bar hubiese cerrado, quizás para siempre, como esos otros que no resistieron la llegada de la pandemia a Managua, Nicaragua. En algún momento de la noche, Gretel aprovechó para huir de la música y llamó por teléfono a su madre desde el portón de la entrada. Mientras hablaba, apenas reparó en el auto que se detuvo a unos pocos metros. Para cuando se dio cuenta, un hombre ya la tenía agarrada por la espalda y le acariciaba el cuello con la enorme hoja de un cuchillo de caza. El sujeto extendió la mano sin decir nada. Ella le dio el celular y se mantuvo inmóvil hasta que el asaltante volvió a subir en el auto y desapareció.

Javier escuchó la historia del asalto entre sollozos y súplicas de su esposa. Discutieron un rato, hasta que ella al fin lo convenció.

—Sí, sí, sí, tienes razón, vámonos pa’l carajo de aquí. Al final, ya ni siquiera estamos ganando tanto —dijo Javier. Se abrazaron. Él terminó de contabilizar las pobres ganancias de la noche y se fueron juntos a hablar con el jefe del bar.

La renuncia, recuerda Javier, la pidieron con extrema cortesía, después de un largo y sincero agradecimiento por haberlos contratado y, en especial, por haberlo convertido a él en mano derecha en el negocio durante ocho meses. Gracias a eso no habían tenido que irse a Costa Rica una vez entendieron que emigrar a España era inviable. Aunque en Costa Rica suele ser mucho más fácil conseguir empleo, y los salarios son más altos que en Nicaragua, partir hacia allá significaba para Javier dar un paso atrás, una frontera más.

Nueve meses antes Javier vivía como «emprendedor» en Santa Clara. Allí se había ido a vivir luego de no encontrar qué hacer como economista en su natal Cienfuegos y de conocer a Gretel, que recién se graduaba de Medicina. Mientras ella se desgastaba en sus guardias hospitalarias, Javier consiguió administrar una pequeña cafetería en la ciudad, cuya especialidad eran los bocaditos de jamón y queso y los espaguetis. Como el negocio no siempre iba bien, comenzó a visitar Guyana con regularidad; allá compraba ropas que luego vendía en Cuba a sobreprecio.

La pareja vivía con cierta holgura económica, lo cual no se traducía necesariamente en comodidad. Pese a tener dinero, encontrar artículos de primera necesidad como carne, aceite, detergente o papel higiénico se volvió cada vez más difícil en Santa Clara. Fue él entonces quien sugirió marcharse con urgencia.

La idea de ir a Nicaragua nació del comentario de un amigo suyo, quien aseguraba que desde allí era mucho más fácil lograr un visado de turista para España, a donde había emigrado buena parte de los viejos compañeros de estudio de Javier. Él ni siquiera investigó la factibilidad de aquellos trámites. Una vez Gretel consiguió su permiso para viajar, ambos vendieron casi todas sus pertenencias y partieron rumbo a Managua.

El visado a España resultó ser una fantasía. Y esto hubiese sido un gran fiasco de no ser por lo rápido que Gretel, bajita pero de cuerpo bien proporcionado, encontró trabajo en el bar. Tampoco le costó mucho a ella convencer a su jefe de contratar a Javier como contador. Ocho meses después, con la poca clientela debido a la pandemia, un factor que se sumaba a la pobreza generalizada y la violencia en las calles de la ciudad, retomaron la idea de irse a Estados Unidos. No contaban con familiares allá, pero tampoco tenían más opciones.

Las amistades que hicieron en el bar les sirvieron para buscar un coyote, y el dinero ahorrado, para costearse un «paquete», es decir, un viaje lo más confortable y rápido posible a México. Con un poco más de dinero hubiesen optado por un paquete directo a Estado Unidos, pero la prisa y ciertas dudas hicieron que prefirieran un viaje más corto para volver a replantearse el futuro.

La travesía comenzó una semana después. En una casa de Managua les esperaban sus compañeros de viaje: dos colombianos, dos ecuatorianos y un nicaragüense. El coyote, recuerda Javier, era un sujeto bien vestido, con los modales y el porte de quien ha recibido una educación esmerada, pero, quién sabe por qué razones, terminó en aquel negocio.

—¿Otro cigarro? —dice de pronto.

Le doy cuantos quedan en la cajetilla, esperando que continúe la narración. Durante unos minutos se mantiene callado. Luego revisa su teléfono y observa también la enorme fila de haitianos que se recuestan sobre las rejas de COMAR.

—Se está demorando mucho. ¿No crees?

Le contestó que no, al menos si tomamos en cuenta que junto a ella entraron otras cinco personas.

—Sí, cierto. Esta gente se da tremenda lija. ¿Por dónde iba?

—El coyote que los iba a llevar a México.

