La «mariana» y yo

Nunca me dijo su nombre. Tampoco recuerdo habérselo preguntado. Así que la llamaremos Manuela. Era la más gordita de las dos mujeres que me asignaron para arrestarme afuera de mi casa; además de los policías varones. Fue para mí el primer día de muchas cosas: primer arresto violento, primera vez que me ponían las esposas, primera vez en una estación de policías, primer encuentro con estas mujeres a las que mandan enfrentar a aquellas que son consideradas opositoras al régimen político que rige en Cuba. Verlas a ellas en el arresto me confirmó que había ya traspasado esa línea imaginaria tras la cual el Estado te considera abiertamente el enemigo y todo comienza a cambiar dramáticamente: el significado y la aplicación de las leyes; tus oportunidades laborales; la manera arbitraria en que la policía actúa sobre ti; el lugar que ocupas en el seno de tu propia familia, ahora también en la mira de las autoridades, por causa tuya.

Antes de eso, puedes estar monitoreada por la Seguridad del Estado, y tener a un «compañero que te atiende»; puedes recibir amenazas más o menos explícitas; ellos pueden impedir en mayor o menor medida que realices tu activismo (da lo mismo contra violaciones de derechos humanos que la organización de un refugio para animales callejeros). Sin embargo, pasar de disidente a opositora implica nuevos riesgos. Son estratos tácitos que implican unas fronteras no declaradas, pero muy importantes desde un punto de vista práctico, porque significan el corrimiento hacia un mayor aislamiento y una mayor vulnerabilidad.[1] El objetivo final es la muerte social de la persona. Y ese es un punto de no retorno; no es reversible en ninguna circunstancia, ni siquiera si decides colaborar con ellos.

Un Estado siempre genera sus propios márgenes, y en Cuba el margen por excelencia lo proporciona la ideología. Ese «caer en desgracia», como se dice eufemísticamente a convertirse en opositora, o que te consideren como tal, te arroja automáticamente hacia ese margen donde se manifiestan las prácticas de disciplinamiento y regulación que sostienen el propio Estado. Aunque muchas veces se ha concebido la antropología como un saber que se ocupa de pueblos primitivos, o exóticos, ha demostrado ser muy útil en el terreno intermedio entre las ciencias políticas, las dinámicas sociales y la generación de subjetividades.

«Sin embargo, sus etnografías acerca de prácticas disciplinarias, reguladoras y de aplicación están enmarcadas, no como estudios acerca de Estados regionales o Estados malogrados, sino como invitaciones para repensar los límites entre el centro y la periferia, lo público y lo privado, lo legal y lo ilegal, que también atraviesan el corazón de los más fructuosos Estados liberales europeos. Una antropología de los márgenes ofrece una perspectiva única para comprender al Estado, no porque capture prácticas exóticas, sino porque sugiere que dichos márgenes son supuestos necesarios del Estado, de la misma forma que la excepción es a la regla” (Das y Poole 2008, p. 3).

La frontera mayor en Cuba, la que más significados tiene y más mecanismos de canalización genera, tiñendo incluso otras fronteras de menor visibilidad e impacto, es justamente la frontera ideológica. Ella divide el mundo en dos partes irreconciliables y esta polarización interna, de los que están a favor o en contra de la Revolución, se extiende incluso fuera de las fronteras nacionales y se aloja en el conflicto geopolítico por excelencia del mundo de la Guerra Fría: capitalismo vs comunismo, un conflicto que no por retrógrado deja de tener impacto en la región. De alguna manera esta frontera ideológica se vuelve transnacional, acrecentada por una crisis migratoria que ha llevado a millones de cubanos fuera de los límites de la isla, sin contar los miles que han intentado salir cruzando el estrecho de la Florida en embarcaciones precarias y han muerto en el mar.

El drama tremendo que esta polarización ideológica representa para los cubanos, de dentro y fuera de la isla, no para de reproducirse y de arrojar nuevos matices en las nuevas generaciones. La razones y límites de ambas partes de la ecuación tienden a monopolizar toda la atención e invisibilizan otras fronteras y similitudes que pueden darse en el proceso de confrontación política.

