Blanquear, sanear, sacar la papa podrida. Cuánta carga de infección contengo y tiene todo lo que produzco. Mi libro Óxido (Letras Cubanas, 2018) es retirado de los estantes de exhibición. Los ejemplares son apilados en la esquina del almacén de las librerías, lo apartan, alejándolos de los otros que sí están autorizados para la venta. Mis libros esperan el momento en que una camioneta los lleve a la empresa de materias primas para convertirlos en pulpa. Mis palabras impresas se convertirán en soporte para otros objetos de mayor utilidad, mis palabras ya no podrán ser leídas. Mis palabras estarán en las planchas de fibrocemento o en las mesas de bagazo (así le decíamos a esos muebles de escuelas).

Cuando las clases eran aburridas, me entretenían. Escarbaba con las uñas la parte de abajo de la mesa, me gustaba ver cómo caía un aserrín grueso, el sarro que compone esa madera contrachapada.

La Seguridad del Estado no se percata de lo simbólico que es esta destrucción. Algunos niños estudiarán en las mesas que contienen hojas de mi libro hecho pulpa. Algunas familias se cubrirán con techos de asbesto cemento, las hojas tendrán las partículas del papel de mi libro. Mis ideas estarán en el interior de la mesa del niño que cursa el sexto grado, o en las hojas de fibrocemento.

Yo también estoy tirado en una esquina en la ciudad de la mitad del mundo, a la espera de una visa.

Apartar, separar, encarcelar, hospitalizar, desterrar. Construir cubículos para que los ancianos de más de 90 años tengan un lugar para esperar la muerte. Separar los monstruos. Esos bichos que tanto fascinan a los niños. Será que solo la infancia tiene derecho a la monstruosidad. Será que cuando vamos creciendo nos volvemos políticamente correctos. Alejándonos de todo lo que nos divertía en la niñez: los monstruos, los animales prehistóricos, las muñecas que descuartizábamos para descubrir qué tenían dentro.

Mi libro es un bicho al igual que su autor. Tres años tratando de obtener una visa en un país pequeño, pobre, que a diario acoge a cientos de refugiados venezolanos, colombianos, haitianos, pero la cancillería ecuatoriana no acepta aún mi permanencia legal en el país.

Mi tío me llama. Dice que soy una vergüenza, que nunca antes había leído algo tan aberrante como mis artículos, se niega a tener un sobrino como yo. Siente vergüenza de mí. Dijo que, si tuviera el poder, obligara a la revista a eliminar mi columna y cerraría el contrato. Escribir ha sido mi venganza, para muchos ese sentimiento es de malas energías, a mí me ha dado buenos resultados en la escritura. Será que el acto de escribir acoge con beneplácito la maldad.

Me levanto y sin lavarme la boca empiezo con las palabras. Me siento, desnudo, los testículos rozan el borde de la silla que me encontré en el contenedor de la basura. Hasta cuándo tendré que seguir traficando, negociando con la basura. Me rasco los huevos, con los mismos dedos me saco mocos de la nariz, y escribo. Tengo que lavar unas cobijas, hace un año las estoy usando, a las frazadas se les ha impregnado mi olor, el olor ácido de un ser desagradable, que su familia censura y que su país de origen saca de circulación su libro. Es difícil mantener la higiene en una ciudad como esta. En las calles se ven los hombres luciendo corbatas con un nudo perfectamente ajustado al cuello, con chaquetas en combinación, con el cinto y los zapatos. Al parecer es una ciudad de gente elegante.

Trabajo el fondo de unos dibujos, esa es la parte que no me gusta. Es una labor muy parecida a cuando tengo que trascribir de la agenda al computador. No sé por qué sigo escribiendo en cuadernos. Construir un fondo, un contexto para que los elementos resalten. Dicen los amigos que paso el doble de trabajo escribiendo así, pero no sé hacerlo de otra forma. ¡Qué se pude esperar de un sobrino aberrado sexualmente, del tipo que se fue de la casa muy joven! Era de imaginar que su libro fuera rechazado, excluido.

Me ha dado por construir muñecos de telas, es la falta de compañía humana, telas viejas convertidas en seres que manejo a mi antojo.