—Exacto…

El coyote parecía muy profesional. Le tomó fotos a cada uno con su celular y también a sus documentos.

—Nosotros garantizamos la seguridad, antes que nada —dijo, casi a manera de eslogan, luego de explicarles que formaba parte de una red y que las fotos serían enviadas a otros coyotes, quienes les esperarían en distintos puntos del camino.

Finalmente, cobró mil dólares por persona y pidió que subieran a la parte trasera de una camioneta.

A las pocas horas de viaje, el vehículo se detuvo a orillas de un inmenso charco fangoso que separaba dos paredes de selva tupida. Allí aguardaba un hombre bajito, tal vez un lugareño, que les mostró los caballos en que cruzarían al otro lado y avanzarían poco más.

Gretel y el resto de los migrantes hicieron el viaje sin problemas. Javier, sin embargo, no tardó en caer estrepitosamente en el lodo. Las correas que sujetaban la silla de su caballo estaban rotas, así que tuvo que continuar, con la ropa húmeda y sucia, sobre el lomo de la bestia. La cabalgata «a pelo» terminó por quemarle los muslos y las nalgas. La sensación de sentir esas partes del cuerpo en carne viva no desaparecería hasta después de llegar a Tapachula.

Durante los tres días siguientes durmieron en casuchas perdidas en medio de la nada y conocieron a otros dos coyotes, quienes, antes de iniciar la marcha, contrastaron los documentos y los rostros con las fotos que el primer coyote les había enviado por Whatsapp. El penúltimo, que les hizo cruzar en balsas el río Suchiate y a continuación los llevó hasta Tapachula, era el más locuaz de todos.

Según ese coyote, «su gente» era de las más seguras para ir a Estados Unidos. La red, contó, abarcaba tantos países y estaba tan bien organizada que era capaz de coordinar distintas modalidades de paquetes desde cualquier punto del continente; algo así como una agencia de viajes turísticos. Desde Chile, por ejemplo, la red se las había ingeniado para lograr viajes aéreos hasta México con pasaportes falsos, todo por siete mil dólares en efectivo. Javier, que alguna vez escuchó hablar sobre asaltos y secuestros a migrantes en el norte guatemalteco, le preguntó cuán seguro era para ellos andar por esos sitios.

—Los narcos mandan aquí, y no van a dejar que ningún pendejo ande por su cuenta, así como así. Si pasa algo, son los narcos, y a nosotros no nos van a tocar.

—¿Y la policía?

—Todo tiene precio en este mundo —contestó el coyote, medio risueño.

Casi cuatro meses de llegar a Tapachula, Javier y Gretel discuten si seguir a Estados Unidos o quedarse en México. Si se quedaran, irían a Cancún, donde han oído que viven muchos cubanos con negocios prósperos y no de empleados en puestecillos precarios como aquí.

Gretel aún no encuentra trabajo. Javier, por su parte, buscó al principio alguno afín a su carrera o parecido a lo que hacía en el bar de Managua.

—Nada de nada. Fui a taquerías y restaurantes, y por gusto. En uno, incluso, el dueño me dijo que para qué iba a contratar a un extranjero si podía contratar a un mexicano. Yo me fui sin decirle nada. No estaba molesto, sino que me sentía raro. O sea, para alguien que viene de Cuba, donde un extranjero vale más que un cubano, es chocante escuchar eso —dice, como si un turista y un migrante fuesen lo mismo, no importa dónde.

Ahora trabaja para un venezolano que hace unos cuantos años decidió no seguir hacia Estados Unidos y se instaló en Tapachula. Aquí abrió Scarface, una barbería que, según Javier, tiene el peor nombre que se le puede poner a un sitio donde rasuran barbas. Por suerte, dice también, muchos en la ciudad ni saben inglés ni se fijan en detalles. De todas formas, Scarface es quizás la barbería más cara y exclusiva en el centro de Tapachula. Cuenta con aire acondicionado, mantas transparentes para que el cliente pueda usar el móvil mientras recibe el servicio y suficientes cuchillas como para desecharlas tras cada afeitada. Como barbero, Javier cobra cinco mil pesos (250 dólares) mensuales de los cuales separa dos mil para pagar el cuarto independiente donde vive con Gretel. Además, recibe propinas, a veces hasta 50 pesos, casi siempre de políticos o funcionarios de las entidades migratorias locales.

Gretel por fin sale de COMAR. Viene corriendo hacia nosotros, muy alegre. Es fácil adivinar la respuesta que le dieron.

—¡Nos quedamos! —dice, y de un salto se lanza sobre Javier.

Les pregunto entonces qué harán.

—Bueno —dice él—, primero iremos a Cancún. Allí encontraremos trabajo, trabajos buenos. Si un día pasas por allá, te pagaré los cigarros que me regalaste.

Leer «Tapachula, ciudad de paso (II)».