Sobre esas otras transferencias de sentido y esas similitudes inesperadas quiero llamar la atención en este texto. Para ello quisiera volver al relato de mi encuentro con estas mujeres policías, pertenecientes a este contingente de respuesta rápida: «Las Marianas». Se les llama así en honor Mariana Grajales, la madre de varios independentistas cubanos que lucharon por liberar a Cuba de España en la época colonial, entre ellos Antonio Maceo. Dentro del imaginario cubano, esa mambisa era considerada un ejemplo de valentía y fortaleza, capaz de sacrificar incluso a sus propios hijos por el futuro libre de la Patria. Es importante recalcar esa asociación para lo que quiero contar.

Mi arresto fue violento. Al intentar salir de mi casa la Seguridad del Estado había orquestado un acto de repudio en mi contra: mujeres, por lo general de más de 40 años, me esperaban en la calle gritando que no podía salir, que era una mercenaria pagada por el imperialismo yanqui, que las calles eran de Fidel y de los revolucionarios. Intenté dialogar con ellas, hacerles entender que podían ser mi madre o mis abuelas y que pelear entre nosotras era tan absurdo como atribuir las calles a un dueño, todavía más un muerto. Fue por gusto. Ellas me miraban perturbadas, pero al final respondieron a los incentivos del agente de la Seguridad que bajito les daba la orden de no dejarme salir.

En medio de gritos y empujones me abrí paso entre esa turba de mujeres vociferantes y salí corriendo. Solo marcar, antes de seguir, que esa frontera ideológica a la que me refería genera nuevas fronteras y oposiciones por doquier, que a veces se expresan físicamente, como en este caso: yo no podía cruzar el límite de mi espacio vital personal e irrumpir en el espacio público. En un contexto de poder totalitario como el cubano, las casas se pueden convertir en cárceles, y el cerco policial puede durar lo mismo un día que un mes, o bien puede ser intermitente y activarse en fechas puntuales. El poder se apropia también del tiempo; genera su propio calendario donde se registran las efemérides nacionales. En la Constitución cubana, aprobada en 2019, hay un artículo que reconoce y debe salvaguardar el derecho a la libre movilidad, pero en los casos políticos se aplican a discreción todas las leyes.

Es en ese momento donde intervienen la policía y las marianas. Me persiguieron en una patrulla y, cuando me dieron alcance, se abalanzaron sobre mí, me esposaron y me trasladaron inmovilizada hasta la estación de Alamar, en la periferia este de La Habana. Esta práctica de llevarte lejos de tu rango habitual de movimientos responde a la intención de reforzar el extrañamiento y el miedo: sacarte de tu vida cotidiana, hacerte sentir que eres una paria social, una delincuente. Después de numerosos arrestos y traslados forzados, el disidente comienza a registrar la ciudad de manera diferente, como un mapa de horrores y de permisibilidades policiacas. Comienza a creerle al poder, aunque no sea de manera racional; comienza a registrar las propias experiencias a través de esa normatividad excesiva de la que habla Goffman, que el sistema genera para hacerte sentir, incluso en tu propio cuerpo, los efectos de una criminalización inducida.  

En su texto «El derecho a la ciudad», Henri Lefebvre explica la importancia de que los ciudadanos puedan construir la urbe, y cómo eso ha venido ocurriendo, en parte, gracias a las luchas urbanas y un nuevo tipo de agencia ciudadana. La ciudad es vista como un espacio que se produce por la acción social de las personas; no es un espacio ya dado, es dinámico y cambia en la medida en que lo hacen los paradigmas sociales. En el análisis que hace Lefebvre, participar en la creación de la ciudad implica también subvertir las lógicas espaciales de dominio que instaura el capitalismo y sus figuras: la gentrificación, la depredación del capital financiero, o el deterioro ambiental. Espacios liberadores deben corresponderse con políticas públicas menos invasivas y más al alcance de todos. Lo interesante es cómo, en el caso cubano, los ciudadanos se enfrentan al monopolio de la ciudad por parte del Estado, que igualmente impulsa políticas gentrificadoras en algunas zonas dedicadas al turismo, realiza talas indiscriminadas de árboles constantemente, y promueve una ciudad desoladora donde sobresale una lógica de clasificación y control.

Las marianas tenían la orden expresa de no separarse de mí ni un segundo. Ya en la patrulla empezaron a preguntarme por qué yo malgastaba mi vida haciendo esas cosas, si yo era joven, tenía una carrera universitaria, era bonita. Desde sus primeras palabras dejaron traslucir todas mis privilegios y sus desventajas. Sin embargo, yo había tomado la única decisión no aceptada; había cometido un único e inadmisible error: manifestarme en contra del sistema.