Los rellenos con los que aparezca. Los muñecos de trapo son como almohadas, por eso su aceptación es grande. Rellenar uno de esos seres puede ser macabro, les puedo poner clavos en su interior, utilizo los papeles sucios del baño. En la vida real estamos hechos de mierda, todos los días expulsamos de nuestro cuerpo una buena cantidad. Probablemente lo que buscan los veganos y vegetarianos es tener unos desechos menos apestosos. También puedo utilizar como relleno las hojas de las agendas ya escritas antes que terminen en la basura. ¿Cuál será mi relleno? ¿De qué estoy hecho? En definitiva, casi nadie se hace esas preguntas. ¿Qué tiene mi libro? Y mi amiga, la que fue desterrada. 

¿Qué requisitos se deben cumplir para que un gobierno te rechace, te expulse, para que te diagnostiquen corrosivo, enfermizo? Confieso que me han gustado los hospitales, de niño miraba a los pacientes con envidia.

En el colegio los compañeros de aula me decían: «Apártate, maricón, tu lugar es con las niñas», luego las niñas me decían: «Vete, tú no eres como nosotras». Mi papá me pone de rodillas en un suelo rocoso, bajo el sol. Las piedras se incrustaban en la piel, llegaban más lejos las incisiones, no me dolía el cuerpo, me dolía la expresión, el rostro de mi madre. Ahora sé que el dolor asoma cuando oiga la voz de ella: «Hijo, toma un poco de agua». No ha cambiado mucho, el dolor sigue despertándose cuando hablo con ella por teléfono. Es como si despertara la realidad en mí, una realidad de la que siempre he tratado de huir.

El castigo se mantiene, el país en el que nací destruye el libro que él mismo publicó. Como cuando compraban caramelos para mis hermanos, me lo enseñaban y luego me decían: «Para ti no, tienes que comportarte como un machito. Cuando te fajes en la escuela y le saques sangre a un niño de tu edad, tendrás tus caramelos».

Pasado el mediodía, el castigo me era retirado. Mis hermanos nunca más me miraron como antes: yo era el castigado. En mis rodillas las piedras habían hecho lesiones, estaban sangrando, pero me sentía feliz de estar de vuelta y poder jugar. Cuando me preguntaba por los golpes, arañazos en las rodillas decía orgulloso: «Me castigaron». Ahora entiendo que el dolor son las palabras. Creí por mucho tiempo que el castigo, los golpes, las humillaciones, me lo merecían.

Mi libro sigue en la esquina del almacén en la librería, a la espera de su destrucción. Llevo tres años sin ver el mar, solo veo montañas con sus picos nevados, la posibilidad de ir y sentarse en la orilla del mar no la tengo. Es otra la belleza que he tenido que incorporar por necesidad de encontrar lo bello en todo lo que me rodea.

No he tenido información hoy de mis libros. No sé si ya se los llevaron y los convirtieron en pulpa. Ese procedimiento sería preferible que lo hicieran conmigo, quizás así sea una mejor persona, un mejor cubano, un mejor hijo. Licuar libros es como hacer soluble la realidad estampada en hojas.

Otra llamada, es mi padre. Dice que tiene deseos de morir y que no va a poder verme antes de que le llegue la hora. No sé qué siento al leer sus mensajes. A veces creo que debo decirle que se cumplan sus palabras lo más rápido posible. Sus llamadas son como anuncios publicitarios, todos los días me llegan a la misma hora: 8:45 am. Yo finjo que me duele, le escribo te quiero. Simulo, como cuando me interrumpen alguna película o video en YouTube con el anuncio de una clínica de cirugías estéticas, o unas nuevas galletitas con envoltura de chocolate. Aparento que no me molesta el estúpido rostro hermoso, sonriente, que dice las sugerencias con una dulzura tal que a la legua cualquiera se percataría de que no es real. Como no es real el resultado de la cirugía plástica, ni las pastillas para lograr una erección por más de dos horas, ni la crema dental que te deja los dientes de un blanco perfecto, con aliento a menta. Pero es saludable creer en esos anuncios, gastar dinero inclusive. Es saludable creer en esas arquitecturas de la estafa. Creer que todos ellos te resolverán la vida. Porque, en definitiva, los spot publicitarios son otra versión de dios, y de la fe.