En aquel momento me pareció que disfrutaban del poder que eso les daba sobre mí, una especie de patente de corso. Tanto fue así que cuando el agente de la Seguridad llegó y las mandó a que me retiraran las esposas, ellas no querían. Sobre todo, la más gordita, Manuela, me miraba recelosa, visiblemente molesta y a la vez eufórica. Después, cuando se dieron cuenta de que el acto de repudio había sido grabado por un amigo y estaba haciéndose viral en las redes sociales, Manuela se lamentó en voz alta de que la parte del arresto no hubiese sido igualmente filmada, porque le hubiese gustado verse en un video cumpliendo sus funciones: «Parecíamos ninjas, fue muy fácil alcanzarte e inmovilizarte». Sus ojos brillaban, y repetía una y otra vez que ella sí disfrutaba de su trabajo. Estaba orgullosa. Le pregunté si eso quería decir que a otras de sus colegas no les gustaba tanto, pero no respondió.

En la estación de policía todo se ralentizó. Me sentaron en un cuarto lateral, no en un calabozo; a fin de cuentas, era mi primera vez. El policía jefe de turno intercambió unas palabras conmigo y me miraba extrañado: «Tú no pareces… Bueno, eso, contrarrevolucionaria». «Debe ser porque no lo soy», respondí. La marianas permanecían a mi lado y, como las horas empezaron a pasar, se iban relajando. La más delgada se puso a jugar en el móvil con una aplicación de esas ruidosas y Manuela empezó a revisar mensajes familiares. Comenzó a hablar con su madre y de repente su voz cambió: «No me la pongas, mami, otro día. ¿Ella está bien?». Colgó el teléfono y se quedó muy silenciosa.

Yo comprendí enseguida lo que pasaba pues ya me habían contado sobre la situación de estas mujeres. Pobres, de pequeños pueblos en el Oriente del país. Viajan a La Habana para tratar de conseguir una vida mejor; pueden mandar parte del dinero que les pagan por este trabajo, un salario un poco más alto que la media en Cuba, para ayudar a sus familias. Son muy jóvenes, la mayoría de las veces sin estudios, pero ya con algún hijo que debe quedar atrás. «¿Cuánto tiempo hace que no ves a la niña?», le dije de manera directa. Ella respondió medio automáticamente: «Hace más de diez meses». «Más o menos el mismo tiempo que llevo yo sin ver al mío; solo que el mío está más lejos, fuera de Cuba». Esa revelación la desarmó. Intercambiamos alguna información sobre los niños, sobre lo difícil que es estar lejos. Un tema llevó al otro y terminé dando una larga explicación sobre lo que quería cambiar del país; incluí también las razones que hoy nos mantenían, a ambas, lejos de nuestros hijos. Cuando terminé, Manuela miró a la otra mariana y le dijo: «Yo no veo nada malo en lo que ella habla».

¿Una ciudad nueva para un hombre nuevo?

Ernesto Che Guevara, en «El socialismo y el hombre en Cuba», lanzó al mundo su teoría del «hombre nuevo», una especie de predicción antropológica de que las nuevas dinámicas sociales de la Revolución producirían un nuevo tipo humano.

A la larga ese hombre nuevo nunca emergió. En su lugar, cada vez más cubanos quedaban fuera de las permisibilidades del sistema totalitario; cada vez más decidían abandonar el país. El deterioro económico, sobre todo después de la caída de «campo socialista», acrecentó las desigualdades sociales por lo que cada vez se hizo más difícil conseguir ese pretendido estado de justicia social, con los dos pilares de la Revolución: la salud y la educación. Ambos rubros siguen siendo gratis en Cuba, pero se encuentran en condiciones deplorables, tanto cuantitativa como cualitativamente.

Sin embargo, esta pretensión antropológica, digamos, de la emergencia del hombre nuevo, que debía ocurrir casi espontáneamente al cambiar las estructuras de poder en Cuba, también apunta a la eliminación de esas fronteras, primero económicas y luego sociales y hasta culturales, que se perpetuaban en el régimen capitalista. Y eso tampoco pasó. Lo que demuestra el cuento de las marianas es que el no acceso a una mejor vida se ha convertido en una especie de línea transversal que toca a personas que se encuentran en posiciones ideológicas diferentes, incluso opuestas.

Hay una amplia literatura de corte marxista que insiste en estas correspondencias a partir de análisis, un tanto unilaterales, del factor económico. Dichas correspondencias no abarcan solo personas o grupos contemporáneos sino también a otros que vivieron en períodos diferentes, como pueden ser los indígenas, los campesinos o la clase pobre urbana que emigró en algún momento a la gran ciudad. Hay una tendencia a encontrar allí una especie de evolución o de pase de batón de un sector a otro, a través del análisis de la situación de vulnerabilidad de cada uno en sus contextos específicos y teniendo en cuenta datos históricos concretos que los enlazan. Argumentos de esta índole aparecen en textos como Los campesinos: hijos predilectos del régimen, de Arturo Warman, o en Los hijos de Sánchez, de Oscar Lewis, por solo citar dos títulos.

Warman analiza el problema de la tierra en México a la luz de un conflicto mayor: la explotación de la naturaleza y de los seres que la habitan, como punto clave de un modelo de desarrollo modernizador que se opone a otro modelo más apegado a la cosmovisión del indio y que no fue tomado en cuenta en los planes de industrialización de la nación mexicana. Al final, para él, todo se reduce a una clase explotadora que se conduce despóticamente, instaurando incluso una especie de tecnocracia intelectual, y que somete a ese sector de campesinos al mismo tiempo que intenta usar el capital simbólico que ellos representan para fraguar una unidad nacional falaz. Es interesante cómo también desnuda algunas ilusiones revolucionarias: la reforma agraria integral, que nunca llegó a ocurrir, o el desarrollo de la industria, que no solucionó el problema del campesinado y, sin embargo, creó el de los marginados.

Esta última idea se enlaza con la tesis que subyace en la extensa obra Los hijos de Sánchez. A través de un estudio de caso, una familia pobre de la Ciudad de México, Lewis analiza el impacto de los procesos de industrialización y urbanización en los barrios pobres de nuestras urbes. Su objetivo principal es llamar la atención sobre lo que él denomina «cultura de la pobreza», que implica la falta de recursos materiales, pero también otras aristas que la convierten en una especie de subcultura, con una particular incidencia en los procesos que conforman y a la vez retan la cultura nacional. La cultura de la pobreza expresa un tipo de sobrevivencia, y de agencia, que parte de la marginalidad de las formas de vida de estos individuos con respecto a los circuitos, instituciones y procedimientos habituales de la clase media. Formas de vida que se sustentan en una muy frágil relación entre derechos y deberes.

Es un sistema que incluye límites claros —digamos, la poca estima por la historia y la necesidad de vivir al día—, pero que también genera maneras alternativas, no convencionales de ayuda mutua. Si traemos este ejemplo a colación no es solo para reforzar la idea ya planteada más arriba de que estos sujetos, expuestos a condiciones precarias, pueden estar padeciendo las secuelas de siglos de explotación y pueden estar reproduciendo en sus cuerpos y comportamientos lógicas coloniales. También lo hacemos porque esas analogías nos ayudan a entrever las maneras en que se van configurando las fronteras sociales y culturales, y cómo estas encarnan en sectores, individuos, espacios, temporalidades. Y, en tercer lugar, lo hacemos porque además de mostrar estas dinámicas de dominación, y a los sujetos concretos que las sufren en cada período, también se plantean las formas de resistencia (un enfoque que desarrollaremos más en la parte final de este ensayo, al referirnos a las posibilidades creativas en las fronteras).

Durante mucho tiempo, asociada a la corriente culturalista de Robert Redfield y otros autores, se interpretó la tradición como una especie de acumulación de supervivencias, que se rearticulaban para producir un todo funcional. Sin embargo, a partir de los años sesenta, y con la presencia clave de Eric Wolf, comenzó a operar este giro que hemos explicado anteriormente. La tradición indígena comenzó a insertarse en el contexto de las sociedades campesinas mexicanas y centroamericanas. Esto demostró la esencia dinámica de la tradición, pero también ayudó a explicar fenómenos sociales nuevos, a través de correlaciones de fuerza también nuevas dentro de la ciencia antropológica (Galinier 1990, Introducción, pp. 21-43).

Otro texto importante es «Globalización y proliferación de fronteras: una reseña de los estudios críticos de fronteras», de Ari Jerrems, que también puede ayudarnos a dilucidar unas cuantas cuestiones importantes acerca de las fronteras internas que pueden generarse en determinada sociedad. Jerrems se refiere más a rasgos raciales o de otra índole discriminatoria, y traslada el conflicto que normalmente se da en las fronteras migratorias hacia dentro, haciendo a determinados sujetos «deportables».