Mi padre es un excelente publicista, espera todos los días su dosis de compasión, de lastima. Yo le complazco, para no parecer un peor hijo. Hay días en que demoro en darle lo que pide, pero termino siempre ofreciéndole mis palabras quejumbrosas.

Opera igual que la propaganda: esos videos idílicos, paradisiacos te llenan de una felicidad instantánea, efímera y real. Mi padre con sus mensajes matutinos quiere que sus receptores se sientan igual que él. El anciano transmite su pesadumbre, logra causar el efecto deseado en los otros. Y, aún así, conociendo sus intenciones, se prolongan sus dolencias en mí. Yo tengo que ser dulce, comprensivo, amoroso antes los parlamentos enfermizos y patéticos. Yo también finjo otro spot que él desea ver en mí.  Al parecer no podré sostener por mucho tiempo esta farsa. 

Ya casi no me interesa seguir descubriendo la ciudad. Me tengo miedo cuando el entorno no me sorprende. No entiendo cómo casi todos viven en el interior de sus casas y hacen el mismo recorrido a diario. Ríen de los mismos chistes, follan de la misma forma, se emocionan de la misma manera. Son tan fieles a sí mismos que me asustan, desconfío de esa fidelidad. Otra protesta se prepara, se tomarán las calles, quemarán neumáticos, gritarán con sus carteles.

La gente del estallido social también actúa para que las cámaras los revelen bellos, espléndidos, justos.  Los tipos del gobierno dejarán que monten el show por unos tres días a lo sumo. Mi tío sin saberlo me dio las claves de por qué vine hasta aquí, por qué me fui del país de origen para tener que soportar la risa gritona de mi casero, sus bachatas súper melosas, sus saludos hipócritas. Él no me soporta ni yo tampoco, pero tenemos un trato y yo no le fallo.

Mi papá vomita casi todos los días. Cuando la comida llega al estómago, es expulsada. Imagino el sabor de los alimentos fermentados al pasar por su boca, el sabor ácido de las comidas masticadas por sus dientes postizos, la saliva chorreándose por sus labios cuarteados. Su cuerpo delgado. El país expulsa a sus ciudadanos, y los que no son expulsados explícitamente, el gobierno hace todo lo posible para que se marchen. Nosotros somos el vómito de Cuba, el alimento valioso que el estómago-gobierno de esa república no quiere digerir. Todo está pensado para mantener el país distrófico. Y tiene lógica en la medida en que un cuerpo se mantenga débil. Necesita enfermeras, asistentes que lleven al moribundo al baño y le cambien los pañales. Hay momentos en que estos viejos ya no tienen fuerza para pujar y expulsar las heces, entonces hay que ayudarlos a corregir metiéndoles el dedo por el recto para sacar la mierda.

Este fue uno de mis primeros trabajos al llegar a La Habana. Pensándolo bien, siempre he trabajo con los desperdicios, con lo que otros cuerpos desechan. Ahora me percato de que mi libro es desperdicio, material reciclable. Escribir es jugar con la mierda, igual que el niño que vi hace una semana atrás. Había hecho sus necesidades detrás del mercado, muy cerca de donde llegan los camiones con verduras. 

El niño seguro es hijo de unas de las vendedoras, tiene apenas unos tres años. Estaba solo, nunca ha tenido juguetes. Sabe que hace mal, pero debe entretenerse con algo, coge un palo y empieza a remover sus propias heces. Ese niño olvidará lo sucedido, no tendrá mayor importancia para sus días. Soy yo quien recuerda los hechos. Nunca se percató de que lo miraba.

En la expresión «debe entretenerse con algo» está el asunto. Ese niño no está muy lejos de los jóvenes que veo a diario en los baños de los centros comerciales, inyectándose sustancias. También ellos deben entretenerse con algo. Los chicos no se esconden de mí, me tienen confianza, como si yo fuera uno más de ellos. Nunca hemos hablado, solo les sonrío. Me he puesto delante de ellos para cubrirlos por si llega de momento una persona que no entiende el juego. Termina la operación, ya el líquido dentro de sus cuerpos. La jeringuilla es arrojada al cesto de basura y yo me voy rápido, como queriendo olvidar lo visto.

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