Lo que conecta esta idea con el cuento sobre las marianas es que, como se explicó, tanto este cuerpo de mujeres como el resto de la policía de Cuba, proceden de las provincias orientales, en histórica desventaja respecto a La Habana. Esos mismos individuos son quienes intimidan a muchos de sus propios coterráneos indocumentados en la gran ciudad, es decir, a aquellos cuya cédula de identidad no registra un domicilio en La Habana y por tanto deben ser devueltos a su lugar de residencia oficial.

Lo interesante, y terrible, es que los mismos policías son también discriminados, doblemente: por ser de las mismas provincias que los «deportables», y por prestarse a un rol de represor a cambio de algunas prebendas. Las condiciones, también precarias, en que estas personas viven en La Habana, la mayoría en albergues, sin ningún tipo de privacidad e independencia, las ata a la explotación que ejercen como medio de vida y, por supueto, a la que es ejercida sobre ellos por el Estado. De alguna manera, en el caso de la policía, y de este cuerpo de mujeres en específico, puede hablarse también de precariedad del trabajo, otro de los factores a que hace referencia Jerrems para explicar las fronteras internas, que él luego relaciona con las fronteras discriminatorias y externas.

Más adelante, el autor habla de una topografía de la explotación que une las prácticas expansionistas del poder colonial —ordenar espacios, temporalidades, habitantes, a través de las autoridades y centros de poder de las metrópolis, y después de las nacientes repúblicas, como museos, censos, los propios mapas— con las prácticas igualmente generadoras de desigualdades y de segregación que existen en la actualidad y que están expresadas en la vida de la gente pobre. Como queda bien explicado en Los hijos de Sánchez, la pobreza está orientada localmente; genera sus propios circuitos de reproducción y sus propios ciclos.

En el caso de estas policías cubanas, su historia de desamparo y exclusiones las persigue hasta la capital, y se perpetúa en sus condiciones de vida allí, a pesar de que su salario es mayor que la media en Cuba. También es mayor que él mío y, sin embargo, si no fuera por la discriminación automática y de fuerza mayor que se ejerce sobre mí por razones políticas, yo presento unos cuantos privilegios por encima de ellas: mis estudios universitarios, mis salidas del país, las personas con las que me reúno, una casa propia, etc. Pero, incluso con mi status de intelectual, no consigo garantizar un futuro digno para mi hijo, por lo que este también está lejos de mí, lo mismo que la hija de la mariana.

Si ubicamos nuestros cuerpos y experiencias en la ciudad de La Habana, de donde yo tampoco soy originaria y en la que una vez también viví ilegalmente, encontramos otras semejanzas curiosas. Para ambas, Manuela y yo, la capital significó un sueño hecho realidad, el lugar para mejorar, el lugar donde encontrar algún grado de independencia de nuestras familias. A ese sueño se superpone ahora la ciudad real, que en ambos casos incluye, recurrentemente, estaciones de policía: ella por su trabajo; yo por mi condición de disidente criminalizada. En su caso se añade el espacio cotidiano del albergue donde vive reclutada, con cientos de marianas más. Al final, la ciudad militarizada se expande como una sombra sobre nuestras vidas, y termina convirtiéndose en una cartografía de la violencia, intervenida por múltiples fronteras que remarcan esa polarización ideológica que nos ubica en puntos opuestos pero que, al mismo tiempo, nos une.

Precariedad económica, en mayor o menor medida; control de nuestros cuerpos y nuestras movilidades por el Estado; separación de nuestros hijos, lo que sitúa el ejercicio completo de nuestra maternidad más allá de nuestras coordenadas espaciales actuales: en el Oriente de Cuba (ella); más allá de las fronteras nacionales (yo).

El hombre nuevo nunca emergió. Las desigualdades nunca desaparecieron. Y esta topografía de la explotación, señala al Estado, en tanto principal dominador en el caso cubano, como responsable número uno de la precarización de la vida y del trabajo de millones de cubanos y de la represión política de algunos. La ciudad se ha convertido en una especie de cárcel gigante de donde otros miles de cubanos huyen por mar, y donde los que quedan son enfrentados a las «fuerzas del orden». Uno y otro bando queda restringido por esta cartografía policial que es explícita en las estaciones policiales y los calabozos pero que se expande en la cantidad desproporcionada de agentes uniformados y agentes encubiertos que expresan, con su presencia y sus acciones, la militarización efectiva de nuestra sociedad. En esta situación, todos podemos ser sujetos «deportables», y el destino puede ser lo mismo otra provincia, otro país, una cárcel, o ese hueco negro desde el punto de vista cívico que significa oponerse al régimen.

La disyuntiva Agamben/Foucault que es reseñada por Jerrems viene también al caso en este ensayo. La lógica soberana del poder, entendida como la exclusión de algunas vidas del sistema político vigente, a través de una actualización constante del binomio inclusión/exclusión (Jerrems 2012, p. 6) y la lógica productiva del poder que crea a unos sujetos necesarios, funcionales, y a otros descartables, no son excluyentes. La red complicada de sujetos que reprimen y que a la vez son reprimidos es muy difícil de desenrollar hoy en día. Es obvio que el poder se camufla en esas relaciones de reciprocidad o asimetría, y que unos roles de dominadores confluyen con otros roles de víctimas. La parte esperanzadora es que esto mismo ocurre con las resistencias y las lógicas liberadoras. Esta descripción apresurada puede entenderse si se interpreta de manera adecuada esta disyuntiva teórica entre Giorgio Agamben y Michel Foucault, dos fuentes de conceptos y perspectivas sociales; pero también de manera más simple y rápida viendo el filme Roma, de Afonso Cuarón. Por solo poner un ejemplo, la emancipación del dominio machista de su esposo para la señora de la casa implica más opresión para la criada. En medio de ese enjambre de relaciones interdependientes, se generan, y se violan también, muchas fronteras.

El texto de Jerrems termina haciéndose unas preguntas necesarias y sugerentes: ¿sería posible ver la frontera de otra manera? ¿Dejar de entenderla como algo estático que solo divide y segrega? ¿Será que las fronteras pueden también ser vistas como una posibilidad? Él apela a las «líneas de fuga» para encontrar otras escenas de la política. ¿Será eso lo que experimenté en la conversación con Manuela, al generar empatía a través de nuestros hijos ausentes y terminar explicándole mi proyecto de país? ¿Se podría decir que allí se derribó una frontera, o se generó un posible camino para traspasarla?

Pilar, otra mujer parecida, más allá de Cuba

La imagen de Manuela nunca me ha abandonado. Ella vuelve a mi mente una y otra vez y me pregunto si ya habrá visto a su hija. Yo salí de Cuba hace aproximadamente dos meses, y todavía no he visto al mío. Puse mar de por medio; vine a estudiar un doctorado, por lo que me convertí en la encarnación de otro privilegio: salir de Cuba legalmente, con una beca, y darme el lujo de estudiar y de labrarme un futuro mientras cientos de cubanos están en las fronteras de los países latinoamericanos, engrosando ese ejército de cuerpos vulnerables cuyo único horizonte inmediato es llegar a Estados Unidos.

Mi salida intempestiva es aún más extraordinaria si tenemos en cuenta que en Cuba hay más de 200 personas «reguladas» por cuestiones políticas; personas que no pueden salir del país hasta que la Seguridad del Estado lo decida. Por alguna razón me querían fuera a mí, así que aquí estoy, con los sinsabores propios de los inmigrantes, pero con la presión añadida de intentar, desde México, continuar mi activismo pro derechos humanos en Cuba usando esa proximidad dudosa que brindan las redes sociales. Virtual o no, a veces me parece que no estoy ni aquí ni allá y que esa frontera física que hoy me separa de Cuba se desvanece. El espacio-puente que me brinda Internet se convierte en ese tercer espacio del que habla Manuel Castells. Las posibilidades de este ámbito conector son incuestionables, pero, al mismo tiempo, generan una especie de inconsistencia y de arritmia que hace más difícil para mí hilvanar una secuencia de los sucesos ocurridos en Cuba, o entre los ocurridos allá y los ocurridos aquí.

«Ahora, los desarrollos organizativos, tecnológicos y culturales característicos de la nueva sociedad emergente están debilitando en forma decisiva este ciclo vital ordenado, sin reemplazarlo con una secuencia alternativa. Propongo la hipótesis de que la sociedad red se caracteriza por la ruptura de la ritmicidad, tanto biológica como social, asociada con la visión de un ciclo vital» (Castells, 1990, p. 480).

En alguna medida, también me siento como protagonista de un «activismo imposible», según el término definido por Peter Nyers.

En otro de los textos que acá analizamos en clase, La frontera como método, se devela una característica nueva de la frontera: su poder productivo, el papel que esta desempeña en la fabricación del mundo. Normalmente nos concentramos en la frontera como límite de mundos ya generados, y muchas veces enfrentados entre sí, o ponemos nuestra atención en el paso entre esos mundos; pero pocas veces nos planteamos la incidencia de la frontera misma desde un punto de vista creativo. El artículo de Mezzadra y Neilson parte del mismo punto de Jerrems: la proliferación de las fronteras en el mundo contemporáneo. La constitución misma de las fronteras revela muchas de las características de ese mundo; se erige en centro de experiencias, en nuevas formas de organización de la vida. Es por eso que puede ser considerada una especie de método para entender el mundo contemporáneo.

Esta cuestión de la proliferación de fronteras es analizada por los autores también cuando se refieren al impacto que esto tiene en los estudios regionales de la Guerra Fría, es decir, de esa antigua polarización que enfrentó el mundo en dos bloques, o que lo dividió en tres, si atendemos a la clasificación tricontinental de la que se habla en el texto. Es interesante porque, mientras el mundo parece haber dejado esa lógica atrás, e incluso parece reeditarla a través de las agrupaciones regionales al estilo de la U, al interior de Cuba parecemos todavía funcionar con ella. Una pregunta interesante sería: ¿cómo estudiar el caso Cuba, el impacto que tiene al interior del país ese esquema geopolítico antiguo, y cómo eso se engarza con las pretensiones regionales de la isla, que las tiene, en medio de las nuevas lógicas integracionistas y de las derivas continentales? Y otra pregunta: ¿estas derivas continentales son también registradas por los constantes movimientos migratorios de los cubanos?

Sin embargo, vuelvo a centrarme en la cuestión de las fronteras internas y cómo se generan. Los autores de La frontera como método también tienen su opinión al respecto, y relacionan las condiciones de los migrantes con fronteras temporales como formas diferenciadoras.

Al llegar a México, en medio de una pandemia, no salgo mucho ni tengo mucho contacto con mexicanos. La excepción es Pilar. Ella trabaja de doméstica en la casa donde vivo con unos amigos, extranjeros como yo, pero europeos, que Pilar acompaña hace más de dos años. Escuchando a Pilar he ido comprendiendo cómo funciona la segmentación en la sociedad mexicana contemporánea y cómo las diferencias se expresan a nivel de la ciudad. Pilar me cuenta que cerca del pueblito donde ella vive los granos son mucho más baratos que acá en el centro de la ciudad; me cuenta que esa zona es bastante rural y que, a pesar de que está lejos, no es violenta. Eso lo dice presurosa, como si ya contara de antemano con que yo voy a pensar que ella vive en medio de la violencia por el hecho de habitar en la periferia.

Algo muy interesante de la vida de Pilar son sus patrones de movilidad, en función de los diferentes trabajos que realiza. A nuestra casa solo viene los miércoles y los sábados. El resto de los días hace otras cosas, siguiendo la tendencia actual de la multiplicación del trabajo de que hablan Mezzadra y Neilson, y su correspondencia con una mayor movilidad y la proliferación de fronteras porosas.

Los autores se refieren a migrantes. En el caso de Pilar se trata de movilidades y fronteras al interior de su propio país. En este caso la migrante soy yo. Aunque vine a estudiar y no a trabajar, hago parte junto a los casos que los autores exponen en el libro de la tendencia a la feminización del trabajo y la feminización de la migración, con patrones tan señalados como el dejar los hijos atrás.

«El trabajo se ha feminizado en las últimas décadas. Esto no se debe solamente a que ha habido una explosión a escala mundial de la cantidad de mujeres que trabajan fuera de la casa. Lo que está en juego es una extraordinaria transformación que debe ser entendida críticamente como el resultado de las luchas de las mujeres por la emancipación, y como un efecto de una diversificación y heterogeneización más amplia de la fuerza laboral» (Mezzadra y Neilson 2017, p. 128).

La movilidad constante de Pilar se refleja también en la segmentación del tiempo que le dedica a su hijo o a su novio, a quien solo ve los domingos. Esta frontera temporal también recuerda lo que los autores señalan como una de las causas fundamentales de diferenciación entre migrantes y el análisis de las fronteras internas. Insisto en que Pilar no es propiamente migrante, pero sus patrones de movilidad y temporalidades son parecidos. Si yo, además de estudiar, decidiera trabajar en espacios de tiempo reducidos, también me expondría a estas temporalidades interruptas, además de que me pondría en condición de deportabilidad, lo mismo que los estudiantes indios de los que habla el libro.

Pilar también expresa otros rasgos expuestos en el libro, como la extralimitación de sus funciones como doméstica para ocuparse de cuestiones que tienen más que ver con el cuidado. Lo hace no solo con los dueños de la casa, sino incluso conmigo, que no soy su empleadora. El matiz de que en este caso la migrante sea yo, y que no conozca absolutamente nada de la cultura dentro de la cual me estoy insertando, de la ciudad en la que ahora vivo, le otorga a Pilar una sapiencia de la que disfruta, y eso relaja las relaciones entre las dos. Yo me encuentro en una especie de limbo; todavía no logro territorializar ni mi tiempo, ni mis experiencias espaciales, por lo que Pilar me cuenta muchas cosas de acá y aprovecha también para bombardearme con sus juicios sobre Cuba: la brujería de los santos de allá, el poder del ron, que si todos los cubanos tienen una parte negra, etc.

Poco a poco hemos conseguido traspasar el umbral de las nociones predeterminadas que ambas teníamos del país de la otra para profundizar en ellos y en nuestros roles dentro de ellos. Al contarle sobre mi activismo y sobre la delicada situación política que enfrenta Cuba, Pilar entendió enseguida, mucho más rápido que la mayoría de los intelectuales latinoamericanos con los que he conversado. Y no solo entendió, sino que se interesa y cada vez que llega me pregunta cómo van las cosas y si mis amigos siguen libres.

Hay muchos vasos comunicantes entre las tres mujeres focalizadas en este ensayo como ejemplos para arrojar luz sobre cuestiones claves a la hora de evaluar el lugar de las fronteras y las movilidades en el mundo contemporáneo. Lo que resalta en todos los casos es la dinámica vertiginosa con que son erigidas las múltiples fronteras que nos rodean, pero también la posibilidad de derruir o flexibilizar esas mismas fronteras a través de la comprensión de nuestras capacidades de agencia en medio de ellas, y de las semejanzas que también nos atraviesan y nos constituyen.

Bibliografía

–  Castells, Manuel (1990). La era de la información. Vol I. México: Siglo XXI Editores.

– Das, Veena y Poole, Deborah (2008). «El Estado y sus márgenes. Etnologías comparadas». Cuadernos de Antropología Social, núm. 27, pp. 19-52.

– Galinier, Jacques (1990). La mitad del mundo. México: Universidad Autónoma de México.

– Jerrems, Ari (2012). «Globalización y proliferación de fronteras: una reseña de los estudios críticos de fronteras». Relaciones Internacionales, núm. 21, pp. 173-182.

–  Lefebvre, Henri (1978). El derecho a la ciudad. Barcelona: Ediciones Península.

–  Lewis, Oscar (2012). Los hijos de Sánchez. México: Fondo de Cultura Económica.

–  Marija, Miric y José Luis Álvaro, Rafael González, Ana Raquel Rosas Torres (2017). «Microsociología del estigma: aportes de Erving Goffman a la conceptualización psicosociológica del estigma social». Psicologia e Saber Social, 6 (2), pp. 172-185.

– Mezzadra, Sandro y Brett Neilson (2017). La frontera como método. Madrid: Traficantes de Sueños.

–  Molano, Frank (2016). «El derecho a la ciudad: de Henri Lefebvre a los análisis sobre la ciudad capitalista contemporánea». Folios, segunda época, núm. 44. Segundo semestre de 2016, pp. 3-19.

–  Smith, Neil (2012). La nueva frontera urbana. Madrid: Traficantes de Sueños.

– Warman, Arturo (1988). Los campesinos: hijos predilectos del régimen. México: Editorial Nuestro Tiempo.


[1] En este sentido resulta provechoso revisar lo que explica Erving Goffman acerca de la normatividad excesiva dentro de un sistema político: para qué sirve, y cómo se puede enfrentar desde las micropolíticas. También su enfoque del estigma social: cómo opera, y la necesidad de que las personas que se ven afectadas por él no crean en los argumentos del poder.